Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.

miércoles, 29 de agosto de 2012

REFINERÍA BALBOA: ¿CANTO DEL CISNE DE LA ECOLOGÍA EN EXTREMADURA?

     Quizás el término "canto del cisne" sea algo duro, pero próximo a la realidad de los últimos meses. Hemos asistido en este año a un verdadero triunfo de los ecologistas con el rechazo definitivo del plan de la refinería para Badajoz. Después de largos años de confrontación, los poderes públicos han decidido poner fin al proyecto controvertido, movidos más por el desacuerdo en la sociedad civil que por propio convencimiento (al menos eso es lo que parecían reflejar en sus informes). Sin embargo, la victoria sabe agridulce, y deja la ecología en una posición muy endeble frente a la opinión pública. A partir de ahora, la ecología se entenderá como un coste más para el mercado que potencialmente puede dañar nuestra capacidad de crecimiento económico y de generación de empleo.
     Naturalmente, Extremadura no es el único lugar con esta percepción social. Hay que constatar que este problema no afecta solo a nuestra región, sino que se desarrolla a un nivel mundial. Hemos dejado de hablar de ecología. Se ha caído de todas las agendas políticas nacionales e internacionales. Los problemas siguen sin resolverse, pero los conflictos a corto plazo paralizan la capacidad de acción de nuestra especie, con consecuencias dramáticas para nuestro futuro próximo. Pero realmente ese es un problema para abordar en otro momento y otros ámbitos. Hablaremos de nuestro entorno más cercano.

    Durante los años de bonanza económica las necesidades ecológicas coexistían, por decirlo de alguna manera, con otras demandas. En nuestra región, mientras no se tocase ningún interés económico determinado, la ecología era usada como valor de promoción turística en alza, barato y sin comprometer demasiados recursos de la administración. Se podía crear, por ejemplo, un parque natural como el Tajo internacional sin prácticamente otorgarle una partida económica desde la administración y garantizando unos recursos humanos mínimos. Naturalmente los problemas graves de urbanismo descontrolado, control de la caza, uso racional de los recursos hídricos, mantenimiento de los espacios protegidos (parques naturales, ZEPA...) etc... no se solucionaban con esta mera fachada institucional pintada de verde. La creciente legislación ecológica se mantenía en funcionamiento mientras otra consejería no dijese lo contrario. Se trataba, en definitiva, de una política puesta de moda (detrás de lemas ambiciosos como economía sostenible o verde) que intentaba obtener unos réditos electorales y ecónomicos a un escasísimo coste. Por decirlo de alguna forma, Extremadura era "verde" porque nuestro modelo de desarrollo, basado en los servicios de la administración, la agricultura y la construcción, no ponía en tela de juicio estos valores.

     Sin embargo, todo ha ido cambiando conforme la crisis ha ido ganando en envergadura y coste social. En una primera fase la caída de la construcción dejó de lado algunos proyectos que ponían en compromiso espacios protegidos, pero no detuvo otros (como la urbanización de lujo de Valdecañas). Con el paso del tiempo, la sensación es que la ecología ha dejado de ser rentable o viable económicamente hablando: se han ido reduciendo las partidas destinadas a este fin hasta su desaparición. El cambio de gobierno regional ha tenido costes en recursos humanos: ha dejado fuera de sus puestos a un grupo de funcionarios altamente cualificado que fue sustituido de sus cargos por meros intereses políticos y el deseo de colocar gente afín. 
       A pesar de esto la conciencia ecológica había calado en una parte importante de la sociedad civil como para cuestionar el proyecto de la refinería de Gallardo. No se trata de una mayoría ciudadana, pero sí bien organizada. De pronto, asistimos a la parada definitiva del proyecto, que tomó por sorpresa incluso a los propios detractores de la refinería. Razones ecológicas no faltan, especialmente aquellas que están fuera de nuestro territorio regional, como la preservación del entorno de Doñana de una posible marea negra por la mayor presencia de petroleros en sus alrededores. Pero son razones que en un contexto de fuerte depresión económica y social, con una tercera parte de la población desempleada, no convencen y dejan por el contrario un sentimiento de amargura en la mayoría silenciosa de nuestra sociedad. Los medios de comunicación empezaron a hablar de oportunidad perdida y de adiós a una Revolución industrial extremeña (ni más ni menos). Soplan desde entonces tiempos perversos para la ecología, convertida de repente en lastre para el desarrollo, y basada precisamente en su propio éxito inicial. El rechazo en su día a proyectos como la refinería, el cementerio nuclear o incluso más atrás en el tiempo, la central nuclear de Valdecaballeros, se ven ahora como errores estratégicos por esa mayoría silenciosa.

          Con este panorama, el futuro se divisa complicado. La ecología debe reinventarse. Por un lado, tiene que dejar de ser meramente proteccionista y convertirse en un valor económico de presente, y no solo orientado al desarrollo sostenible a largo plazo. Es dificil oponerse, por ejemplo, a la construcción de generadores eólicos solo por su impacto visual, o como se dijo en algún momento porque Extremadura producía más energía de la que consumía. Tiene que poner sobre la mesa planes de desarrollo local y comarcal viables, y no solo mantenibles por subvenciones cada vez más escasas y transitorias en el tiempo. Debe hacer un contundente estudio de consecuencias en términos de costes y beneficios de cada una de sus acciones, y hacerlo llegar a la sociedad. En definitiva, debe hacer un esfuerzo mucho mayor por intentar compaginar desarrollo y conservación.
     Por otro lado, es preciso hacer redoblados esfuerzos en volver a la agenda política. La ecología debe dejar de ser un arma arrojadiza ideológica, detentada únicamente por los partidos de izquierda más radicales, y que levanta las sospechas irracionales del electorado contrario. Por poner un ejemplo extremo pero no infrecuente, nos hemos encontrado con gente que no recicla solo porque piensa que eso va contra su espectro ideológico conservador. La eliminación de estos prejuicios es un compromiso especialmente educativo con las generaciones venideras, no solo en la escuela sino también en las familias y el resto de las instituciones políticas y sociales.
    Naturalmente, este es un programa nada fácil de aplicar en los tiempos que corren. Pero tendemos a pensar que solo de esta forma, volveremos a hablar y pensar en verde de forma positiva y sin miedo al rechazo social. 

                                   Publicado en el blog "Cáceres al Natural" por el G.P.    

sábado, 25 de agosto de 2012

EL SEÑOR WERT Y LA SEGREGACIÓN POR SEXOS

      El señor Wert tiene el don de sembrar polémicas en cada intervención pública en la que participa. La última de todas, su rechazo a la decisión del Tribunal supremo de eliminar la financiación de centros educativos segregados en Cantabria y Andalucía. El espíritu de la LOE va en contra de un concierto público con estos centros educativos pero el ministro no ha dudado en afirmar que modificará la ley con tal de blindar la financiación estatal de estos centros.
    Para alguien como el que escribe, que ha vivido la segregación educativa en sus años de infancia y que tiene que hablar en clase repetidas veces de derechos humanos e igualdad de género, la sola idea de financiar públicamente ese modelo le infunde una profunda desconfianza. Resulta sospechoso que quienes defienden la excelencia educativa de esta segregación compartan ideales religiosos y políticos ultraconservadores (Opus Dei, por ejemplo), y con intenciones que indirectamente pueden acabar siendo otras y no la calidad de enseñanza (el mantenimiento de estereotipos de género arcaicos, el temor al libertinaje sexual entre los adolescentes y otros cuantos tópicos al uso). No vale la comparación con colegios segregados de estados del sur de EEUU o Inglaterra. Sus buenos resultados académicos están más relacionados por tratarse de colegios de élites sociales que por su carácter sexual. Pero tampoco conviene armarse de prejuicios ideológicos opuestos. La segregación por sexos no es monopolio de los modelos tradicionales y autoritarios como el franquismo y cuenta con defensores en otros países occidentales que están muy lejos de espectro ideológico conservador. 
      Nada que ver, por poner algunos ejemplos, con las experiencias que se han hecho en los últimos años en países europeos y EEUU, mantenidos por lo general por idearios políticos laicos y progresistas. En los casos americanos, se trataban de discriminaciones positivas que pretendían defender minorías con problemas de integración (mujeres amenazadas en barrios marginales, chicos negros en la periferia de Chicago con un elevadísimo nivel de fracaso escolar). 
      Un segundo conjunto de experiencias segregacionistas tienen una base científica pretendidamente objetiva. Los estudios de la última década basados en la neurociencia y la psicología del desarrollo, esgrimen importantes diferencias del desarrollo cognitivo y emocional entre chicos y chicas en determinadas edades (7 a 15 años).  Como es bien sabido, las áreas de inteligencia lógico-matemática son campos donde brillan los chicos, mientras que aquellas vinculadas con el lenguaje son dominadas claramente por el sexo femenino, de acuerdo -hablando en general- con un desarrollo distinto de los hemisferios cerebrales dependiendo del sexo. Igualmente, el desarrollo emocional es mucho más rápido en ellas, mientras que los chicos tardan más en salir de la infancia. Por último a nivel social, durante muchos años de la infancia los grupos de iguales son personas del mismo sexo. Esto provoca desniveles de enseñanza que se traducen en fracasos escolares y en una tendencia a que los estudios técnicos estén copados por el sexo masculino en detrimento del femenino.
      Sobre las primeras experiencias, tenemos que decir que se tratan de intervenciones puntuales, y no generalizadas. Como toda discriminación positiva, de carácter multicultural, esta debe ser entendida en su contexto específico y no se puede generalizar ni en el tiempo (indefinidamente) ni en el espacio (en otros espacios culturales o sociales). Respecto al segundo argumento, mucho más polémico y novedoso, sus defensores hablan de estas diferencias biológicas como si se trataran del único elemento crucial para explicar el éxito académico, cuando el informe PISA -por ejemplo- no le concede una excesiva importancia y sí recalca el entorno familiar, las diferencias de clase o status social. En definitiva, los defensores de la neurociencia actúan como miembros de una ideología intelectual que está de moda en el ámbito educativo y que ejerce su dominio sobre otros acercamientos. Bajo un aparente status cientifico, se vuelven reducionistas y sesgados al hablar de educación. Se olvidan de buena parte de la psicología y otras ramas de las ciencias sociales que hablan de muchas virtudes y ventajas que se pierden precisamente bajo esa segregación por sexos. Tolerancia, respeto a la diferencia, convivencia, sensibilidad, experiencias recíprocamente enriquecedoras, trabajo en equipo y la propia curiosidad de los niños y jóvenes incentiva poderosamente a mantener esa igualdad de trato entre hombres y mujeres. Si ya hablamos de materias como ética o filosofía, el segregacionismo va contra el espíritu más profundo de la asignatura. Más aún, el contexto social en el que se van a mover los alumnos en un futuro no es un horizonte segregacionista sino todo lo contrario. Todo esto nos parecen razones convincentes para no desear un regreso al segregacionismo a gran escala. A lo sumo, las intervenciones segregacionistas deberían ser puntuales, en determinadas asignaturas y cursos y dependiendo siempre del perfil del alumnado, donde esas diferencias biológicas sí pueden dar lugar a desequilibrios en el aula, como efectivamente ocurren en cursos problemáticos de la ESO, pero nunca podrían cubrir más de la mitad del horario lectivo total. Pero de afirmar esto a defender la segregación dista una forma entera de ver la educación  y sus objetivos finales.      

