"En cuanto alguien busca la verdad se convierte en los ojos y la boca de Dios. Y por supuesto, se expone a que haya ateos que no crean en Dios."

jueves, 24 de enero de 2013

UNA ENTREVISTA CON ROBERT SWARTZ



Esta entrevista la realizó el autor del blog con motivo de la visita del profesor Robert Swartz al colegio La Asunción, el 12 de enero del presente año. Aprovechamos la circunstancia para entablar un breve diálogo sobre su propuesta educativa del Thinking Based Learning, en la línea del proyecto de P4C -philosophy for children- y otras estrategias similares que quieren expandir estrategias de pensamiento filosóficas hacia otras disciplinas educativas. La entrevista en inglés en el original está colgada en youtube, por si algún curioso quiere escuchar nuestro macarrónico inglés. La traducción es igualmente mía. Uno hace lo que puede.
 
P:  Estamos con el profesor Swartz, profesor de la universidad de Massachussets, y nos va a ofrecer una curso sobre aprendizaje basado en el pensamiento (Thinking based learning o TBL). En primer  lugar, ¿qué es el TBL y qué implicaciones tiene para el sistema educativo?
 R: TBL son las técnicas que promovemos para que los estudiantes aprendan lo que está en el currículum de forma consciente, pensando, y no solo memorizando sus contenidos. Cuando ellos piensan de forma más detenida lo que están aprendiendo, como historia, biología, etc…, obtienen una comprensión más profunda, son capaces de retener esa información y relacionan este aprendizaje con otros hechos que ya conocen de su propia experiencia. Esto permite un contexto de aprendizaje muy enriquecedor.  En contraste con esto, con la mera memorización ellos acaban olvidando la información y no son capaces de relacionar unas cosas con otras. La idea fundamental es enseñar a los alumnos estrategias de pensamiento, así que ellos son capaces de pensar con destreza  y aplicar esas destrezas a lo que aprenden. Por ejemplo, en la destreza de comparar y contrastar, voy a proponer a los profesores cómo una mera enumeración de diferencias y similitudes no es una destreza de pensamiento como tal. Sin embargo, cuando somos capaces de ampliar esa información, de tal forma que los estudiantes piensen y profundicen en torno a esas similitudes y diferencias, y ellos centren su atención en ideas fundamentales que marcan ese contraste, y sean capaces de extraer conclusiones, están aprendiendo mucho más. Están utilizando su capacidad de pensamiento para formular sus propios juicios, que es lo realmente necesitan aprender. Por ejemplo, al comparar y contrastar las células animales y células vegetales, en biología, no están aprendiendo solo sobre diferencias específicas y técnicas, sino que piensan sobre lo que significan esas diferencias. Así que lo que promovemos es que los profesores enseñen a sus alumnos cómo desarrollar esas destrezas de pensamiento, así que ellos la pueden usar de forma más adecuada.   
P: En sus libros encontramos una palabra-clave que se repite continuamente, es la “infusión”, ¿nos puede clarificar el término y explicar su relevancia para el desarrollo de la TBL?
R: En español es difícil su traducción, pero significa lo que ya hemos dicho. Implica no enseñar a pensar de forma separada del resto de las asignaturas, sino combinándolo en su propio contexto de aprendizaje, “infusionando”, integrándolo en los contenidos curriculares. Poniendo un ejemplo, si tú tienes una taza de café de un lado y  un terrón de azúcar del otro,  ambos están separados y evidentemente el café no sabe tan bien si no tiene esa porción de azúcar, y el azúcar por sí mismo es demasiado dulce. Pero si tú eres capaz de diluir un poco de ese azúcar en el café el resultado mejorará mucho. Eso es lo que implica la infusión: introducir las destrezas del pensamiento dentro de los contenidos académicos habituales.
P: Usted tiene un buen conocimiento de los sistemas educativos existentes en distintas partes del mundo. ¿Cuál cree usted que es el principal problema que existe actualmente en esa educación?
R: Una de las cosas en las que la educación no está funcionando adecuadamente es la incapacidad que tenemos los profesores para estimular las  habilidades de los alumnos a la hora de pensar en profundidad y aprender las asignaturas por ellos mismos. Las antiguas clases en las que el profesor se ponía al frente de la clase, empezaba a explicar la materia y los alumnos recogían apuntes de forma automática sin ninguna otra implicación salvo plasmarla después en un examen…. esto era una invitación al desastre. Así que tenemos que dar la vuelta a la situación, hacer que los profesores planteen retos a los alumnos para que piensen adecuadamente y que sean parte activa de su propia educación, y no solo por parte del profesor.   
P: Y usted piensa que el TBL puede desarrollar adecuadamente esto.
R: Absolutamente, lo he visto ya muchas veces en muchos de nuestros campos de trabajo, a lo largo de treinta años de experiencia. He visto escuelas cambiar completamente con la TBL. Es sorprendente, porque nunca piensas que fuera a ocurrir. Incluso en aquellos estudiantes que los profesores piensan que es imposible enseñarles, con discapacidades, pueden desarrollar progresos importantes si somos capaces de inculcarles el TBL de forma adecuada.
P: Para concluir esta breve entrevista, ¿nos podría dar algún consejo para los profesores y los alumnos de cara a afrontar el futuro?
Para los profesores, incentivar a los alumnos con retos que les permita desarrollar sus potencialidades. Y para los estudiantes, tener confianza y seguridad en sus propias habilidades para aprender  y comprender adecuadamente, y  básicamente, desarrollar el deseo de querer aprender más que nos ayude a crecer personalmente. Hoy en día los estudiantes pierden mucha confianza en sí mismos, se comportan de forma pasiva y se dicen así mismos “no puedo hacer esto”. Esta es una de las cosas que hace que la educación no funcione adecuadamente en la actualidad. Si conseguimos superar esto nos permitirá crear alumnos con capacidad para afrontar retos y resolver problemas por sí mismos, sin necesidad del apoyo continuo del profesor. 

