Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.

viernes, 27 de agosto de 2010

UNAS PALABRAS DE ROBESPIERRE...

Un hombre no muy alto sube a la tribuna. Lo hace lentamente, conociendo perfectamente su rol de político en el que el silencio puede llegar a ser más elocuente que el mejor discurso, en el que los gestos pueden dar la interpretación adecuada o contraria del relato que se vaya a proferir. Una vez en la tribuna, mira hacia todos los rincones de la convención. Ese es el otro silencio, que también hay que saber escuchar por parte del líder: el silencio de los dóciles, a partes iguales temerosos y fieles.

El silencio es tan largo, que nos permite pensar unos segundos en nuestro hombre. Este no es ni siquiera presidente o primer ministro de un país. Es miembro del Comité de Salvación Pública, una administración en tiempos de crisis y guerras, pero se sabe el alma del país, la encarnación del pueblo. Incluso él mismo se atrevería a definirse ya, si un alemán de la época lo hubiera pensado ya, que es la encarnación del espíritu de la humanidad.Al menos exhibe con orgullo su mote político: el incorruptible. Incorruptible, que significa muchas cosas: más allá del lujo, el soborno y la corrupción, como sí aceptó de buen grado su amigo Danton. Pero también más allá de la compasión y de lo humano, como demostró también, firmando la sentencia de muerte de su amigo Camille Desmoulins. 
Ante todo esto, los cargos más prestigiosos y mejor remunerados de cualquier monarquía de la época son minucias. Nadie se acuerda de Pitt o Floridablanca, y estuvieron al frente de grandes países mucho más tiempo que Robespierre. Este último figura todavía en los manuales de muchos escolares de occidente, aunque sea un protagonista secundario en la historia mundial. El hecho de que una persona haya ocupado un cargo relevante durante apenas un par de años y tenga trascendencia universal lo hace más atractivo dos siglos después.  

Pero ahora, por fin, nuestro hombre va a hablar. Robespierre toma la palabra ante la Convención revolucionaria en un día de marzo de 1794. El movimiento de la Vendeé ha sido diezmado. Hay buenas noticias de las guerras contra la coalición europea antirrevolucionaria. Hébert ha sido guillotinado con sus seguidores más radicales. Pero la revolución no está segura. Todavía no. Hay que alzarse contra la indulgencia: contra aquellos que han pregonado la guillotina y ahora la consideran sin sentido. El discurso, bien largo y cargado de alusiones a los maestros griegos y a la libertad de la república romana, tiene unas líneas que se harán merecidamente famosas:
  • ."Si en tiempos de paz, el lema del gobierno popular es la virtud, en la revolución será simultáneamente, la virtud y el terror. La virtud, sin la cual el terror es fatal; el terror, sin la cual la virtud es impotente. El terror no es más que la justicia inmediata, severa e inflexible y es por eso, la emanación de la virtud." 
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Muy posiblemente, nuestro orador se quedaría en silencio en ese magistral momento. Había que digerir las palabras. La audiencia sabe perfectamente lo que quiere decir, pero hay que sacar conclusiones. Continúa el terror, continúan los peligros contra la Patria y la sangre debe seguir vertiéndose unos meses más en un acto de purificación revolucionaria. Para nosotros, cómodamente instalados detrás de una pantalla de ordenador o de un libro sobre la Revolución, los peligros contrarrevolucionarios se han desvanecido, y aunque la imagen de la guillotina y las acusaciones sin pruebas no desaparecen tan fácilmente, no son más que ecos lejanos, humo de la historia.

Y sin embargo, este pequeño párrafo merecería entrar en todos los libros de la filosofía política y la historia de las ideas y mentalidades. Con la unión de la violencia y el bien entre los ideales de una revolución, Robespierre está inaugurando en la historia el concepto de guerra civil moderna y el concepto de dictadura. Hasta ese momento, las guerras civiles habían sido una cuestión de poder entre grandes señores: el común del pueblo apenas intervenían y las tropas eran mercenarias. Ahora las guerras civiles pedirán una movilización total del pueblo: o se está de una parte o de otra, con la Virtud o contra ella, pero no se puede permanecer neutral. Y tampoco no se trata de un mero reparto de poder entre los grandes señores; ahora son los principios los que mandan (o mejor, disfrazan, maquillan) sobre los intereses materiales. Si Napoleón, Stalin o Hitler quieren mantenerse en el poder, tendrán que exhibir una causa santa.   
También hasta ese momento y en el mejor de los casos, la dictadura se equiparaba a un gobierno, excepcional o no, que buscaba mantener el orden siempre en peligro dentro de una sociedad (Hobbes dixit). Ahora las dictaduras también empiezan a ser entendidas como el gobierno de la virtud, del bien absoluto superior a todas las teorías rivales y que tenemos el derecho y obligación de imponerla a los demás. Los demás no son ya la humanidad, referente de las religiones de libro y objetivo de cruzadas universales: la virtud tiene como reducido ámbito la ciudadanía de un país, pero su autoridad va a ser mucho más fuerte que la de todos los procesos inquisitoriales de la historia juntos.  La tergiversación más brutal y no deseada de la voluntad general expuesta por Rousseau treinta años antes de Robespierre. En fin, cuando piensen en nuestras guerras civiles, en Sudamérica, Turquía, Argelia, o en los mismísimos talibanes, piensen en estas palabrejas de este francés del siglo XVIII, padre de toda la discordia.    

domingo, 22 de agosto de 2010

LA FILOSOFÍA SEGÚN TIBURCIO


Estaba de vuelta como cada verano en mi aldea del norte y tuve la suerte de encontrarme en mis paseos por la aldea con el señor Tiburcio, al que dedico esta página con toda mi admiración y respeto. Suele el señor Tiburcio hablar de multitud de temas, todos ellos inútiles y enrevesados, que pasan por los cambios en la emigración de las aves invernales o los errores que condujeron a Robespierre a la guillotina. De tanto pensar se quedó bastante calvo de joven -eso dicen en la aldea- y desde entonces viste una boina que ha hecho tan suya que podría considerarse una prolongación de su propio cuerpo.
El señor Tiburcio presenta unos ojos perdidos, tan perdidos que no duda en caerse por todos los baches que surcan la aldea, a pesar de estar cementada desde hace décadas, sin tener la suerte de ese griego que después predecía eclipses y ganaba una barbaridad. Nuestro hombre es pobre de solemnidad y sufre el desprecio de los aldeanos que nunca vieron con buenos ojos, en los años del hambre, que alguien cogiera un libro en lugar de una azada.  
El caso es que cuando lo encontré, le pregunté qué era para él la filosofía. Me condujo a la escalera de una vieja casa abandonada y me dijo:
- Suba, rapaz.
Y así lo hice. La piedra estaba oculta por el musgo y se convertía en una auténtica moqueta viva. Las maderas de la puerta apenas se sostenía. Parecía que de solo tocarlas y caerían en el vacío. Sin duda, nadie había transitado esos escalones desde hacía muchos años.
- La puerta está cerrada, pero no  hay nada detrás. Está vacía. Y ahora...
Él sonrió y dijo:
- Tractatus 6.54. Hace años Wittgenstein me hizo la misma pregunta y le hice subir por estas mismas escaleras. Él entendió perfectamente lo que le quería decir. Pero ya ve usted, ni una dedicatoria, ni un recuerdo, ni una mínima mención de Tiburcio en sus obras.
- El mundo ha sido injusto con usted, contesté compasivamente.
Pero él ya no contestó. Se había dado la vuelta en silencio y solo pronunció de forma lastimosa:
- Hágalo saber al mundo.
- Así haré.