martes, 31 de julio de 2012

INTELIGENCIAS MÚLTIPLES Y COMPETENCIAS: DELIMITANDO CAMPOS.

     Inteligencias múltiples: un término que ha hecho fortuna.
     Cuando Howard Gardner empezó a hablar de las "inteligencias múltiples", hace ya tres décadas, dificilmente podía pensar entonces el impacto que alcanzaría en el ámbito de la educación. Sin embargo ese ha acabado siendo el campo predilecto para su desarrollo y puesta en práctica. El público al que originariamente estaba destinada su obra -los psicólogos y neurólogos- recibieron con cierta frialdad una teoría que cuestionaba abiertamente las investigaciones del campo de la inteligencia, heredadas de la tradición de Binet y los test psicométricos para medir el coeficiente intelectual. Todavía hoy el uso de la inteligencia "g" es la dominante en el campo de la psicología académica. Las causas de este escepticismo parten de la relativa incapacidad para separar neurológicamente unas inteligencias de otras, y el hecho comprobado de que la inteligencia no suele especializarse y actuar independientemente, sino que operan varias sobre un mismo campo a la vez, cuestiona en parte lo planteado por Gardner. Al mismo tiempo, la simplicidad de la inteligencia tradicional siempre es más atractiva, más cuantificable y más barata: esa es la razón básica de cómo todavía predominan en el campo educativo visiones de la psicología con más de un siglo.
      Y sin embargo, a pesar de ese recibimiento frío, todo ha cambiado en las últimas tres décadas. La visión de la inteligencia como algo rígido y fácilmente medible, condenado a pautas marcadas por la habilidad sobre la matemática y el lenguaje ha desaparecido desde los años ochenta. El punto de partida surgió, con el desarrollo de la neurociencia, en la definitiva superación de la dualidad platónica y cartesiana al vincular la racionalidad al ámbito cerebral y relegar todas las emociones e instintos a un segundo plano "corporal". Hoy sabemos que el cerebro regula de forma decisiva las emociones y sentimientos tanto como opera sobre nuestra racionalidad y capacidades intelectuales. Al mismo tiempo, no podemos entender al cerebro como un órgano privilegiado independiente del cuerpo.  Las críticas de Gardner venían acompañadas de la "revolución cognitiva", como él mismo denominó, y circulaban paralelas a las de aquellos psicológos que defendían la "inteligencia emocional" (con Goleman como su más conocido divulgador) y los neurólogos que vinculaban al cerebro el control de las emociones y sentimientos (los marcadores somáticos de Antonio Damasio, por poner un ejemplo). El caso de Phineas Cage, con el que Damasio abre su clásico libro de El error de Descartes, marca un ejemplo perfecto en la nueva percepción del problema. Una persona que había sufrido un dramático accidente con una enorme lesión cerebral, mantuvo sus capacidades intelectuales intactas (la inteligencia clásica asociada al lenguaje y la matemática) pero perdía toda posiblidad de solucionar problemas básicos de su vida cotidiana por la lesión que había destruido la parte del cerebro que controlaba sus emociones y sentimientos.
      Este dramático caso encuentra un eco lejano en la evidencia que muestran las actuales relaciones laborales actuales: todos los empleados son contratados por sus capacidades técnicas expuestas en un curriculum (basados en una inteligencia tradicional) pero las pérdidas del empleo (en condiciones normales, y no de crisis) vienen dadas por su incapacidad emocional y su falta de habilidades sociales (es decir, la inteligencia que no aparece en los curriculum vitae). Es decir, el éxito profesional y personal ha dejado de venir determinado por un coeficiente intelectual poderoso, que se revela como una variable más dentro de otras muchas.
      El éxito de las IM de Gardner parte más por sus capacidades prácticas que por su propia fuerza teórica. Es decir, nos importa relativamente poco si su teoría se sustenta adecuadamente con la neurociencia actual o la psicología evolutiva: su capacidad práctica para replantear el concepto actual de inteligencia la hace hoy extremadamente popular, casi imprescindible. La razón de este éxito estriba precisamente en la debilidad de las posiciones tradicionales. Al igual que la acumulación teórica de conocimiento, los objetivos y la memorización han pasado a la historia de la educación por ser excesivamente rígidos e inútiles para un mundo en transformación permanente, la teoría de la inteligencia que sustentaba ese modelo también se ha venido abajo. Hemos pasado a una inteligencia flexible, polifacética, tal y como la define Gardner: "la capacidad de afrontar problemas muy diversos y elaborar productos que sean valiosos en una o varias culturas".
     No hace falta hablar aquí de las ocho inteligencias que habla Gardner en sus libros sobre el tema: inteligencia linguistica, lógico matemática, espacial, musical, corporal cinestética, naturalista, intrapersonal y extrapersonal. Cada una de ellas tiene sus particularidades determinadas. El mismo Gardner piensa que esta lista es relativamente arbitraria, aunque muchos de sus seguidores las siguen a rajatabla. Por otro lado, el uso de la palabra "inteligencia" tiene un buen márketing. Podríamos haber utilizado "talento" o "competencia" y sin embargo, Gardner le da una orientación fundamentalmente psicológica. Es decir, no es simplemente una habilidad que aprendemos "desde fuera", sino que tiene que estar potencialmente en nuestra base biológica para poder ser desarrollada. Cada uno de nosotros tendrá inteligencias "fuertes" y "débiles". Por otro lado, el desarrollo adecuado de esa potencialidad dependerá del contexto social en el que viva el individuo, así como sus preferencias personales y un marco educativo determinado.



    Las inteligencias múltiples, sustrato teórico de las competencias o superador de las mismas.
    Aquellos que como yo, apenas había oido hablar de las IM fuera de los manuales de psicología, se hacían las mismas preguntas: si no es realmente otra forma de hablar de las "competencias" educativas, o un discurso legitimador de las mismas. Aunque con un origen distinto, ambas tienen puntos en común considerables, y no es del todo descabellado sostener que aunque Saussare y Chomsky se consideren como referentes inspiradores de la teoría de las competencias, tampoco se habrían podido pensar sin el desarrollo de las IM y la inteligencia emocional.
    El punto básico en el que van de la mano es la crítica hacia la que apuntan: la creciente inutilidad de la educación tradicional. Tanto los defensores de las competencias como de las IM compartirían las siguientes críticas:
   a) la uniformidad educativa incapaz de establecer distinciones entre un alumnado crecientemente complejo, a nivel biológico, psicológico, social y cultural.
  b) El fuerte peso de los objetivos puramente cognitivos o intelectuales frente al ámbito de la práctica.
  c) la homogeneización del éxito escolar o académico con la superación de esos objetivos intelectuales, sin dar más consideración a la resolución de problemas reales y la puesta en práctica del conocimiento teórico.
   d) El distanciamiento creciente del sistema educativo frente a las necesidades sociales y laborales que demanda una sociedad globalizada.
   e) La inutilidad de una educación basada exclusivamente en el uso de la memoria, cuando todos los conocimientos técnicos se reciclan cada tres o cuatro años y disponemos de una memoria artificial tan colosal como Internet.

