Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Silencio: (i) imposibilidad para expresar algo (autoritarismo), (ii) incapacidad para decir algo de interés (nihilismo), (iii) indiferencia absoluta ante lo que hay que decir (agnosticismo), (iv) superación del lenguaje por la experiencia vivida (misticismo), (v) complicidad con lo dado (conformismo). Con frecuencia, unos silencios llaman a otros, se refuerzan entre sí y acaban haciéndose cómplices. 
Indudablemente, el conocimiento es una droga dura.
Cuanto más tienes, más quieres poseer.

miércoles, 3 de abril de 2013

EL ESCRACHE, UN DEBATE MÁS ENTRE ROUSSEAU Y LOCKE...

El escrache, invento del cono sur para evitar la complicidad de las autoridades
políticas democráticas con los crímenes de las dictaduras, llega a España. 





     En el fondo el debate sobre el escrache es tan antiguo como la democracia. Este es otro episodio más de los típicos desencuentros entre dos visiones de la democracia y dos filosofías: por un lado la democracia liberal pactada, escrupulosa con los derechos y la legalidad,  extraida del contrato social de John Locke y el conservadurismo del siglo XIX, y por otro, la democracia radical, ruidosa y llevada hasta el límite, que se concluye de la lectura de Rousseau y que nos conduce hacia la línea de Thoreau o Mill, hasta los movimientos sociales del siglo XX. Que los dos autores hayan caído dentro de la misma teoría del contrato social no nos indica en absoluto que sus regímenes políticos no estén en las antípodas entre sí. Con la cuestión de si el escrache constituye una inmoralidad, una violación de derechos individuales y un peligro hacia la democracia, o si por el contrario, constituye una forma más de resistencia pacífica y de presión ciudadana hacia unas instituciones que han dejado de representar a los ciudadanos adecuadamente, nos decantamos abiertamente por dos visiones de la democracia, con sus peligros respectivos. El peligro de quien considera alegremente que el escrache es una "manifestación terrorista" no quiere ver que las instituciones están deterioradas tras cinco años de crisis, y que las urnas no manifiestan ya la auténtica realidad política y social de nuestro país. Esto ha ocurrido en inmumerables ocasiones en las democracias latinoamericanas, y ahora empieza a sentirse también en Europa. La gente no tiene paciencia para acudir a las urnas cuando la clase política no encuentra solución a sus problemas o no tiene la valentía para afrontarlos. El voto se vacía de contenido. Sin embargo, el ejecutor del escrache corre el riesgo de convertirse en juez único, representante de una voz pública que no es universal, sino de un colectivo particular. Y lo que es peor, de buscar un chivo expiatorio sobre el que depositar su frustración política.
       Evidentemente, las dos soluciones tienen sus luces y sombras. Pero se me va a permitir aquí que hable desde una famosa idea de Kuhn, cuando hablaba del desarrollo de una "ciencia normal" y de una "ciencia extraordinaria". En épocas de "ciencia normal", el cumplimiento de las reglas políticas establecidas funciona adecuadamente. La política se escribe con minúsculas, el consenso es amplio y nadie desea romperlo. Es coherente que aquí el respeto estricto a la legalidad funcione con las expectativas de alcanzar un sentido común deseado por la gran mayoría social. Pero en épocas de "ciencia extraordinaria", se inician los experimentos, se rompen los clichés y se conjugan nuevas ideas. Es el momento de las revoluciones copernicanas. Quien piense que seguimos operando bajo las condiciones de una "ciencia normal" -por ejemplo, las reglas impuestas desde la Transción española plasmadas en la constitución de 1978 y en un equilibrio político muy particular- está equivocando su diagnóstico. Ya no podemos mirar hacia atrás y pensar que todo sigue igual. Al igual que Keynes avisó en Versalles, al escribir Las consecuencias económicas de la paz que nadie podía volver al espejismo de 1914 como si no hubiese existido una guerra en medio, nuestra clase política debe olvidarse de regresar a los años anteriores a la crisis. Por lo tanto aquello que consideramos "anormal", que en términos políticos y éticos puede ser considerado como incívico e inmoral -como puede ser el escrache-, es la única forma de manifestar un descontento profundo sin caer en una rebelión violenta. 
    Muy posiblemente los partidos políticos mayoritarios se equivoquen al condenar y equiparar a puro terrorismo sin más estas manifestaciones ciudadanas. No son conscientes que reprimiendo estos actos, acaben conduciendo a los sectores más desfavorecidos de la sociedad a actos aún más radicales y destructores, e igualmente hacia una espiral de represión más sistemática de los mismos. Aquí es donde se abre la grieta entre las posibilidades de reformar nuestra sociedad o acabar bajo una sombra auténticamente dictatorial. Los países anglosajones -Estados Unidos a la cabeza- se enfrentaron a auténticas rebeliones civiles dentro de su sociedad -la lucha por la emancipación de la mujer o los derechos de la minoría negra en Estados Unidos- y acabaron transformando sus democracias. Los países mediterráneos -con España en primera fila- se especializaron en su historia en construir grandes sistemas políticos de represión, por culpa de una sociedad enrocada en sí misma y que fue incapaz de evolucionar. Falta saber ahora si el espíritu que se fraguó en la Transición es capaz de resurgir nuevamente para resolver los problemas a los que nos enfrentamos.

lunes, 11 de marzo de 2013

LA IGLESIA, RENOVACIÓN O MUERTE.

