"En cuanto alguien busca la verdad se convierte en los ojos y la boca de Dios. Y por supuesto, se expone a que haya ateos que no crean en Dios."

sábado, 27 de marzo de 2010

LO QUE DIRÍA HOY KANT AL VATICANO.

      Releyendo los textos de selectividad para los alumnos de bachillerato, me encuentro cada año con el pequeño opúsculo de Kant "Qué es la Ilustración". Una obrita menor, apenas unas páginas sin excesiva profundidad filosófica, divulgativa, y dirigida a un público menos formado de lo habitual para leer a este prusiano de palabra profunda e incomprensible. Quizás precisamente porque Kant aquí aparece más humano y menos elevado que en otras partes de su obra, esta obrita me resulta más digerible que todas las demás. Es en esta obra donde aparece su distinción clásica entre uso privado y uso público de la razón. Bajo el primer principio, el individuo, como miembro de una sociedad bien ordenada y sostenida bajo la autoridad de un estado, debe mantener el principio de obediencia hacia la legalidad instituida. Algo fácil de soportar para un alemán, en el que la obediencia a un estado forma casi parte de su misma naturaleza. Pero por otro lado, Kant sostiene la obligación y el derecho del individuo , en cuanto ser autónomo y como miembro de una sociedad ilustrada, la posibilidad de actuar de forma crítica con toda aquella legislación con la que no está conforme. Es decir, se exige la libertad de conciencia, de pensamiento y de imprenta, clásica en el liberalismo moderno.
        Posiblemente los revolucionarios de todas las épocas, desde los jacobinos de la Revolución Francesa hasta los movimientos antiglobalización, no estarían de acuerdo con esta solución de compromiso con la legalidad que propone Kant, y tal vez esa sacralización del poder estatal no vería las injusticias que pueden provenir de semejante control incuestionado de autoridad. La historia de Alemania es rica a este respecto: la sumisión del partido socialdemócrata al estado en la I Guerra Mundial o en la fase de ascenso al poder de Hitler, o las apelaciones al principio de obediencia en los enjuiciados de Nuremberg pueden enseñar mucho a este respecto. Pero Kant es, una vez más, coherente consigo mismo: no aceptar el principio de obediencia a la legalidad significaría universalizar nuestro comportamiento, y provocar una grieta en la estabilidad de la sociedad que acabaría por conducirnos a la anarquía. Si uno deja de pagar sus impuestos porque los considera elevados, el resto no tiene por qué pagarlos, y conduciría al estado a la bancarrota. Antes bien, diría Kant hoy en día, movilicese en la sociedad civil, dé su voto a un partido que represente sus ideas, y aguarde a que el estado proponga la reforma desde dentro. Pero mientras la ley no cambia, usted debe seguir pagando religiosamente sus obligaciones con el estado, para que la maquinaria social siga funcionando adecuadamente.
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     Dejando de lado su ambivalencia ante la autoridad del estado, Kant tiene las cosas muy claras respecto a otros "tutores" que deben relegar sus viejos privilegios de autoridad ante la sociedad: las comunidades religiosas o iglesias. Ante ellas, la postura de Kant es muy clara. El sacerdote católico o el pastor protestante debe usar alternativamente la razón tanto en el ámbito privado como el público. Es decir, debe prestar un servicio de obediencia hacia la institución a la que pertenece, pero al mismo tiempo, se exige que sea una persona ilustrada con responsabilidades ante la sociedad civil. Esto, traducido al lenguaje de Kant vendría a ser lo siguiente:

    "De la misma manera, un sacerdote está obligado a enseñar a sus catecúmenos y a su comunidad según el símbolo de la Iglesia a que sirve, puesto que ha sido admitido en ella con esa condición. Pero, como docto, tiene plena libertad, y hasta la misión, de comunicar al público sus ideas --cuidadosamente examinadas y bien intencionadas-- acerca de los defectos de ese símbolo; es decir, debe exponer al público las proposiciones relativas a un mejoramiento de las instituciones, referidas a la religión y a la Iglesia. En esto no hay nada que pueda provocar en él escrúpulos de conciencia."
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       Kant publicó esta obra hace casi 230 años: más de siete generaciones en la cronología de Ortega. Podemos decir que su alejamiento en el tiempo comienza a ser considerable: Ha pasado un tiempo prudencial para poder exigir a las iglesias occidentales una reflexión sobre este cometido que les impone este filósofo. Y yo me planteo con estupor hasta qué punto esta propuesta de Kant ha sido asumida por las iglesias actuales. Están muy frescos los escándalos por pederastia que asolan en estos mismos días la iglesia del Vaticano. No es, en realidad, algo nuevo. Estos escándalos en décadas pasadas han ocasionado que Irlanda deje de considerarse tradicionalmente católica, por ejemplo, y la institución eclesial sea vista con creciente recelo.
       Lo grave de este asunto no es que se den estos casos de sexualidad enfermiza dentro de la iglesia: ningún grupo de la sociedad está libre de ellos, aunque una crítica seria apuntaría a qué tipo de gente ingresa en algunos sectores de la iglesia (no todos), y si existe hay algún tipo de control psicológico sobre ella. Como en el ejército, la falta de vocaciones tal vez permite la entrada en su seno a todo aquel que lo desee, sin importar demasiado de donde venga. Lo que es extremadamente grave es que la autoridad eclesial no haya sido lo suficientemente dura con estos casos, en nombre de una caridad y un perdón mal entendido. Aquí la iglesia incumple la sensata propuesta kantiana de pertenecer, antes de nada, a una sociedad civil y medianamente ilustrada, con todas las obligaciones que eso implica: la propia mejora de su institución de cara a esa sociedad plural. Haría bien aquí plagiando la famosa frase de Richelieu: "Somos católicos, pero antes de católicos, liberales". Se ganaría mucho si esa frase tuviera más adeptos decididos en la alta jerarquía y se perdiera el pánico a una pérdida de prestigio moral por el estallido de estos escándalos.
     La jerarquía eclesial se defiende ahora diciendo que estas críticas de inactividad, denunciadas en el New York Times, y dirigidas al mismísimo Benedicto XVI, son parte de una campaña de difamación por parte de sectores laicos y ateos de la sociedad occidental. Demasiadas veces ha sonado ya esta canción, y permítanme ponerla en duda, al menos en parte. En lugar de lanzar balones fuera, acción y responsabilidad: más vale tarde que nunca, aunque sea doscientos años después de Kant.
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martes, 23 de marzo de 2010

EDUCACIÓN EN LA ESCALERA.

Los últimos días he tenido la suerte de acudir a uno de esos eventos donde uno duda por completo de la utilidad de las asignaturas que imparte en el sistema educativo: las reuniones vecinales. Pues bien, en dicha reunión de vecinos estaba presente toda la fauna típica de estos peculiares encuentros. Dentro de la presencia civilizada de la mayoría de los vecinos, no faltaba el típico individuo, supuestamente interesado en la causa común, que castiga al administrador con mil preguntas insidiosas sobre su gestión económica. Allí estaba también aquel que mira continuamente el reloj, atormentado por la pérdida de tiempo. Un par de vecinas cuchichean sobre algún cotilleo en la escalera de abajo. Los demás comenzamos a mirarnos con cara de circunstancias, pasivos, sujetando las baldosas de la pared, no vayan a caerse. El vecino implicado en el diálogo con el administrador se olvida de la noción temporal que gobierna al mundo. El hombre del reloj pierde la paciencia, levanta la vista y abre la boca, a ver, hostias, que empieza el partido del Madrid, déjenlo ya. Pues mira quién habla, dice el administrador, el último que ha llegado, quién se cree para mandar ahora. El tipo del reloj y el presidente de la comunidad intercambian miradas furiosas, el administrador se aparta un paso para cerciorarse que no va con ellos. Llegan a las manos, algunos los separan y los demás seguimos sujetando las baldosas, haciendo de investigador antropológico en mi caso. Las aguas vuelven a la calma y por fin comienza una civilizada y tediosa reunión, siempre demasiado larga para lo tratado.

Esta escenita, que bien podría estar en las mejores páginas de Larra o de Mesonero Romanos, me deja pensativo. Al llegar a casa, me pregunto cómo esas personas que regresan a sus casas más calmadas gestionan la educación a sus vástagos, algunos de los cuales han pasado por el lugar de la reunión. y luego no puedo dejar de interrogarme el error de considerar el sistema educativo como algo cerrado, autónomo, aislado de la vida cotidiana de la gente. Poco importa lo que puede enseñarse a un niño en una clase sobre el valor del civismo, si al llegar a la puerta de su casa se encuentra con semejante tinglado vecinal. Poco importa lo que se diga en una tutoría, o una asignatura de valores cuando se enciende una televisión que dice lo contrario y un padre que asiente a lo que dice dicho trasto. Qué puede hacer una hora semanal de EpC, por poner un ejemplo, contra dos horas y cuarenta minutos diarios de televisión de baja calidad, en un adolescente de catorce o quince años. Desde esta perspectiva, parece el colmo de la contradicción una manifestación en contra de Educación para Ciudadanía o la Ética y que ese mismo movimiento no se haga en contra de otros agentes socializadores más perniciosos e influyentes, empezando por medios de comunicación, el juego de una PlayStation y terminando con la conducta de algunas familias. Contradicciones del mundo moderno...
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lunes, 15 de marzo de 2010

GROSSMAN, OLVIDO Y DEVENIR EN "TODO FLUYE"


