"En cuanto alguien busca la verdad se convierte en los ojos y la boca de Dios. Y por supuesto, se expone a que haya ateos que no crean en Dios."

miércoles, 24 de octubre de 2012

EL FRACASO DEL PSOE, UNA AMENAZA PARA LA DEMOCRACIA

      El electorado conservador está de enhorabuena. Su archienemigo tradicional, el PSOE, representante de la socialdemocracia en nuestro país, está en la crisis más profunda de su historia. Las elecciones de Galicia y Euskadi parecen estar dando la puntilla a un partido sin rumbo desde que estalló la crisis de la deuda en el 2010. La fuerza que se levantó con rotundidad en las elecciones de 1977 -contra pronóstico- como el partido moderno y moderado de la izquierda democrática, y que durante mucho tiempo se ha visto como la mayoría natural de la sociedad española, está cosechando sus peores resultados desde la Transición. Las razones para esa catástrofe son muy variadas, pero fundamentalmente obedece a una sola cosa: la incapacidad de definirse políticamente como una alternativa viable y coherente al discurso hegemónico conservador y sobre todo, a la solución liberal de la crisis que pasa única y exclusivamente por el adelgazamiento del estado a toda costa y a toda prisa. Si a esto añadimos la gestión poco acertada y errática de los primeros años de la crisis, el PSOE se ha convertido en un partido a la deriva, sin timonel competente ni rumbo claro que tomar.
       Pero podríamos pensar que ese electorado conservador opuesto tradicionalmente al partido socialdemócrata no tiene tantas cosas de las que alegrarse, si fuese mínimamente responsable. El partido conservador no ha ganado sustancialmente votos desde las elecciones del 2011, ni ha hecho nada para fortalecer un consenso social, sino más bien todo lo contrario. Sabedor que para mantenerse el el pdoer en una democracia basta tener un 40% de fidelidad entre la población votante o incluso menos, puede aplicar sus políticas y recetas económicas agresivas, sabiendo que mientras sus competidores están divididos o se abstengan, nadie podrá hacerle sombra. Sin embargo esta autocomplacencia -que puede hacerse arrogante, como vemos en muchas salidas de tono del actual gobierno- no esconde la gravedad de la situación. En ausencia de la alternativa socialdemócrata, este votante ausente, frustrado, resignado o cabreado se vuelve un interrogante, una incógnita por resolver, y sobre todo, en algo imposible de determinar  en torno a su evolución política. En el mejor de los escenarios para los conservadores, este votante resignado prescindirá de la política, convencido de que haga lo que haga, ni su voto ni su acción política alternativa valdrá nada. En el peor de los casos, el votante frustrado socialdemócrata desplazará su voto hacia el radicalismo. Aquí la ecuación es sencilla y funciona con relativa frecuencia: la disminución de intención del voto del PSOE (y menos afiliación sindical por otro lado), es proporcional  al aumento del número de manifestaciones, disturbios y actuaciones antisistema al que nos estamos acostumbrando alarmantemente en nuestro día a día, por no hablar del voto populista que hasta el momento está fragmentado, pero del que no sabemos su evolución, y de la respuesta nacionalista, que amenaza seriamente con fracturar el país.
        Raras veces el hundimiento de la socialdemocracia ha tenido rédito político a largo plazo para la democracia liberal. Como últimamente estamos dados a la historia, pongamos dos ejemplos del siglo pasado. La desaparación del SPD en los años treinta de la República de Weimar, tuvo como consecuencia el auge del voto totalitario del KPD (comunista) o del NSDAP (nazi). Los gobiernos conservadores encabezados por Brunning o Von Papen no tuvieron ascos en actuar en coalición con los radicalismos fascistas, hasta que fueron destruidos por ellos. En España el fracaso de la coalición republicana encabezada por Azaña en los dos primeros años de la II República española condujo inevitablemente a la radicalización del PSOE y el levantamiento de Asturias. La posterior represión del gobierno conservador condujo a una polarización que acabó como todo el mundo sabe (o debería saber) en nuestro país. Es estúpido buscar responsabilidades ideológicas, sobre si fueron culpables socialistas o moderados en el hundimiento de la democracia tanto en España como en Alemania. Ambos fracasaron y tuvieron su parte de responsabilidad en la caída de una democracia que sencillamente dejó de ser atrayente y creible como modelo político para la mayoría del país. 
       Nuevamente, el reto político se repite. El partido conservador tiene que evitar mirarse únicamente en sus estrechas bases sociales (hace tiempo que han dejado de gobernar para todos los españoles) y dejar de confiar en el espejismo de una recuperación económica que tardará demasiado en llegar  y que no afectará a todos por igual. Pero el partido socialista lo tiene aún más difícil. Tendrá que optar entre una alianza con los poderes en el gobierno y Europa en nombre de cierta responsabilidad política o abrazar el populismo y romper la baraja. La primera solución ha sido duramente castigada en las urnas. Toca saber ahora si tras la hecatombe electoral, el populismo será la solución o si la imaginación y la inteligencia nos permitirá vislumbrar otras soluciones más complejas, pero que podrían pasar por reinventar la política y su dimensión meramente nacional. Quizás la huelga general de noviembre sea un aviso de cómo la izquierda debe actuar en el futuro, rompiendo las fronteras nacionales y con la escala europea como única forma de presión efectiva. Pero solo quizás. Como dirían los antiguos, quieran los Dioses ser propicios y dar clarividencia a nuestros gobernantes y políticos. La necesitan más que nunca.  