La iglesia, renovación o muerte.
      Nos preguntamos cuánto tiempo la iglesia católica podrá soportar la atonía en la que lleva inmersa estos últimos meses. Al igual que la clase política europea, la parálisis la corroe. Los escándalos la cercan, y su capacidad de llamada se reduce. Llámese como se quiera: miedo al cambio, enroque en sí misma o incapacidad evolutiva. En estos días, cuando se les pregunta qué va a ser de la iglesia, algunos incluso tienen la desfachatez de encomendarse al Espíritu Santo, a ver si desface el entuerto, que viene a ser una cosa tan vacía como confiar en las argucias de la Razón de Hegel para el devenir histórico o en la mano invisible para satisfacer a los mercados capitalistas. Y sin embargo, la historia de la iglesia es una cosa de hombres -desgraciadamente solo de hombres-. Es decir, somos nosotros -o son ellos, los cardenales- los que tienen el destino en sus manos. El Espíritu Santo, de hacer algo, siempre lo hará después en boca de sus seguidores, al igual que la Mano invisible o las argucias de la Razón. Pero si los individuos de carne y hueso no mueven las piezas en el tablero de ajedrez, nadie lo va a hacer.   
      La situación ha llegado a tal degradación que ya no se impone meramente la elección de un nuevo papa. Se debe plantear un Concilio que aborde de una vez por todas los gravísimos escándalos que sacuden la jerarquía eclesial y por supuesto el desfase histórico de la iglesia frente a la realidad que le toca vivir. Enrocarse como lo ha hecho desde los años ochenta en el fundamentalismo es una estrategia que funciona, pero solo a corto o medio plazo. Los embistes de la modernidad siguen ahí, sin tregua, en forma de graves crisis económicas y políticas. La identidad se erosiona sin remedio y reduce el número de fieles, aunque estos se vuelven más fanáticos que nunca. La realidad, cada vez menos mágica y más desacralizada para la gran mayoría de la sociedad, se vuelve ajena al fenónemo religioso. Desde la religión se nos dice que el relativismo heredado de la Modernidad genera vacío, desilusión a largo plazo. Muy posiblemente no se equivocan en el diagnóstico. Pero el dogmatismo de la fe no parece ofrecer una solución adecuada para una mentalidad que sea mínimamente crítica e ilustrada. Especialmente cuando quien esgrime esa posición dogmática es tan opaca como la jerarquía católica. La única religión posible de nuestros días es  abierta al diálogo, polimorfa, hindú, budista, protestante, liberal en términos políticos. Algo difícil de digerir para el catolicismo actual.
      Además sería un engaño afirmar que la modernidad no ha traído consigo valores que ya son de proporciones planetarias. Estos valores ya forman parte de la cultura global y de una ética de dimensiones universales, que curiosamente conviven con ese lado oscuro del relativismo moderno, porque son intrínsecos a ellos: los valores de igualdad y libertad. Es la vertiente política del relativismo ético, y esa vertiente no tiene que ser necesariamente relativista, sino todo lo contrario, como ha mostrado la filosofía política desde Isaiah Berlin hasta nuestros días. Necesitamos valores políticos irrenunciables, si queremos mantener los avances de la modernidad.
      La búsqueda de la igualdad es uno de esos ideales irrenunciables. Esa igualdad hace que la exclusión de la mujer de la vida eclesial sea inaceptable a ojos de gran mayoría de la población, cristiana o no. La ausencia del género femenino en cualquier toma de decisión de poder en la iglesia es directamente escandalosa. Resulta inaceptable para nadie a no ser que tradicionalmente y culturalmente pertenezca a la iglesia católica, y sería motivo para una auténtica rebelión femenina dentro de ella. Pero esa igualdad choca con más prejuicios dentro del catolicismo. La iglesia sigue siendo fundamentalmente etnocéntrica, con un poder controlado desde los países mediterráneos, europeos, donde ha habido un mayor compromiso político entre estado e iglesia. Resulta chocante que la iglesia mayoritaria de América Latina, la que vive en minoría, como en América del norte, o la de lugares emergentes como África sigan teniendo un papel secundario en las tomas de decisión relevantes.  
      El valor de la libertad es el otro gran ideal incumplido por la iglesia. Lo aleja de una sociedad minímamente autocrítica. El miedo a la represalia y la censura hace que intelectuales de gran capacidad y hombres de acción en la iglesia vivan en el peor de los exilios, el silencio. En este ambiente, la transparencia informativa o la búsqueda de objetividad se hace imposible, porque la actitud crítica se convierte en algo peligroso. Sin embargo la capacidad para manipular u ocultar la información inconveniente se hace inviable en la era de internet y la globalización, como ha manifestado el caso Vatileaks, los casos de pedofilia, o las irregularidades financieras del banco del Vaticano. Ya no estamos en Trento, donde la iglesia disponía del catecismo y la Inquisición para guiar a los fieles, sino en el siglo XXI, y la transparencia es la única política duradera en el tiempo.
   Pero la libertad tiene también una realización política en un intento de democratización de las instituciones. Si alguien habla de "democracia" en un cónclave de cardenales casi octogenarios algunos de ellos, porque todos ellos tienen igualdad de voto, es que no ha entendido adecuadamente el significado de esa palabra. Sí, la jerarquía católica es extremadamente democrática, si lo comparamos con las monarquías feudales o el organicismo del Antiguo Régimen o con las Cortes de Franco. Pero las democracias liberales nunca son orgánicas. El pueblo católico está representado en unos individuos alejados muchas veces de los problemas reales de la sociedad, por motivos de edad, ideología, posición y status social. El sentimiento de muchos creyentes críticos está bien lejos de los que se van a sentar y delibear en la capilla sixtina durante los próximos días.
      Nunca ha hecho más falta una auténtica "primavera política" para la iglesia. Que es un salto al vacío, nadie lo duda. La historia es así también y se mueve bajo esas circunstancias. Pero el riesgo a correr es bastante menor comparado con el peligro del inmovilismo.  