Ha habido muchos retratos de regímenes totalitarios o autoritarios, y la literatura occidental le ha dedicado una cantidad considerable de páginas. Si en el siglo XIX las novelas realistas orientaron sus miradas hacia los cambios sociales del capitalismo y el liberalismo, algunas de las novelas europeas fundamentales del siglo XX se centraron en los horrores del estado y su relación con los individuos. George Orwell, Alexandr Soljenitsin, Arthur Koestler o Vargas Llosa en Latinoamérica, dedicaron muchas páginas a la crítica de ese estado o esa utopía. Pero al igual que muchas novelas del existencialismo, eran productos de intelectuales, excesivamente ideologizados, pensados, categorizados. Les faltaba una auténtica dosis de realidad, una experiencia vital interna. En definitiva, las novelas occidentales están hechas por espectadores del estado, no por experiencias del mismo.

Producto de estas simplezas y de esa deformación ideológica de toda dictadura, cuando yo hablaba hace unos años con Damian o con Liba, gente de Europa del Este llegaba a conversaciones tan estúpidas como estas:
- ¿Qué hacíais con el comunismo? ¿Os podíais divertir entonces?
- Pues claro que sí. Teníamos fiestas y bebíamos vodka a escondidas. ¿Qué os creíais?
Y la misma pregunta hacía a mis padres:
- ¿Cómo podíais vivir con el franquismo?
- Bueno, salíamos de fiesta los viernes.
Y cuando en mi aldea gallega preguntaba a los emigrados argentinos o paraguayos de las dictaduras latinoamericanas, su respuesta casi hería nuestro sentimiento liberal:
- En realidad se vivía bien. Los militares te respetaban si no te metías en política, y había orden.

Si seguimos los argumentos anteriores, Hobbes parecía tener razón: el orden está antes que la libertad, y la libertad es un pensamiento residual en el conjunto de una población, una necesidad que solo unos pocos poseen. De hecho, una parte importante de las dictaduras caen por su incapacidad de enmendar los errores que comenten, y no por la falta de libertad. Más de un teórico político sostiene que la libertad democrática es meramente un instrumento para evitar errores y no es un valor importante por sí mismo.
En definitiva, lo que estas dictaduras habían logrado era mantener una parte importante de la población en una vida cotidiana completamente ajena al campo de la política. El activista político es siempre minoritario, que solo tiene éxito en contadas ocasiones de crisis. Lo que opera en las dictaduras es el olvido de la historia y la complicidad del delator. Esto lo vio como nadie Vasili Grossman en las últimas novelas que escribió, Vida y Destino y Todo Fluye, en la época de la desestalinización de Krushev.

viernes, 12 de marzo de 2010

FALACIAS EN EL PENSIONAZO.

Nuevamente, hablamos de escurridizos temas económicos en esta página, y el autor cada vez se siente más inseguro recurriendo a ellos. Un vistazo a mis blogs favoritos y a algunas referencias más me conducen a hablar de la reforma de las pensiones. No voy a escribir aquí si estoy a favor o en contra (cada día me siento más inseguro ante esos dilemas), pero sí remarco lo que considero aquí que son errores de argumentación en todo este debate.

Existe un argumento muy serio, una fórmula básica, que empuja a una reforma de nuestras pensiones. En principio, nuestra tendencia demográfica tiende al envejecimiento y nuestra esperanza de vida tiende también a ser más larga. Esto implica, en un sistema de pensiones, que hay que pagar a más gente y por más tiempo, y que por lo tanto, el gasto tiende a ser bastante mayor. Algo hay que hacer al respecto para obtener más recursos y dentro de ello, la opción de elevar la jubilación a dos años más es relativamente comprensible.
Pero aquí entran los problemas, errores o extrapolaciones en este argumento.

a) En primer lugar, existe una proyección en el tiempo de una situación en el presente que no tiene que por qué darse. Proyectar una demografía en más de treinta años es algo ilusorio, como ocurrió ya en los noventa, y nadie se esperaba el impacto de la inmigración. En sentido inverso, se puede plantear que la población menor de cuarenta años estará en otras condiciones a las actuales cuando tenga sesenta y cinco y tal vez sea legítimo aplazar la jubilación.
b) En segundo lugar, hablamos de las variables demográficas para enjuciar las pensiones y suponemos que todas las demás variables que influyen en las mismas serán constantes e iguales a las del tiempo presente. No se estima el impacto que puede tener el aumento de la productividad, una bajada en el nivel de desempleo, el déficit del estado o la presión fiscal.
c) Parece que se ha querido tratar el problema de las pensiones no para solucionar un problema del futuro, sino para abordar los problemas del presente. Y aquí es donde juegan esa vieja teoría de las expectativas racionales. Afrontando reformas cuya realización parte de aquí a veinte años, se quiere vigorizar un estado sin crédito internacional alguno, y cuya emisión de deuda pública cada vez le resultará más cara si no intenta estas reformas.
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Prácticamente nadie plantea alternativas a la paulatina reducción y desparición de las pensiones públicas, para convertirlas en modelos mixtos o puramente privados. O quizás no interese hacerlo. En cualquier caso, hay herramientas para revertir el proceso: basta con que la clase política tenga el coraje de llevarlo a cabo.

