El conocimiento os hará libres y las fronteras os harán gilipollas.

miércoles, 21 de octubre de 2009

ENTREVISTA CON EL PRIMER ANARQUISTA: DIÓGENES.

La actual vivienda de nuestro distinguido personaje.

Señoras y señores, tapénse los ojos con el personaje que tenemos aquí. Ni más ni menos, 2500 años después, el señor Diógenes está aquí presente con nosotros y ha tenido a bien concedernos una entrevista para nuestro blog. Lo encontramos en los restos de una casa okupa, mascando una raíz, y preparando unas setas que se ha encontrado en el parque.

Ent.: Usted es una persona conocida en el mundo entero por su amor a la basura.
Diógenes: No, no te equivoques. Yo no amo la basura. Me resulta completamente indiferente para mí.
Ent.: Pero una enfermedad tiene su nombre...
Diógenes (suspira): Ya, ya me he enterado. En fin, supongo que me lo habré buscado, pero no era mi intención pasar por el personaje más guarro de la historia.
Ent.: Tiene algo contra la higiene personal?
Diógenes: No. Lo tengo solo contra los afeites, lociones, colonias, piercings y tatuajes. Vomitaría sobre todos aquellos que embellecen su cuerpo para no aceptar el paso del tiempo.
Entr.: Se cuenta que tuvo problemas con las autoridades de su ciudad...
Diógenes: Joder, miles de años repitiendo la misma historia. Vamos a ver, me echaron de mi ciudad por no querer hacer lo que vosotros llamáis el servicio militar. Negarse a eso es como morir en vida. Pero, ya ves, murió toda mi familia, y no tenía nada que me apegara en aquella tierra. Me pregunté: y por qué no veo algo de mundo. Algo que me aleje de mis provincianos ciudadanos.
Entr.: Y embarcó.
Diógenes: Y efectivamente, embarqué. Y fue cuando me cogieron preso los piratas. Aquella experiencia me enriqueció mucho. Me di cuenta de lo sencillo que era sobrevivir con tan poco, y seguir siendo feliz. Los piratas me admiraban porque era capaz de resistir cualquier penalidad sin inmutarme lo más mínimo.
Entr.: Después llegó la liberación.
Diógenes: Sí, y mi llegada a Atenas. Caí en gracia a mi libertador, y un tiempo después, me concedió todos sus bienes.
Entr.: Eso, aparentemente, está en contra de toda su forma de entender las cosas.
Diógenes: Efectivamente, ahí tuve que hacer la gran opción de mi vida. No sé si me creerás si te digo que estar con esos bienes, gozar de una casa y una reputación se convirtió en una cárcel mucho peor que la de los piratas.
Entr.: Y de ahí pasó a pasearse por la ciudad en tinaja y viviendo como los perros.
Diógenes: Más o menos. Pero era libre. La libertad es un sueño por el que hay que darlo todo.
Entr.: Es cierta la historia que cuentan de usted con Alejandro Magno?
Diógenes: Solo en parte. Es cierto que ese tipo me prometió el oro y el moro, pero yo no estaba interesado en esas cosas. Tan solo le pedí que me dejara en paz y me dejara disfrutar del sol. Le pregunte, puedes darme el sol, eh, si no puedes, ya te vas por donde has venido.
Entr.: Pero eso es lo que se dice de usted.
Diógenes: Sí, pero luego no cuentan que los esbirros de Alejandro me sacudieron y me rompieron la tinaja donde vivía. El tío no era de esos a los que puedes humillar así como así, entiendes...
Entr.: Se sintió humillado ese día?
Diógenes: humillado, no por favor. De hecho, le debo un favor: me ayudó a quitar el último amor que me quedaba entonces, la tinaja. Empezaba a sentirme demasiado apegado a aquello.
Entr.: Veo que ha cambiado su tinaja por el neumático gigante en una casa ocupada.
Diógenes: viene a ser lo mismo. Me interesa siempre estar en los márgenes de la sociedad.
Entr.: No echa de menos el amor?
Diógenes: El amor genera ataduras. Cuanto más amas una cosa, más miedo tienes de perderla. A largo plazo, el amor es sufrimiento. Sufrimiento para ti, y también sufrimiento para aquellos que te aman.
Entr.: No a la guerra?
Diógenes: La guerra es de idiotas. A mí que no me vengan, quien va a la guerra, va porque quiere. Mira al Russell, ese no quiso ir a la guerra, y pum, enchironado. Pero no fue a la guerra.
Entr.: Una palabra que le defina.
Diógenes: Indiferencia. Ataraxia. Paz interior.
Entr.: Otra gente le definiría de otra forma: se le acusa de ser un provocador y gustarle la polémica.
Diógenes: Como comprenderás, lo que piense el resto de la gente de mí... me importa más bien poco.
Entr.: Sobre la religión.
Diógenes: Mi compañero Nietzsche ha dicho todo lo que tenía que decir al respecto. En cualquier caso, guardo mucho respeto hacia el budismo.
Entr.: Una última cuestión. Cómo ve el mundo en nuestra época.
Diógenes: Una puta mierda. Volver a vivir para ver esto no merecía la pena. Nunca he visto hombres más sometidos a las más variadas de las obsesiones. Tú mismo, esperando que su entrevista sea vista o leída por gente, pendiente de un salario. Estás conmigo tres días y te hago el mejor de los perros.
Entr.: no lo creo posible.
Diógenes: La verdad es que yo tampoco.