    Indudablemente, es la pluralidad de competencias e IM lo que a simple vista cualquier observador no especializado recalca en primer lugar, hasta el punto que casi podríamos relacionar competencias con tipos de IM (cfr. la página del colegio de Montserrat  www.inteligenciasmultiples.net). Así, por poner dos ejemplos, la competencia en el conocimiento del mundo físico se relaciona con la inteligencia naturalista, o la social o ciudadana con la inteligencia interpersonal. Igualmente, ambos acercamientos son conscientes que para desarrollar el currículo de cualquier asignatura, necesitamos una suma de competencias e IM que no pueden trabajar por separado sino que se complementan.  
    De forma más profunda, destaca también la elevada importancia concedida a la práctica. Tanto las competencias como las IM no parten de contenidos asépticos y teóricos, sino que precisan de una aplicación concreta. Si la competencia es fundamentalmente la aplicación de una habilidad, la noción de inteligencia parte de la misma resolución de problemas. Necesitamos conocimientos teóricos, pero no por su importancia en sí mismos, sino por su capacidad para ser aplicado en circunstancias rápidamente cambiantes. La divisa básica de las competencias "saber - hacer - ser" encuentra su correlato con la propia noción de inteligencia de la que parte Howard Gardner.
    En definitiva, tanto las IM y las competencias son dos fuerzas convergentes hacia un mismo punto:  si las IM pretendían ser la revisión crítica de la hegemonía de la inteligencia "g" en la psicología, la teoría de competencias también crítica a las consecuencias de esa hegemonía en el campo de la educación.
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    Especificar campos y límites entre competencias e IM.
    De lo último dicho, podemos decir que IM y competencias no son la misma cosa. Las IM, en cuanto que parte de una base psicológica y neurológica, pondrán mucho énfasis en el reconocimiento temprano de dichas inteligencias -desde el primer año de edad- y estudiar su perfeccionamiento, tanto para las inteligencias "fuertes" de un individuo como sus puntos débiles. Con esta precocidad no se pretende, repiten todos los seguidores de las IM, ni crear genios ni formar escuelas de élite, sino aspirar a la potenciación máxima de las capacidades reales de cada individuo.
     Dentro de las muy diversas actuaciones educativas que se inspiran en las IM destacan el reconocimiento de las inteligencias y la estimulación temprana, los trabajos por proyectos, el aprendizaje por mapas mentales o la creación de portfolios. Todo esto incluido en programas como el proyecto Spectrum o el Zero de la universidad de Harvard, o la Filosofía para niños. Gardner pone la vista muchas veces sobre el método Suzuki como una aplicación perfecta de su teoría hacia la estimulación de la inteligencia musical, aunque el método Suzuki haya nacido independiente de las teorías de Gardner. En realidad, muchas de estas metodologías no son originales y se conocen desde hace bastantes años; sin embargo ofrecen una interpretación distinta y orientada hacia el estímulo de cada inteligencia particular en el contexto de las IM.
    Una renovación pedagógica de tal envergadura implica lógicamente cambios en la evaluación de contenidos, que nuevamente, deja de lado los exámenes tradicionales, y que se basan en una evaluación mucho más compleja y atendiendo a gran diversidad de variables.
    En cualquier caso, Gardner deja muy claro que su teoría puede servir de inspiración a cambios pedagógicos o didácticos, pero que no se puede entender como una verdadera teoría de la educación sustitutiva de las anteriores. Más bien se podría hacer referencia a ella, como sostiene Armstrong, como una especie de filosofía educativa, que actúe como "background" o sustrato bajo el que se levanta la práctica docente. Quizás lo que haya que decir es que las implicaciones educativas de las IM constituyen una amalgama ecléctica y variopinta de influencias pedagógicas de muy distinta procedencia: la importancia de la acción de Dewey, los proyectos de Kilkpatrik, el contructivismo de Piaget o la metodología de Montessori o Decroly.
    Frente a esta nebulosa de las IM, las competencias responden a necesidades educativas más concretas y tienen un marco de aplicación más estrecho. Las IM tendrían la virtud de eliminar el componente más puramente pragmático de las competencias -marcado por ejemplo únicamente por las necesidades del mundo laboral- y darle un contexto educativo más global y humanístico. Sin embargo, como veremos, la aplicación de este binomio competencias-IM se encuentra con problemas en su puesta en práctica.   
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    Los problemas prácticos de la práctica.
     Como ocurre con prácticamente todas las reformas educativas, los marcos teóricos planteados desde la pedagogía tardan en entenderse e implantarse en la práctica educativa real.  La primera vez que se impulsó el uso de las competencias en materia educativa, la inmensa mayoría del profesorado tan solo hizo un leve cambio en sus programaciones y añadió a los contenidos mínimos del curso las competencias que formaban parte de sus materias. El desarrollo de las clases, la evaluación y contenidos apenas fueron transformados. La segunda reacción fue entender y usar las competencias como una rebaja del nivel educativo para evitar el fracaso escolar por parte no solo del profesorado sino también de la administración educativa. Las competencias -que no reclaman notas académicas sino una mera aptitud o no para las mismas- servían para una evaluación continua que relativizaba los exámenes y pruebas tradicionales y que en último lugar posicionaba al profesor en la pregunta de "es apto o no apto para estas competencia". 
     Estos dos errores de percepción -la superficialidad del cambio y la caída del rendimiento escolar- nos llevan a asumir que el éxito no proviene únicamente de las leyes, sino de la propia acción de los profesores. La teoría de las IM podría suplir en parte esta inercia tradicional de los educadores, pero su aplicación resulta igual de complicada. Aunque Gardner asegura que la aplicación de las IM en la escuela tradicional apenas aumentaría el gasto en un 15% sobre el coste actual, el trabajo para el equipo docente es enorme y precisa además de un personal dotado de un gran sentido de la creatividad y de la comunicación interpersonal. Igualmente, supone un nivel de interés por parte de los alumnos y una implicación de la familia en la educación que no siempre es el que se da en la realidad. No hablamos aquí, además, de lo que supone aplicar este proyecto en un país con cambios  permanentes en la legislación educativa y donde la crisis ha elevado la ratio de alumnos y el horario docente a niveles tercermundistas.  
    Los problemas son varios pero podríamos señalar aquí el diseño del currículo, los métodos de enseñanza y el sistema de evaluación. Respecto al currículo, Gardner propone uno de carácter global y que dé prioridad a unos contenidos básicos, sin extendernos demasiado en contenidos irrelevantes memorísticos que rápidamente se olvidan y que no tienen sentido en una sociedad de la información, donde los conocimientos tienen fecha de caducidad. Cada disciplina debería tener unos contenidos básicos bien estructurados, como puede ser el Holocausto judío para la historia o la teoría de la evolución para la biología. La réplica que se ha formulado desde posiciones más tradicionales a las IM es su carácter fragmentario y poco conectado entre sí, donde es difícil mantener una línea curricular bien definida. Nuevamente esto no es nada nuevo y ha sido siempre la crítica al trabajo por proyectos desde su puesta en práctica.
    Sobre los métodos de enseñanza -el lugar donde es más prolífica la teoría de las IM- los defensores usan materiales muy específicos -herencia de los métodos de la tradición de Montessori o Decroly- que aunque ciertamente, pueden ser creados en la propia clase, suponen un trabajo adicional para el profesorado nada irrelevante. Igualmente, la gestión del espacio del centro y de la clase hacen necesaria una continua intervención sobre el mismo para hacerlo lo más atractivo posible al alumno y esto implica también nuevos esfuerzos. Además, como ya hemos sugerido, existe la continua confianza en la relación fluida entre alumnos y profesores y el interés de unos y otros por la enseñanza y el valor del aprendizaje.
    Por último, la evaluación es uno de los aspectos más complejos de las IM. Una vez que se rechazan los exámenes tradicionales, homogeneizadores de toda posible inteligencia alternativa al lenguaje y la matemática, al profesor no le queda otra que una evaluación sumamente compleja y de carácter cualitativo. El docente se tiene que convertir en un especialista para detectar en cada alumno su inteligencia fuerte e intentar evaluar y potenciar el currículo de cada asignatura desde esa inteligencia. Igualmente las pruebas homogéneas escritas tienen que ser superadas por la auténtica evaluación continua del trabajo diario, en el que realmente tanto la aptitud hacia las competencias como las inteligencas salen a la luz. Esto se traduce en largos cuestionarios evaluadores y un extraordinario trabajo docente, que actúa de forma más subjetiva en cuanto que cada alumno tiene una evolución personal propia y no puede ser fácilmente comparado con el resto de sus compañeros.  
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    La implantación de las IM en la clase, por tanto, requiere de unas condiciones ideales para su perfecta plasmación en una clase. Los defensores entusiastas de las IM aseguran que esas condiciones ideales las trae consigo la propia aplicación de la teoría. Es decir, la educación se hace repentinamente algo atractivo y honorable, con la aplicación de un método novedoso que es capaz de motivar tanto al alumno como al profesor nato. Nuestra opinión personal es que hay que asumir la verdadera aplicación de las competencias y de las IM como un reto educativo, motivador para aquel docente que siente una verdadera vocación en su profesión. En un primer grado de acercamiento, las IM pueden servir de inspiración para las programaciones de aula, la gestión del espacio en el centro educativo (el aula entendida como museo), favorecer la integración de los ACNEE o de los alumnos más dotados. De hecho, un profesor competente se puede encontrar con que aplica buena parte de lo propuesto en estas teorías por simple intuición. Una aplicación más sistemática nos conduciría a un nuevo sistema educativo en el que la coyuntura actual no es precisamente la más propicia, ni en términos ideológicos, sociales o económicos. El desconocimiento de la clase política de las realidades educativas, la indiferencia de la sociedad ante la escuela que la entiende más como guardería que como verdadero centro de formación educativa, y los recortes educativos provocados por la crisis económica, hace este reto docente un poco más lejos de ser alcanzado y un sueño todavía incumplido.    
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BIBLIOGRAFÍA:
ARMSTRONG, T., Multiple intelligences at the classroom (2003)
GARDNER, H, Frames of Mind (1983)
GARDNER, H., inteligencias múltiples, la teoría en la práctica (1995, 2011).
GARDNER, H., La inteligencia reformulada (1998, 2011)
PRIETO SÁNCHEZ, M., BALLESTER MARTÍNEZ, P., Las inteligencias múltiples (2010)