jueves, 5 de agosto de 2010

LACTANCIA Y BIBERONES

Iba a cerrar el chiringuito de Tiburcio unas semanas como consecuencia de las vacaciones estivales, pero me han podido las ganas de escribir antes de marchar de viaje. Y es que ayer había una concentración a favor de la lactancia en Cánovas, algo de lo que está muy concienciada Inma y que me resultaría completamente ajeno de no estar el pequeño Juan por medio (está claro que uno es consciente de realidades y problemas solo cuando los experimenta). La concentración consistía en hacer una "tetada" en mitad del parque: madres dando de mamar a sus hijos en grupo para defender el derecho a la lactancia y llamar a la sociedad por los beneficios de la misma.
Las opiniones se extendieron para todos los gustos.No faltaban los últimos retoños del nacionalcatolicismo que pedían recato ante la desvergonzada exhibición de pechos en público. Tampoco aquellos que echaban la culpa de todo a Zapatero y al progresismo (la política se inmiscuye en todo en nuestro país). Ni tampoco aquella gente de mentalidad práctica (y tal vez corta) que veía la concentración como un mero acto de freakies deseosas de llamar la atención.  Opiniones aparte, hay que dejar una cosa clara: el colectivo no trataba de imponer nada a nadie. No es un grupo integrista que acose con el infierno para aquellos que usan el biberón. Meramente apunta un problema más en nuestra sociedad compleja, y reivindica su derecho a la existencia: en este caso, que la lactancia se pueda hacer en lugares públicos sin sentimientos de culpa, y que se entienda como un acto natural en nuestro desarrollo biológico como humanos, y no como una provocación sexual, que es como algunos adolescentes de cincuenta años parecen pensar. 
Esto es lo que Charles Taylor denominaba hace ya quince años como las políticas de reconocimiento o también Iris Young en parecidos términos como politicas de la diferencia. Hacer ver a la sociedad que están ahí, que aunque piensen de forma distinta frente a la mayoría, tienen derecho a alzar su voz y a ocupar un lugar entre la gente normal, práctica y seguidora inconsciente de multitud de convenciones. Lo cierto es que en las sociedades plurales, estos colectivos son cada vez más numerosos: pasan desde asociaciones de vecinos, colectivos de inmigrantes, gays y lesbianas, hasta asociaciones en defensa del reconocimiento de enfermedades y minusvalías crónicas. Desean por encima de todo, hacer ver a la sociedad que no todos sus integrantes son tan iguales ni tan libres como proclamaban los hijos de la Revolución Francesa. Naturalmente, convivir entre gente tan distinta no es fácil. Pero no creo que nadie piense ya que nuestra sociedad es tan sencilla y armoniosa como aquella sociedad de blancos, esforzados emigrantes, católicos, muy machos y con dos canales de televisión. Qué tiempos aquellos en los que la única diferencia era ser derechas o de izquierdas...   

viernes, 30 de julio de 2010

PARADOJAS TAURINAS.

Una de las cosas más curiosas y paradójicas en este epílogo taurino de Cataluña ha sido la sacrosanta invocación al principio de la libertad. Toreros, empresarios, respetables hombres de la cultura, se hacía filósofos por un instante y pedían el respeto a la libertad para poder proseguir la Fiesta. Unos de forma patética y básica, otros de forma más sutil y con las típicas raíces liberales, todos se llevan las manos a la cabeza con lo que ellos pensaban que era una imposición autoritaria por parte de un gobierno que por razones identitarias ha echado el cerrojo a la Monumental de Barcelona.

Estos señores estaban invocando un principio de resolución básico de muchos complicados temas de bioética: el principio democrático. Ante problemas éticos de posturas fuertemente enfrentadas, una posibilidad es optar por este principio bajo la perspectiva del gobernante: damos la posibilidad al colectivo A de ejercer su derecho a ver los toros, y damos la posibilidad al colectivo B de no ver los toros. Pensemos que este principio se ha ofrecido para resolver el problema del aborto, y en otros países, el de la eutanasia o el consumo de drogas. Está muy claro que si invocasen este principio en serio, yo al día siguiente podría invocar mi derecho a fumar libremente marihuana en la calle -no molestaría a nadie-. Más molesto resulta pensar que aquellos que invocan el nombre de la libertad y protegen  la Fiesta como un bien de interés cultural, prohiben burkas y formas de vestir que para nuestra cultura son denigrantes, pero que afectan la libertad de un grupo de mujeres que en principio son autónomas -hasta que no se demuestre lo contrario- para vestir como les venga en santa gana.
Conclusión: ese principio abstracto de libertad para casi todos nosotros se mueve bajo los cerrados muros del respeto a unas tradiciones determinadas. La libertad no existe, solo existen prácticas sociales ensalzadas o denigradas y códigos éticos aceptables o intolerables. Así salvamos estas contradicciones de defender la libertad de los toros y restrigir el burka, el cannabis, la comida para obesos, la eutanasia o una cosa tan natural como dar de mamar a bebés en una cafetería. 

Pero existe una objeción dentro del principio democrático o de libertad para refutarlo: los daños a terceros a través de sufrimientos innecesarios y evitables o incluso la muerte. Fumar cannabis o tabaco puede considerarse perjudicial (o no) para el consumidor, pero siempre lo puede hacer de forma responsable y con conocimiento de causa. Él es dueño de su cuerpo, y él es autónomo (hablamos de un adulto) para dilucidar los pros y contras de fumar un joint de cuando en cuando. El principio de libertad funcionaría a  las mil maravillas en este caso, de no existir casos graves de adicción en otras drogas que provocan el miedo social. La autoridad política puede restringir el consumo a determinados ámbitos donde el daño a terceros sea inexistente (prohibirlo a adolescentes, limitar el consumo a un coffeshop, prohibir fumar en sitios públicos etc...), pero no prohibirlo a nivel personal. Con el burka tenemos la incógnita de si las personas que lo usan están actuando de forma autónoma, pero también estamos presuponiendo que nuestra idea de mujer y de libertad es igual que la suya, y no tiene por qué ser así. El burka, vestido infame para nosotros, se lo deberían quitar ellas solas, cuando quieran o cuando sean capaces de enfrentarse a sus fantasmas culturales.   En el aborto se inicia el problema de los terceros: aunque aparentemente hablamos de la libertad y la salud de la madre para decidir sobre su cuerpo, el estatus ético, biológico y jurídico del embrión y el feto actúan como marco de referencia para ser más o menos restrictivos con este principio. Si resulta que nos encontramos con que el feto reúne una serie de características  que lo vinculan con un ser vivo y que por poseer un sistema nervioso puede sufrir, más de uno invocará restricciones (y prácticamente todas las legislaciones proabortivas tienen restricciones de sentido común). Un problema añadido en la legislación española es considerar si la joven de 16 años que quiere abortar es lo suficientemente madura o autónoma para tomar esa decisión.