martes, 20 de octubre de 2009

CONVERSACIONES DE BESUGOS

Como he iniciado por desgracia un debate sobre el nacionalismo en las clases de bachillerato, me ha venido a la mente una experiencia que tuve yo hace un tiempo en el extranjero. Esta conversación de besugos ocurrió de una forma muy parecida hace un par de años en un pub de Dublín, cerca del Temple Bar. Un extremeño, un catalán y un francés comparten habitación en un albergue: la compañía genera amistad y están alegremente tomando unas pintas de Killkenny al caer la noche. Todo parece ir bien cuando de pronto, las negras nubes de la política se ciernen sobre el horizonte y amenazan romper la paz...

RENÉ: La diferencia de Irlanda con España es el horario de los bares, no...

PEPE: Y la dirección de los coches...

JORDI: No nos metamos con la política, no nos metamos con la política...

PEPE: Qué política, coño, si está hablando de España, hombre...

JORDI (irónicamente): Qué España? Será la tuya, a mí no me mires...

PEPE (con risillas): No empecemos por ahí, Jorge, Jorge.

JORDI: Oye, que me llamo Jordi.

PEPE: Claro, claro, pero eso será en catalán.

JORDI: Y el catalán no es una lengua reconocida por tu estado español?

PEPE: Bueno, pero tengo el derecho a llamarte en mi lengua, no... Bueno, pues te llamo George, que para eso estamos en Ireland, all right?

JORDI: Y por qué no llamas a "René" Renato, tío listo?

PEPE: Es distinto, carajo...

JORDI (dando un suspiro): Ya ves, René, que los españoles ni siquiera respetan nuestros propios nombres... Y luego quieren que sigamos como si nada... Pero cómo vamos a continuar en ese país... Si hasta nos ha impuesto la salvajada de los toros!

RENÉ: Yo también los odio...

PEPE: Si, pero seguro que no odiáis la party española y el jamón. Jordito, sois vosotros los que queréis destruir a España, malos bichos. Mirad, si pertenecéis al estado español, ya está, no hay vuelta de hoja... qué pone en tu pasaporte, e-s-p-a-ñ-a. Cataluña desde siempre ha sido española.

JORDI: Buen ejemplo de lavado de cerebro de la clase dirigente españolista. Mira ignorante, Cataluña tuvo leyes propias hasta el siglo XVIII, y luchamos contra los Borbones por eso. Nosotros no decidimos nunca entrar en vuestro país. Nos conquistasteis, y ya está.

PEPE: Bueno, bueno, no te vayas por las ramas. Si yo no me meto con vuestra cultura, os la podéis comer con patatas, pero el hecho es que es vosotros a quienes os lavan el cerebro... Sois españoles, no se os olvide... en Europa siempre os han llamado españoles. Y cómo te llaman en el albergue, eh, spanish...

JORDI: Y eso acaso lo hemos decidido nosotros? Es el mejor ejemplo del actual fascismo español. Bien, si tan legales sois, haced un referendum de autodeterminación, cagaos, y atenéos a los resultados. Dejadnos elegir...

PEPE: Es que el resto de las comunidades tienen el derecho de opinar, no... Tú lo ves así, verdad Renato...

RENE: Hombre...

JORDI: !Pero si España se la inventaron los fachas!