lunes, 23 de julio de 2012

ANDREA FABRA Y EL SÍNDROME DE MARÍA ANTONIETA

Por síndrome de María Antonieta, el profesor Tiburcio O'Reilly denomina a la falta de sensibilidad social causado por un distanciamiento excesivo de la realidad. Así, una sorprendente frivolidad se adueña de las afirmaciones de los afectados por este síndrome y pueden provocar reacciones peligrosas entre el auditorio político. Esto fue lo que le ocurrió a la reina francesa de origen austríaco María Antonieta, propiciadora de escándalos que convirtieron sus actos en chispas detonantes de la misma revolución. En nuestros días, la diputada Andrea Fabra comete el mismo error. Sea cual sea su carrera política y sus posibles méritos pasados, al igual que María Antonieta debió su puesto a la posición familiar, pertenecía a una aristocracia política cada vez más inútil y costosa y disgustaba al pueblo con sus estúpidas afirmaciones. Son tres cosas que una sociedad en estado de convulsión es incapaz de perdonar.   

jueves, 12 de julio de 2012

MARIANO RAJOY: LA INMORALIDAD DEL CIRUJANO DE HIERRO

       Hace algo menos de un siglo Ortega y Gasset aseguraba que España necesitaba un "cirujano de hierro" para resolver sus problemas ancestrales. España estaba "invertebrada" (otro famoso término del filósofo) y necesitábamos un revulsivo que nos permitiera reconocer nuestro propio lugar en la historia.  Era aquella una época relativamente lejana para nosotros, tendente a creer en destinos manifiestos y salvadores mesiánicos para la patria. Pues bien, casi un siglo después, cuando España está más invertebrada que nunca y han pasado al olvido aparente todas las proclamas peligrosamente autoritarias y pseudofascistas, parece que hemos encontrado nuestro cirujano de hierro particular en la figura de Mariano Rajoy. No es muy posiblemente el "médico" que tenía en mente Ortega. Es un político de perfil bajo -los grandes carismas parecen haber pasado a la historia- que se ampara en un gobierno de tecnócratas, para resolver un obsesivo problema económico (el déficit público), pero con unas dimensiones tales que amenaza con desfigurar el conjunto del estado. No es que el déficit público sea el problema número uno de nuestro sistema económico: hay otros muchos más acuciantes y graves, aunque se dejen temporalmente de lado. Pero el contexto en el que vivimos hace que ese déficit se convierta en una obsesión colectiva.
      Desgraciadamente las curas de este cirujano se están volviendo tan agresivas que pueden hacer fallecer al enfermo. El riesgo de muerte es real. Rajoy y su equipo sabe perfectamente que sus medidas, dedicadas a aplacar los mercados, pueden no tener ningún éxito. No hace falta ser premio Nobel para eso: lastran el crecimiento económico de tal forma que los especuladores entenderán que los problemas de financiación seguirán siendo los mismos para los próximos años (les basta una excusa para someter al enfermo a una prima de riesgo desorbitante). Incluso aunque puedan parecer armados de la ortodoxia liberal más arrogante, las ideologías han pasado. El equilibrio presupuestario por sí mismo ya no es receta segura para el crecimiento económico. Ni esa ni ninguna otra.
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      Para defender su programa, Rajoy lo ha denominado estoicamente como "inevitable". Este adjetivo es mucho más gave de lo que puede parecer. Con él certifica la defunción del estado nación mediano, incapaz de maniobra alguna, arrastrado por fuerzas superiores como los mercados globales o la superfederación europea. Muy posiblemente tenga una parte importante de razón en esa proclama, y desde la claudicación de Zapatero hace dos largos años, se ha venido repitiendo con cada recorte. Pero es también una coartada perfecta para hacer lo que a uno le venga en gana, cargando la responsabilidad en otros -la herencia recibida, las imposiciones de Bruselas, la ortodoxia de Merkel, la crisis global...-, es decir, el largo etcétera al que estamos acostumbrados de un tiempo a esta parte. 
      Pero como siempre los ajustes tienen límites. Incluso cuando la esfera de lo económico -por emplear mi término favorito de Michael Walzer- parece imponerse sobre el resto de esferas de valores culturales, existen límites que pueden provocar graves daños a largo plazo. Los recortes podrían haber sido menos inmorales, menos dañinos para la imagen pública del estado. No todo vale a la hora de recaudar dinero y aliviar el déficit. Por poner algunos ejemplos: es inmoral perdonar las deudas del defraudador y aumentar el fisco a los que pagan religiosamente. Es inadmisible hacer recaer el peso de la crisis una y otra vez sobre el funcionariado mientras las responsabilidades de la crisis a nivel político y financiero se destilan a cuentagotas. Es vergonzoso e insensible afirmar que recortar el subsidio de desempleo es positivo porque incentiva al parado a buscar un trabajo. Si a esa declaración le acompañamos ese "a trabajar, a trabajar" que coreaban los diputados del PP o el "que se jodan" lejano que se escuchó en boca de una diputada del mismo partido, de forma intencionada o no, el resultado es un gobierno que está perdiendo legitimidad moral para gobernar. En la época de las redes sociales, estos errores son imperdonables y pasan factura. 
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     Muchos analistas comparan la coyuntura actual con los años treinta (los años de Ortega precisamente), pero nos imaginamos un paralelismo más lejano en el tiempo y que se ha ido repitiendo con cada crisis fiscal en la historia. Cuando el Imperio Romano estaba a punto de derrumbarse, el emperador Diocleciano  a finales del siglo III propuso una reforma tributaria sumamente agresiva que pretendía estabilizar el orden interno del imperio. Tuvo éxito en su tarea, pero el precio a pagar fue muy alto, hasta el punto que el propio imperio dejó de ser el mismo. Desde entonces, ser ciudadano romano se convertiría en una carga y no una valiosa distinción legal; con estas medidas se estaba sentenciando al Imperio hacia una muerte lenta, porque nadie se sentía identificado con el mismo. A largo plazo, los emperadores se dieron cuenta que esta política significaba por un lado más gastos de burocracia, y por otro, una mayor evasión fiscal por parte de los más poderosos, y el empeoramiento de las condiciones de los más humildes, hasta acabar en la rebelión. El imperio occidental quedó socialmente resquebrajado y nunca pudo recuperarse definitivamente. Indudablemente Diocleciano estaba entre la espada y pared, y pudo decir como Rajoy que el "ajuste" era "inevitable" y que la inacción habría sido aún peor. Pero esa inevitabilidad también es ampliable a sus consecuencias catastróficas a largo plazo, cosa que ningún dirigente desea reconocer como obra suya.    

