"En cuanto alguien busca la verdad se convierte en los ojos y la boca de Dios. Y por supuesto, se expone a que haya ateos que no crean en Dios."

jueves, 22 de abril de 2010

A VUELTAS CON EL VELO.

Se reabre la guerra cultural en Europa y la polémica del velo musulmán. La eterna pregunta que se abre en el colegio de Pozuelo se extiende por toda Europa, Francia, Suiza y Bélgica. Están en juego los límites entre la autonomía individual y la autoridad del estado para establecer lo bien visto por la mayoría de sus ciudadanos. Detrás de la negación de las autoridades del colegio a llevar cualquier tipo de vestimenta que cubra la cabeza de los alumnos se esconde un auténtico choque de costumbres y tradiciones. Equiparar un velo a una simple gorra juvenil es desconocer las profundas fosas culturales que empiezan a convivir en nuestro país y a la que nos vamos enfrentando paulatinamente.

Dentro de una democracia, se plantean tres soluciones al problema: (a) que la alumna cumpla las reglas que exige la mayoría y se la integre en el sistema educativo actual, (b) llevar a esa aluma a un sistema educativo paralelo, de acuerdo con sus peculiaridades culturales y (c) establecer una excepción en el sistema educativo velando por las particularidades culturales de cada uno de los individuos. La primera opción es la solución "a la francesa" en la que el estado omnipotente, liberal, establece los marcos de convivencia entre los ciudadanos en nombre de la igualdad jurídica establecida por la sagrada Revolución Francesa. La tolerancia se entiende solo desde el marco de la tradición occidental, y todo elemento cultural diferente se considera como potencialmente peligroso y desestabilizador para el sistema. La segunda es la "opción turca": la tolerancia se afirma estableciendo compartimentos estancos entre los distintos grupos culturales de la sociedad. Este modelo es el más antiguo, marco de referencia de los imperios pluriculturales, desde el imperio romano hasta la actual Turquía. Esto es lo que se conoce como el  "modelo del mijo": en una sola espiga -el estado unificador- emergen multitud granos -grupos culturales con autonomía para decidir sobre sus propios asuntos-. La última opción es la "solución canadiense", propia de sociedades de inmigración. La función del estado es velar por la máxima autonomía de los individuos manifestandose en sus peculiaridades culturales. Esto concede una complejidad y pluralidad cultural a estas sociedades que es entendida no como un riesgo, sino como algo enriquecedor.

Desde nuestra personal opinión, no existen soluciones éticamente superiores a las demás. Este es el típico ejemplo de un dilema filosófico que se tiene  que resolver en la dinámica concreta de la historia. Los autores clásicos de Roma, los liberales como John Locke y los actuales cultural studies ofrecen argumentos contundentes a favor de una o de otra. Pero no creo que sean fácilmente exportables una solución a distintas realidades históricas, como si pudiera exportarse la fabricación de iglúes de hielo al verano extremeño. como sostenía Bhikhu Parekh en su libro  Rethinking Multiculturalism, se imponen situaciones de compromiso y consensos inestables entre estas distintas opciones. La causa es evidente: Europa ha dejado de ser homógenea, y el reto de la inmigración llama a la puerta. Aunque el multiculturalismo se bate en retirada en los tiempos más recientes, quizás el retorno a nuestras raíces más puras no sea la última palabra ni la solución definitiva.
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viernes, 16 de abril de 2010

SOBRE REPÚBLICAS ILUSTRADAS Y TRONOS POSTMODERNOS (II)

Pasemos a la segunda parte del artículo, centrando nuestros esfuerzos en comprender cómo un régimen monárquico es capaz de haber superado con éxito los embites de la historia de los últimos doscientos años. Lejos quedan las profecias de Marx cuando en el 48 aseguraba que la dinámica del capitalismo sepultaría los tronos europeos en el  olvido de la historia. Y partiendo que quien escribe es liberal de alma y demócrata por defecto, el lector se dará cuenta que la decisión de un cargo representativo y simbólico como puede ser una república o un monarca no es una cuestión que enturbie demasiado mi ánimo por el momento, así que escribiré el artículo como una especie de divertimento postmoderno sobre la monarquía. Así de pedante y frívolo.