PEPE: Y Cataluña se la han inventado vuestros nacionalistas!
(los dos se miran fijamente. Jordi ha destrozado todos los posavasos de la mesa en pequeños cachitos, quizás lo que le gustaría hacer con el estado español. Pepe ha alzado tanto la voz que la camarera le llama la atención y piensa que está como una cuba. En la discusión, cada uno se ha puesto a insultar en su propia lengua)
JORDI (más calmado): Mira, Rene, en el fondo, todo es la pela.

PEPE: En eso si que tiene razón el Jorge... Eso, eso, la pela. Bien os gusta tirar de Madrid.

JORDI: Qué dices, pepero...

PEPE: Disculpa, me llamo Pepe... y para los amigos.

JORDI: No le hagas ni caso, René. Lo que os gusta es chupar del bote, que bien agarrado lo tenéis. El estado español es un parásito. Destina el dinero a unas comunidades que lo malgastan. Somos una de las comunidades que más se gasta en vuestra España. Y pregunta a estas regiones qué han hecho con el dinero de Europa, eh, tan solo crear funcionarios improductivos que no hacen nada.

PEPE: Cómo es posible decir eso... sin España nunca habríais llegado a nada. O es que os olvidáis de la cantidad de dinero que se invirtió en vuestra tierra. Tiempo es que los más ricos cedan algo a los más pobres, no? Si queréis la independencia, devolvednos nuestro dinero, chorizos!

JORDI: Ah, así que es por eso por lo que apoyáis a España... No, si en el fondo sois todos unos hipócritas, apoyáis a España por la mera razón de que tenéis miedo que os cierren el grifo, eh, si al final la pela es la pela. Queréis seguiros llamando españolitos para que os mantengamos! Vaya mierda!

PEPE: Chorizos!

JORDI: Parásitos!

PEPE: Aprovechados!

JORDI: Gumias!

RENÉ: Joder con los españoles...

JORDI: A mí no me llames así...

RENÉ: Joder con los españoles Y los catalanes... Me pregunto si todos tenéis la misma mala sangre... Me recuerda algo de la peli Trainspotting. Dentro de unos años, no habrá ni escoceses ni ingleses, ni catalanes ni españoles, solo gilipollas. Qué suerte tengo de ser francés... C'est super...
El extremeño y el catalán se quedan mirando al franchute, que por cierto, es hijo de vietnamitas, emigrados de la guerra de Indochina. Al final, una camarera japonesa nos anuncia que va a cerrar. El extremeño y el catalán se han puesto a gritar tanto que el resto del pub creían que estaban completamente borrachos. Son las once y media de la noche y por una vez, al menos por una vez, el catalán y el extremeño estarán de acuerdo: los bares cierran demasiado pronto en las islas británicas y la siguiente cerveza tendrá que esperar para el próximo día.

LA DIFÍCIL TAREA DE REBATIR EL FINALISMO.

Los objetos del mundo material deben explicarse desde las leyes de la naturaleza: la posición de buena parte de los científicos de la biología aquí es bastante clara. A cualquier científico le da una alergia terrible la posibilidad de una interpretación sobrenatural para explicar las paradojas y las dificultades internas de la teoría de la evolución. Basta observar las controversias que suscitan los autores, desde Teilhard de Chardin hasta Michael Behe (el divulgador del intelligent design), o la interpretación "libre" del principio antrópico por parte de la teología católica, y que suscitan el rechazo casi unánime de la comunidad de bien pensantes científicos. Ahora bien, este rechazo no es más que un postulado filosófico. Tan discutible como el pretendido finalismo. Analizo un fragmento del clásico libro de Ernst Mayr, Una larga controversia, Darwin y el darwinismo.

"Desde los griegos ha habido una amplia creencia de que todo en la naturaleza tiene un propósito, un fin predeterminado, y de que estos procesos conducirán al mundo a una perfección cada vez mayor. Tal visión del mundo teleológica ha sido defendida por muchos de los grandes filósofos. La ciencia moderna sin embargo, ha sido incapaz de demostrar la existencia de tal teleología cósmica. Tampoco se han encontrado mecanismos o leyes que permitan el funcionamiento de una teleología como esta. La conclusión de la ciencia es que las causas finales de este tipo no existen."

