"En cuanto alguien busca la verdad se convierte en los ojos y la boca de Dios. Y por supuesto, se expone a que haya ateos que no crean en Dios."

sábado, 18 de julio de 2009

EL GRANITO PARLANCHÍN

¡¡El Rincón del filósofo se va en verano al GRANITO PARLANCHÍN!!
En su ansia de explorar y aprender cosas nuevas, el granito parlanchín sigue el ejemplo de Aristóteles y se va a dedicar en los meses de verano a otear los encantos que le ofrece la madre naturaleza en la comarca de Cáceres. Buitres, ranas, piedras y otras maravillas esperan al pobre filósofo en el otro lado de la web...

lunes, 13 de julio de 2009

LA VIDA DE TROTSKY CONTADA POR ÉL MISMO

En las lecturas que uno se puede permitir en verano, me he detenido en un libro que encontré por casualidad en la biblioteca: la autobiografía de Trotsky. Aparte de ser una fuente histórica de primera magnitud, con todas las tergiversaciones que pueda dar el autor, el lector tiene la sensación de leer una novela gráfica de Corto Maltés. Narrado con fluidez y con todo lujo de detalles, nos da también una idea de la cosmovisión de Trotsky y nos aleja de una posible interpretación de "¿el comunismo habría ido mejor sin Stalin?". Es decir, Trotsky tenía también la simiente autoritaria, quizás común en esa época en muchas buenas cabezas europeas.
Ante todo, su narración nos lleva a una forma de entender el mundo fuera de la jaula de hierro de Weber. Nos habla continuamente del destino histórico, el alma de la revolución, la unión entre el individuo y la acción de la masa... cosas que nos inducen a pensar (y a suspirar) por ese mundo mágico que parece que nosotros hemos perdido en la actualidad. Una primera lección queda clara de la lectura de esta autobiografía: el autor dice (y con razón), que una teoría política y filosófica, necesita a su vez una filosofía de la historia. La ideología teórica no mueve corazones: la creencia cuasi religiosa en el destino de la revolución sí. Si echamos un vistazo a la historia, las grandes perturbaciones y cambios políticos se han hecho siempre en esa interpretación escatológica de la realidad. Para Trotsky el lema es la revolución permanente, universal, internacionalista...
El problema naturalmente parte de suponer que todos pensamos como Trotsky. Siempre me pregunto cómo cabezas tan claras podían tener una confusión mental que les impidiera considerar la complejidad de la realidad. ¿Qué percepciones o sugestiones tan radicales podían hacerle creer que la realidad pudiera adecuarse a sus deseos y sus conceptos abstractos? Es evidente que la revolución rusa es hija del idealismo absoluto más irreal del siglo XIX, pero no creo que se pueda entender desde un mero prisma de historia del pensamiento.
Sirva aquí un texto de la obra para precisar esta interpretación, este cierre categorial:

sábado, 11 de julio de 2009

EXTRAÑO REENCUENTRO

El otro día andaba mirando en una librería de la ciudad cuando entre multitud de libros de filosofía, apareció como por arte de magia, "Filosofía en la globalización", ¡mi propia obra! Que el escritor (más o menos frustrado) y su obra (olvidada por todos), se reencuentren en las estanterías de un comercio ofrece una extraña sensación: visitar de nuevo un pasado y una ilusión.
Me pregunto por qué algunas personas tendemos a escribir, y pienso que a la curiosidad y el placer de la propia recreación escrita, la necesidad de reconocimiento influye más en esa decisión conforme transcurre el tiempo. Aquella persona que escribe y no consigue hacer llegar su obra a un lector no deja de sentir cierta frustración, como un mal parto, una mala gestación, en el que el trabajo realizado acaba abortado. Curiosamente, Internet refleja este mal a la perfección: buscamos nuestros listas de amigos desconocidos, esperamos comentarios, da igual lo estúpidos que sean, y de un blog se espera que se lea animadamente. Necesitamos comunicarnos y la comunicación siempre implica más de una persona.
Otra cosa es que después lo que se escriba sea algo importante o relevante. George Steiner, sin novedad alguna, nos hablaba hace ya veinte años de una época basada en la glosa, el comentario sobre el texto y la literatura secundaria. El academicismo recoge bien ese sentimiento. A esto habría que añadir que también es cierto que vivimos en la democratización radical del arte y la creatividad (gracias a Internet en parte), siempre a costa de reconocimientos más pequeños y momentáneos, como esos quince minutos de fama de Andy Warhol.