lunes, 21 de enero de 2013

FALACIAS EN LA CRISIS (IV): LA BOLA DE NIEVE



FALACIAS EN LA CRISIS (IV): LA BOLA DE NIEVE

Doberman 1996 o la bola de nieve en el discurso electoral.
Estoy seguro que más de uno de los lectores ha escuchado alguna vez el siguiente argumento de los nacionalistas centralistas más recalcitrantes: “Nunca deberíamos conceder la independencia a País Vasco o Cataluña, puesto que después le seguirían Galicia, Andalucía y así hasta todas las demás comunidades autónomas, hasta que esto acabase siendo un caos”.
Semejante argumento escenifica muy bien la falacia de la bola de nieve. De un acontecimiento determinado, extraemos unas consecuencias sumamente negativas (o sumamente positivas) que en realidad son imposibles de extraer de la primera premisa, pero que hacen el argumento más atractivo o menos. En este caso, resulta muy aventurado deducir que el resto de las comunidades autónomas busquen su propia independencia si las llamadas “comunidades históricas” tomasen el camino de la autodeterminación. Sería al menos igual de probable que el resto de las comunidades, liberadas del lastre que suponen las autonomías centrifugadoras, devolverían al estado central algunas de sus competencias que son demasiado costosas o impopulares para su autogobierno. Sin embargo, las consecuencias catastrofistas las ponemos en primer lugar para evitar tomar una decisión cuyas implicaciones en cualquier caso son mucho más abiertas. 
En otra ocasión, un conocido lanzó un juicio parecido: “si legalizan el matrimonio homosexual, todos nuestros hijos acabarán siendo gays y lesbianas”. Nuevamente, de una premisa determinada lanzamos unas consecuencias falsas. El hecho de una mayor permisividad hacia la homosexualidad, no quiere decir en ningún momento que tengamos que perder nuestra orientación sexual.
Igualmente, la bola de nieve es un pensamiento típico de personas obsesivas y desconfiadas. Un individuo dominante y celoso de su pareja pone en marcha su pensamiento y deja que un chaparrón se convierta en un auténtico huracán dentro de su cabeza. Si mi mujer trabaja, conocerá hombres. Si conoce hombres, seguro que encontrará a alguien interesante del que se enamorará. Entonces me dejará o tendrá un amante. Evidentemente, a este enfermo no se le pasa por la cabeza que a lo mejor su pareja tiene razones de peso para estar con él y que no desea abandonarle.  