lunes, 15 de octubre de 2012

DISCUSIONES BIZANTINAS Y CHIVOS EXPIATORIOS... O ESPAÑA Y CATALUÑA EN CRISIS.

        La historia es buena consejera para entender problemas del presente, siempre que sepamos salvar las distancias y reconocer que no todo es pura repetición. Pero para nuestra realidad, es difícil no echar la mirada atrás y contemplar otras crisis y situaciones dramáticas de nuestro continente. Cualquier persona con conocimientos históricos del siglo XX no duda en irse a los años treinta. Como eso ya está bien explicado por muchas mentes lúcidas, vamos a hacer memoria y mirar más para atrás.
       Constantinopla, año 630 de nuestra era: mientras el emperador Heraclio y sus generales veían cómo el Islam devoraba en pocos años todas sus antiguas posesiones después de una agotadora guerra con los persas, en la capital se discutía animadamente sobre el sexo de los ángeles. Constantinopla estaba a punto de caer en la historia y todos, desde el último pobre de la ciudad hasta los servidores del palacio imperial, discutían hasta llegar a las armas sobre si la naturaleza de los ángeles era femenina, masculina o hermafrodita. Los hechos fueron tan serios que las discusiones "bizantinas" pasaron a la historia como conversaciones estériles y sin fruto alguno. Las leyendas cuentan que mientras los turcos tomaban definitivamente la ciudad en 1453 -muchos siglos después de Heraclio-, en los monasterios y palacios se escuchaban todavía conversaciones encendidas sobre el filioque, el sexo de los ángeles y la naturaleza de Cristo, ajenos al saqueo y el fragor de la batalla. Una leyenda, indudablemente, pero que ilustra bien nuestros deseos de evasión ante la adversidad.
      Damos un salto, hasta el año 1347: la peste desembarca en Europa con las ratas de un barco llegado de Crimea. La enfermedad se desplaza a gran velocidad por todo el continente y provoca una auténtica pandemia. Al año siguiente las procesiones de flagelantes empiezan a verse en las aldeas y ciudades de occidente, haciendo sangrar sus cuerpos como penitencia por los pecados de la cristiandad. Cuando esto no funciona, los europeos buscan un enemigo interno: los progroms judíos de muchas ciudades europeas son atacados. Europa no sabe quién es la causante de todas las muertes, y alimenta mitos de judíos envenando fuentes y contaminando ropas, o de castigos divinos derivados de los pecados de los hombres y la llegada del Anticristo. Ni los penitentes ni las persecuciones a los judíos resolverán nada, y la peste continuará su senda mortal hasta acabar con un cuarto de la población europea en pocos años.