En un sentido político estricto es difícil no posicionarse a favor de una república. Pero permítanme que impere el pragmatismo político antes de tomar una decisión ética. Habitualmente se dice que la opción republicana es más democrática que la monárquica, pero eso no es una prueba de ser moralmente más elevada. Como muy bien advertía Aristóteles, los regímenes políticos no tienen nada que ver con la moral, sino que es la acción de los gobernantes la que nos permite hablar de un gobierno justo o injusto.  En una perspectiva pragmática, un presidente de la república puede ser democráticamente elegido y ser un desastre y un monarca sin serlo tener una gestión brillante. En segundo lugar se nos dice que el cargo de presidente de la república está abierto al pueblo. Pero realmente no es así: votamos dentro de una aristocracia política establecida. Incluso las repúblicas más antiguas tienen sus propios linajes cerrados (véase los Bush, o los Kennedies en Estados Unidos). Por defecto, una república será a largo plazo más efectiva que una monarquía porque tiene una mayor capacidad de enmendar sus posibles errores, al igual que en general un régimen democrático es más efectivo que una dictadura por su transparencia y renovación.  

Nos tenemos que preguntar entonces por qué algunas monarquías se mantienen con más o menos estabilidad en determinados países europeos. Y uno debe plantearse que, precisamente al tratarse de un poder simbólico, los argumentos a favor o en contra de la monarquía no oscilan en torno a su carácter democrático, sino a su poder de convocatoria y de generar una identidad colectiva. El título hereditario de la realeza queda así vinculado con cosas como la bandera catalana, el gallo portugués, la siesta española, John Bull o el tío Sam. Nadie ha elegido esos símbolos: el tiempo los acaba imponiendo. En la medida en que un pueblo sienta identificada su tradición cultural y política con la de la realeza, la monarquía puede suspirar con alivio. Un ejemplo de esto es la monarquía inglesa: eliminarla supone destruir el sustento fundamental de una comunidad imaginada tan relevante como la Commonwealth, por ejemplo. Además, la monarquía británica ha sabido vincularse con una tradición liberal firme -la más antigua de Europa, hasta el punto que la república inglesa está vinculada históricametne con una dictadura (Cromwell)-  y al mismo tiempo mantener un profundo espíritu aristocrático, hasta ser la más absolutista de las europeas. Esto hace que crisis tan graves como las sufridas en el reinado de Isabel II no se hayan saldado todavía con el derrocamiento de la monarquía.   
Podríamos decir que aquellas monarquías que supieron atravesar las revoluciones con entereza y sin fisuras, lograron perpetuarse en el tiempo. No son muchas en realidad, pero no se puede negar que fueron aliento para su pueblo en circunstancias difíciles (las monarquía danesa o la belga, en la II Guerra Mundial)  y que siempre se reconocieron así mismas como liberales. Pero además, en nuestros tristes tiempos de la jaula de hierro, la realeza es lo que resta de una Europa con un toque "sagrado", previo a un capitalismo democrático, en su peor sentido de la palabra: vacío, alienante, homogeneizador, mercantil, desacralizado en el que todo se compra y vende. La aparición de una monarquía (y una república también) se pueden convertir fácilmente en un reencantamiento momentáneo del mundo, con el que la gente, de forma prerracional y fantasiosa, puede estar completamente de acuerdo. Por eso, no dudo en calificar las monarquías actuales como "postmodernas". En la permanencia de una monarquía, cuenta tanto la propaganda mediática de un documental sobre el 23-F, en el que se analiza la buena gestión política del monarca, como la capacidad de la familia real de llenar portadas de revistas del corazón. La gente no solamente consume política en la forma de una decisión racional, sino también de forma sentimental y afectiva. En una palabra, la monarquía cuenta con glamour. El cuento melodramático de Lady Diana y el príncipe Carlos no puede suceder en una república, y eso que Francia o Estados Unidos ofrecen jugosas historias en este sentido. Y precisamente, ante un cargo vaciado -en cierta medida- de valor político, esto último puede jugar con más fuerza.   

En conclusión, las monarquías europeas se mantendrán en el tiempo si pueden jugar a su favor con esas dos fuerzas centrífugas que regulan su legitimidad. Por un lado, su legitimidad parte de una identidad simbólica que paradójicamente puede aumentar su importancia, dada la importancia de la identidad y la imagen en nuestra cultura política, vaciando cualquier otro significado relevante. Por otro, dicha legitimidad va a ser siempre cuestionada por la tendencia inveterada del régimen monárquico al error político y la imposibilidad de ser rectificado. Tarde o temprano, el miembro de una dinastía real cometerá un grave error, despilfarrará dinero, formará parte de un escándalo mediático o tomará una decisión impopular. Nuestros tiempos, al mismo tiempo que se refugian en la imagen, no aceptan la ineficacia ni una mala gestión de los recursos. Otra vez, la fuerza del dinero es lo suficientemente poderosa como para derrocar un cetro, como decía Marx.