Llevados a la política, esta es una falacia típicamente inmovilista y basada en el miedo a consecuencias imprevistas que imaginamos. Por ello se intuye que siempre ha sido muy del gusto de los conservadores de todo tipo, ya sean de izquierdas o de derechas. En época electoral, el miedo a la derrota empuja a lanzar presagios negros si vence el enemigo. El temor a lo desconocido estimula los mítines y los augurios hiperbólicos. Cuando Franklin Roosevelt presentó el New Deal por primera vez fue acusado por los conservadores como instigador de una política que acabaría conduciendo al comunismo e incluso el programa político fue llevado a los tribunales. Los dogmáticos del viejo canon liberal veían consecuencias terroríficas  al abandonar el libre mercado y el equilibrio presupuestario. Igualmente, el temor “comunista” ha saltado entre los miembros del Tea Party cuando Barak Obama deseaba discutir el techo de gasto en su campaña electoral.
Por poner casos cercanos a nuestra historia nacional, la “derrota dulce” de los socialistas de 1996 fue entre otras cosas causada por haber estimulado un discurso del miedo y la famosa figura del Doberman, símbolo de la dictadura nazi. La “bola de nieve” se escenificó en un hipotético triunfo de la derecha que traería la destrucción del bienestar producido durante trece años de gobierno socialista, la involución cultural, el final del progreso, el retorno de los ricos. Al final se vio que los conservadores trajeron crecimiento económico y empleo (algo de lo que quizás nos arrepentimos ahora, pero no entonces); en las siguientes elecciones la población había perdido el miedo y dieron una mayoría absoluta a los populares.  
Más cerca de nosotros, se nos ha repetido que el triunfo de los socialistas conduciría a una explosión de gasto que acabaría degenerando en un populismo chavista. Igualmente los socialistas auguraban el desmonte del estado del bienestar si ganaba la derecha. Esto está ocurriendo, pero tengo una razonable duda de que esto habría pasado igual de haber ganado la izquierda y que la derecha no lo está haciendo a gusto porque tiene un fuerte coste electoral (muy posiblemente al sector ultraliberal le gustaría un desguace a largo plazo, no en un par de años).  
Sin embargo, en la historia ha existido una institución que la ha usado con especial violencia a la hora de defender sus propios principios: pasamos del miedo a la auténtica paranoia obsesiva. Las distintas religiones del mundo y especialmente sus sectores “ultras” conservadores son los que con más frecuencia han usado la falacia de la bola de nieve para oponerse a cualquier cambio social peligroso para sus ideas. Como si se tratase de un marido posesivo y dominado por los celos, la incertidumbre machaca su cerebro y estimula la bola de nieve: cualquier concesión que hagamos al enemigo nos llevará a largo plazo hacia nuestra destrucción.  
Desde los comienzos de nuestra vida democrática, tronaban los sectores más inmovilistas contra la legalización del divorcio, porque suponían que acabaría con los valores de la familia tradicional: y es que se empieza por una cosa y se acaba destruyendo la sociedad entera… nos decían entonces. Desde el año 1981 con cada conflicto social o cultural –y la lista es bastante larga: aborto, bioética, eutanasia, leyes educativas, matrimonio homosexual- la iglesia ha pronunciado presagios de mal agüero y ha amenazado con la condena y caída total de la sociedad en una cadena de consecuencias catastrofistas y perversas. Al final, acabamos dándonos cuenta que las cosas nunca son para tanto, pero el miedo ha hecho el resto. Piensen por ejemplo lo que se decía de Educación para Ciudadanía, completamente asustados porque se mencionaban a las familias homosexuales. Como si una hora de clase a la semana pudiera tener consecuencias trágicas para nuestros jóvenes adolescentes. Si esto fuera así, los profesores deberíamos estar de enhorabuena, porque querría decir que la educación tiene una extraordinaria capacidad de influencia en las conciencias de nuestros jóvenes. Sin embargo, todos sabemos que esto es completamente falso y que ha sido una exageración infame en la que además se cuestionaba la profesionalidad de los educadores. 
Parece ser que en definitiva, el miedo estimula la imaginación, y la imaginación hace borrar cualquier atisbo de racionalidad en nuestro entendimiento. Como decía el venerable maestro Yoda en la Guerra de las Galaxias al joven Anakin Skywalker: el miedo nos lleva a la ira, y esto nos conduce tarde o temprano a la destrucción y el lado oscuro de la fuerza.

lunes, 14 de enero de 2013

MARIO BUNGE, EL ÚLTIMO CRUZADO.

      Recensión del libro: Mario Bunge, Las pseudociencias, vaya timo. Madrid, 2010. 
     