      Volvamos al tiempo presente. España, año V de la crisis: mientras los recortes económicos destrozan la paz social del país y una cuarta parte de la población está desempleada, nuestra clase política se enfrenta en cuestiones secundarias como el modelo de estado y las identidades nacionales. Tanto unos como otros avivan la independencia o la centralización administrativa como problemas fundamentales del país o incluso como recetas contra la crisis. Uno no sabe si es la falta de imaginación, el maquiavelismo político, la huida hacia adelante o el cansancio de la clase política. Los analistas saben que la crisis autonómica no es culpa de la descentralización administrativa, sino de una centrifugación identitaria. En los primeros tiempos de la democracia muchas regiones asumieron roles políticos que no necesitaban;  surgieron "comunidades imaginadas" irreales, y el "café para todos" desvirtuó la igualdad jurídica de los ciudadanos al crear 17 embriones identitarios. Retomar la ideología centralista como remedio para acabar con la crisis tiene por tanto un toque demagógico que no conviene olvidar: otros países con una administración centralizada como Portugal tienen tanto endeudamiento como nosotros. El problema por tanto no es únicamente el estado de las autonomías y la duplicidad de competencias, sino el necesario mantenimiento del estado del bienestar con sus costes en sanidad, educación y prestaciones sociales de desempleo. Eso es lo que descoloca las cifras del déficit en España. Sobre el independentismo, sobran comentarios. Postular el estado central y el egoísmo de las regiones pobres como causa fundamental de la crisis en Cataluña es perder el sentido común más básico. Suponer que las cosas van a ir mejor solos es un deseo alejado de la realidad, y un anacronismo cada vez más patente en la realidad del federalismo europeo. Cataluña a lo sumo cambiará de dueño a corto plazo, de Madrid a Berlín. Convertirse en una Suiza del sur a lo largo de una década es algo tan imprevisible como las predicciones del FMI para la economía mundial. Mientras, unos y otros avivan la llama identitaria. Falangistas e independentistas se enfrentan en Bilbao o en Barcelona; los políticos declaran su derecho a españolizar o catalanizar el resto de la sociedad del país, el rey desaprueba a unos y a otros, al tsunami de la Diada le sigue el oleaje del 12 de octubre en la plaza de Catalunya o Cataluña. Debates manipulados para calmar o instigar a los descontentos de la crisis. Disputas sobre el sexo de los ángeles. Y los tiempos no están ni para conversaciones bizantinas ni para buscar chivos expiatorios.¿Seremos capaces de superar la inercia de la historia?

sábado, 6 de octubre de 2012

MARTHA NUSSBAUM, SIN ÁNIMO DE LUCRO

   Este librito de Martha C. Nussbaum, que tiene por subtítulo "por qué la democracia necesita de las humanidades", es un sereno alegato a favor de la reintroducción de este tipo de materias en una educación marcada por el conocimiento puramente técnico. Su motivo es claro: la pura educación técnica, favorecedora del crecimiento económico, no nos da las claves para ser felices, no evita las desigualdades sociales y económicas y pone en peligro la ciudadanía democrática. Con la vista puesta a medio camino entre la India y los Estados Unidos, acompañan a su alegato las experiencias educativas de Rabindranath Tagore, John Dewey, Rousseau y naturalmente, Sócrates, maestro de todos los educadores morales. 
    El libro constituye una estupenda propedéutica para todos aquellos que deseen analizar, más allá de simplezas ideológicas, los motivos serios de por qué una educación en las humanidades se puede convertir en una prioridad para nuestra época. Siendo muy concisos, la autora propone tres metas: educar nuestros sentimientos morales (nuestra capacidad empática y afectos), construir una argumentación socrática que justifique razonablemente dichos sentimientos y la ponga en contacto con otros individuos, y por último, necesitamos ser conscientes de los problemas que nos afectan actualmente como ciudadanos del mundo, más allá de las cuestiones locales. Al mismo tiempo que fija estos objetivos, Nussbaum es consciente de la necesidad de dar un giro radical a nuestros métodos educativos. En cualquier caso, la necesidad de la filosofía o la historia no justifica la necesidad de justificar asignaturas al uso tradicional ni seguir utilizando la metodología clásica fundamentalmente memorística. Una verdadera educación filosófica supondría acabar con buena parte de nuestro currículum, métodos y evaluación tradicional y adentrarnos por vericuetos educativos que la propia autora tan solo se atreve a intuir, y que en definitiva, constituye la parte raras veces realizada y siempre imperfecta de los filósofos metidos a pedagogos. Es preciso ahondar en la senda de proyectos alternativos (como el proyecto de Filosofía para niños -P4C- o estrategias de pensamiento -thinking based learning-), por poner algunos ejemplos creativos para superar la inercia tradicional de la enseñanza filosófica.  En cualquier caso, la crítica es acertada: justificar la filosofía a partir de la mera repetición de contenidos supone una traición hacia el espíritu de la disciplina y el reconocimiento de su inutilidad.
      A medio camino entre el pesimismo y la esperanza en el futuro, la autora es consciente que la educación socrática está más amenazada que nunca, justo cuando más se necesita. Aunque uno podría preguntarse si ha habido algún momento de la historia en la que las humanidades no hayan sufrido este destino, desde los mismos días de Sócrates.