martes, 7 de julio de 2009

APRENDER DE PONCIO PILATO...


Juzguemos al juez de jueces: juzguemos a Poncio Pilato. Reconozco que el romano es para mí uno de los personajes bíblicos más fascinantes, en cuanto que es de los pocos que aparecen en la biblia cuya posición ética está sometida a la controversia desde el propio texto. Sus calificativos pueden ir de cobarde, por no salvar a Jesús, y de mero espectador indiferente ante la crueldad, desentendido del asunto, al de una persona con tacto político, e incluso una especie de defensor de multiculturalismo. ¿Evitar una injusticia, o enfrentarse a una posible rebelión? ¿Rechazar el paternalismo y no intervenir en el asunto? En ninguna recreación he visto que el personaje quede indiferente y el director o escritor no dé su opinión al respecto. Y también veo que el análisis del personaje tiende a crear simpatía conforme nos acercamos a nuestra situación actual.
El modelo del mijo es una idea de convivencia como los viejos imperios. Poncio Pilato, procurador de Galilea, debía estar muy cerca de ese modelo de tolerancia que hoy vemos reflejado en muchas decisiones políticas de nuestros días, y que era sin duda la norma del imperio romano: conceder la máxima autonomía política a las minorías dentro del imperio a cambio de su sumisión tributaria. No olvidemos que esto se ha mantenido en muchos imperios de la historia que han convivido con minorías, desde el romano hasta el inglés, pasando por el otomano o el imperio austrohúngaro.

Reconozcamos que hoy en día nos lavamos las manos, como Pilato, ante determinadas situaciones internacionales. Ante todo, parece ser la forma de declarar que no tenemos derecho a interferir en determinadas circunstancias, e imponer nuestra forma de ver la justicia. Y también reflejamos nuestra impotencia: no podemos cambiar por la fuerza las costumbres de determinados pueblos. Muchos postmodernos y liberales estarían de acuerdo con la forma de actuar de Poncio Pilato: intentar evitar una injusticia, dentro de sus posibilidades reales, pero sabiendo que la última palabra la tendrá un pueblo ajeno al tuyo que posiblemente consideres incivilizado. La actitud de Pilato es muy del gusto de la política actual además: intentar, por medios pacíficos, alcanzar una solución justa. Dejemos que el pueblo elija, siguiendo la costumbre local de soltar a un preso por Pascua, intercedamos ante el sanedrín, castiguémoslo de forma suave, pero evitemos un conflicto. Hoy en día llamamos a estas soluciones con otros términos, como embargo económico, aislamiento internacional o rupturas diplomáticas. Pero de ahí a la intervención armada, hay un gran salto. El problema es: ¿hasta qué punto podemos contemplar sin responsabilidades y con distanciamiento la injusticia o la crueldad?

viernes, 3 de julio de 2009

CONSEJOS PARA LEER LA RAYUELA

     Muchas veces, el hecho de encontrarnos ante obras maestras de la literatura, nos hace olvidar que a pesar de su maestría, no están hechas para todas las edades ni para todos los gustos. ¿Cuántas veces no habremos condenado a muerte multitud de espíritus literarios por haberles obligado a leer el Quijote en una edad equivocada? Para evitar que esto ocurra, recomendamos los siguientes pasos para poder leer una obra clásica del realismo mágico: La Rayuela de Cortázar.