Aunque puedo estar de acuerdo con la tesis básica (una negación de la teleología) y la incomodidad que supone su contrario, reconozco que me desconcierta la arrogancia con la que la ciencia se erige en la refutación de tesis filosóficas. El hecho que la ciencia no descubra (o no haya descubierto) la existencia de unas leyes finales explicativas de la naturaleza no significa que estas no tengan que existir. Es una falacia básica en la que la comunidad científica no deja de incurrir de cuando en cuando.
Por otro lado, la creencia en el finalismo es precisamente eso, una creencia que da sentido a la presencia del hombre en la tierra: una explicación de nuestra historia y una prolongación en el futuro de la misma. Esa prolongación en el futuro significa nuestro destino está abierto, y está sometido al cambio y a la decisión que tomen los hombres. La explicación material de la evolución acaba por convertirse en una interpretación del sentido de nuestras vidas.
La ciencia, por muchas leyes científicas en las que pueda apoyarse para defender la contingencia de nuestra especie o el triste destino que pueda depararnos la vorágine evolutiva, no puede ni afirmar ni negar esta interpretación. A lo sumo ofrece un cálculo de posibilidades que en absoluto tiene por qué convencer a un creyente. Quizás sean los científicos, y no solo los teólogos, aquellos que intentan ver un orden racional (y mecanicista, en este caso) a un mundo que tal vez no lo tenga, o que sea completamente distinto al que piensan. Who knows...

Al final los caminos de la evolución, como los del señor, van a ser indescifrables e indestructibles.

viernes, 16 de octubre de 2009

PREMIAR EL TALENTO O DEFENDER LA IGUALDAD

Explicar Platón aparentemente no da problemas para un profesor, excepto cuando tocamos su mirada aristocrática de la sociedad. Aristocrático en sentido griego del término, y no medieval: el mejor es el que debe gobernar, y para ello, hay que darle una educación diferente a la del resto. Hay que mimar al mejor, según Platón, porque es la única forma de conseguir una sociedad equilibrada, en el que cada uno tiene que ocupar su puesto, marcado por sus capacidades naturales. El que no valga, como en Esparta, que sea pasto de los buitres: los griegos quizás no eran demasiado clementes con los débiles. Al menos Platón concedía que para averiguar quién es el mejor, todos eran iguales en el nacimiento: hombres y mujeres, ricos y pobres, nobles o plebeyos. Pero una vez que se hacía la selección y se conocían las capacidades del individuo, cada uno debía ocupar su puesto en la ciudad.
En una sociedad como la nuestra, nuestra primera reacción es un fuerte rechazo hacia esta interpretación: preferimos casi la mediocridad del pueblo frente a la visión autoritaria de una élite bien formada, sobre todo porque la historia nos enseña que las élites también se corrompen y acaban en dictaduras o desigualdades. Pero mirando hacia el modelo de Platón, se nos suscita la pregunta eterna de si no hay ninguna cosa salvable de su teoría: si debemos regresar a una educación que premie el talento o no. El debate en segundo de bachillerato se hizo agrio entre aquellos que no deseaban una educación elitista y defendían la igualdad como un logro básico de nuestra sociedad, frente a otros que deseaban recuperar el talento aún a costa de provocar una división educativa para no dejar en la estacada a los más capacitados. El tema es complejo y delicado.
La enseñanza tradicional partía de privilegiar tres cosas: la riqueza, el talento y el esfuerzo. Desgraciadamente, la capacidad económica y la posición cultural condicionaba en buena medida la explotación del talento y la rentabilidad del esfuerzo del alumno. Se producía la terrible injusticia de mucha gente con talento o con ganas de estudiar que no podía aspirar a una educación superior por no haber tenido una posición económica mínima. En los últimos cuarenta años, se intentó evitar esta lacra, haciendo una enseñanza obligatoria y gratuita hasta los 16 años y abriendo por primera vez en la historia la universidad a las clases más humildes.
Pero esto no ha sido sin costos: en la necesaria lucha por alcanzar una igualdad de oportunidades para todos, me parece que se ha echado por la borda las otras dos características que eran imprescindibles para un buen sistema educativo. Es casi tópico decir que para que esa igualdad de oportunidades fuera real, ha sido necesario reducir el esuferzo, conceder mil y una oportunidades, y rebajar los mínimos para aprobar. De esa manera, consejerías y ministros defienden que el fracaso escolar se reduce; dentro del profesorado, está la opinión generalizada que los títulos de la E.S.O. casi se regalan.