      Acaba de caer en mis manos una selección de artículos de Bunge recogidos en el libro La pseudociencia, vaya timo, y no deja de causarme sentimientos contradictorios. Leer a Bunge es compartir cierta esquizofrenia mental o cultural. Por un lado, sientes admiración y compartes muchas críticas en su cruzada contra lo acientífico y las ideologías que guardan intereses ocultos. Pero por otro lado, siempre tienes la sensación que llega demasiado lejos y acaba condenando en la hoguera multitud de elementos culturales valiosos para el presente o para el futuro, o que sencillamente aportan sentido a muchas vidas humanas. En su auténtica obstinación por la demarcación entre ciencia y pseudociencia, lleva demasiado lejos su análisis y actúa más como Gran Inquisidor con la ciencia como máxima deidad, que como investigador curioso abierto a experiencias diferentes. Parece como si la innata curiosidad por el conocimiento que postulaba Aristóteles para el ser humano se hubiese atrofiado en algunos sectores y extendido en otros en el caso de Bunge. Buena prueba de ese rechazo a priori han sido sus prejuicios en torno a la cultura postmoderna que más de uno puede tildar de auténtica imbecilidad y desvaríos de viejo chocho. Así, si otros muchos defensores de la ciencia dejaban un silencio respetuoso hacia lo desconocido –en la tradición que arranca desde Wittgenstein hasta Gould- Bunge no duda en atizar contra aquello que cree irrelevante para el progreso del conocimiento humano.

Pero si esto afea un poco su tarea cruzada, sus críticas más valiosas van orientadas especialmente hacia aquellos que esgrimen la bandera de lo científico defendiendo ideas que no siempre son rigurosas ni neutrales socialmente hablando. Aquí entran en profundidad campos tan diversos como la teoría de cuerdas, la macroeconomía neoclásica, el psicoanálisis, el marxismo, la sociobiología o los excesos de los genetistas. Es donde Bunge ha aportado más en sus críticas a las “pseudociencias” y donde despliega sus mejores habilidades como filósofo crítico. A muchos de nosotros, Bunge nos ha despertado del “sueño dogmático” en el que vivíamos con la física teórica, la biología o la macroeconomía. No hay duda que para Bunge, muchos de los artículos que aparecen en las revistas de divulgación científica como Investigación y ciencia, se tienen que coger con pinzas y criticarlos para reconocer lo que hay de científico y lo que hay de sensacionalista. Como sostiene en uno de sus ensayos, para justificar su cruzada:  el motivo del patrullaje fronterizo  (entre ciencia y pseudociencia) es que puede servir de ayuda, a modo de advertencia de que un proyecto de investigación inspirado por una filosofía errónea probablemente fracasará o será perjudicial”. Es decir, la filosofía de Bunge se convierte en alto tribunal y último juez.

El punto de partida es el escepticismo. Un escepticismo, como él asegura, cartesiano, que pretende cuestionar todo pero permite dejar a salvo la pregunta por la certeza absoluta. Cualquier escepticismo radical, nos recuerda, es inmovilista y nihilista, e incluso contradictorio, puesto que hasta el escéptico más radical necesitará un conjunto de creencias para mantenerse con vida en nuestra experiencia cotidiana. Si la confianza se convierte en algo básico para sobrevivir, Bunge la traslada hacia su propia visión de la ciencia. Pero naturalmente, “ciencia” no es cualquier cosa. Todo aquello que llamemos ciencia tiene unos parámetros filosóficos, culturales y sociales que cumplir; dentro de la perspectiva filosófica se hace obligatoria una perspectiva gnoseológica realista, moderadamente racionalista y empirista, y por otro lado una base metafísica materialista, dinámica, sistémica y emergentista. Lógicamente, la categoría de “pseudociencia” se irá definiendo conforme se vayan abandonando estas directrices rectoras de la ciencia. Todos aquellos planteamientos que rocen una perspectiva idealista (desde el psicoanálisis hasta el constructivismo social actual), que no tengan una base empírica adecuada (como la teoría de cuerdas) o que mantengan contradicciones lógicas internas (como la teoría macroeconómica) quedarán fuera de su concepto de cientificidad. Naturalmente, nos encontramos con los problemas de demarcación habituales: habrá pseudociencias que estén más próximas o más lejanas al concepto hermético de ciencia de Bunge. Igualmente, habrá pseudociencias que a largo plazo hayan hecho aportaciones a la teoría científica importantes, o que hayan cuestionado algunos de sus puntos que permitan servir de acicate para nuevas investigaciones... Todo esto Bunge lo despacha con la afirmación de que "no todo vale" (en respuesta a Feyerabend) y que tenemos criterios suficientes para reconocer cuándo una investigación que se mueve en las arenas movedizas de la acientificidad puede acabar dando buenos resultados y cuándo no es así. 