viernes, 6 de julio de 2012

NO NOS REPRESENTAN

       
Una copa dolorosamente cara para los contribuyentes...
        Voy a dejar el fútbol definitivamente. Y eso que es un maravilloso tema de conversación, un mediador excelente en situaciones sociales incómodas y el mejor calmante de disgustos que puede existir. Nadie puede dudar de eso. Viendo el fútbol uno se olvida de la prima de riesgo, de los comentarios por lo bajo de la suegra o de las broncas en público de un jefe. Nada importa mientras el esférico se mueve en los noventa minutos mágicos que dura el partido y puedas hablar sobre el mismo semanas después. Cuando juega la selección, esos sentimientos se hacen más agudos. Los rivales de ayer se convierten en amigos de siempre. La gente se ve reflejada ante una bandera -algo que no ocurría desde Franco- y tiembla ante un partido. Lo que ya no consiguen hacer los toros, la iglesia, la monarquía o las instituciones democráticas, todavía lo hacen unos tipos moviendo el balón, y habría que estar agradecidos por ello.
       Sin embargo en todo este mundo maravilloso de sentimientos y símbolos culturales hay un problema. La compensación económica por tocar un balón con maestría se convierte de pronto en dilema moral. Nos encontramos que en el acto de levantar una copa, el estado -el mismo que paga intereses al 7% por sus bonos de deuda pública a 10 años- paga siete millones de euros. Siete millones que van a engrosar las cuentas bancarias de los veintitantos mejores jugadores de europa con entrenador incluido. Siete millones de euros (1120 millones de las antiguas -o nuevas- pesetas) que pueden levantar colegios y hospitales enteros, y que podría haber evitado desastres como el fuego de Valencia. Siete millones que no van a acabar con nuestra crisis económica, pero que sí espolean un poquito más nuestra profunda crisis moral. Siete millones que hacen sentirnos a algunos españoles como aunténticos gilipollas delante de un televisor viendo estas fiestas y celebraciones, como si hubiera realmente algo de lo que alegrarse. Con razón parte de la ciudadanía les exige que rechacen ese dinero, si realmente quieren alardear de patriotismo: no todo el mundo se siente igual de identificado ni con el fútbol ni con la bandera. Y de nada vale enmascarar aquí el gesto en el fervor patriótico, los beneficios económicos indirectos o el dinero que se va a embolsar la Real Federación de Fútbol: las primas han sido un gasto innecesario por parte del estado en el momento más desafortunado posible.   
      Indudablemente esta gente tiene un fantástico don físico, y el sector privado ya les recompensa ampliamente por ello, con burbuja económica incluida, que permite tener salarios sobredimensionados y privilegios fiscales mientras sus clubes rozan la ruina económica. Es aquí donde uno se pregunta si era realmente necesario que nuestro estado en bancarrota destinara esa partida para estimular a unos individuos en hacer un trabajo que de por sí tiene rentabilidad asegurada: no cabe duda que tras su Eurocopa, les van a caer ofertones a mansalva. Para qué entonces, gastar más dinero en estos caballeros que ya nadan en él.
       Así que no nos engañemos. Los de la Roja, al igual que muchos políticos y banqueros, tampoco nos representan. Y si lo hacen, por lo que cobran, prefiero que se queden en casa jugando al futbolín, que sale más barato.     

martes, 12 de junio de 2012

EL PROBLEMA DE LA CIENCIA EN ESPAÑA ES... EL LADRILLO.

Carmen Vela contestando en Santander a jóvenes investigadores.
            Hace unos días, la revista Nature ofrecía un artículo de Carmen Vela, secretaria de Estado de investigación. Sus palabras intentaban la cuadratura del círculo al anunciar que el recorte de ciencias no iba a ir dirigido hacia la excelencia, sino hacia la cantidad. Había que evitar gastos superfluos y centralizar la gestión, y hacer como se nos dice repetidas veces, "más con menos". Creo que esa señora o sus asesores son lo suficientemente inteligentes para darse cuenta de lo endeble de esta cortina de humo, y así parece el propio tono de su artículo. En cualquier caso, el uso de todos estos eufemismos no ocultan las consecuencias del recorte de casi una cuarta parte de la inversión científica en nuestro país. La reducción del número de becas de investigación (los programas de Ramón y Cajal, Juan de la Cierva y Torres Quevedo) es innegable. Muchos jóvenes investigadores dejarán proyectos a medio concluir y tendrán que hacer las maletas.
        En el sombrío panorama de nuestro país, cada sector social afectado por recortes no duda en sacar una batería de argumentos destinados a convencer a los gestores del dinero público de la innegable necesidad de mantener su partida. En el caso de la inversión en I+D los hechos hablan por sí solos. La sociedad del conocimiento solo se podrá alcanzar si se mantiene el compromiso con la investigación. Eso es lo que muchos becarios, con pancartas en la mano, nos han recordado en muchas manifestaciones. Razón no les falta. 
     Y sin embargo, a pesar de la importancia de estos argumentos, muchos ciudadanos de a pie, más preocupados en los triunfos de la Roja o Nadal que en saber el último avance del CERN, se preguntan dónde va el dinero destinado a la ciencia y sobre todo, cómo revierte en nuestra sociedad. Es decir, queda muy bonito citar la sociedad del conocimiento, pero omitimos la última parte del proceso, y apenas nos hablan de sus beneficios sociales y económicos, más allá de asegurar el pan a unas cuantas fundaciones científicas. Esto ha sido utilizado sin pudor alguno por los defensores del gobierno a toda costa y todo trance para hablar de la inutilidad de la ciencia, la necesidad de los recortes y de sustituir la inversión pública por la privada. Inconscientes, sin duda, los hay en todas partes. El debate es desgraciadamente mucho más profundo, y va mucho más allá de la polémica ideológica de si el estado o el sector privado son los mejores gestores de la investigación científica.
       El gran fracaso de la ciencia en España no ha partido de la inversión tardía del estado en la materia. Ha sido sobre todo no contar con una estructura económica que sea capaz de patrocinar, demandar y absorver en el mercado laboral a los jóvenes investigadores. En lugar de ello, necesitábamos irremediablemente un estado que impulsase la investigación desde arriba, un poco como hacían los reyes y ministros ilustrados del siglo XVIII. Mientras el estado mantiene su aportación, las cosas aparentan ir bien. Pero cuando el estado falla, el edificio entero se desmorona. Es cierto que el compromiso de los gobiernos debería ser ineludible, y el tratado de Lisboa nos recomendaba que deberíamos gastar un 3% del PIB en investigación y desarrollo. Ahora quieren destinar menos de un 4%  al conjunto de la educación y la investigación científica ha bajado al 1.39%. Pero aún si el estado dedicara todo el dinero que debería ceder para apoyar una verdadera sociedad del conocimiento, los resultados no serían todo lo deseables que se podría esperar, al menos a medio plazo.  
        Ponemos unos datos reveladores: mientras que España ocupa casi un 10% de la producción científica en Europa y el 3% de la producción científica a escala mundial, el número de innovaciones y de pedidos de patentes -que es donde vemos cómo se traslada el esfuerzo científico al sector productivo- se mantiene prácticamente estancado en los últimos años y apenas se duplicó desde el año 2000. Esto significa que tenemos que importar la tecnología que usamos y esto merma mucho nuestra competitividad internacional. Mientras que el sector inmobiliario representa todavía en España un 8.5 (llegando al 12% antes de la crisis), el biotecnológico representa solo un 1.8 -y es de los pocos que está creciendo a pesar de la crisis-. Son datos del informe que realiza la Fundación Genoma España para el 2012. 
      El sustrato empresarial español carece de un sector industrial basado en el incremento tecnológico: la especialización en servicios y turismo -algo relativamente normal en sociedades postindustriales pero más acusado en nuestro país- y nuestra deriva inmobiliaria machacó esa posiblidad en los años de crecimiento. Además, lejos de lo que pueda pensarse, hemos sido extremadamente eficientes en bienes de servicios que no están sometidos a la competencia exterior, por tratarse de gestión pública -como por ejemplo el sistema sanitario o el sistema educativo-, y estamos perdiendo ese éxito precisamente por el ahogamiento del estado.
      La industria biotecnológica todavía ocupa un modesto porcentaje del PIB. El sector de energías alternativas está paralizado tras el cese de las ayudas estatales. Los centros de investigación del sector automovilístico están en buena medida en los países de origen de estas multinacionales. Tan solo el campo de la medicina, que es un bien eminentemente en manos del sector público, podríamos esperar progresos relevantes. El culpable del fracaso científico en España ha sido, como otras tantas cosas, el ladrillo. Sin pensar en los países mórdicos, un país más semejante a nuestro entorno como Irlanda supo jugar bien sus cartas y basó su crecimiento de las últimas dos décadas no solo en el sector inmobiliario, sino también en el sector informático y la industria bioquímica, no hemos sabido atraer inversiones extranjeras dedicadas a estos sectores punteros. Ahora resulta demasiado tarde.
      Ante todo hay que evitar las respuestas ideológicas, especialmente la de algunos apologistas neoliberales que pretenden justificar lo injustificable. Que la gestión del estado sea insuficiente y mejorable no quiere decir que no sea necesaria. Quien diga que el estado no debe subvencionar la ciencia y que considere que es un gasto innecesario, que debe ser cubierto por el sector privado, contraviene cualquier mínima evidencia empírica de los países más desarrollados tecnológicamente, donde la inversión estatal en ciencia supera el 2% de su PIB. Estados Unidos y Alemania estan en torno al 3, Finlandia llegó al 3.84 de su PIB, Austria alcanza el 2.4 y Francia está a la misma altura. Evidentemente, nuestro problema no es el estado y su gestión, sino la sociedad y nuestro modelo productivo.
     Muy posiblemente tirar la toalla en este campo significaría convertir a España a medio plazo en un país de trabajadores chinos y de chiringuitos de playa, puesto que el sol y los bajos costes laborales serían las únicas ventajas comparativas de la que dispondríamos frente a otros países de nuestro entorno. Esto no es algo irreal: el hecho de que el proyecto empresarial más mareado en los últimos meses sea el de Eurovegas, mientras la fuga de cerebros se acentúa, nos puede decir algo del rumbo que toma nuestro futuro. Pathetic.