viernes, 1 de marzo de 2013

EL TIEMPO, GRAN ALIADO DE LA CORRUPCIÓN

       El tiempo lo cura todo. Las heridas del alma, del amor y por supuesto (y especialmente) las del odio. Tenemos en nuestra sabia biología mecanismos que hacen que automáticamente las experiencias dolorosas no se mantengan en nuestra memoria y se sustituyan por recuerdos más agradables o se releguen al subconsciente sin llegar a ser olvidadas del todo. Si no fuera por esta tendencia al optimismo vital y la superación, muchos seres humanos serían incapaces de afrontar sus problemas y reveses. Pero a veces, por supuesto, esta amnesia inconsciente nos juega malas pasadas. La distancia en el tiempo hace que el sentimiento de impartir justicia ante una falta grave se disuelva y nos convierta en seres magnánimos y compresivos, algo bueno sin duda, pero con sus sombras por la pervivencia de esa injusticia en las víctimas. Un ejemplo perfecto de amnesia provocada son los casos en los que países enteros superan grandes tragedias como guerras civiles -y nuestro país es un caso de estudio-. El odio sigue en los que han sufrido sus consecuencias más graves, pero el tiempo no se detiene para nadie, y la vida continúa. 
      Pero vamos a hablar de un caso más español (o más mediterráneo): el impacto del tiempo en las heridas sociales de la corrupción. Sobre ella decía Maquiavelo que el gobernante debía deshacerse de ella lo antes posible, si quería perdurar en el poder de manera más efectiva. Pero es posible una solución menos ejemplarizante y mucho más maquiavélica, sobre todo cuando las nubes de corrupción pesan sobre la misma cabeza del gobernante, y no solo sus segundos. Para el conjunto de la sociedad, la corrupción es algo doloroso y tremendamente injusto -al menos cuando ellos no pueden beneficiarse de ella-, aunque no se llegue a personalizar en demasiados dramas personales. Pero para los implicados, está claro que la mejor política es no hacer política alguna. No hacer comentarios. No tomar medidas, ni a favor ni en contra de los acusados. Dejar hacer que el tiempo haga el trabajo sucio. Condenar al olvido y la amnesia el malestar del presente. Y ciertamente, el tiempo juega a su favor: lo saben muy bien y lo utilizan para su propio beneficio. Este mecanismo lo conocían muy bien los dictadores y monarcas absolutos más templados y con más sangre fría. Desde Fernando el Católico hasta Franco. 
      Pensemos un momento lo ocurrido en nuestro país con el caso Bárcenas. El estado de odio, de oposición al gobierno tras el caso Bárcenas en la sociedad se hace intolerable. Pero es un estado de ánimo que no perdura muchos días. Todo el mundo baraja una solución para el problema: una dimisión, un acto concluyente del gobierno, una intervención parlamentaria... pero no llega nunca el acto final y se deja pasar el consejo de Maquiavelo. El gobierno practica laissez faire político; sus intervenciones ante los medios, en el menor número y lo mejor controladas posible. Poco después, la vorágine informativa no deja de traernos más noticias, más desinformación. Más noticias por procesar y asumir personalmente, más saturación, desasosiego y vértigo en plena crisis. Entonces el caso Bárcenas se convierte en un asunto del pasado, al que no podemos dedicarle un minuto más, al igual que pasa con la trama Gurtel, o con los Eres de Andalucía (un par de años: demasiado alejado en el tiempo para detenernos a investigar culpables). Peor aún: al debido tiempo, las dudas y sombras se levantan sobre los críticos con la corrupción. Se abren querellas judiciales contra los medios de información, se cuestionan las pruebas sobre la mesa, aparecen manipuladores interesados detrás de todo el proceso. Y mientras, el entramado de la justicia empieza a abrirse con tal lentitud que la gente acaba olvidando el inicio de todo. Al final, el ciudadano acaba confundido, profundamente decepcionado y decide abstenerse de entrar en política. El sentimiento de injusticia acaba tornándose en indiferencia, hastío y fatalismo para la decreciente clase media española. No pasa lo mismo con los menos afortunados de la crisis, cada vez menos previsibles en sus actos. Con suerte (para el corrupto, evidentemente), el inculpado se encuentra con que su delito judicialmente ha prescrito o que ha habido una irregularidad en el procedimiento judicial que hace que todo tenga que empezar de nuevo. Y el tiempo sigue sin detenerse...
     Todo esto naturalmente beneficia a los grandes partidos, a su manera miope. De la decepción política, el gobierno cada vez se siente menos acosado. Si el abstencionismo irrumpe con fuerza, es bien sabido que no importa demasiado al partido gobernante, favorecido tradicionalmente por el mismo, especialmente si es conservador. Si se fuerza el voto en blanco, la ley electoral lo conduce al partido más votado. Mientras no haya un cambio en la ley electoral, los grandes partidos no tienen por qué sentirse amenazados por las fuerzas más pequeñas, excepto que estas empiecen a cobrar tal tamaño que mermen sus propios graneros de votos. Pero este exceso de confianza, y esta pérdida de realidad puede ser también su perdición. No conviene olvidar que ante un sentimiento de injusticia prolongado, siempre buscamos chivos expiatorios y culpables reales o ficticios, y la clase política ya tiene esta etiqueta. O acaso quizás alguien pensara que el partido  Cinco estrellas iba a convertirse en una fuerza dominante en nuestra vecina Italia. Al final resulta que todo siempre está atado y bien atado, hasta que se pierde un cabo y se inicia la Gran Tempestad.