Y vamos a nuestro tema. En la fiesta de los toros, existe un daño a terceros irremediable: un animal sufre hasta la extenuación y es aniquilado de forma completamente gratuita y cruel. Como decía el amigo Carlos Luengo en su blog, no conocemos de nadie que haya podido hablar con los toros y preguntarles si les gusta su destino como animales de lidia. Si pudieran hablar quizás hasta nos dijeran que prefieren la extinción: nacer con el destino marcado para divertir a la gente a costa de tu propia vida no debe ser agradable para nadie. Precisamente por este carácter de indefensión absoluta, los derechos de los animales (y también se podrían ampliar en muchos casos al de los embriones humanos) son sagrados y solo somos nosotros los que podemos defender paternalistamente en el caso que sus derechos queden pisoteados. En el burka, en el cannabis, en la comida para obesos, mujeres y hombres pueden -al menos en parte- decidir su destino. El animal que sale al ruedo no tiene otro valedor para sí mismo que el de sus protectores humanos para defenderlo de nuestros instintos más básicos y crueles. 

lunes, 26 de julio de 2010

EL IDEALISMO DE LA ESPERA Y EL OCASO DE LOS CAMALEONES

Este fin de semana tocaba desbarre intelectual con la visita de Helí y Fa desde Salamanca. Y aunque el tiempo era muy escaso, no pudimos evitar dedicar unos minutos a nuestro entretenimiento favorito: el paseo. Como dos viejecillos jubilados, paseando por los parques con las manos en la espalda y ligeramente encorvados, empezábamos a sacar los temas clásicos de nuestros encuentros. En poco tiempo salió el tema de la política nacional y la deriva de nuestros dirigentes. Y rápidamente apareció la figura de nuestro señor presidente: Helí afirmaba se lamentaba de la diferencia tan grande que existía con las anteriores figuras políticas del país, socialistas y no socialistas. "Este hombre se ha arriesgado mucho en su gestión de la crisis. Se ha arriesgado y ha perdido", comentábamos. Pero además, afirmaba mi querido amigo, "nos está pidiendo unos sacrificios, impuestos desde fuera, sin saber a dónde nos conducen". Yo le dije que su único objeto era salvarnos de la quiebra, como ocurre también en Inglaterra, Irlanda o Grecia. No somos Estados Unidos. Bien, el desvarío intelectual empezó ahí, como unas pocas intuiciones. Luego empecé a escribir delante del ordenador para hacer un artículo lo más parecido a los de mi amigo Helí, pero dudo que lo haya conseguido. En cualquier caso, hacia él va dedicado. Salud y desbarre, querido Helí.  
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Algunas definiciones de idealismo.
Cada vez que llega la figura de Hegel en el temario de bachillerato, siempre tengo que hacer malabarismos para intentar explicar qué narices es eso del idealismo absoluto, y siempre acabo soltando las mismas palabras simples. Idealismo: creencia en la capacidad absoluta que tiene el sujeto pensante (léase el espíritu, la mente, las ideas, la cultura humana etc...) para modificar la realidad que nos rodea y moldearla de acuerdo con nuestros objetivos o fines. Hasta qué punto el idealismo está fuera de nuestra cultura presente, que la definición que suelen dar los chavales de bachillerato es "falta de contacto con la realidad". Esto suena peligroso, cuando parece suponer que el hombre no tiene ninguna capacidad de escribir su propia historia  y que no podemos cambiar absolutamente nada.  Pero no voy a juzgar ahora a los realistas escépticos sino a los idealistas radicales.
Este idealismo en su sentido más radical y bajo el campo de la política es también tremendamente peligroso: en primer lugar, porque nos podemos creer que nuestros fines son mejores que los de todos los demás. En segundo lugar, porque dichos fines van a permitir legitimar cualquier tipo de medios y por último, porque la realidad va a acabar superando nuestra interpretación del mundo y convirtiendo nuestras ideas en un anacronismo. Estos tres errores, uno detrás de otro, los cometieron los líderes de la Unión Soviética. Lenin, eliminando cualquier facción rival. Stalin, promoviendo un salvaje totalitarismo, y Kruschev (hasta Gorvachov), manteniendo el comunismo sin darse cuenta que este ya era históricamente inviable, tal y como ellos lo concebían. No proponían la sustitución de un sistema sino su reforma, y fueron arrastrados por la marea de la historia.
He empezado por los soviéticos, porque ellos son los hijos naturales del idealismo hegeliano en versión Marx. Pero naturalmente, podemos llevar ese análisis a la psicología de los gobernantes. La falta de contacto del sujeto con la realidad ha ocurrido muchas más veces en la historia: cuánto más egocéntrico y fuerte se cree el hombre, peor será su caída. Pensemos en Julio César, Napoleón o Hitler. Encumbrados en lo más alto de su carrera, podrían haberse mantenido más tiempo en el poder (o evitar caídas estrepitosas) de haber sido más cautos en un momento determinado de su carrera política. Pero parece ser que los hombres tenemos un chip en el que después de unos triunfos espectaculares (y quizás inesperados), decidimos que después la fortuna nunca va a darnos la espalda: rozamos la inmortalidad con la punta de los dedos y la creemos propiedad nuestra para siempre. La democracia, afortunadamente, tiene una vacuna contra estos ataques de inmortalidad: nuestro gobierno está limitado en el tiempo y puesto en tela de juicio por los descontentos. Las dictaduras, desgraciadamente también tienen su vacuna: un tropiezo en la carrera de un dictador lo hace más cauteloso y movedizo. Véase a Franco y a Salazar, héroes de la adaptación.  
Un idealismo distinto es el que voy a llamar el "idealismo de la espera". El idealismo de la espera es aquel en el que el sujeto no interviene para modificar la realidad. En este caso, el sujeto espera pacientemente que la realidad se ponga a sus pies, con solo desearlo, como si fuera dueño de una lámpara maravillosa con un genio en su interior. En los anteriores ejemplos, los dirigentes políticos se adelantaban a la realidad, jugaban con ella o intentaban transformarla a golpes. Nada que ver con el caso actual que vamos a analizar.
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jueves, 22 de julio de 2010

ANTE LA CRISIS, MEDICINA ESTOICA

Zenón de Citio
Tal es la consigna de nuestros tiempos: “qué le vamos a hacer, solo queda resignarse y aguantar”. Ese parece ser el mensaje encubierto en la trayectoria vital de la sociedad española de los últimos tiempos. Después de años de hedonismo y festiva frivolidad, de confianza en el presente y optimismo en el futuro, la filosofía estoica retorna a nuestro país con fuerza. Es divertido ver cómo los antiguos maestros del hedonismo se rasgan las vestiduras y pregonan hoy un estoicismo ilimitado. Es la filosofía de clavar la mirada al suelo, encogerse de hombros, negar nuestra propia libertad para tomar las riendas de nuestro destino y seguir el camino de los ciegos. Las cosas son así, y no se pueden cambiar.