lunes, 28 de mayo de 2012

LOS RESPONSABLES BANCARIOS, A LOS TRIBUNALES

       Este país no solo tiene una crisis económica: sufre una crisis moral de aúpa (y en este momento, se muestra claramente la relación entre una y otra) y no parece que se quiera dar solución.  Ocultar a las auditorías y la opinión pública un agujero de 3000 millones de euros no es cosa de  importancia, una mera bagatela; que el estado tenga que pagar más de 20000 millones para evitar la quiebra de un banco con todos sus inversores por detrás tampoco. Ahora bien, no se te ocurra cuestionar la necesidad de recortar en educación ni sanidad. Los desmanes y corruptelas de políticos, sindicalistas o empresarios del ladrillo quedan en cifras de niños, comparados con esta estafa monumental. Si el estado no actúa pronto, las consecuencias serán imprevisibles. Por poner tres argumentos básicos:
     1. Daños económicos: Si los gestores bancarios no pagan ahora los daños y prejuicios a la sociedad, ¿quién nos dice que no seguirán haciéndolo en el futuro, cuando salen por la puerta de atrás con las espaldas anchas y los bolsillos llenos? Es una cuestión de ideología económica puramente liberal: la mala gestión debe ser castigada por el mercado y apuntillada en los tribunales. Aquí no hay castigo alguno, porque papá estado acude a subsanar los errores de los pobres banqueros ingenuos: ya pagarán los ciudadanos la pésima gestión bancaria.
      2. Prejuicios políticos: Si la clase dirigente no inicia una investigación de la gestión bancaria, ¿con qué pretensión espera que la sociedad siga recibiendo mensajes de ajustes y sacrificios colectivos? Evidentemente, es un hecho que los sacrificios no son para todos por igual. Hay status, clase, jerarquía social. Y por lo demás, la falta de dedos acusadores del campo de la política muestra una complicidad malsana, la presencia de numerosos lazos públicos que existieron en esta gestión. Bankia salpica a demasiados políticos que respaldaron a los gestores de la burbuja inmobiliaria.
     3. Consecuencias morales: la ausencia de responsabilidad de la crisis da alas a aquellos que piensen que pueden imitar a sus directivos y gobernantes. Es la universalización de la antítesis del imperativo categórico: si mi vecino hace el mal, ¿por qué no he de hacerlo yo? Tonto el último bueno del país, parecen querer decirnos con este asunto.
    Con estos remedios, España se aleja de Europa y nos conduce directamente a América Latina. Jamás el que escribe había tenido la sensación de vivir en un país tan sumamente bananero.  Hay quien dice que no es el momento para llevar a los tribunales a estos responsables: que la situación económica se deterioraría más aún y nuestra credibilidad se cuestionaría aún más. Pienso que estos son cortinas de humo: ¿realmente podemos estar más bajo? ¿Se puede estar peor? Con la ciudadanía puesta de rodillas, secuestrada y amordazada, ni la Eurocopa nos va a animar un poco la cara.

miércoles, 23 de mayo de 2012

LÁGRIMAS POR LA EDUCACIÓN


Manifestación sobre educación:
 demasiados profesores y pocos alumnos o padres.

        Ayer fue día de manifestaciones. Se llenaron las calles de la ciudad como no suelen hacerlo para un motivo semejante; aparecieron pancartas coloristas, rojas y azules, muchas de ellas sindicales. Camisetas verdes y mensajes sobre la educación pública. Tambores, silbatos y demás parafernalia. Y sin embargo, algunos que miraban desde la acera decían con desdén: "Los profesores, pues de qué se quejan, ¡si no hay dinero para nada más!". No hay dinero, era la respuesta más fácil para los manifestantes, aunque sí lo haya para agujeros negros en las finanzas.  
        Y es que aunque había muchos, faltaron en la manifestación los perjudicados más importantes, los que habrían legitimado todo ese tinglado sindical, como ya criticaban algunos maliciosamente. Los alumnos de cursos superiores de secundaria, bachillerato y la universidad no eran precisamente los más numerosos de la manifestación. Habían hecho huelga para echarse una partida más a la play, tumbarse cómodamente en el sofá o poder estudiar exámenes. En mitad de Cánovas me encontré con dos alumnas mías de dieciséis años que venían de alquilar un bar para organizar una fiesta de despedida de curso. Tuve que morderme la lengua, pero no pude evitar soltar una recriminación: "Os están jodiendo el futuro y vosotras pensáis en fiestas". Bendita adolescencia inconsciente.  
      Mientras los alumnos vean la educación como un inevitable deber y no como un privilegio, mientras los padres entiendan la escuela tan solo como una cómoda guardería y no como centros de cualificación y formación humana, mientras la sociedad comprenda la educación como un gasto y no una inversión, no habrá nada que hacer. Las manifestaciones de los profesores seguirán siendo entendidas como meros individuos que luchan por sus intereses particulares, como un corporativismo profesional que busca perpetuar sus privilegios laborales, si los tiene. Lamentable destino este, el de ser a la vez padre, ciudadano y docente en este país. Qué lucha.

miércoles, 16 de mayo de 2012

HAY ALTERNATIVAS: UN LIBRO DE LECTURA NECESARIA

          Habitualmente no acostumbro a leer ensayos de lo que antiguamente se llamaba la economía política. Pero algunos resultan casi un deber moral ojearlos y tener una visión alternativa de lo que sucede a nuestro alrededor. Así me sucedió con el Manifiesto de economistas aterrados y con el libro que ahora ha caído en mis manos en la última feria del libro, Hay alternativas. Este ensayo divulgativo de Vicenc Navarro, Juan Torres López y Alberto Garzón propone una reinterpretación de la crisis económica y cómo su verdadera naturaleza ha sido rápidamente tergiversada por determinados intereses económicos y políticos: una crisis del capitalismo global se ha reconvertido desde el 2010 en una crisis de los estados nacionales y de su credibilidad financiera, y con ello, un ataque directo a los derechos más básicos adquiridos en el Estado del Bienestar.

         La crisis, a nivel global y nacional.         Empieza el libro con una explicación de la crisis a nivel mundial para después centrarse en las particularidades españolas. El origen es ya lejano en el tiempo, como no podía ser de otro modo, a partir del giro conservador de los años ochenta hacia un capitalismo desregulado. Desde entonces, el sector financiero cobra una independencia absoluta frente a todo mecanismo de control político hasta el punto que es la economía especulativa y virtual la que se queda con buena parte de los recursos económicos disponibles, mientras la economía productiva encontraba una financiación mucho más escasa. Esto provocó en las últimas décadas la evidencia de que la progresión de las rentas del capital superaban con creces a las rentas originadas del trabajo y estas últimas perdían peso absoluto en el cómputo económico global de muchos países desarrollados, incluidos el nuestro. La situación tenía como contrapartida una economía política basada en la manipulación de la escasez, obsesionada por el control de la inflación, la moderación salarial y la contención del gasto: una situación acorde a las demandas del sistema financiero, deseosas de estabilidad macroeconómica por un lado y provocando por otro circunstancias que permitieran maniobras especulativas altamente lucrativas para un pequeño número de inversores multimillonarios, aún a costa del bienestar general. Mientras la burbuja financiera se mantuvo, fluyó el crédito a la economía real, con tipos de interés bajos y con la idea de que la situación paradisíaca se mantendría eternamente. Sin embargo, la ausencia total de controles volcó el negocio especulativo hacia riesgos que hoy en día nos parecen propios de dementes. Y sucedió.
        Pero la crisis no es puramente sistémica. Ha sido provocada, tanto en su origen –desde el inicio de la desregulación y cuando el sistema financiero tomó las riendas de la economía- como en sus consecuencias –cuando el sistema financiero ha volcado las culpas hacia la mala gestión de los estados nacionales y ha provocado su endeudamiento-. Es decir, existen culpables y responsables de nuestra penosa situación, y estos son los que hoy en día siguen perpetuando la crisis y sacando tajada del mercado, como puede ser a través de la especulación de la deuda pública. El sistema financiero y más concretamente los corredores de hedge funds y los inversores de deuda pública –que el libro sitúa directamente en más de un 80% en la City londinense- actúan como verdaderos tiburones contra la economía real de países enteros todavía hoy, cinco años después de la caída de Lehman Brothers.