sábado, 23 de febrero de 2013

LILO & STICH Vs. PHINEAS GAGE

    Cuando pregunté en clase de bachillerato quién conocía la película Lilo y Stich, de Walt Disney, todo el mundo levantó la mano, y me lanzaban miradas reprobatorias asegurando "pero cómo no vamos a conocer la película, hombre". Quizás no lo sepan, pero esa película ha causado más impacto en la sociedad que cualquier debate intelectual académico de filosofía de la mente o de la neurociencia, y muestra la escasísima capacidad que tiene la ciencia para extender en la sociedad algunos conceptos que no son agradables para las prácticas de nuestra vida cotidiana, y que perviven a través de mitos en forma de películas y narraciones de todo tipo.  
    Y es que en la película aparece el gran error que denunciaba Stephen Pinker en La tabla rasa. Cómo un ser genética y biológicamente programado para la destrucción y la inmoralidad (el extraterrestre Stich) puede cambiar de comportamiento y convertirse en un dócil animal de compañía cuando entra en contacto con una dulce niña hawaiana llamada Lilo. El argumento de la película daría la razón a los conductistas más radicales e ingenuos, que plantean que el aprendizaje y la educación lo son todo a la hora de configurar la personalidad de un individuo, y que naturalmente entienden la mente como una tabula rasa moldeable a nuestro gusto. Bastaría una reeducación adecuada para que hasta el mayor monstruo de la sociedad se pudiese convertir en un corderito inocente, como parece que le ocurre a Stich. De forma menos amable, La Naranja Mecánica de Anthony Burguess y Stanley Kubrik narraba también la historia de Alex, un engendro del conductismo desmedido y tratamiento médico agresivo cuyo aprendizaje y reprogramación sin embargo no resulta ser el esperado. La pregunta sería: hasta qué punto nuestro cerebro puede ser reprogramado contra su propia programación genética. Independientemente del grado de plasticidad que los neurólogos puedan atribuir al cerebro o a nuestros genes -que se activan o no dependiendo de un contexto, podríamos llamar "cultural"-, parece que Stich sería un auténtico milagro contra la ciencia.   
        El ejemplo de Stich se contrapone con un caso clínico serio que provocaría un antes y un después en la medicina. En su primer gran éxito de ventas, El error de Descartes,  Antonio Damasio llamaba la atención sobre un caso clínico excepcional que nos aportaba pistas indudables sobre la interacción entre el cerebro y la mente: el famoso caso de Phineas Gage. A diferencia de Stich, nadie de la clase conocía ni a Damasio ni a este personaje, por supuesto. Este individuo vivió en el siglo XIX como constructor de ferrocarriles y tenía una vida normal hasta que un desgraciado accidente en 1848 truncó por completo su existencia: una explosión lanzó una vara de hierro por los aires que le atravesó el cráneo y le afectó el lóbulo frontal del cerebro. Contra todo pronóstico, Gage sobrevivió al accidente, pero nunca volvió a ser el mismo.  Podía hablar y actuar como una persona normal, aparentemente. Sin embargo, su personalidad se hizo agresiva, su comportamiento inestable e impredecible y su capacidad de planificar cualquier decisión relevante se habían desvanecido. Bastante conocido en el mundo de la neurología, todavía se estudia su cráneo y su caso se cita en innumerables referencias de los estudios del ramo.
     Como dirían los evolucionistas, el cerebro propiamente "humano", aquel que anticipa y predice las consecuencias de nuestras acciones, quedó completamente desfigurado, y dejó su lugar al cerebro reptiliano que todos llevamos dentro, dejándose arrastrar por las necesidades del presente, sin mostrar un mínimo interés en el control del tiempo, que es clave en cualquier acción racional.
      Y sin embargo, nos podemos preguntar hasta dónde llega el alcance de estas agudas descripciones del cerebro, con consecuencias embarazosas para nuestras creencias cotidianas y nuestra búsqueda de sentido particular. No solo porque afirmar el poder de la neurociencia pone en peligro nociones como el alma, entendido en su sentido más tradicional, sino porque también cuestiona la viabilidad de nuestras instituciones democráticas, nuestros códigos penales o nuestro sistema educativo. Pensemos que un libro como el de Pinker -publicado el mismo año que se estrena Lilo y Stich- propone unas medidas éticas y políticas que estén de acuerdo con la nueva ciencia de la mente que cuanto menos chocan con muchos sentimientos y visiones más o menos optimistas del humanismo tradicional, desde los derechos humanos hasta la democracia. 
      La pervivencia en el lenguaje ordinario del dualismo antropológico -una mente y un cerebro separados y casi autónomos-,  y la extraordinaria dificultad que tiene la ciencia académica para removerlo de nuestra mitología personal dan en parte la razón a muchos filósofos del lenguaje que vinculaban la viabilidad de estas afirmaciones a su uso corriente y las prácticas cotidianas. El lenguaje -y naturalmente la literatura y el arte- se convierten así en un santuario del mundo mágico, que nos rodea desde nuestro nacimiento. El último reducto inexpugnable de esa batalla que actúa como nuestro mundo de aprendizaje de la infancia y que posiblemente tiene más trascendencia en nuestro mundo adulto del que seamos conscientes en un primer momento. La lucha por el sentido, en definitiva, parece tener más importancia que el poder de la verdad, pese a quien pese. Pero la segunda se impone sin remedio, mecánicamente, y esto genera tensiones y esquizofrenia cultural. 

viernes, 15 de febrero de 2013

UNA CITA DE BODINO

"La filosofía muere de inanición en medio de sus preceptos si no está vivificada por la historia"
                                                                        
      Esta cita recurrente que encontré en un viejo manual de filosofía política, ilustra muy bien la oscura y profunda relación que existen entre las dos grandes disciplinas de las humanidades. Y sin embargo, el punto exacto de colaboración entre una y otra está tan alejado de nosotros como en la época de Bodino. Ya entre la utopía platónica de la República y los escritos políticos de Aristóteles se percibe este abismo. El propio Bodino precisamente se abandonó a un dilatado estudio de la historia que apenas le permitió extraer una teoría del estado coherente. La antitesis opuesta la encontramos poco después con Hobbes, que propuso hacer científica la teoría política dando principios universales y mecanicistas al comportamiento humano y al propio estado. E igual podríamos decir del contractualismo y por supuesto toda la filosofía de inspiración kantiana hasta llegar al mismo Habermas... La filosofía petrifica los principios fluidos de la historia y es semejante de alguna manera a lo que algunos constructivistas dicen hoy en día cuando hablan de la filosofía política como una especie de "sociología trascendental", término que no creo que guste demasiado al gremio filosófico. 
    Pero el equilibrio, como decimos, no es fácil. Los filósofos que usan la historia para justificar el presente suelen ser los pensadores conservadores, y que no caen en la cuenta que las ideas también movilizan ese tiempo presente (es indudablemente lo más fácil). Sin embargo, aquellos filósofos que usan la historia para pronosticar el futuro se enfrentan al problema de un encorsetamiento conceptual demasiado estricto que acaba matando la dinámica histórica, como hará Marx. Cuando la filosofía se proyecta en la historia (y se convierte en utopía política deseable de alcanzar), la historia acaba jugando una mala pasada y traicionando a sus profetas... pero es la forma de como esa misma historia se acelera.