Siempre ha habido tradición de hombres estoicos en nuestro país. Gente tan dispar como Quevedo, Unamuno o Cánovas, formaban parte de este gremio peculiar: todos compartían el mismo pesimismo. nunca pude pensar que un hombre como Zapatero pudiera intentar unirse a este ilustre grupo. El pensamiento cíclico -la historia se repite, la historia es inevitable, todo lo que sube baja- ha tenido siempre gran aceptación entre los hombres de nuestra cultura. Sin embargo, yo diría que por primera vez en nuestra historia, nos habíamos olvidado de esa peculiar forma de estar en el mundo. La década prodigiosa del ladrillo había hecho tal milagro: empezamos a creer en el progreso y en el crecimiento ilimitado, otra ingenuidad. Pero estaba muy claro que ese estado de cosas no podía durar. 2008 fue el comienzo de una crisis “L”, larga y sin repunte, que tarde o temprano, y después de altibajos, puede acabar en la madre de todas las crisis, una catástrofe pérmica: de una crisis en la sociedad humana pasaremos a una época de extinción biológica y eso ya son palabras mayores. Ante los tiempos por venir, el ajuste va a ser brutal. Y la filosofía estoica, en su peor interpretación, campará a sus anchas.

Antes de nada, maticemos términos. El hombre de hoy en día ni siquiera es ya el hedonista convencido, voluntarioso y provocador. Esos tal vez existieran a finales del siglo XIX, cuando su actitud suponía una verdadera provocación a las sociedades victorianas del momento. El hedonismo contemporáneo es una muestra de la filosofía estoica, aunque esto nos puede parecer una contradicción cuando tenemos la figura de los estoicos como personas recias e impasibles. Ser estoico no es ser severo: es estar contento con uno mismo en lo bueno y en lo malo: así comprendemos las juergas y bacanales de Séneca junto a su aceptación del suicidio. Dicho de otra forma: estar bien a las duras y a las maduras. Así se explica que podamos disfrutar de un mundial de fútbol y después retornar a nuestra gris realidad.

Quevedo, uno de nuestros
insignes estoicos.
El “hombre estoico” es una figura histórica bien conocida. Incluso algunos de los mayores estoicos de la humanidad son escritores en castellano: Quevedo es quizás su nombre más insigne. Son periodos en los que la falta de libertad en la sociedad es evidente: así fue en el barroco español, y curiosamente, también en nuestra sociedad globalizada. El hombre estoico no cree en la sociedad que le rodea, ni cree que tenga capacidad alguna para transformarla. No es libre, porque los elementos que le rodean –la tiranía de un emperador, o la tiranía económica de un mercado que impone medidas a la sociedad- pueden con cualquier plan unificador con sus semejantes. La libertad del estoico se reduce por ello a su campo interior: a vivir en armonía con el medio que le rodea, impasiblemente. Así puede comprenderse que hoy el primer deber del individuo sea adaptarse al medio económico, poner todos sus medios en el cumplimiento de lo que el mercado espera de él, a cambio de una libertad que sólo puede entenderse en términos de disponer de dinero y un empleo, y disfrutar privadamente de ellos: con ostentación o con altruismo, dependiendo de cada uno. En definitiva, el estoico asume a la perfección el ideal determinista del homo economicus.

Zapatero: de doctor Pangloss
al perro atado a un carro.
De esta forma el estoico perfecto es aquel que no se queja de su situación porque vive en el mejor de los mundos posibles. No conoce y no se plantea que exista ninguna otra posibilidad o alternativa. Esta idea ha sido alimentada desde todos los ámbitos cuando nos convencen que ni la política ni la democracia ni ninguna fórmula mágica va a resolver nuestros principales problemas. El mercado, con su paro estructural, sus crisis inmobiliarias, con sus dictámenes sobre la deuda española, es el carro al que está atado el perro y que tira de él cuesta abajo. Que esta solución sea cierta o inevitable es algo en lo que no nos meteremos: únicamente comprobamos que los hombres que surgen de ella son hombres desencantados, y que sólo aspiran a salvar su propio pellejo, sin importarles un comino qué es lo que pueda suceder más allá de sus relaciones privadas: familia, amigos y su salvación personal. El estoico  antiguo tenía el consuelo y el deber de un orden racional en el mundo y la naturaleza: hoy ha desaparecido esa última confianza que al menos permitiría un compromiso social con el mundo. Triste panorama el que nos aguarda. El hedonista y el estoico son hombres que miran únicamente hacia el presente, el primero disfruta y el segundo aguanta. ¿Qué tipo de hombre va a velar entonces por el futuro? En este país por lo menos, no se divisa a corto plazo.

miércoles, 14 de julio de 2010

LEONARDO Y LAS CONTRADICCIONES DE LA MODERNIDAD

En el final de la película de Carol Reed "El Tercer Hombre", Orson Welles deja un inquietante monólogo sobre el renacimiento y los dramáticos cambios que llevaba consigo. Italia, con sus baños de sangre, su crueldad y sus guerras trajeron a Leonardo y Miguel Ángel. Suiza, después de cinco siglos de democracia y hermandad solo trajeron el reloj de cuco al mundo. Quizás no pensara Orson Welles en términos filosóficos, pero la intuición la quedaba muy clara: la modernidad, en el mismo momento de nacer, emergía con contradicciones que el tiempo se encargaría de sacar a la luz. Pero esto no siempre se ha percibido y el Renacimiento se ha visto como el siglo más genial de la historia de Europa, y sobre todo un siglo inmaculado, en el que por un lado, se perdonan los errores que provienen sobre todo del lastre del pasado medieval, y por otro, se premia la inocencia de sus grandes personajes frente a los siglos posteriores. Esta visión, corriente en historiadores del arte, no engaña a los historiadores de profesión. La tradición filosófica va a culpar de la crisis de la modernidad, al "proyecto ilustrado"  que emerge con fuerza en el siglo XVIII después de la Revolución Científica, pero va a pasar de puntillas por esos humanistas que además, son filosóficamente considerados irrelevantes. Precisamente me quiero detener en uno de estos protagonistas del Renacimiento, quizás el más popular de todos, Leonardo Da Vinci, para investigar cómo las contradicciones de la modernidad aparecen ya en el trance del XV al XVI. Da Vinci es el prototipo de ingeniero técnico, artista y sabio polifacético, y por supuesto, hijo de su tiempo.