Aparentemente, todos serían felices en este mundo color de rosa, excepto por dos cosas con una factura importante para la sociedad. En primer lugar, la situación no es agradable para aquellos que precisamente tienen un talento oculto o unas capacidades superiores al resto. De acuerdo con las estadísticas, un 2% del alumnado tiene una inteligencia muy superior a la normal, y es en esta pequeña franja donde el fracaso escolar se extiende con fuerza. Tenemos superdotados condenados al fracaso por falta de motivación, o que están a la mitad de su rendimiento potencial. Pero está claro que en nuestra educación se premia el derecho a aprobar frente al derecho de aprender más.

Del otro lado, hacer un sistema educativo "blando", significa condenar al engaño a mucha gente que a fuerza de repetirselo, se cree que la vida después de la ESO o el bachillerato sigue siendo igual de fácil. Ojalá la sociedad que nos rodea tuviera la misericordia que tiene un profesor de secundaria con sus alumnos: Generamos expectativas que después son imposibles de cumplir, y el fracaso que ha sido evitado en la secundaria aparece con toda su fuerza en la universidad o el mundo laboral.

El reto, naturalmente pasa por mantener esa igualdad de oportunidades para toda la sociedad (no podemos permitirnos quitar la mejor cualidad de nuestra educación) pero superando el durísimo costo de sacrificar lo mejor de nuestro alumnado y condenarlo a la holgazanería y el aburrimiento. Es cierto que se están dando pasos en esta atención a la diferencia y los alumnos están dejando de considerarse todos iguales. Pero mientras el objetivo primordial de los políticos y padres sea sencillamente reducir de cualquier forma la estadística del fracaso escolar, no haremos las cosas bien, y los profesionales cualificados que necesita la llamada "sociedad del conocimiento" seguirán tan lejos como siempre.
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La educación color de rosa: un engaño sobre la vida real, o un lugar donde por fin hemos desterrado el elitismo y las diferencias económicas.

martes, 13 de octubre de 2009

DE PLATÓN A INTERNET: LA E-CAVERNA.

Las grandes imágenes y relatos de la cultura son aquellos que quedan tan abiertos y universales que los nuevos tiempos lo pueden reinventar y cambiarlo todo para no cambiar nada. Mirando a la filosofía, busco esas imágenes clásicas, atemporales, que nos dicen todavía cosas desde el tiempo que fueron pronunciadas por primera vez. Lo único que encuentro, naturalmente, es el regreso a las tinieblas: el regreso a la caverna de Platón. Fantástica metáfora que se prolonga hasta nuestros días.

Uno se puede preguntar qué puede decir Platón en nuestros días, y se puede reducir en una sola cosa, eterna en la vida: la distinción entre la apariencia y la realidad, lo falso de lo verdadero, la imagen de la auténtica realidad, la copia del modelo, y por último, la terrible obligación de tener que optar entre una cosa y otra. Lo bueno de las metáforas es que podemos hacer sustituciones de términos hasta el infinito, mientras mantengamos su sentido: cambien las sombras proyectadas gracias a un rudimentario fuego, por las imágenes pixelizadas de la pantalla que está viendo en este preciso instante, y ya tienen el Platón del siglo XXI.


No es difícil imaginarme a mí mismo, escribiendo en la pantalla de este ordenador y sobre el océano Internet, trasladado al mito y sintiendo las cadenas invisibles y pesadas, embrujado ante el poder de las imagénes del final de la caverna. Somos la generación de la e-caverna: lo primero que hacemos al llegar a casa es encender el ordenador, y a cambio de nuestro silencio y ensimismamiento nos ofrece música, imágenes y escritura y sosiega nuestra alma: todo aquello que tenían los esclavos al final de la caverna. El mundo fuera de la red es demasiado incómodo, y estamos más tranquilos delante de una placentera pantalla, modelando ese mundo como a nosotros más nos guste, y siendo modelados por otros. No contemplamos personas, contemplamos reflejos desfigurados. Amamos y odiamos a través de la red: el culmen de la apariencia y la copia de la copia.

La pregunta, naturalmente, parte de si nosotros dominamos la e-caverna o es ella la que nos controla. Y si, además, merece la pena rebelarse y salir al mundo. Muchos lo tienen claro: es preferible quedarse en ella.

La vieja caverna, tal y como la describió Platón.


La representación casi cinematográfica o televisiva del mito de la caverna.