sábado, 2 de febrero de 2013

LA COHERENCIA VITAL DEL ESCÉPTICO


Se dice habitualmente que el escéptico nunca puede ser radical. No podemos dudar de la existencia del mundo externo en una clase de filosofía y luego volver a nuestra casa como si nada ocurriese. La confianza en la realidad nos traiciona; el lenguaje que nos envuelve nos excluye de cualquier duda radical. Dicho de otro modo: el mundo rodea a ese sujeto solipsista de tal modo que estrangula cualquier posible duda seria, razonable. O por lo menos, él mismo cuestiona su escepticismo en cuanto desciende de la reflexión filosófica. Wittgenstein explicaba muy bien todo esto al invocar la contradicción del escéptico en su última obra Sobre la Certeza: “Nuestro hablar obtiene su sentido del resto de la actuación”, y “no me aferro a una proposición, sino a un conjunto de proposiciones”. Dudar, cuestionar, significa conocer indudablemente el significado de la palabra “duda”, el alcance de la epistemología y en último lugar su vínculo profundo con el resto de proposiciones que configuran el mundo y sus juegos del lenguaje. Una duda radical parece así impensable. Podemos dudar, por ejemplo, de si los números de ex-tesorero Luis Bárcenas son ciertos o no, si Rajoy cobró o no un sobre de dinero que no declararía a hacienda, si lo hizo un año, una década o no lo hizo nunca. Pero parece que el conjunto de proposiciones que giran en torno a la corrupción en España (que es un mal extendido, que lastra el crecimiento, que perjudica gravemente al sistema político) permanece indubitable en la cabeza de todos los ciudadanos, y que la exigencia de mayor transparencia en la financiación de los partidos políticos, sea una necesidad innegable.

La posición de Wittgenstein parece coherente. Pero uno se puede preguntar si los dogmáticos no caen en el mismo error que condena el austríaco. Muchos pasan por alto que los discursos “duros” de la verdad encierran una contradicción parecida. Los dogmáticos del campo de la ciencia acaban cometiendo sus mismos errores. En muchas ocasiones, condenados al naturalismo más descarnado y a rechazar prácticas cotidianas de la vida diaria (como por ejemplo, la sensación de libertad), abandonan sus posturas en cuanto dejan sus sillones de académicos y se ponen a jugar con un niño. Todo el repertorio filosófico cuestionado –desde la libertad o lo mental hasta lo mágico- vuelve por la puerta de atrás del lenguaje corriente.
Me pregunto si estos grandes genios de la filosofía o la ciencia prohíben a sus vástagos –si los tienen- jugar con cuentos y fábulas: historias irreales que pueden conducir a engaños en su vida adulta. No creo que el culto a la verdad llegue tan lejos, y en cualquier caso, está claro que la verdad y la realidad de un niño tiene un código que no es el de un científico adulto occidental. En ese momento, el discurso del escéptico y el discurso de la verdad se disuelven en la vida cotidiana, mucho más embarazosa que una fórmula matemática. Dogmatismo y  escepticismo se hacen entonces impracticables, pero solo para aquellos que ven una íntima conexión entre teoría y práctica.

Tanto el escéptico como el dogmático pueden ser coherentes epistemológicamente hablando sin necesidad de serlo en la práctica, porque la verdad obliga a muy poco. Tiendo a pensar que no hacerlo así implicaría caer en falacias naturalistas como ya criticó hace tiempo Hume. Toda la corte de dogmáticos duros por muy distintos que sean entre ellos (Dawkins, Pinker o Mario Bunge), advierten de lo catastrófico que resulta la separación de lo que dice el discurso científico de sus implicaciones políticas. Pero para bien o para mal, la política democrática es cuestión de creencias (falsas pero atractivas), y no de verdades absolutas (ciertas pero desagradables). Es una cuestión de sentido y no de mera representación de la realidad. Es meramente una posición teórica, un discurso de la epistemología, ya sea con resultado negativo o positivo, que no está atado causalmente a la experiencia de la vida.  Lo que queda fuera del reducido núcleo de la epistemología, es puro pragmatismo.    

jueves, 24 de enero de 2013

UNA ENTREVISTA CON ROBERT SWARTZ



Esta entrevista la realizó el autor del blog con motivo de la visita del profesor Robert Swartz al colegio La Asunción, el 12 de enero del presente año. Aprovechamos la circunstancia para entablar un breve diálogo sobre su propuesta educativa del Thinking Based Learning, en la línea del proyecto de P4C -philosophy for children- y otras estrategias similares que quieren expandir estrategias de pensamiento filosóficas hacia otras disciplinas educativas. La entrevista en inglés en el original está colgada en youtube, por si algún curioso quiere escuchar nuestro macarrónico inglés. La traducción es igualmente mía. Uno hace lo que puede.
 