         La situación española no hace otra cosa que empeorar la situación. A los problemas financieros se añade un sistema productivo completamente agotado, sin visos de renovación. Aquí se incide curiosamente en la herencia recibida tardofranquista: una élite de 1400 personas controlan el 80,5% de los recursos del PIB español. La democracia no llegó a cuestionar nunca los privilegios de esa élite empresarial que ha venido guiando económicamente el país, anteponiendo sus intereses a los del conjunto de la población. El tejido empresarial es débil y a partir de los noventa se centró en un sistema productivo con activos de muy escaso valor añadido, como pudo ser todo el sector del ladrillo. Por otro lado, el sistema impositivo español es directamente muy poco solidario si lo comparamos con nuestros países vecinos. Si los niveles del IRPF están ya igualados –o incluso superan- al resto de los países de nuestro entorno, el trato fiscal privilegiado para las rentas más altas –eliminación de impuestos de patrimonio, escasa fiscalidad para las rentas de capital, facilidad para la evasión fiscal etc…-. En consecuencia, el coste fiscal de la crisis recae sobre las clases medias, con su paulatino empobrecimiento y el negativo impacto subsiguiente a la marcha global de la economía nacional.
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         La alternativa posible
        Para enfrentar esta situación el libro acude a un sentido común innegable. Aunque puedan aparecer muchas medidas –al final se exponen nada menos que 115 para cambiar el estado actual de las cosas- aquí destacamos los ejes de su acción.
        En primer lugar, la necesidad de una regulación firme del sistema financiero, que no se resigne a poner parches, sino que exija el máximo control y cambie las reglas del juego. De nada le vale al estado absorber toda la deuda bancaria basada en sus excesos especulativos, si no obliga a una normativa nueva que evite caer en esas contradicciones. Los vaivenes del sistema financiero desde la crisis consiste precisamente en eso: la falta de voluntad política para poner fin a los movimientos especulativos de capital, el escaso control sobre los fondos de inversión, y la persistencia de los paraísos fiscales, donde acaban buena parte de los beneficios obtenidos por bancos y particulares de esta inestabilidad financiera.
        En segundo lugar, una reorientación macroeconómica tendente a estimular la demanda. Frente al suicidio que supone centrar la recuperación económica únicamente en algunos factores de la curva de la oferta (bajos salarios, flexibilidad laboral y recortes del gasto estatal), es evidente que hay que retornar a la demanda para una reactivación real de la economía. De nada nos vale recortar nuestros gastos para ser más eficientes o competitivos si después no nos queda nada para consumir lo que hemos producido.
       Por último, la necesidad de un cambio radical en el sistema productivo que permita un crecimiento sostenible y un incremento de nuestra competitividad. Actualmente nuestros problemas de competitividad solo encuentran en España solución con la flexibilidad laboral y la pérdida de salarios (España fue el único país de la OCDE cuyos salarios reales disminuyeron entre 1995 y 2005; no hablamos ya de lo que ha venido después) mientras que otras medidas son literalmente marginadas o han perdido hueco en la agenda política (aumentar la productividad a partir de I+D+i y no a partir de una mera rebaja del coste laboral). La imposición de estas políticas nos abocan cada vez más a un verdadero estancamiento económico a largo plazo. Esta evidente falta de imaginación, nuevamente, es propiciada por una parte por una nefasta inercia ideológica neoliberal –según los autores- y por el hecho –este real- de que los mejores activos de la economía española han sido privatizados y pertenecen a compañías transnacionales que tienen escaso interés en convertir España en un país con un capital humano cualificado y especializado en la sociedad del conocimiento.

         Y sus críticas…
         Sin embargo, nos atrevemos a formular algunas críticas a esta alternativa atractiva. No tanto a su posición global, sino en lo referente al análisis de nuestro país. En primer lugar, podríamos mencionar algunas omisiones que sin llegar a ser críticas en la posición defendida, al menos permitirían ciertas observaciones. Se pasa por encima cuestiones políticas muy relevantes para la economía española, como puede ser la administración autonómica y sus posibles ineficiencias, -como pueden ser la duplicidad de organismos públicos, la gestión errónea de los recursos disponibles poniendo objetivos políticos más que económicos, costosas luchas políticas derivadas del enfrentamiento entre la administración política autonómica frente a la central-, por no hablar del problema no resuelto del nacionalismo.
        En segundo lugar, el hecho de centrarse en los factores de la demanda para ofrecer un nuevo ciclo de crecimiento no está exento de riesgos. Un mero incremento de la demanda puede traducirse por ejemplo, en un recrudecimiento de nuestro déficit comercial con el resto del mundo (resulta curioso que ese déficit comercial se haya corregido precisamente por motivo de la crisis). Si bien una política de estímulo de la demanda es necesaria coyunturalmente como forma de evitar lo peor de la crisis, no hay que negar que estas políticas abren abismos de deuda si con ese mismo estímulo no realizamos las reformas necesarias para cambiar nuestro sistema productivo: cosa que por otro lado, y como los mismos autores reconocen, es extremadamente difíciles en las condiciones económicas actuales.
      Por otro lado, resulta paradójico hablar tanto de esos estímulos económicos, cuando los mismos autores reconocen que nos encontramos ante el reto de alcanzar un sistema productivo sostenible a largo plazo que implícitamente obligarán a nuevas formas de consumo. No solo el incremento de la demanda traerá tensiones inflacionarias importantes sobre los mercados de las materias primas -apenas aparece esto citado-, el problema es que a medio plazo es que estas soluciones pueden suponer la propia inviabilidad del sistema económico en sí.


       En conclusión…       La situación es extremadamente difícil, pero ni es intocable ni meramente sistémica. Sus responsables tienen nombres de entidades financieras (agencias de calificación y especuladores de la deuda, entre otros), partidos políticos conservadores independientemente de sus siglas (obsesionados con el adelgazamiento del estado), think tanks liberales y medios de comunicación bien conocidos que han tenido –hasta ahora- considerable éxito en desviar la culpa de la crisis hacia el sector estatal, los sindicatos y cualquier organismo regulador de la economía. Al menos una salida más solidaria y menos restrictiva para el bienestar general de la sociedad no solo es posible, sino que se hace cada vez más necesaria para la pervivencia cultural de nuestro continente, tal y como lo conocemos hoy.

miércoles, 9 de mayo de 2012

CULTURA UPLOAD: RECONOCIMIENTO Y CREATIVIDAD


     Seguimos con el tema expresado en el anterior post, pero dándole la vuelta. Vivimos una cultura upload. Todo tipo de material audiovisual, escrituras, creaciones artísticas y productos informáticos se cuelga continuamente en la red con muy diferentes propósitos con cada minuto que pasa. Y aunque el total de los que añaden material a la red es tan solo un 5% de aquellos que la consumen, basta ese porcentaje para que el material existente sea una auténtica biblioteca de Babel, como la que expresaba Borges en sus relatos.
      El deseo de reconocimiento.
      Al mismo tiempo que existe el deseo de poseer, también existe el deseo de ser reconocido. En el mundo estereotipado anterior a la web (y también la televisión digital), la posibilidad del reconocimiento estaba destinada a unos pocos elegidos, que nuevamente, se aupaban al éxito a veces por méritos propios pero también otras muchas bajo el diseño de campañas publicitarias preprogramadas. Una gran cantidad de gente, valiosa o simplemente deseosa de gozar de la fama, quedaba fuera de las redes culturales tradicionales, y no hay duda que multitud de producciones literarias y creaciones artísticas han quedado olvidadas para siempre por el elitismo de los medios culturales tradicionales. Internet ha supuesto para toda esta gente un lugar donde hacerse oír y llegar a comunidades más amplias de las que nunca pudo soñar.
       La cultura tradicional no ha reaccionado bien ante el intrusismo que representa Internet. Un ejemplo airado de esa reacción de la cultura tradicional fue un patético artículo de Julián Marías hace cuatro lejanos años. Este autor aseguraba que la calidad de los blogs era ínfima y tildaba de inútiles todos esos intentos de encontrar reconocimiento a través de la web valiéndose tan solo del insulto y la descalificación. Pero cuatro años son una eternidad en Internet: hay blogs sumamente brillantes desde todos los campos del conocimiento, puestos en la red por gente anónima y sin embargo, válida.
        Ciertamente, la red ha supuesto un estímulo de la creatividad desconocido, no siempre de buen gusto y de calidad. El deseo de reconocimiento se ha impuesto de sobremanera a la originalidad y la calidad. Los creadores se someten a las demandas de los consumidores y se venden al éxito goloso, ahora democratizado: los quince minutos de fama que decía Andy Warhol que pertenecían a todo humano por derecho propio se convierten en una esperanza hecha realidad para muchos a través de la red. Cientos de personas anónimas se han hecho famosos gracias a sus vídeos virales de Youtube. La red está saturada de vídeos realizados por adolescentes que sueñan con recoger un buen gag que cause sensación en la red.
       Todo esto no lo mueven los sentimientos tradicionales; no es amistad ni es contacto personal, porque eso implica una reciprocidad que pocas veces nos interesa en la web. Es mera satisfacción egocéntrica, un nuevo tipo de alienación o incluso una sublimación de frustraciones personales en el mundo real: ser reconocido por una comunidad invisible de incondicionales, que deciden depositar sobre nosotros su mirada, pueden levantar nuestra estima o hacernos olvidar que somos unos fracasados fuera de la red. Esta vanidad nos hace vigilar compulsivamente el número de amigos en nuestras páginas personales de Facebook o Twitter, las reproducciones de un vídeo en Youtube o los seguidores de un blog o el número de visitas de nuestra página web.