Leonardo: la ausencia de la filosofía.
Quizás resulte algo doloroso para los amantes de la filosofía observar cómo Leonardo dejó nuestra disciplina de lado durante un largo periodo de tiempo: tan solo al final de su vida parece preocuparle temas algo más abstractos. Lo cierto es que Leonardo no es un filósofo, aunque tenga algunos escritos vinculados de forma general a la historia del pensamiento. Más bien nos encontramos, como es muy propio de la época con un antidogmático convencido, muy crítico con la tradición recibida, y que da a la experiencia la llave de la sabiduría. Pero como suele ocurrir, el mostrarse tan crítico con la filosofía ya es en sí mismo una forma de hacer filosofía. El rechazo a toda intuición y a todo sofisma metafísica tiene sus repercusiones en el campo práctico: no existe ninguna preocupación en relación con las acciones del hombre. Aunque Da Vinci tiene una selección de aforismos filosóficos, de corte heraclitiano, toda su filosofía gira en torno a una preocupación personal, un compendio de autoayuda y de máximas morales que no pasan del esbozo.
Todo esto no quiere decir, naturalmente, que detrás de Leonardo no existan influencias filosóficas: son muchísimas y de muy diversos tipos, pero tampoco debemos olvidar que la filosofía estaba lejos de ser una disciplina cerrada en sí misma. Leonardo rechazó la filosofía, pero no se libró de la influencia de su época, platónica y aristotélica al mismo tiempo.


De la curiosidad individual a una razón instrumental.
 Leonardo es el hombre más polifácetico del Renacimiento: no hay cuestión del mundo por la que no se preocupe, en la que no escriba una nota o intente hacer un esbozo. Pero, más que un estudio de las causas originarias como hacía la filosofía griega, o con un método riguroso y sistemático, como defenderá la ciencia del XVII, Leonardo propone fundamentalmente una sabiduría que permita el dominio de la naturaleza. Para Leonardo no existe ciencia verdadera si esta no se hace práctica: la propuesta de Bacon adelantada casi un siglo. De hecho, la práctica pone los problemas sobre la mesa del sabio, sin preocuparse nunca Leonardo de sistematizarlos. Aún más, Leonardo no se preocupa por la formulación teórica de esta tesis. Se preocupa precisamente por llevar a cabo ese modo de acción: sus preocupaciones teóricas sobre el agua, el viento o el vuelo de los pájaros conlleva por detrás un intento de dominio de los elementos de la naturaleza con la ingeniería humana. Quizás Da Vinci no es el primer científico moderno, como sostiene Gould y los filósofos de la ciencia, pero sí el mejor ingeniero de todos los tiempos.
Esto sin embargo no se hace sin riesgos: Leonardo va a llevar su "arte"hacia cualquier pedido que le van a pedir sus mecenas y pagadores: puede ser la construcción de un puente, como puede ser la fabricación de un tanque o de una gran fortaleza, o la propaganda política.  Aunque Leonardo se muestra renuente en algunas ocasiones, no le supone ningún problema trabajar para distintos jefes, como Ludovico el Moro, Francisco I o el papado.  Leonardo considerará la guerra -mal endémico en Italia en el siglo XV- como el peor enemigo del hombre, pero nunca irá más allá de esta matización. Esto se ajusta perfectamente a la distinción que después se puso de moda entre la razón instrumental y razón práctica. El hombre más original del Renacimiento puede hacer muy poco para cambiar la vida de sus semejantes y sus dirigentes, y su realización va a ser fundamentalmente individual.

La realización puramente individual.
La época de Leonardo es la misma época en la que Maquiavelo escribe El Príncipe propone la razón de estado y el poder del soberano por encima de cualquier código ético-político. Es bien conocido lo atacado que resultó el pensamiento de este italiano por parte de los escolásticos y todos aquellos que defendían   el derecho natural como legitimador de la acción del soberano político. Sin embargo, la verdadera respuesta a la tesis de Maquiavelo nos la da Leonardo en una nota sin importancia de sus cuadernos: "cuando me siento acosado por tiranos encuentro medios ofensivos y defensivos para preservar el don más precioso de la naturaleza, que es la libertad". En ningún momento propone Leonardo poner sus medios a favor del gobernante más justo o negarlos a aquel que considere más nefasto. Leonardo utiliza su sabiduría para permanecer independiente y mantener su autonomía. El monarca absoluto puede hacer palidecer al pueblo inculto, pero los ingenieros y los maestros de la naturaleza siempre serán recompesados allí donde vayan, porque el soberano los necesita. El Renacimiento italiano, individualista y genial, está a años luz del de Castilla, donde los frailes y doctores universitarios fuerzan al soberano a detener la conquista de América por una cuestión jurídica, aunque sea fugazmente. Naturalmente, el primero apunta hacia la modernidad dominadora (la realización individual), y el segundo hacia la modernidad dominada (los derechos humanos y la realización colectiva). Ya saben bien de qué lado equilibra el mercado la balanza.


Uno en definitiva, no puede dejar de adorar a un maestro de hombres como Leonardo, pero nos queda el juicio categórico de ese Orson Welles cínico y nietzscheano del clásico del cine: el precio a pagar será alto. Detrás de los grandes hombres del Renacimiento se esconden sombras que solo estallarían cuatro siglos después en su más alto grado. Quizás sea verdad, o porque las hermosas pinturas del Quatroccento no dejan ver en los paisajes de sus cuadros la sangre derramada por los condotieros y demás gobernantes. 

jueves, 8 de julio de 2010

CATARSIS COLECTIVA

Apenas vi unos minutos del partido España-Alemania, los justos para ver el gol de Pujol. Sin embargo, a lo que no pude faltar fue a la enorme celebración que siguió después del partido. Y no iba yo movido por el deseo de exhaltar la roja ni los valores deportivos ni patrióticos ni nada por el estilo. Me movió un instinto de curiosidad antropológica insaciable, por ver cómo reaccionaría una ciudad entera ante la noticia de llegar a la final de un mundial de fútbol.
Nada más terminar, las calles desiertas se llenan de coches pitando y portando grandes banderas españolas. Todos van hacia un mismo lugar, el parque del Rodeo y allí, miles de personas aparecían coreando los nombres de España, espanol, Pujol y demás héroes del momento. Había que hacer cola para poder entrar por las puertas del parque, pero desde fuera se veían el lago central lleno de gente, como si se tratara de la playa de Benidorn. En los coches, una auténtica colección de clases y status sociales: chavalillas vestidas solo con la bandera, sentadas en los reposacabezas de descapotables, agitando botellas de alcohol y dando morbo al personal. Hinchas gordos pintados en rojo y amarillo, encorsetados en coches de segunda mano, medio desnudos y armados con trompetillas infernales. Adolescentes en biquini recién salidas del chapuzón en el lago, familias enteras entre los transeuntes, curiosos con cámaras de fotos, ociosos de verano y ociosos de año entero, gente ni-ni que se apuntan a cualquier fiesta por cualquier motivo, algún carrito de niño pequeño, banderas atadas a las espaldas.  El conjunto aparecía en lo más parecido que he visto yo en mi vida a un Jardín de las delicias y que habría inspirado cualquier obra del  Bosco o Brueghel, y que se iba transformando en una auténtica catarsis colectiva de gritos patrióticos, piel mojada, banderas al viento y alcohol.