Una vez que la varilla de incienso se enciende, nada puede apagarla. Se disfraza la teoría económíca de leyes y procesos inevitables y necesarios, cuando en el fondo es un producto de los hombres sometida a sus necesidades.

Una entrada del amigo Helí Ovalle: http://histoclio.blogspot.com/2010/03/el-verdadero-debate-economico-de.html

Un artículo ilustrador recomendado por Víctor Casco de Vicenç Navarro: http://www.rebelion.org/docs/101524.pdf

jueves, 4 de marzo de 2010

FILOSOFÍAS DE LA PATERNIDAD

Paso las primeras noches en compañía de Gema y Juanito en el hospital. Las cabezadas, el cambio de pañales, el mirar estupefacto un cuerpecillo tan sumamente indefenso y por otro lado tan sumamente dependiente de otro me empuja a lanzar muchas reflexiones en el silencio de la noche (si es que a una planta con recién nacidos se puede llamar silencio).

Entre algunas de ellas, me preguntaba cómo es posible que la filosofía haya creado un vacío tan frustrante en las relaciones entre un padre y un hijo, en los primeros momentos de su vida. el padre es borrado de cualquier reflexión posible, porque su rol ha sido tradicionalmente muy ajeno a toda esa experiencia. Basta pensar la hilaridad que suponía en el siglo XIII que Marco Polo asegurara que en la lejana China, el padre pasaba los cuarenta primeros días de nacimiento de un hijo metido con él en la cama, mientras la madre descansaba. Semejante comportamiento tan afeminado y poco viril, se vería hasta hace apenas dos décadas como algo desprestigiador de la figura del hombre.

La culpa de todo esto tiene profundas raíces históricas. El dios de las religiones monoteístas y de sociedades patriarcales, no mira a los recién nacidos ni a los niños: se preocupa solo de los hombres y mujeres adultos, y fundamentalmente de los primeros. La cita de los evangelios en el que Jesús pide a sus discípulos que no alejen a los niños de él es casi anecdótica. La teología y la filosofía extendieron por analogía esta expresión de padre a sistemas políticos y económicos. El rey entendido como padre de todos los súbditos, el noble medieval y el burgués capitalista como protector de desesperados a los que después explotar más facilmente y un largo etcétera.

Con razón Kant y los ilustrados dijeran: libráos de los tutores, que en el fondo son padres ficticios que no os dejan ser lo que debéis ser. Y sin embargo, la familia quedaba fuera de esa crítica. Está claro que la puntilla de esto, la destrucción más radical de la paternidad vino de Freud. Este psicólogo dejó entrever la relación profunda que existía en la figura del padre con toda forma de dominación cultural y religiosa. Y entendió la religión en el sentido opuesto del que hablabamos antes. Dios, proyección de un padre real que impone su autoridad, su amor y sobre todo su sanción y castigo sobre los hijos. Solo queda destruir ese padre para que el hijo pueda vivir. Después Erikson lo llevaría a la adolescencia: identidad hipotecada. El adolescente debe superar el instinto de perpetuidad y proyección del padre y ser él mismo.
Resultado de todo esto: la fraternidad y el amor entre hermanos quedó sublimizado en los ideales de la revolución francesa, del nacionalismo y cualquier invento posterior. Los hombres se sentían hermanados por un vínculo común: la madre patria o la madre tierra, con un rol femenino. Pero el padre quedó desterrado.
Pues bien, no estoy conforme con todo esto: dónde queda el padre con instinto maternal? La filosofía tradicional calla. Una liberación de género, una superación de roles arcaicos todavía queda pendiente. La mujer ha luchado por liberarse de esos roles tradicionales, el hombre apenas ha empezado.

lunes, 1 de marzo de 2010

JUANITO


Y por fin llegó el día que uno piensa siempre lejano e imposible. Tras un parto complicado y muchos nervios, tengo un pequeño ser en mi pecho que resulta ser mi hijo Juanito... y la experiencia resultante: lo otro, lo que está más allá del lenguaje, lo mostrado, lo vivido. Reducirlo a palabras es sencillamente imposible, y es una experiencia privada: no se puede compartir si no se tiene. En fin, perdonen que ante tal shock condene mi blog a un tiempo de silencio contemplativo que espero no sea demasiado prolongado...