Conviene establecer una división de la crítica de Bunge. Por un lado, todo aquello que estaría vinculado en relación con lo “paranormal” (cualquier manifestación religiosa, mágica, que van desde la aparición de una virgen hasta la telequinesis o el espiritismo) es rechazado de antemano por su incapacidad para resistir cualquier investigación científica y por su base fuertemente idealista (él lo llama así, aunque dudo que los afectados se sientan a gusto con ese adjetivo). No obedece a ningún criterio de demarcación de lo que Bunge considera como científico. Pero llamarlo “pseudociencia” es quizás irrelevante, porque gran parte de estas experiencias nunca han querido buscarse el adjetivo de “científico” sino todo lo contrario. Es como si quisiésemos establecer si una naranja está agria o no, cuando el objeto que tenemos en la mano es una manzana.

Nos parecen mucho más acertadas las críticas que lanza contra aquellas tierras fronterizas de lo ideológico y lo creencial que sí pretenden definirse como científicas. Bunge a lo largo de su vida enumera muchas, la mayor parte recogidas en esta colección de ensayos: la sociobiología, las teorías reduccionistas de la genética, la física de la teoría de cuerdas, la psicología cognitiva funcionalista, el psicoanálisis, la sociología marxista o la teoría económica neoclásica, entre otras. Naturalmente, cada una de ellas es atacada por no obedecer a distintas variables de lo que es su definición de ciencia. Así, la teoría de cuerdas no es comprobable, porque nunca llegaremos a probar la existencia de otros universos excepto por criterios metafísicos como el principio antrópico y por complejas fórmulas matemáticas que además nos hablan de otras dimensiones físicas más allá de las tres conocidas. Muchas críticas de Bunge han sido asumidas por figuras de la física teórica actual, como Stephen Hawkins o Lee Smolins, que asumen la incapacidad de la matemática por sí misma para justificar algo como científico. La sociobiología y la teoría del gen egoísta es una mera metáfora, porque no podemos depositar inclinaciones sobre un gen (aunque realmente Dawkins no objetaría nada a esa crítica). Los genes por otro lado necesitan de enzimas para activarse, y por lo tanto el entorno es indispensable para que los genes se pongan a trabajar. Incluso nuestro cerebro tiene una plasticidad que era impensable hasta hace poco para muchos genetistas estrictos. Bunge propone consideraciones acertadísimas que deberíamos tener en cuenta a la hora de abrir cualquier revista de divulgación científica para separar la verdadera ciencia del sensacionalismo.

Pero también es cierto que habrá pseudociencias que tengan más probabilidades de convertirse en científicas con el paso del tiempo, y otras que no. Por otro lado, el reducir la valoración a su status de cientificidad puede eliminar otras facetas que culturalmente pueden ser sumamente valiosas. Uno podría pensar que el psicoanálisis de Freud o la sociología marxista no han conseguido alcanzar el status de ciencia, pero que sus aportaciones a la cultura y la historia humana han sido tan considerables (y muchas veces de forma positiva) que no podemos tacharlas sin más por el mero hecho de no pasar el test de stress de Bunge. Pensemos que sin estos marcos, muchas creaciones culturales serían ininteligibles, como las películas de Woody Allen o los poemas de Bretch. Incluso una estructura política como el estado del bienestar habría sido imposible sin el marxismo en su conjunto. Pero pensemos que críticas como las de Bunge o de Omfray son aceptables para nuestra actual cultura. 
El lado más emancipativo de Bunge surge cuando centra su interés en la teoría económica y la política. En lugar de las luchas identitarias de muchos escépticos científicos contra la religión (como la de Dawkins contra los creyentes), Bunge evita enfrentamientos que él considera vanos (o tal vez intelectualmente irrelevantes y endebles) y pone el dedo en la herida: exhorta a luchar contra  las ideologías macroeconómicas dominantes como el principal frente que la filosofía científica tiene que afrontar. Esto es algo que no es nuevo en su biografía y ya dedicó ensayos para criticar la endeblez de los puntos de partida macroeconómicos: una base antropológica irreal (individualista y maximizadora), una teoría de macroequilibrio económico inexistente (un supuesto mercado ideal ordenado con una mano invisible), un despliegue matemático superfluo e inútil, y por supuesto, la incapacidad de establecer predicciones adecuadas y descubrir leyes generales. Naturalmente, estos errores para Bunge son mucho más graves que los de cualquier otra pseudociencia, puesto que la macroeconomía neoclásica está conectada con decisiones que alteran la vida de millones de seres humanos. En este sentido la clarividencia de Bunge es mucho mayor que la de cualquier otro crítico ilustrado de nuestra época, puesto que no ha cedido un palmo al engatusamiento de la utopía liberal y la ha puesto también bajo su lente crítica.