Y yo miraba todo aquello, convertido en un punto en mitad de aquella marea de gente, sin decidirme a pensar en nada sobre el asunto, contemplando los acontecimientos con sorpresa y total fascinación: aquello era mucho mejor que un partido televisado. Echando fotos a diestro y siniestro, como un antropólogo en un trabajo de campo, que mira desde su cámara y apunta en su cuaderno lo que sucede a su alrededor. Y sí, por un momento pensé aquella célebre frase de Renton en Trainspotting: "Dentro de cien años, no habrá hombres ni mujeres, solo gilipollas", pero inmediatamente pensé también que esa frase era de una condescendencia absoluta con gente que sencillamente deseaba pasarlo bien y ser feliz. Quizás todo esto sea una gran dosis de adormidera, un bálsamo para ahuyentar el tedio o un símbolo de la frivolidad de nuestra sociedad, que prefiere vivir el mundial a manifestarse por los problemas del país, pero detrás de todos estos pensamientos intelectualoides nos olvidamos que las personas son mucho más sencillas, más divertidas, más hedonistas, más indiferentes y simples que lo que sugieren todas nuestras expectativas. No existen conjuraciones mediáticas ni de poderes ocultos que expliquen estas explosiones colectivas: la realidad se nos impone así, tal vez no guste, pero es preciso afrontarla como la que es. Y no tiene por qué estar mal, qué narices

miércoles, 7 de julio de 2010

EL FÚTBOL: CANTO DEL CISNE DE EUROPA.

Es normal que en estas fechas se habla mucho de los mundiales de fútbol: el "deporte rey" por excelencia, y por si se nos olvida en algún momento, ahí están las banderas, las emisoras y los gritos de la aficción. Podemos brillar con luz propia en tenis, motos o baloncesto, pero lo que importa es el deporte rey, el que acapara más atención mediática y recursos económicos. Pero esta cabeza piensa el fútbol a la manera antropológica: porque en el fondo el fútbol, nos guste o no, es cultura, es poder y es comunidad humana. En el fondo el fútbol representa un canto de cisne de la hegemonía cultural europea. Sí, el fútbol reina sobre el mundo en la medida que el mundo sigue siendo europeo. Donde imperaron los grandes estados europeos y sus colonias ahí encontramos su influjo, con la excepción de las colonias inglesas, una paradoja importante si nos damos cuenta que el football nació en la propia Inglaterra. Pero si salimos del área de influencia europea, vemos que la importancia del fútbol es mucho menor de lo esperado. Exceptuando Japón y Corea, el fútbol es inexistente en la cultura asiática: en China, la India o Indonesia es un deporte minoritario. Tan solo Brasil actúa como la única potencia emergente en el que se mantiene esta fe futbolera. Y a pesar de los intentos de expandir el deporte por parte de las federaciones, el deporte rey no ha rebasado sus límites culturales. 
Saquemos conclusiones:  la decadencia de una civilización empieza con lo económico, acaba repercutiendo en lo político y finalmente termina siendo superado culturalmente en una síntesis novedosa. En Grecia los juegos olímpicos  se mantuvieron durante un milenio, mucho tiempo después de que las ciudades griegas perdieran su independencia política y las cerámicas griegas dejaran de transitar por el Mediterráneo. Nerón, quizás el emperador romano más entusiasta de la cultura helénica, quiso participar en los juegos y acabó arruinándolos. El cristianismo acabó sepultando esa vieja idea helénica. Haciendo paralelismos históricos, hasta qué punto el fútbol representa la última resistencia europea al cambio de paradigma cultural en el mundo es una incógnita. De hecho, defiendo ya que el fútbol ha dejado de ser el deporte rey, la insignia mundial. Lo único que pasa es que los europeos todavía no nos hemos dado cuenta de ello, como de otras muchas cosas.  

domingo, 4 de julio de 2010

LA FILOSOFÍA: VIRTUD PRIVADA O NECESIDAD PÚBLICA.

La filosofía como actividad se encuentra ante una vieja disyuntiva: intentar ser independiente de los poderes públicos o bien seguir manteniéndose bajo el cómodo paraguas del estado. 
    Cuando hace ya quince años salieron leyes educativas que amenazaban con desterrar a la filosofía de los planes de enseñanza de bachillerato, muchos estudiantes de las facultades de filosofía nos movilizamos para intentar detener aquella ley. Encierros, marchas, reuniones y proclamas varias, y muy distintos fines. Mientras los profesionales de la enseñanza sentían sus puestos de trabajo amenazados y   obligados a la reconversión, los estudiantes, que   veíamos muy lejos la aspiración laboral de la carrera, defendíamos una ley educativa de carácter humanista y que proporcionara un espíritu crítico en la sociedad. Eso era vagamente lo que defendíamos: tan solo un grupito de mentalidad anarquista se salía del guión principal. Ellos defendían que la filosofía debía ser erradicada como enseñanza obligatoria, precisamente como medio para conseguir una auténtica libertad de pensamiento, no sometido al control del estado.
     Han pasado muchos años y la lucha continúa en cada debate educativo de importancia en nuestro país, donde las horas de humanidades son siempre cuestionadas por su "inutilidad" y por la necesidad de crear un sistema educativo eficiente, productivo y acorde con las necesidades del mercado laboral. No es raro, al corregir exámenes que algunos de mis propios alumnos, de forma cariñosa pero muy sincera, acaben firmando sus hojas con la frase "Filosofía optativa", y tengas que contestar con la paternalista respuesta de que ellos no saben cuál es el verdadero fin de la educación. Se repiten siempre los mismos argumentos: podemos leer en cualquier currículo de filosofía la necesidad de crear una "conciencia crítica" y a esto se une ahora también una "ciudadanía" que pasa por una educación en los valores democráticos y de los derechos humanos o de forma más sorpresiva en la última ley, una "filosofía de la empresa" y una ética empresarial que hace sonreir a más de uno. Al acabar el año académico, uno se pregunta siempre lo mismo: "¿habré conseguido crear una conciencia crítica en al menos algunos de mis alumnos?". Porque la filosofía llega hasta donde puede llegar con unos programas terroríficamente soporíferos, amplios y abstractos para un alumno de 16 años.
    Uno que ha pasado por el sistema educativo se puede plantear las siguientes cuestiones:
I. La cuestión "metafísica": si el pensamiento filosófico va a ser más auténtico, libre y democrático, bajo la actividad puramente privada.
II. La cuestión "educativa": Si la filosofía es realmente necesaria en el sistema educativo para mantener un espíritu crítico y una visión racional de realidad.
II. La cuestión "económica" o "política": Si a la filosofía no le conviene mantenerse como una actividad privada, y por tanto desvinculada en la medida de lo posible de la actividad del estado, y solo empujada por la inversión privada.