P:  Estamos con el profesor Swartz, profesor de la universidad de Massachussets, y nos va a ofrecer una curso sobre aprendizaje basado en el pensamiento (Thinking based learning o TBL). En primer  lugar, ¿qué es el TBL y qué implicaciones tiene para el sistema educativo?
 R: TBL son las técnicas que promovemos para que los estudiantes aprendan lo que está en el currículum de forma consciente, pensando, y no solo memorizando sus contenidos. Cuando ellos piensan de forma más detenida lo que están aprendiendo, como historia, biología, etc…, obtienen una comprensión más profunda, son capaces de retener esa información y relacionan este aprendizaje con otros hechos que ya conocen de su propia experiencia. Esto permite un contexto de aprendizaje muy enriquecedor.  En contraste con esto, con la mera memorización ellos acaban olvidando la información y no son capaces de relacionar unas cosas con otras. La idea fundamental es enseñar a los alumnos estrategias de pensamiento, así que ellos son capaces de pensar con destreza  y aplicar esas destrezas a lo que aprenden. Por ejemplo, en la destreza de comparar y contrastar, voy a proponer a los profesores cómo una mera enumeración de diferencias y similitudes no es una destreza de pensamiento como tal. Sin embargo, cuando somos capaces de ampliar esa información, de tal forma que los estudiantes piensen y profundicen en torno a esas similitudes y diferencias, y ellos centren su atención en ideas fundamentales que marcan ese contraste, y sean capaces de extraer conclusiones, están aprendiendo mucho más. Están utilizando su capacidad de pensamiento para formular sus propios juicios, que es lo realmente necesitan aprender. Por ejemplo, al comparar y contrastar las células animales y células vegetales, en biología, no están aprendiendo solo sobre diferencias específicas y técnicas, sino que piensan sobre lo que significan esas diferencias. Así que lo que promovemos es que los profesores enseñen a sus alumnos cómo desarrollar esas destrezas de pensamiento, así que ellos la pueden usar de forma más adecuada.   
P: En sus libros encontramos una palabra-clave que se repite continuamente, es la “infusión”, ¿nos puede clarificar el término y explicar su relevancia para el desarrollo de la TBL?
R: En español es difícil su traducción, pero significa lo que ya hemos dicho. Implica no enseñar a pensar de forma separada del resto de las asignaturas, sino combinándolo en su propio contexto de aprendizaje, “infusionando”, integrándolo en los contenidos curriculares. Poniendo un ejemplo, si tú tienes una taza de café de un lado y  un terrón de azúcar del otro,  ambos están separados y evidentemente el café no sabe tan bien si no tiene esa porción de azúcar, y el azúcar por sí mismo es demasiado dulce. Pero si tú eres capaz de diluir un poco de ese azúcar en el café el resultado mejorará mucho. Eso es lo que implica la infusión: introducir las destrezas del pensamiento dentro de los contenidos académicos habituales.
P: Usted tiene un buen conocimiento de los sistemas educativos existentes en distintas partes del mundo. ¿Cuál cree usted que es el principal problema que existe actualmente en esa educación?
R: Una de las cosas en las que la educación no está funcionando adecuadamente es la incapacidad que tenemos los profesores para estimular las  habilidades de los alumnos a la hora de pensar en profundidad y aprender las asignaturas por ellos mismos. Las antiguas clases en las que el profesor se ponía al frente de la clase, empezaba a explicar la materia y los alumnos recogían apuntes de forma automática sin ninguna otra implicación salvo plasmarla después en un examen…. esto era una invitación al desastre. Así que tenemos que dar la vuelta a la situación, hacer que los profesores planteen retos a los alumnos para que piensen adecuadamente y que sean parte activa de su propia educación, y no solo por parte del profesor.   
P: Y usted piensa que el TBL puede desarrollar adecuadamente esto.
R: Absolutamente, lo he visto ya muchas veces en muchos de nuestros campos de trabajo, a lo largo de treinta años de experiencia. He visto escuelas cambiar completamente con la TBL. Es sorprendente, porque nunca piensas que fuera a ocurrir. Incluso en aquellos estudiantes que los profesores piensan que es imposible enseñarles, con discapacidades, pueden desarrollar progresos importantes si somos capaces de inculcarles el TBL de forma adecuada.
P: Para concluir esta breve entrevista, ¿nos podría dar algún consejo para los profesores y los alumnos de cara a afrontar el futuro?
Para los profesores, incentivar a los alumnos con retos que les permita desarrollar sus potencialidades. Y para los estudiantes, tener confianza y seguridad en sus propias habilidades para aprender  y comprender adecuadamente, y  básicamente, desarrollar el deseo de querer aprender más que nos ayude a crecer personalmente. Hoy en día los estudiantes pierden mucha confianza en sí mismos, se comportan de forma pasiva y se dicen así mismos “no puedo hacer esto”. Esta es una de las cosas que hace que la educación no funcione adecuadamente en la actualidad. Si conseguimos superar esto nos permitirá crear alumnos con capacidad para afrontar retos y resolver problemas por sí mismos, sin necesidad del apoyo continuo del profesor. 

lunes, 21 de enero de 2013

FALACIAS EN LA CRISIS (IV): LA BOLA DE NIEVE



FALACIAS EN LA CRISIS (IV): LA BOLA DE NIEVE

Doberman 1996 o la bola de nieve en el discurso electoral.
Estoy seguro que más de uno de los lectores ha escuchado alguna vez el siguiente argumento de los nacionalistas centralistas más recalcitrantes: “Nunca deberíamos conceder la independencia a País Vasco o Cataluña, puesto que después le seguirían Galicia, Andalucía y así hasta todas las demás comunidades autónomas, hasta que esto acabase siendo un caos”.
Semejante argumento escenifica muy bien la falacia de la bola de nieve. De un acontecimiento determinado, extraemos unas consecuencias sumamente negativas (o sumamente positivas) que en realidad son imposibles de extraer de la primera premisa, pero que hacen el argumento más atractivo o menos. En este caso, resulta muy aventurado deducir que el resto de las comunidades autónomas busquen su propia independencia si las llamadas “comunidades históricas” tomasen el camino de la autodeterminación. Sería al menos igual de probable que el resto de las comunidades, liberadas del lastre que suponen las autonomías centrifugadoras, devolverían al estado central algunas de sus competencias que son demasiado costosas o impopulares para su autogobierno. Sin embargo, las consecuencias catastrofistas las ponemos en primer lugar para evitar tomar una decisión cuyas implicaciones en cualquier caso son mucho más abiertas. 
En otra ocasión, un conocido lanzó un juicio parecido: “si legalizan el matrimonio homosexual, todos nuestros hijos acabarán siendo gays y lesbianas”. Nuevamente, de una premisa determinada lanzamos unas consecuencias falsas. El hecho de una mayor permisividad hacia la homosexualidad, no quiere decir en ningún momento que tengamos que perder nuestra orientación sexual.
Igualmente, la bola de nieve es un pensamiento típico de personas obsesivas y desconfiadas. Un individuo dominante y celoso de su pareja pone en marcha su pensamiento y deja que un chaparrón se convierta en un auténtico huracán dentro de su cabeza. Si mi mujer trabaja, conocerá hombres. Si conoce hombres, seguro que encontrará a alguien interesante del que se enamorará. Entonces me dejará o tendrá un amante. Evidentemente, a este enfermo no se le pasa por la cabeza que a lo mejor su pareja tiene razones de peso para estar con él y que no desea abandonarle.  