      La ilusión de la creatividad.      Este deseo de reconocimiento nos estimula enormemente para vertir nuestra originalidad en la web, sentirnos útiles. Pero esta es una impresión relativamente falsa, puesto que apenas existe originalidad individual en la red, sino una repetición masiva de mensajes culturales, o autorreplicación de memes, como sugieren los biólogos evolucionistas metidos a cibernautas. Por poner un ejemplo cercano a nuestro campo: un blog de crítica social puede hablar originariamente sobre un tema determinado o incluso inventarlo, pero como no está en la lista de búsquedas preferidas de Google o en el tema de actualidad movido por la red, pasará desapercibido. Lo más sencillo será hablar de un tema actual, repetir parte de los contenidos más buscados en la red, y de esta forma hacer de nuestro post un nuevo meme, que aunque presente alguna variación peculiar sobre el tema no será más que una repetición singular de lo ya expresado en otra parte, y que al mismo tiempo servirá de modelo para nuevas réplicas. Uno de los vídeos virales más famosos de la red, Mr. Trololó (que el G.P. utilizaba para dormir a su hijo cuando era un recién nacido), ha sido reproducido cientos de millones de veces y al mismo tiempo, sus sucedáneos y mutaciones se han hecho innumerables.
      Pero ni siquiera esto es lo más importante. Imaginemos que mi mente genial ha inventado el nombre de “cultura upload”. ¿Cuántos post aparecerán en Internet con este mismo tema? Por lo pronto, 2470 páginas de Internet tienen un lema igual al título del post solo con el título en español o portugués. Incluso un blog brasileño lleva ese título como encabezamiento y propone un manifiesto de cultura upload: Somos de uma nova geração. Uma geração que não é mais mera receptora. Uma geração que é produtora e que sabe se fazer ouvida! Somos a geração UPLOAD! Nós somos o conteúdo. E usamos do infinito espaço da internet para mostrarmos quem somos, o que somos, o que fazemos e o que sabemos. Esse é o nosso manifesto! Aqui é o nosso espaço! Try it!

       En conclusión...  la creatividad es más que una realidad, una ilusión. Estamos lo más próximo de esa biblioteca borgiana, donde los productos culturales se repiten incansablemente a sí mismos con la variación de una mera letra. La replicación y la mente colectiva que construye Internet lo pueden todo. Y no obstante, la ilusión seguirá ahí, por la sencilla razón que nuestras mentes individuales son ya incapaces de controlar por completo los contenidos de la red, de visualizar todo aquello que puede ser similar a nuestra propia creación. En la práctica, la creatividad seguirá en manos de unos pocos. La inmensa mayoría tan solo podremos ser potenciadores o detractores de tendencias o memes, de forma consciente o no, lo cual tampoco es poco. Al menos la democracia, con todos sus inconvenientes, funciona en la red.

Mi vídeo viral favorito, Mr. Trololó. La historia es extraña: un vídeo musical de Eduard Khil, de1976, sinónimo de una URSS complaciente de la época de Brevnev, revive 35 años después en el contexto de la globalización y Youtube.

Una réplica a Mr. Trololó: conversación del Hitler de El Hundimiento con el señor Trololó
para intentar ganar la guerra. Postmodernidad internáutica y broma simpática.

domingo, 29 de abril de 2012

CULTURA DOWNLOAD: LA SATISFACCIÓN DEL DESEO


Muñecas en la calle Pizarro

       Empiezo hablando de un drama personal: el G.P. es un descargador compulsivo. Puede pasar horas devorando y surfeando sobre las aguas de la música. Pongo el ejemplo: en el momento en el que entro en Spotify o que he descargado una canción, me dispongo a escucharla. Pasan unos pocos segundos y caigo en la tentación de poseer otra. La que estoy escuchando ya no me satisface, de hecho me induce a pensar que estoy perdiendo el tiempo. El deseo de la siguiente, novedosa, desconocida, me empuja a parar la reproducción y buscar la nueva. Ya tendré tiempo de escuchar lo conocido. Pasan las horas siguiendo la misma tónica. Te encuentras a mitad de la noche, con una larga lista de reproducción, pero ya no te quedan fuerzas para escucharla con tranquilidad. Repasas los títulos de la lista como si fueran de tu propiedad; apenas tienes tiempo para escuchar unos pocos segundos de algunas de ellas antes de irte a la cama, con los ojos enrojecidos pero satisfecho por tus adquisiciones nuevas. ¿Por qué te comportas así, homo web?

        Expliquemos el hombre que subyacía al antiguo consumo de masas. Hace un par de generaciones pasamos de querer ser alguien –un proyecto vital, una identidad- a desear tener algo –un objeto, una realidad poseída-. La sustitución del ser por el tener era la idea principal que destilaban los viejos libros de Erich Fromm o de Herbet Marcuse. Ese algo que teníamos en posesión nos definía a nosotros mismos: los objetos culturales eran valiosos y estimados, por lo difícil de su adquisición y la meta que suponía su disfrute. Aportaban una distinción de status o de clase. Nos identificábamos con ellos y depositábamos nuestra personalidad en su posesión. Esta cultura hedonista estaba marcada por patrones de consumo homogéneos; todos deseaban tener un mismo objeto cultural, producto de campañas de marketing bien diseñadas, sometidas a los intereses económicos de grandes empresas de la cultura, el cine o la música.
      El acumulador de fetiches y objetos culturales, el coleccionista, pasaba gran parte de su tiempo cultivando y saboreando sus posesiones. Hace veinte años, un adolescente que compraba un CD de David Bowie o los Dire Straits lo acababa conociendo de memoria y terminaba idolatrando su música. En el fondo era bastante difícil conocer otras. Su acceso al resto de la producción cultural estaba relativamente limitado y dependía de su renta económica. Se sentía parte de una comunidad de seguidores y luchaba por defender la calidad musical de su grupo. Sus gustos le permitían ubicarse en el mundo, como diría más de uno. Todo esto ha cambiado.
       Este tener para poder ser, que sigue siendo primario en parte de nuestros hábitos de consumo, ha pasado a la historia en el campo cultural. Estamos en la cultura de descarga o cultura download. Esta se ha hecho virtualidad pura; los soportes materiales –un libro o un CD- pasan a la historia, han dejado de ser objetos de exhibición o distinción, para convertirse en engorrosas antiguallas que ocupan sitio de nuestras casas. Tan solo los reproductores de cultura se convierten en imprescindibles, sometidos a la meta de lo más en menos. El más pequeño aparato posible con el mayor número de funciones a la mayor velocidad y peso posible. Ellos son los únicos que se mantienen en la brecha esa posesión necesaria.
      Todo fetiche material desaparece en la cultura download. La democratización cultural que ha supuesto este cambio para aquella humanidad en red ha sido impensable. Cualquiera puede hacerse con la mejor biblioteca, escuchar un repertorio musical infinito, poseer una filmoteca privada o una sala de juegos sin salir de la pantalla de su ordenador, por no hablar de los tipos de consumo más elevados de la red (acceder al voyeurismo sexual infinito y permanente, por ejemplo). Pero esto lo hemos conseguido a un alto precio.
       Con la red, hemos dejado de tener cosas físicamente. Ahora las deseamos y acto seguido procedemos a almacenarlas codiciosamente, convertirnos sin esfuerzo en meros titulares de los mismos, sin otro objeto que su propio almacenamiento. Nuestros discos duros se suceden y llenan con rapidez. La marea de tener estaba acompañada habitualmente del goce, el disfrute, el reconocimiento frente a los demás. Ahora el disfrute se reduce al mismo momento de la toma de posesión. La capacidad de poseer todo el ocio audiovisual del mundo nos hace olvidar el hecho que no tenemos el tiempo humano para disfrutarlo, y nos transforma en descargadores compulsivos. Además de esto, solo poseemos el acto de poseer. Y de esta posesión lo único que nos queda es el móvil formal: la satisfacción del deseo, enriquecido por lo novedoso y lo desconocido, necesario por sí mismo y sin otro móvil que lo explique. Hallamos o inventamos una necesidad, la satisfacemos y al siguiente instante sentimos una nueva carencia y la llenamos nuevamente. Es el triunfo de la psicología hobbesiana más descarnada del egoísmo eternamente insaciable.
     La cultura download ha sido el punto culminante del consumo de masas y su democratización final, destruyendo cualquier tipo de intermediario. Ni controlamos su calidad, ni su distribución, ni su repetición (o plagio, como lo quieran llamar): las preferencias y las descargas de Internet son el retrato estético y moral de nuestra sociedad. Y como ocurre con estos desarrollos fulgurantes, cualquier regulación resultará sumamente difícil. Tan solo nos queda el vacío ético… y el deseo insatisfecho.