     Una perspectiva histórica del problema nos llevaría al concepto de paideia en Grecia y Roma, a la institucionalización escolástica medieval, y a la creación de la universidad moderna financiada por los estados nacionales. Los socráticos, Montaigne, los ensayistas de la Edad Moderna, la izquierda hegeliana, kierkegaard, Schopenhauer, Nietzsche y la tradición que se abre con ellos defiende una filosofía fuera de la institución estatal, a veces muy crítica con ella y otras veces sencillamente paralela a la misma. Del otro lado, la tradición platónica, la educación imperial y la escolástica tomista, alcanza su máximo paroxismo en Hegel: estado y razón se identifican y defienden sus intereses propios y particulares. Desarrollar todo esto sería hacer una tesis, no una entrada de blog. En el panorama actual, contemplamos desde hace mucho tiempo el enfrentamiento tradicional entre la educación anglosajona, eminentemente técnica y descriptiva, y la educación continental, más global e interpretativa. Estados Unidos representa la primera opción, y la educación francesa, la segunda. Recordemos que eso no quiere decir que en EEUU no exista reflexión filosófica, sino que esta se hace sin una intervención en la educación obigatoria (al menos de manera directa), es entendida como una virtud (o vicio) privada, como sugería Rorty, y a nivel universitario contando con la mayor financiación de tipo privado posible, a través de fundaciones. La filosofía en Francia o Alemania representa todo lo contrario: está guiada por y para el estado. La enseñanza filosófica pasa, como en otras asignaturas, por una reafirmación de la conciencia nacional: se enseña la filosofía originaria del país y su trascendencia para el mismo.  El estado reclama formar personas que sean patriotas, pero también ciudadanos con una serie de virtudes, laicas, democráticas o las que sean.
    Nos podemos preguntar por cuál paradigma quedarnos pero al menos en una cosa tenemos algo claro: el debate, como casi todos los propios de la filosofía, queda abierto y desarrollaremos este tema en otros post.

domingo, 27 de junio de 2010

EVOCACIÓN DEL IMPERIO

Lo confieso. Vuelvo a recaer en mis vicios personales y otra vez me zambullo en las lecturas evasivas sobre el imperio romano y sus dirigentes. Aunque a mi favor tengo que decir que no he sido el único en caer hechizado con estos libros: desde Robert Graves a Marguerite Yourcenar pasando por Asimov y George Lucas, y sin olvidar los dramas de Shakespeare, el imperio romano ha sido una referencia universal, hasta el punto que seguimos dedicando los meses del año a sus más brillantes representantes. El poder y la libertad de los emperadores ha inspirado mucha más atención que todos los monarcas absolutos de la historia europea o asiática, sometidos a encorsetamientos culturales que hacían inútil su autoridad.
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 La fuerza de este poder libre de toda autoridad era tal que hacía que el carácter y la psicología de cada emperador se proyectase sobre toda la ciudad de Roma, hasta el punto que resultaría muy fácil dar lecciones morales siguiendo el ejemplo de cada dirigente. Si seguimos los tópicos al uso dados por Suetonio y todas las fuentes y recreaciones posteriores, Tiberio representando la desconfianza, Nerón la adulación,  Julio César la ambición y así otros muchos. Calígula ha inspirado dramas existencialistas y películas pornográficas, Claudio, intrigas palaciegas, Adriano, Marco Aurelio o Juliano, recreaciones ilustradas. No resulta difícil de creer tantos comportamientos irracionales, si el ejercicio de poder y el peso de la responsabilidad acababan destruyendo a los buenos gobernantes. No hay que olvidar que aquellos que escriben no suelen ser favorables al bando imperial, y que por supuesto, no suelen hablar del buen o mal funcionamiento del imperio. Pues bien, a pesar de la mala prensa que dan las propias fuentes romanas para muchos de sus dirigentes, por qué el imperio se convirtió en referente universal?

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La pregunta de carácter político que tenemos que hacernos es la razón de ese auge de la idea imperial. En el ámbito político, el recuerdo del imperio ha tenido una vigencia aún más importante que la propia idea de la democracia. De hecho el imperio romano es el referente histórico que explica el descrédito de cualquier idea democrática durante más de un milenio. El argumento lo dejaba bien claro Santo Tomás mucho tiempo después de la caída de los emperadores de occidente: en todo gobierno siempre es mejor el gobierno de uno que el de varios, pues este último contiene la semilla de la discordia, cosa ya dicha por Aristóteles, Séneca y demás legitimadores autoritarios. Esto hacía referencia indudablemente a los tumultosos tiempos de la república oligárquica, y a los fracasados triunviratos. Desde esa época, la importancia de la unidad  en el gobierno ha sido algo fundamental para su gobernabilidad.


Comparativamente, la democracia ha sido una forma aislada de gobierno, reducida sobre todo a centros de decisión locales y sin superar el marco urbano hasta el siglo XIX. Pensemos por ejemplo que Rousseau entendía la democracia como forma adecuada de gobierno para un país como Suiza, y que Tocqueville se extrañaba con la idea de una democracia de tamaño monstruoso como la americana, pero al mismo tiempo tan descentralizada.  Para Europa, la historia de la edad moderna y contemporánea es la construcción de un estado fuerte cuyos límites físicos se van haciendo cada vez más y más amplios. La racionalidad del estado va ganando más y más terreno en nuestras vidas privadas, modelando nuestras propias identidades y costumbres.
Y lo cierto es que esta experiencia histórica del Imperio Romano se ha visto confirmada una y otra vez en sucesivas formas de poder hasta nuestros días. La configuración de los más grandes estados nacionales han pasado por momentos equiparables a los de la república romana. Estados Unidos vivió desde sus orígenes hasta la guerra civil la tensión de oligarquías enfrentadas que amenazaban con quebrar el país. Desde sus inicios, los padres fundadores -Jefferson y Hamilton sobre todo- estuvieron discutiendo el modelo de estado para un país enorme, nuevo y desconocido en la historia hasta ese momento y tenían que hacer una opción radical: un estado federal fuerte o un estado descentralizado, arcádico, basado en pequeñas fuentes de poder político. Al final, las tensiones separatistas obligaron a una guerra civil y a un reforzamiento de ese poder federal.
Europa está en un trance similar, y la democracia no parece aliada a la creación europea: en las últimas votaciones siempre ha primado más los problemas caseros que una auténtica visión de conjunto. Más bien al contrario, el gobierno europeo toma forma y cobra impulso en momentos desesperados de crisis, y muchas veces de manera completamente autoritaria, por parte de unas élites o de los países más fuertes. Alemania está dictando unas políticas económicas estrictas y rigurosas para todos los países en crisis, sin importar demasiado si esas medidas van a hacer perpetuar la crisis más de lo debido.
 Parece ser por tanto que el gran tamaño no casa bien con los gobiernos democráticos o compartidos, al menos en los primeros momentos de su fundación. Consecuencia de esto: en la búsqueda del bien común de la casa Europa, quizás es mejor no seguir la senda de Rousseau y sí la del imperio, para después recuperar la democracia.

lunes, 21 de junio de 2010

NORMALIDAD NACIONAL...