Llevados a la política, esta es una falacia típicamente inmovilista y basada en el miedo a consecuencias imprevistas que imaginamos. Por ello se intuye que siempre ha sido muy del gusto de los conservadores de todo tipo, ya sean de izquierdas o de derechas. En época electoral, el miedo a la derrota empuja a lanzar presagios negros si vence el enemigo. El temor a lo desconocido estimula los mítines y los augurios hiperbólicos. Cuando Franklin Roosevelt presentó el New Deal por primera vez fue acusado por los conservadores como instigador de una política que acabaría conduciendo al comunismo e incluso el programa político fue llevado a los tribunales. Los dogmáticos del viejo canon liberal veían consecuencias terroríficas  al abandonar el libre mercado y el equilibrio presupuestario. Igualmente, el temor “comunista” ha saltado entre los miembros del Tea Party cuando Barak Obama deseaba discutir el techo de gasto en su campaña electoral.
Por poner casos cercanos a nuestra historia nacional, la “derrota dulce” de los socialistas de 1996 fue entre otras cosas causada por haber estimulado un discurso del miedo y la famosa figura del Doberman, símbolo de la dictadura nazi. La “bola de nieve” se escenificó en un hipotético triunfo de la derecha que traería la destrucción del bienestar producido durante trece años de gobierno socialista, la involución cultural, el final del progreso, el retorno de los ricos. Al final se vio que los conservadores trajeron crecimiento económico y empleo (algo de lo que quizás nos arrepentimos ahora, pero no entonces); en las siguientes elecciones la población había perdido el miedo y dieron una mayoría absoluta a los populares.  
Más cerca de nosotros, se nos ha repetido que el triunfo de los socialistas conduciría a una explosión de gasto que acabaría degenerando en un populismo chavista. Igualmente los socialistas auguraban el desmonte del estado del bienestar si ganaba la derecha. Esto está ocurriendo, pero tengo una razonable duda de que esto habría pasado igual de haber ganado la izquierda y que la derecha no lo está haciendo a gusto porque tiene un fuerte coste electoral (muy posiblemente al sector ultraliberal le gustaría un desguace a largo plazo, no en un par de años).  
Sin embargo, en la historia ha existido una institución que la ha usado con especial violencia a la hora de defender sus propios principios: pasamos del miedo a la auténtica paranoia obsesiva. Las distintas religiones del mundo y especialmente sus sectores “ultras” conservadores son los que con más frecuencia han usado la falacia de la bola de nieve para oponerse a cualquier cambio social peligroso para sus ideas. Como si se tratase de un marido posesivo y dominado por los celos, la incertidumbre machaca su cerebro y estimula la bola de nieve: cualquier concesión que hagamos al enemigo nos llevará a largo plazo hacia nuestra destrucción.  
Desde los comienzos de nuestra vida democrática, tronaban los sectores más inmovilistas contra la legalización del divorcio, porque suponían que acabaría con los valores de la familia tradicional: y es que se empieza por una cosa y se acaba destruyendo la sociedad entera… nos decían entonces. Desde el año 1981 con cada conflicto social o cultural –y la lista es bastante larga: aborto, bioética, eutanasia, leyes educativas, matrimonio homosexual- la iglesia ha pronunciado presagios de mal agüero y ha amenazado con la condena y caída total de la sociedad en una cadena de consecuencias catastrofistas y perversas. Al final, acabamos dándonos cuenta que las cosas nunca son para tanto, pero el miedo ha hecho el resto. Piensen por ejemplo lo que se decía de Educación para Ciudadanía, completamente asustados porque se mencionaban a las familias homosexuales. Como si una hora de clase a la semana pudiera tener consecuencias trágicas para nuestros jóvenes adolescentes. Si esto fuera así, los profesores deberíamos estar de enhorabuena, porque querría decir que la educación tiene una extraordinaria capacidad de influencia en las conciencias de nuestros jóvenes. Sin embargo, todos sabemos que esto es completamente falso y que ha sido una exageración infame en la que además se cuestionaba la profesionalidad de los educadores. 
Parece ser que en definitiva, el miedo estimula la imaginación, y la imaginación hace borrar cualquier atisbo de racionalidad en nuestro entendimiento. Como decía el venerable maestro Yoda en la Guerra de las Galaxias al joven Anakin Skywalker: el miedo nos lleva a la ira, y esto nos conduce tarde o temprano a la destrucción y el lado oscuro de la fuerza.

lunes, 14 de enero de 2013

MARIO BUNGE, EL ÚLTIMO CRUZADO.

      Recensión del libro: Mario Bunge, Las pseudociencias, vaya timo. Madrid, 2010. 
     
      Acaba de caer en mis manos una selección de artículos de Bunge recogidos en el libro La pseudociencia, vaya timo, y no deja de causarme sentimientos contradictorios. Leer a Bunge es compartir cierta esquizofrenia mental o cultural. Por un lado, sientes admiración y compartes muchas críticas en su cruzada contra lo acientífico y las ideologías que guardan intereses ocultos. Pero por otro lado, siempre tienes la sensación que llega demasiado lejos y acaba condenando en la hoguera multitud de elementos culturales valiosos para el presente o para el futuro, o que sencillamente aportan sentido a muchas vidas humanas. En su auténtica obstinación por la demarcación entre ciencia y pseudociencia, lleva demasiado lejos su análisis y actúa más como Gran Inquisidor con la ciencia como máxima deidad, que como investigador curioso abierto a experiencias diferentes. Parece como si la innata curiosidad por el conocimiento que postulaba Aristóteles para el ser humano se hubiese atrofiado en algunos sectores y extendido en otros en el caso de Bunge. Buena prueba de ese rechazo a priori han sido sus prejuicios en torno a la cultura postmoderna que más de uno puede tildar de auténtica imbecilidad y desvaríos de viejo chocho. Así, si otros muchos defensores de la ciencia dejaban un silencio respetuoso hacia lo desconocido –en la tradición que arranca desde Wittgenstein hasta Gould- Bunge no duda en atizar contra aquello que cree irrelevante para el progreso del conocimiento humano.