De alguna manera Bunge en su ataque las pseudociencias responde a toda la escuela de la teoría crítica que condenaba la neutralidad científica y su descarada afirmación del presente y del orden establecido. Bunge considera que la propia comunidad científica tiene capacidad de autocrítica y cuenta con criterios éticos deontológicos que le permiten escapar de la complacencia y el colaboracionismo con fuerzas oscuras de la política o la economía. Las críticas de Bunge son sumamente duras y no se le puede acusar de ser complaciente y conservador. Quien le acuse de esto por el mero hecho de hacer del marxismo el blanco de sus críticas, no ha leído o entendido sus ataques a la economía neoclásica. Como ha comentado Bunge en alguna otra ocasión, el haber escrito fundamentalmente de ciencia nunca le ha hecho perder de vista el espectro ético y político de toda su obra, integrada en ella misma e inseparable de toda su actividad. Su actitud es perfectamente la de un ilustrado a la antigua usanza. Un cruzado combatiendo los dragones de la ignorancia. Quizás el último del pasado siglo. 

sábado, 5 de enero de 2013

FALACIAS EN LA CRISIS (III): TU QUOQUE



Dejamos por un tiempo las falacias causales y vamos a otro tipo de falacias más extendidas y reconocibles: los argumentos ad hominem. Estas consisten en responder a un argumento atendiendo no a variables internas del problema, sino atacando personalmente a nuestro contrincante sin tocar el argumento en cuestión. Aunque hay muchas variaciones sobre la misma falacia, hoy empezamos con una del gusto de la clase política. La falacia tu quoque (tú también) es una de las más extendidas entre ese colectivo: Cuántas veces no habremos escuchado de nuestros políticos esta frase: “Ustedes hicieron las cosas peor que nosotros… gastaron más… eran más corruptos…” y suelen concluir de forma lapidaria con “no tienen legitimidad para contestarnos nada…”. En fin, típicas respuestas de quienes están en el poder, dando igual su ideología. Pero no hay que equivocarse: la falacia tu quoque es una falacia universal, ampliamente empleada en todo tipo de discusión. Piensen por ejemplo, la última discusión con un amigo o con una pareja. Una ofensa se responde con una imputación de lo mismo a nuestro adversario, a ser posible de peor grado. A la acusación “no has recogido la cocina”, más de uno responde, “sí, pero tú ayer no sacaste al perro”, y acabamos sacando a la suegra, y hasta al butanero si me apuras en la discusión. Solo cuando el enfrentamiento pierde calor, solemos caer en la cuenta de las tonterías que hemos dicho y volvemos a enfocar el problema con más tranquilidad. Nos cuesta reconocer nuestros propios errores, y nos defendemos señalando los ajenos.

Pero vamos a la política y a nuestra crisis. Rastreando por internet los entresijos de corrupción, observamos cómo los portavoces de los partidos se llevan la parte del león en el uso de estas falacias. No suelen ser escuchadas de boca de mandatarios, porque esto les degradaría en seguida, y prefieren dejar la caja de truenos hacia sus segundos, que parecen desmelenarse delante de un micrófono y dar rienda suelta a sus instintos bajos. Empezamos por una cita clásica: “otros hacen lo mismo”. Un profesor de secundaria está cansado de escuchar esa muletilla en clase en tono exculpatorio, por parte de un alumno al que le acabamos de culpar de algo, pero el mundo adulto no reacciona mejor que el adolescente. En el caso Mercurio, el portavoz del PSCE defendía a Daniel Fernández, diputado núm.2 del congreso por PSC, de sus imputaciones por corrupción: “Estar imputado no es estar inculpado o ser culpable de algo (…) existen otros cargos de personas imputadas que no han renunciado a sus cargos públicos”. En el mundo de la política lo primero es defendible (hasta cierto punto de sentido común, no como lo hacía por ejemplo Camps). Pero lo segundo ya sobra y huele a chamusquina. Naturalmente, uno no puede justificarse diciendo “los demás hacen lo mismo”. Es como imaginarse el ladrón de un banco que es pillado por la policía y en su defensa dice: “otra gente hace igual que yo, no entiendo la mala sombra de usted por detenerme a mí”.