(Post ampliado de la reseña de libros del blog)

martes, 2 de octubre de 2012

ADIÓS, MAESTRO HOBSBAWN.


     Ayer recibí un lacónico mensaje por el móvil de mi mejor amigo. "Hobsbawn ha muerto. Esto es el final". Abrí bien los ojos, como quien espera hace tiempo la noticia y al mismo tiempo siente un pena terrible por la pérdida. Cómo un personaje al que no has visto en la vida se puede transformar en alguien cercano a ti, solo lo consiguen horas de conversación privada, de monólogo a veces, o de críticas sin respuesta, que parten de la lectura de libros que te llegan hasta dentro de tu alma. Sí, los libros tienen ese poder comunicador, aunque solo algunos, por supuesto. Ese sentimiento fue lo que me indujo el gran profesor Hobsbawn a través de las "Eras" cuando yo era estudiante universitario, o el confidente de sus memorias personales del siglo XX, en mi etapa de inmigrante, o el crítico político que se escondía tras multitud de ensayos, leídos en muy distintos momentos de la vida. Cuando escribo estas líneas, miro de reojo sus libros en la estantería, con títulos en inglés, en español, gastados o casi nuevos. Tan solo Duby me inspiraría tanta admiración al leer páginas de historia,  pero no pasó para mí de ser meramente un gran profesor: Eric Hobsbawn fue algo más. 
     Nunca llegué a hablar personalmente con él, ni falta que hacía. Pero sí hablé horas sobre él, con multitud de personas de distintos gustos e ideologías, de forma que se hacía cercano en la distancia. Comentando las vivencias de sus libros, como quien describe las juergas o desgracias de un amigo cercano. Sus libros me permitieron descubrir no solo una forma de hacer historia, sino de ser parte integrante de esa misma historia que cuenta con una vida trepidante. Tan solo en el mundo de la filosofía personajes como Sartre pueden tener semejante maleta de vivencias, y recuerdo la gran enseñanza del otro maestro. En el mundo de la vida no cuenta estar equivocado o en lo cierto: cuenta ser tú mismo y tener clarividencia. A Sartre le sobraba de lo primero y le faltaba quizás lo último (tal vez por deformación filosófica), pero Hobsbawn llegó a un punto intermedio que rozó la perfección.     
      "Hobsbawn ha muerto". En ese frío mensaje de condolencia lejana, se escondían muchas cosas, al igual que nos ocurrió también cuando fallecieron Richard Rorty, Rawls y otros pesos pesados que de una forma u otra, han marcado tu vida no solo profesional o académica, sino tu propia forma de ver las cosas más mundanas. Cuando un maestro muere, los discípulos quedan huérfanos y sienten la propia muerte llamando en su entorno, como aseguraría Heidegger. Al menos, siempre estarás a nuestro lado en el momento que te necesitemos. Es lo más parecido a la inmortalidad que pdemos conocer en este mundo finito, y el reconocimiento más grande que puede hacerse a una persona.