Nueva fase: Reglas para encadenarse a la e-caverna el mayor tiempo posible y no morir en el mundo real.

lunes, 12 de octubre de 2009

AGNÓSTICOS DE LA CIENCIA (II): GOULD Y SU "NOMA"


Stephen J. Gould fue considerado con justicia como uno de los máximos defensores del agnosticismo entre los científicos. Persona creativa, denominó a su agnosticismo como NOMA (non overlapping magisteria), una idea tan antigua como que religión y ciencia tienen sus terrenos bien delimitados y que no tienen por qué chocar. Como también resulta clásico, este doble magisterio implica que la ciencia intenta explicar el carácter fáctico del mundo natural, mientras que la religión responde a las preguntas de sentido de carácter ético y espiritual.
Gould defiende en varios de sus libros que la lucha entre ciencia y religión ha sido una invención. Los conflictos han sido ficticios, producidos por ruidosas minorías, más que por las corrientes mayoritarias de las dos disciplinas. Incluso se han dado malinterpretaciones, como el combate ficticio entre Colón y la iglesia o Galileo con la inquisición. En realidad, según este autor, el conflicto de las dos disciplinas ha tenido un desarrollo histórico, el siglo XIX y las luchas de la evolución, que hoy en día él creía superadas. Por otro lado, los científicos -según Gould- nunca se han preocupado por cuestiones filosóficas. Pocos científicos relevantes conocen la obra de Popper o de Kuhn, y mucho menos la obra de teólogos que han intentado adecuar los campos de las dos disciplinas.

La posición de Gould sin embargo es optimista: el hecho que los científicos no hayan leído a filósofos o teólogos, no quiere decir que ellos no hayan intentado hacer filosofía subrepticiamente, o mantener una posición filosófica de forma indirecta. Al querer ir contra toda filosofía, proponen una posición supuestamente científica, que no son más que postulados filosóficos que han permitido el avance de su disciplina: un inmanentismo que implica una posición materialista, y en el peor de los casos una reducción de la ética o la religión a una explicación biológica. Quizás el peso de la historia de la ciencia es aquí determinante: su disciplina se ha visto como una "cruzada" contra las creencias heredadas por la tradición y que en muchas ocasiones efectivamente, se han probado después falsas.
Dawkins, el eterno rival de Gould, propone en su controvertido libro The God Delusion por qué solo los teólogos tienen el derecho de esclarecer las preguntas de sentido. Quizás Dawkins tenga razón aquí, pero tiene que saber que a partir de ese momento, está él mismo haciendo filosofía, y no biología. Y como cualquier filosofía, esta es discutible siempre.

viernes, 9 de octubre de 2009

LAUZIER, EL MEJOR FILÓSOFO POSTMODERNO



Sí, a mí no me cabe la menor duda que las viñetas y las elaboradas historias de Lauzier son el mejor reflejo de la sociedad francesa de la postmodernidad. No me hablen de Derrida, Lyotard, Deleuze y todos los productos postestructuralistas de los setenta y ochenta. Para qué leer sus ininteligibles libros, si con un vistazo a estas viñetas queda todo resuelto? El tema de género, la liberación sexual, el acoso del capitalismo desatado, la caída de las ideologías, la patria y el marxismo, el vacío existencial... Todo esto aparece en Las Cosas de la Vida, la que yo creo que es su mejor colección. Un poco de esta visión ácida vendría muy bien a los progres ingenuos de nuestro país... Este filósofo metido a dibujante murió hace casi un año, pero desde hacía más de quince que abandonó el mundo de la viñeta. Quizás el comic adulto europeo murió con él.
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¿MÁS ESCUELAS Y MENOS CÁRCELES?: EL OPTIMISMO DE SÓCRATES CUESTIONADO.

¿Se deben rebajar la edad penal de los adolescentes a los 16 años? Esta era una de las polémicas que teníamos en las clases de segundo de bachillerato tras estudiar la filosofía de Sócrates. El problema viene de lo siguiente: el adolescente se ha amparado en su estatus legal para hacer lo que le ha venido en gana. Los sucesos de Pozuelo en verano son solo un ejemplo de la total impunidad que parecen disfrutar en nuestro país. Destrozad, chicos, el castigo va a ser mínimo y la diversión total.