Y así, para concluir, nos queda plantear: y qué pasa con la actual monarquía española. Pensemos que es una excepción increíble, una paradoja histórica casi inexplicable. Es la única monarquía que se ha restaurado en Europa no solo después de dos repúblicas (sin contar Napoleón III), sino también la única que se ha impuesto en la segunda mitad del siglo XX en Europa: tal anacronismo es ya una excepcionalidad. También es la única en la que el monarca ha tenido un juego político tal que muchos ven en él al artífice en la sombra de la Transición. Quizás esa sea la clave de su éxito, pero también la de su paulatina decadencia. La monarquía española no puede contar, como sí tienen otras, el patrimonio de ser el único régimen liberal, federalista y democratizador de nuestro país. La memoria de la II República tiene un significado simbólico mayor en este sentido que el de la propia realeza. Sus sucesivas deposiciones, alternancias con repúblicas y enroques con dictaduras, han eliminado cualquier vestigio de inmutabilidad y de carácter intocable, y eso sin duda minará su continuidad en el largo plazo.       

miércoles, 14 de abril de 2010

SOBRE REPÚBLICAS ILUSTRADAS Y TRONOS POSTMODERNOS (I).

Con motivo del aniversario de la II República, leo en blogs amigos tiernas dedicatorias al evento histórico, en una mezcla de nostalgia romántica hacia el pasado, huída de la jaula de hierro y reivindicación decidida hacia el presente y el futuro. La II República marcó un hito en el proceso de modernización de la historia de España, un hito truncado por una trágica guerra civil que todavía hoy sigue levantando ampollas judiciales. Pero no creo que la España de hoy esté basada en esos cinco años escasos de duración, y no dependa más de los profundos cambios que se experimentaron en el último tercio del siglo. Eso quizás es algo que se olvida con frecuencia por parte de los más ardientes defensores de este régimen.

Hace un par de años en Salamanca coincidí casualmente con una protesta contra el plan de Bolonia desfilando por la puerta de Zamora. Encontré un montón de estudiantes portando las banderas republicanas tricolor con orgullo. Yo inmediatamente pensé qué podía tener que ver una revisión de un plan educativo europeo, con el cambio de nuestro régimen político. Ah, pensé, resulta que la república es una idea de izquierdas, ni más ni menos, y que una persona de izquierdas solo puede ser republicana.  La manía de ostentar enseñas republicanas hace un flaco favor a la llegada de una república para todos y no abiertamente partidista. Y el error consiste en entender la república como si todavía una revolución estuviera pendiente en nuestra historia.  

Naturalmente, la II República es mucho más que un periodo agitado de nuestra historia: forma parte del legado simbólico y cultural de casi toda la izquierda de este país, en cuanto que reivindica la tradición progresista de esa España que estaba en ciernes y no pudo ser. Y esta es la primera peculiaridad histórica de nuestra república. Fue la encarnación de una ideología ilustrada que no tenía nada que ver con la mayor parte de las repúblicas que se estaban proclamando en Europa tras la I Guerra Mundial. Tan solo la república de Weimar se asemeja a la nuestra, y nació entre una fuerte represión revolucionaria. Nada que ver por supuesto con la república ultracatólica y nacionalista de Irlanda y el Fianna Fein de De Valera. Poco que ver con la transformación hacia la derecha de la tibia república portuguesa de 1910, que acaba en el Estado Novo, ni con las repúblicas nacientes de la desaparición del Imperio Autrohúngaro. Tan solo la naciente república checoslovaca de papá Masarick (así le llaman aún los checos) podría tener un reflejo con nuestra historia.   En definitiva, nuestra república venía con retraso de un siglo respecto a lo que sucedía en Europa. Lo que debía haber ocurrido en 1848, tardó demasiado tiempo en suceder, y nació en tiempos demasiado adversos. En definitiva, en ese cambio de régimen estaban depositadas demasiadas esperanzas, imposibles de colmar en muy poco tiempo.
Para explicar su fracaso, unos dirán que la base material del país no estaba preparada para esos cambios hacia la modernidad y fue una quimera imposible de realizar. Otros, que la oposición frontal de los sectores conservadores que no estaban dispuestos a ceder sus privilegios, hizo imposible cualquier avance. Y unos terceros, que nuestros primeros dirigentes democráticos actuaron en una frívola mezcla de ingenuidad, arrogancia y condescendencia, de la que, eso sí, hemos aprendido mucho a no repetir sus errores. Cada cual que tome la interpretación que más le guste. Yo, en línea con la visión más pesimista, me quedo con la interpretación puramente hobbesiana: el fracaso de unas expectativas altísimas y el aumento de la libertad política conducen a la ingobernabilidad, cosa que acabó minando el legítimo gobierno repúblicano y creándole enemigos hasta debajo de las piedras. Quizás fue un fracaso, pero un fracaso necesario en nuestra historia: con ese tropiezo aprendimos a construir otra democracia más firme. No de máximos, sino de consensos: eso es lo que les falta a los republicanos de hoy en día, y lo que entendió perfectamente la monarquía en la Transición. Por eso se ganó el puesto en aquella época.