Paseando el otro día con mi cuñado Eduardo nos sorprendíamos del gran número de banderas colgadas en los balcones del Nuevo Cáceres. "Y pensar que si hacías esto hace un tiempo te llamaban facha...", dijo satisfecho. El comentario era lógico. Es de las primeras veces que de forma espontánea pueden verse por las calles de la ciudad una exhibición patriótica de este tipo, sin que ningún poder político obligue a ello. Naturalmente esto no es Holanda, donde sacan las banderas nacionales por una cosa tan simple como acabar un curso escolar, pero menos es nada. Sí, la espontaneidad marca la primera normalización de una identidad demasiado tiempo cuestionada y mantenida en un limbo de malos recuerdos. Esa espontaneidad es vital para entender el carácter no político, sino meramente cultural e identitario, de mostrar una bandera en la ventana de una casa particular. Demasiadas veces se colgaron banderas en el balcón por mandato expreso del gobernador civil; ahora se hace de forma privada, sin coerción y sin ningún interés político por medio. Si Renan pedía un plebiscito diario para la nacionalidad, esta manifestación es algo así como un día de elecciones públicas.
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Las heridas creadas por nuestra historia han sido profundas, y durante una generación entera la bandera española seguía representando una dictadura y una imposición fascista. Yo mismo no consigo identificarme plenamente con los colores y mi educación prejuiciosa me obliga a ser más un espectador antropológico que un entusiasta partícipe en enarbolar la bandera o dar saltos por un triunfo deportivo. Pero los patrones culturales e identitarios están sometidos a cambios con el paso del tiempo, y nuestros prejuicios son desplazados con el peso de las nuevas generaciones. Al menos en las regiones tradicionalmente españolas, llevar la bandera de tu país ha dejado de ser un insulto. La razón: la gente joven no encuentra motivos para seguir sintiendo verguenza por lo creemos, ni tampoco sentimientos de inferioridad, y más cuando esa creencia se desvincula gradualmente de la ideología y esa carga negativa cae bajo el peso de lo histórico, lo pasado, lo caduco y lo superado. 
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Y hay que decir que todo este proceso no se ha hecho gracias a nuestra clase política, sino con su más sentido pesar, tanto de un bando como de otro. Nacionalistas aparte, que juegan en otro ámbito (ideología e identidad cultural van de la mano), la izquierda sigue sintiendo naúseas nada más ver el color rojo y amarillo, vinculándolo a un patriotismo barato y que no representa otra cosa que el viejo régimen franquista. La derecha desgraciadamente, no ha actuado mejor ni de forma más razonable. Al no condenar el viejo régimen político, no permite la superación definitiva del problema, y sigue el juego político de la izquierda. En el fondo estos debates muestran el tenebroso vacío ideológico que sacude las dos partes. Faltando referentes ideológicos fuertes a uno y otro lado, una cuestión menor pone en vilo al país, cuando la sociedad española ha superado el problema y demanda otras cuestiones más urgentes. Decididamente, la sociedad española muestra una vez más que está un paso por delante de sus dirigentes políticos.   

domingo, 20 de junio de 2010

QUE EDUQUEN OTROS...

Este articulito viene a ser una síntesis de todo lo que Helí Ovalle habla una y otra vez, en nuestra condición de docentes frustrados, así que para él van estas líneas con las que supongo que estará identificado. Nuestro cometido: preguntarnos el fracaso educativo de nuestra sociedad. Nuestro método: ver la evolución educativa de nuestro país.

Hace treinta años, todos trabajaban para un sistema educativo adecuado. Medios, sociedad, padres y profesores estaban codo con codo en una meta: la educación se consideraba un privilegio de clases acomodadas que por fin debía ser puesto al servicio de todos, y por tanto se tenía como altamente valorado. Aprovechar la oportunidad era cursar los estudios superiores para grupos que hasta entonces nunca habían soñado con acceder a un sistema educativo realmente universal. 

Lo primero que perdimos fue el medio. El enriquecimiento vino de partes de la sociedad que no necesitaban esfuerzo educativo alguno, y el alcanzar una cualificación educativa no conjuraba por completo el fantasma del paro; la sociedad del ocio se fue haciendo más y más compleja. La necesaria cultura impresa dejó de hacerse imprescindible en ese ocio cada vez más audiovisual, postmoderno, de miradas breves y escasa comprensión. El resultado: el adolescente, por naturaleza soñador, iluso e irreverente hacia la autoridad, sueña con dar un golpe de suerte en su vida sin esfuerzo alguno, en cualquiera de las descabelladas empresas que ve en su entorno audiovisual, por irreales que puedan parecer. El universitario, algo más centrado, considera la última etapa educativa como un medio fácil de prolongar su adolescencia, dejando para más adelante su encuentro con un futuro incierto y desagradable. Y el estado, en una ceguera incomprensible, se cree capaz de cambiar ese medio hostil a golpe de ley educativa.

Lo segundo que desapareció fueron los padres. Los padres han cedido su parcela educativa a los profesionales del sector, como si se tratara de un mero servicio que podemos contratar en cualquier centro comercial, y exigen después resultados en calidad de consumidores afectados, pero nunca como responsables directos.  Suena tópico decir que antes los padres se ponían siempre en favor del profesor, en caso de algún enfrentamiento con el alumno. Ahora, los profesores temen incluso más a los padres que a los propios alumnos, consideran enfermizas las ilusiones que proyectan en su descendencia y contienen la risa ante sus miradas idealizadas  sobre los hijos.  

Y en los últimos años, se puede percibir una nueva amenaza. Ahora corremos el peligro de quedarnos sin profesores. En la moda de la alta tecnología, se cree que si atiborramos de ordenadores nuestras aulas lograremos aumentar nuestra competencia educativa. Consecuencia: los ordenadores sustituyen a los profesores como referente educativo. Contamos la calidad de un centro solo por los medios que dispone, no por el capital humano que les da el uso adecuado. Pocos parecen haberse dado cuenta de la utilidad de un ordenador sin un buen software. O la mayor conveniencia de una pizarra digital, donde el profesor es el que dirige la clase. Y el resultado: antes habíamos conseguido analfabetos de letra impresa. Hasta ahora solo hemos cambiado un analfabetismo por otro: ignorantes informáticos que en su mayoría solo usan el ordenador para conectarse a redes sociales o jugar en red. 

La puntilla a esta situación puede darla la crisis económica. Si el recorte estatal empieza afectar seriamente a la educación, y al capital humano que en el trabaja, la posibilidad de remontar esta crisis desde el lado de la productividad y la creatividad estará sentenciada. A la conocida frase de nuestra tradición "que inventen ellos",  habría que añadir una muletilla nueva: "que eduquen ellos", sin saber quien será aquí el agente motor de la nueva educación. Una frase que de hacerse realidad, tendrá consecuencias todavía peores que la anterior.