Ante esta cruda realidad, la educación se ha mostrado ineficaz; la autoridad, socavada; los padres, indulgentes y ciegos, y las nuevas tecnologías, reforzando la actitud retadora de los adolescentes, en espacios ajenos a la interferencia adulta como tuenti. ¿Qué hacer? La respuesta más sencilla es reforzar la autoridad. El adolescente parece consciente de lo que hace, y eso le convierte en responsble: aquel que reivindica y disfruta de derechos, debería también someterse a los deberes. Casi toda la clase estaba de acuerdo con rebajar la edad penal de los adolescentes. Pero me pregunto si eso será suficiente.

Frente a esto recordaba las enseñanzas del optimista Sócrates: el hombre malo es el hombre ignorante. Para eliminar el mal del mundo, eliminemos la ignorancia primero y formemos a los individuos en buenos ciudadanos. En resumen, Sócrates pide menos cárceles, menos condenas, y sí más escuelas, más formación. Naturalmente, los alumnos de Sócrates eran fervientes personas deseosas de saber más. En cambio un paseo por las aulas en nuestros días nos alejan de esa ilusión. Los progresistas pedagogos socráticos parecen estar a la defensiva en nuestros días: sus métodos no llegan a los alumnos. Tal vez haya demasiados rivales ahí fuera, esperando a la salida de clase, como Internet o la PS, y con ellos somos incapaces de combatir. O tal vez la culpa la tienen los otros profesores, los padres, que han dejado el oficio.

¿Habrá que abandonar definitivamente la palabra de Sócrates y desempolvar la vara de Platón? Platón decía que las buenas palabras no bastan para persuadir a lo hombres ignorantes: hay que obligarles. De lo contrario, corremos el peligro de ser asesinados como el héroe de la caverna por la masa ignorante. Pero que yo sepa, tampoco Platón tuvo mucho éxito en imponer su modelo político. Ante el actual problema de la educación no bastarán acciones espectaculares: el problema es más profundo que una decisión judicial, y aunque esta sea necesaria, no debería dejarnos satisfechos en el silla de nuestros pupitres.
Sócrates: ¿un filósofo en horas bajas?

miércoles, 7 de octubre de 2009

LA FALACIA MEREOLÓGICA: EL TODO FRENTE A LAS PARTES.

Con cierta sorpresa he leído algunas páginas del libro Philosophical Foundations of Neuroscience y por fin atisbo un poco de sentido común en el campo de la neurociencia.

Los neurólogos se han emocionado en los últimos tiempos con sus descubrimientos del cerebro y se creen lo más cerca posible de encontrar el significado definitivo y concreto de la mente, el alma y todo el lenguaje espiritualista que se nos pueda pasar por la cabeza. Esto es lo que Damasio, D. Dennet, y en sentido divulgativo, el señor Punset parecían haber extraido de las últimas investigaciones. Los últimos restos de todo tipo de dualismo, cartesiano y postcartesiano (Eccles y Popper), han quedado barridos después de varias décadas de disputas enconadas. Y cuando todo parecía clarísimo y cada una de las propiedades de la mente reducida a una complicada explicación neurológica, nos encontramos con esta obra.

Ahora resulta que los neurólogos han cometido un error, básico y tremendo, desde el comienzo de sus investigaciones: han confundido la parte por el todo! La crítica de Bennet (neurólogo) y Hacker (filósofo seguidor de Wittgenstein) se centra en el hecho que el cerebro no puede recoger todo el significado que representa el lenguaje relacionado con lo mental. El cerebro no oye, ni ve, ni inventa cosas, lo hacen los seres humanos entendido en su conjunto, parafraseando a Wittgenstein. Como consecuencia, la ciencia no puede responder a preguntas "conceptuales", ni al sentido último de la conciencia. Esto es lo que Hacker y Bennet denominan como falacia mereológica.

No es nuevo decir que la ciencia en general siente alergia ante cualquier contaminación holística y esta apuesta por un holismo de tipo linguístico no gusta nada entre muchos neurólogos y filósofos: Searle y Dennet se han apresurado a replicar, como era de esperar. Yo, desde mi ignorancia en tan profundo tema, sin embargo, quedo desconcertado: me pregunto si hacía falta esperar tanto tiempo para leer una sugerencia de este tipo en la literatura anglosajona, aún cuando estuviera apuntado ya en Wittgenstein. Y más cuando parte de la filosofía "continental" apostaba ya por esta respuesta hace más de cincuenta años. Paradojas de la filosofía ultraespecializada, supongo...
La mente como un todo, el cerebro como una parte. La imposible unidad de lo complejo. (Foto: Cuarto A 2009)

sábado, 3 de octubre de 2009

LA CIENCIA Y LOS LÍMITES DE LA RAZÓN EN LA POLÍTICA.