Pero no vamos a dar lecciones baratas de historia, que pueden estar sometidas a revisión y crítica. Tan solo deseo desde aquí que los republicanos de nuestros días empiecen a trabajar en un proyecto menos ambicioso, menos atrapado en el tiempo y la nostalgia, y reconociendo que buena parte del proyecto de su añorada república está más que realizado y superado (hasta el punto que muchas de nuestras libertades y derechos eran sencillamente impensables entonces). Mientras no hagan eso, habrá que esperar mucho tiempo, hasta que las ideas republicanas se impongan no por méritos propios, sino por defectos de su contrario.  Cuando llegue la república, (supongo que algún día será así) ojalá lo haga de forma callada, fría, y con la emotividad justa que requiera la ocasión, como un paso necesario hacia formas de gobierno más perfectas. Eso sería sinónimo de aburrimiento, pero también de madurez política.  

jueves, 8 de abril de 2010

R.I.P. POR EL ESTADO.

Estamos ante una paradoja: una crisis originada en el mal funcionamiento del sistema financiero capitalista se salda con el déscredito más absoluto del estado como gestor de la crisis.
Esta paradoja no deja de asombrarme por lo extendida que está. Con cualquier persona que hablo últimamente, no duda en señalar al estado del causante de la crisis. "La culpa es de Zapatero", es la muletilla general, "Nos ha arruinado", dice otro. "Un desastre", vocifera la mayoría. Por unas razones o por otras, este pobre desgraciado, un estadista mediocre que no está a las alturas de las circunstancias, y que posiblemente se siente atado de pies y manos para cualquier medida económica relevante, se convierte en nuestro chivo expiatorio nacional. Y a él le podemos añadir los nombres de Gordon Brown, Merkel, Sócrates y otros muchos de diferentes ideologías políticas y que posiblemente han hecho una gestión aceptable de la crisis. Ni si quiera para ellos se plantean el término algo más moderado de perpetuador o mal gestor de la crisis económica. La culpa de la crisis la tiene ahora el estado irlandés, español o griego por haber caído en un tenebroso déficil público que ensombrece ahora la recuperación del futuro. Es más fácil acusar a una persona o una institución tangible, que a los invisibles flujos especulativos de capital que circulan por Internet de bolsa en bolsa, o a las plusvalías inmorales de nuestro ex-boom inmobiliario. El impersonal y todopoderoso sistema económico se ha salvado, una vez más -y por ahora-, de su auténtica remodelación.    
Nubarrones sobre nuestra economía.

lunes, 5 de abril de 2010

LA CIENCIA, DESDE EL PESIMISMO DE ORWELL

El tiempo es un bien escaso en nuestros días, y por ello necesitamos dosis pequeñas de filosofía para poder llegar al público y disfrutarla nosotros mismos. Por eso cuando encontramos un escrito conciso e intenso se convierten en un gran hallazgo. Leyendo blogs ajenos me he topado en estas últimas semanas con uno de esos textos dignos de enmarcar y leer detenidamente: un pequeño artículo publicado por George Orwell en el año 1945, final de la guerra mundial, y en un momento en el que el autor tiene en un estado avanzado su obra magna de 1984 y que tiene como significativo título "Qué es la ciencia".
En él se perfila el clásico enfrentamiento entre el conocimiento humanístico y el científico-técnico, en el preciso momento en el que la educación europea abandona la formación humanística por su carácter supuestamente inútil, y se alza la formación técnica. El artículo surge en un momento en el que el avance científico hace peligrar por primera vez en la historia la supervivencia del propio ser humano como especie: un peligro que vuelve a poner sobre la mesa los fines e intereses ocultos o inconscientes del desarrollo científico.