      1. Necesita usted una edad determinada. Apta para adolescentes de entre treinta y cuarenta años, en el que el ambiente de desidia académica le hace caer de una vez por todas en la inutilidad de la filosofía y en la pedantería erudita, el espejismo del amor no comprometido; pero al mismo tiempo todavía sienta ganas de ser el antiheroe romántico.

      2. Lea la Rayuela a 2000 kilómetros de distancia de su país originario, por lo menos. Si está viviendo allí, más que mejor. La sensación de nostalgia e que irradia el libro se percibirá mucho mejor lejos de casa y de su vida cotidiana y aburrida.


     3. Marque las páginas favoritas de su libro con gotas verdosas de mate, asociéla con alguna música perfiladora de su identidad personal. Puede también leer el libro después de hacer el amor, o en un viaje por cualquier ciudad europea.

     4. Deje fluir en su mente la ataraxia patafísica: no busque mentiras en verdades, ni verdades en mentiras, pero mientras se da cuenta de ello, deje expresar al lenguaje la cuadratura del círculo. No ocurre nada, las decisiones importantes pueden posponerse, el momento es la eternidad, y más allá de ese momento nada existe, (o no queremos que nada exista).

    5. No respete el orden de las páginas, ni tampoco el orden que le recomienda el autor. Empiece el libro por cualquier capítulo, si es preferible, la primera parte del libro y salte de un lugar a otro a su gusto. La segunda es una realidad triste en la que conviene zambullirse pocas veces. La vida de Horasio y la maga en el centro de París tienen un ambiente de irrealidad que permite leer y releer el libro cuantas veces se quiera.


     6. Aprenda con la rayuela a no leer de una obra más que lo interesa, o a no terminar el libro para que este siga vivo siempre en su memoria y sea usted el hacedor del final.


miércoles, 1 de julio de 2009

¿MARCHA ATRÁS EN LA JUSTICIA GLOBAL?

Hace poco saltaba a los medios la noticia de restringir el campo de acción jurídica de los jueces españoles a la esfera nacional y olvidarse de crímenes relacionados con casos fuera de nuestras fronteras o de ciudadanos españoles. Las voces han sido discordantes: ¿se trata de un retroceso en la lucha por el cumplimiento de los derechos humanos a escala global? ¿es una cuestión de realpolitik? ¿escarmiento para jueces deseosos de glamour?
Vayamos por partes. Nadie duda que los crímenes que condenan esos magistrados son terribles y que todos (al menos los ciudadanos occidentales) sentimos repulsa por ellos. En un mundo globalizado es lógico que además, las responsabilidades éticas deban ser compartidas cada vez más entre todos los agentes sociales y políticos mundiales, y que no podemos dejar sumido en la indiferencia o la impunidad determinadas actitudes que van contra derechos básicos.
La cuestión, por lo tanto no es tanto de fondo sino de forma. Hay que preguntarse si los medios que se han utilizado son los más correctos para juzgar estos temas, y el problema se puede sintetizar en uno solo: ¿hasta qué punto los magistrados que representan en el fondo un estado nacional, por sí mismo, pueden considerarse como juez de causas y crímenes a escala global e internacional? Luchar por la justicia global utilizando las viejas etiquetas nacionales puede acabar en una contradicción importante. En primer lugar, la puramente "realista": un juez del mundo solo puede provenir del más fuerte, y que puede hacer cumplir esa ley. La justicia sin la espada queda reducida a meras palabras. España no tiene el rango de superpotencia para hacer ese papel y la acción de los jueces solo puede traer dolores de cabeza para el ministerio de asuntos exteriores. Y en segundo lugar, actuar desde un estado nacional no deja de ser un acto de etnocentrismo y paternalismo intolerable para otro país y una creencia en nuestra superioridad moral casi irresponsable. Aunque España actúe de acuerdo con el derecho internacional y la declaración de los derechos humanos, si queremos que esa legislación actúe sin esta contradicción moral, tendríamos que confiar esta justicia a organismos internacionales. Mientras no consigamos esto, estaremos intentando hacer la cuadratura del círculo.