Los ejemplos son de sainete tragicómico, y basta con seguir cualquier enfrentamiento político entre nuestros dos partidos dominantes para darse cuenta que la mejor defensa siempre es el contraataque rastrero. Hace un año, cuando un dirigente del PP era preguntado por el caso de la trama Gürtel, éstos no tardaban en terminar hablando de los ERES de Andalucía, y al contrario. Estos diálogos de sordos llegaron al congreso de los diputados en un ejemplo de cómo nuestros políticos se devanan los sesos para acusarse unos a otros. Lo único positivo de este juego era que tanto unos como otros actúan como controladores de su adversario (si esto no se cumple, será mejor que dejemos las poliarquías democráticas de lado). Pero tenemos casos más recientes para echarse a reírse (o llorar) sobre nuestra clase política: la última y agria discusión entre PSOE y PP en Castilla La Mancha en torno a su presidenta autonómica.

Hace pocos días, Cristina Maestre, portavoz del PSOE en Castilla La Mancha, hace una fuerte crítica contra Cospedal por sus sueldos multimillonarios, “la política mejor pagada de España y la que más recortes ha impuesto a los cuidadanos”, con sueldos superiores a los del príncipe, el presidente de las cortes y del senado. Lógicamente, los sueldos de la Cospedal se lo habían brindado en bandeja y la ciudadanía tiene derecho a preguntar dónde queda la ley de incompatibilidades o plantear un techo de gasto para nuestra clase política dirigente. Pero evidentemente, el PP prepara una reacción.

En respuesta a su contrincante, Carmen Riolobos lanza un furibundo ataque contra el presidente de la ejecutiva regional del PSOE, al que acusa de cobrar todavía más que la propia Cospedal, y que sentencia: “es ingenuo que  un encubridor y comparsa de las tropelías del anterior presidente, culpe ahora a Cospedal de las insensateces que ellos han cometido”.  Y naturalmente, al final del discurso llega la puntilla final que pretende terminar el ataque: “ni García Page ni los dirigentes del PSOE tienen autoridad moral para, después de dejar a esta región en una situación lamentable, criticar a un Gobierno responsable y sensato que está poniendo soluciones”. Es decir, tú, que has sido un desastre, no tienes derecho a abrir tu boca cuando yo meta la pata. Relativo empate técnico con satisfacción para ambos. Hemos jaleado el cotarro, ya tenemos titulares para los sucesivos días, y así hasta la próxima.

 Y así ad infinitum. Hasta que lleguen a la tumba o se les acabe el chollo de la política. Uno se pregunta si ninguno de los dos se ha planteado que su posición es en todo punto imposible de mantener. Si no habría que hacer una reducción drástica de sus sueldos no como medida de ahorro, sino como ejemplo moralizante para el resto de la sociedad. Pero no tenemos interés en llegar a estas conclusiones, sino en mostrar cómo funcionan las falacias. Así que de este asunto, cada cual que piense la solución que le apetezca, que ya enjuiciaremos para otra ocasión.

martes, 1 de enero de 2013

NAVIDAD, SEGÚN PESSOA

 

Nasce un deus. Outros morrem. A verdade
Nem veio nem se foi: o Erro mudou
Temos agora uma outra Eternidade,
E era sempre melhor o que passou

Cega, a Ciencia a inútil gleba lavra,
louca, a Fé vive o sonho do seu culto
Um novo deus é só uma palavra.
Não procures nem creias: tudo é oculto

                                                                Pessoa
.
Escribieron nuestra Navidad sobre tumbas,
las tumbas de los Dioses caídos,
y entre el llanto de un recién nacido,
se escucha aún el grito de los Héroes muertos.
.
 El azar de la historia se convirtió en destino,
sepultó a unos y encumbró a otros,
hasta que un nuevo Rey se alce de la nada
y convierta en ídolos lo que hoy tiene vida.  

                                                               Sr. Tiburcio