Las ovejas, una de las comunidades animales utilizadas por Orwell para su Rebelión en la Granja. Bien podrían representar el carácter acrítico del científico deshumanizado.

jueves, 1 de abril de 2010

LO QUE DIRÍA FREUD AL VATICANO EN TORNO A LA PEDERASTRIA

      El otro día leía en El País un interesante artículo de Hans Kung en relación con los últimos escándalos del Vaticano, tema que tocábamos en el último post de Kant. Lo cierto es que el argumento de Hans Kung no es realmente nuevo: es una tesis repetida desde una parte importante de la psicología profunda. Las desviaciones sexuales de un grupo de clérigos a escala casi global tienen una raíz profunda en uno de los rasgos característicos de la iglesia: el celibato.
      La tesis freudiana es bastante simple. La mente humana consta de un complejo equilibrio de energías y pulsiones psíquicas, que necesitan ser descargadas y colmadas. Esa energía se canaliza fundamentalmente a través de las necesidades sexuales de nuestra biología más básica e instintiva. En otras palabras, nuestra conciencia inmaculada, lógica y racional (el yo y el superyo) tiene una oscura voz, un lado negro instintivo e irracional que demanda satisfacer esas necesidades sexuales (el ello). Ante esas demandas, nuestra conciencia puede optar por responder a ellas -en parte- o bien oponerse de multiples formas posibles, a través de represiones, racionalizaciones, proyecciones, fijaciones, sublimaciones y otros muchos recursos. Conclusión clínica de la teoría: Todos los trastornos psicológicos provienen para el vienés de los problemas de nuestra parte consciente, racional, de asumir nuestras necesidades biológicas.
     No consideramos que esta explicación sea científica, pero expresa una imagen intuitiva bastante consistente de cómo funciona el ser humano, y aplicable a infinitas situaciones, hasta el punto que la cultura occidental del último siglo se puede considerar heredera del psicoanálisis.
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    Siguiendo esa perspectiva, Kung traslada el problema de la pederastia (más intensa en el campo del catolicismo que del protestantismo) a una intensa represión sexual que acaba desbordando nuestra personalidad y desviando las energías insatisfechas de una parte del clero hacia formas de afecto y sexualidad completamente reprochables desde el punto de vista de una sana sexualidad. De hecho, estos casos de pederastia son la punta visible de un enorme iceberg de tensiones afectivas y sexuales asumidas por una cultura, superyo o conciencia moral que en la inmensa mayoría de los individuos es capaz de reprimir o sublimar estas carencias. La supresión del celibato obligatorio permitiría superar, al menos en parte, esta situación de inestabilidad emocional continua.
   Nuevamente, la tesis no es científica. Se puede argumentar que la sexualidad puede ser educada y que la cultura religiosa no tiene por qué tener siempre un carácter represor, y que el esquema es demasiado simplista para la compleja personalidad humana del clero. Pero la tesis de Hans Kung parte de una intuición tan clara, o al menos tan compartida en nuestra cultura actual, que gana peso por puro sentido común.
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   Y esto se refuerza con pruebas indirectas: el paulatino descenso de las vocaciones y las bajas dentro de la iglesia parten de una posición sexual incómoda y antinatural. Quizás en el siglo IV y V el ascetismo y el repudio de la carne eran un elemento cultural tan fuerte en la sociedad occidental que hacían el celibato más asequible para la sociedad de la época. Incluso el celibato para las mujeres que ingresaban en la iglesia les permitía la liberación de yugos peores que la represión sexual, como eran la sumisión al varón. Sin embargo, nuestra cultura es hija de Freud, entendida para bien (liberación sexual) o para mal (hedonismo desmedido). Y hay que asumirlo.  
Ante esta interpretación, las razones teológicas para mantener el celibato obligado siempre pueden ser revisadas y no afectarían en realidad al núcleo duro de la religión cristiana. La inmensa mayoría de los creyentes católicos, gente preocupada por satisfacer más o menos su libido y conscientes de los problemas que esta supone, verían este hecho como un avance. Y posiblemente ayudarían a crear un clero más humanizado y cercano a los problemas de la gente corriente.
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Delfines o amantes: La sexualidad en la botella se puede entender de formas diversas.