Se ha confirmado lo temido: el abultado déficit público ha conducido a un recorte de la inversión en investigación y ciencia, nada menos que de un 15 por ciento. No se tocan los salarios de los científicos, pero varias instituciones van a perder buena parte de su financiación para todo aquello necesario en la renovación de equipos, congresos y publicaciones. Alguien dirá que estos pueden ser gastos superfluos, pero la ciencia, para que dé resultados, tiene que ser eficiente, y la investigación es cara.


       Una persona ajena a la investigación puede considerar esto grave, pero no es consciente de lo que realmente supone. Estamos habituados a plantear un recorte del presupuesto en algo que dejas de percibir y quedas como estabas. La lógica del investigador no es esa, ni mucho menos. La investigación científica en nuestros días se basa en proyectos lentos, en los que es precisa la cooperación de muchos investigadores y a la vez se precisa de plazos de tiempo muy largos, de varios años, para ver un resultado tangible. Cortar de repente esa fuente de financiación no significa quedarte como estás: significa que todo aquello que se ha gastado hasta ese momento se tira a la basura. Con razón defendían desde el CSIC que la inversión en ciencia, si no subía, al menos debía mantenerse, pero no reducirse en esta proporción. Y las cosas se pueden ver desde una perspectiva aún más desagradable: si entendemos esto como un juego de competitividad, el diferencial con otros países no se queda en lo que reducimos nosotros, sino que hay añadir lo que otros aumentan en su presupuesto de I+D+i.
     Me pregunto una y otra vez por la razón de este cambio. Me gustaría estar equivocado en mi propia explicación, pero parece ser que es a lo que apunta una vez que sabemos quién gana y quién pierde en los presupuestos generales. Gana la política social, pierde la competitividad y la investigación. Que las prestaciones de desempleo en época de crisis sean intocables es algo que nadie cuestiona, pero el gasto social no acaba ahí y no todo tienen el mismo valor. Una vez más, el corto plazo atenaza las decisiones de la política.


      Es bien conocido por psicólogos y economistas que la racionalidad (poner los medios más adecuados para alcanzar un objetivo) no puede tener una prolongación en el tiempo hasta el infinito. Cuanto más lejos está un objetivo, más difusa se hace nuestra racionalidad y menos fuerza depositamos en ella. Y aquí parece ser que la concepción del tiempo (y los objetivos) para un científico y un político es desgraciadamente distinta. El político hace una gestión de acuerdo con sus intereses en un plazo máximo de cuatro años. El científico, como hemos dicho, puede sobrepasar ampliamente ese periodo de tiempo, y necesita naturalmente una estabilidad económica básica para alcanzar sus objetivos. El político tiene la esperanza que una subida en el gasto social le permita en un corto plazo de tiempo asegurarse los votos de la gente pensionista y de los desempleados y evitar naturalmente una revolución social. En cambio, el voto es menos seguro en la comunidad científica, sumamente reducida y más volátil.
     Si lo entendemos en resultados económicos a corto plazo, el gasto social permite mantener una tasa de consumo entre la gente más desfavorecida, o el millonario gasto en el salvamento de un banco permite salvar la circulación del crédito. La comunidad científica sin embargo, no puede ofrecer suculentas ofertas en tan poco tiempo. Siendo pesimistas, podríamos llegar a decir que la apuesta por la I+D+i no garantiza nada, puesto que estamos en un juego competitivo con otros países, que igualmente apuestan por la innovación. Pero invocar este tipo de argumentos para dejar de invertir en investigación sería un suicidio.


      Lo cierto es que la actitud de los políticos y el gobierno cada vez recuerdan más al rey Luis XV de Francia. Preocupados por la situación del país, los ministros le recordaban al rey que hacían faltas reformas a largo plazo en el reino si no se quería acabar en una revolución. Luis XV contestó de forma condescendiente, “después de mí, el diluvio”. Y así sucedió: el viejo rey murió feliz en su cama. Su hijo moriría guillotinado por la revolución. Nuestra incapacidad de mirar hacia el futuro puede llegar a ponerlo en cuestión.