Pero si esto afea un poco su tarea cruzada, sus críticas más valiosas van orientadas especialmente hacia aquellos que esgrimen la bandera de lo científico defendiendo ideas que no siempre son rigurosas ni neutrales socialmente hablando. Aquí entran en profundidad campos tan diversos como la teoría de cuerdas, la macroeconomía neoclásica, el psicoanálisis, el marxismo, la sociobiología o los excesos de los genetistas. Es donde Bunge ha aportado más en sus críticas a las “pseudociencias” y donde despliega sus mejores habilidades como filósofo crítico. A muchos de nosotros, Bunge nos ha despertado del “sueño dogmático” en el que vivíamos con la física teórica, la biología o la macroeconomía. No hay duda que para Bunge, muchos de los artículos que aparecen en las revistas de divulgación científica como Investigación y ciencia, se tienen que coger con pinzas y criticarlos para reconocer lo que hay de científico y lo que hay de sensacionalista. Como sostiene en uno de sus ensayos, para justificar su cruzada:  “el motivo del patrullaje fronterizo  (entre ciencia y pseudociencia) es que puede servir de ayuda, a modo de advertencia de que un proyecto de investigación inspirado por una filosofía errónea probablemente fracasará o será perjudicial”. Es decir, la filosofía de Bunge se convierte en alto tribunal y último juez.

El punto de partida es el escepticismo. Un escepticismo, como él asegura, cartesiano, que pretende cuestionar todo pero permite dejar a salvo la pregunta por la certeza absoluta. Cualquier escepticismo radical, nos recuerda, es inmovilista y nihilista, e incluso contradictorio, puesto que hasta el escéptico más radical necesitará un conjunto de creencias para mantenerse con vida en nuestra experiencia cotidiana. Si la confianza se convierte en algo básico para sobrevivir, Bunge la traslada hacia su propia visión de la ciencia. Pero naturalmente, “ciencia” no es cualquier cosa. Todo aquello que llamemos ciencia tiene unos parámetros filosóficos, culturales y sociales que cumplir; dentro de la perspectiva filosófica se hace obligatoria una perspectiva gnoseológica realista, moderadamente racionalista y empirista, y por otro lado una base metafísica materialista, dinámica, sistémica y emergentista. Lógicamente, la categoría de “pseudociencia” se irá definiendo conforme se vayan abandonando estas directrices rectoras de la ciencia. Todos aquellos planteamientos que rocen una perspectiva idealista (desde el psicoanálisis hasta el constructivismo social actual), que no tengan una base empírica adecuada (como la teoría de cuerdas) o que mantengan contradicciones lógicas internas (como la teoría macroeconómica) quedarán fuera de su concepto de cientificidad. Naturalmente, nos encontramos con los problemas de demarcación habituales: habrá pseudociencias que estén más próximas o más lejanas al concepto hermético de ciencia de Bunge. Igualmente, habrá pseudociencias que a largo plazo hayan hecho aportaciones a la teoría científica importantes, o que hayan cuestionado algunos de sus puntos que permitan servir de acicate para nuevas investigaciones... Todo esto Bunge lo despacha con la afirmación de que "no todo vale" (en respuesta a Feyerabend) y que tenemos criterios suficientes para reconocer cuándo una investigación que se mueve en las arenas movedizas de la acientificidad puede acabar dando buenos resultados y cuándo no es así. 

Conviene establecer una división de la crítica de Bunge. Por un lado, todo aquello que estaría vinculado en relación con lo “paranormal” (cualquier manifestación religiosa, mágica, que van desde la aparición de una virgen hasta la telequinesis o el espiritismo) es rechazado de antemano por su incapacidad para resistir cualquier investigación científica y por su base fuertemente idealista (él lo llama así, aunque dudo que los afectados se sientan a gusto con ese adjetivo). No obedece a ningún criterio de demarcación de lo que Bunge considera como científico. Pero llamarlo “pseudociencia” es quizás irrelevante, porque gran parte de estas experiencias nunca han querido buscarse el adjetivo de “científico” sino todo lo contrario. Es como si quisiésemos establecer si una naranja está agria o no, cuando el objeto que tenemos en la mano es una manzana.

Nos parecen mucho más acertadas las críticas que lanza contra aquellas tierras fronterizas de lo ideológico y lo creencial que sí pretenden definirse como científicas. Bunge a lo largo de su vida enumera muchas, la mayor parte recogidas en esta colección de ensayos: la sociobiología, las teorías reduccionistas de la genética, la física de la teoría de cuerdas, la psicología cognitiva funcionalista, el psicoanálisis, la sociología marxista o la teoría económica neoclásica, entre otras. Naturalmente, cada una de ellas es atacada por no obedecer a distintas variables de lo que es su definición de ciencia. Así, la teoría de cuerdas no es comprobable, porque nunca llegaremos a probar la existencia de otros universos excepto por criterios metafísicos como el principio antrópico y por complejas fórmulas matemáticas que además nos hablan de otras dimensiones físicas más allá de las tres conocidas. Muchas críticas de Bunge han sido asumidas por figuras de la física teórica actual, como Stephen Hawkins o Lee Smolins, que asumen la incapacidad de la matemática por sí misma para justificar algo como científico. La sociobiología y la teoría del gen egoísta es una mera metáfora, porque no podemos depositar inclinaciones sobre un gen (aunque realmente Dawkins no objetaría nada a esa crítica). Los genes por otro lado necesitan de enzimas para activarse, y por lo tanto el entorno es indispensable para que los genes se pongan a trabajar. Incluso nuestro cerebro tiene una plasticidad que era impensable hasta hace poco para muchos genetistas estrictos. Bunge propone consideraciones acertadísimas que deberíamos tener en cuenta a la hora de abrir cualquier revista de divulgación científica para separar la verdadera ciencia del sensacionalismo.

Pero también es cierto que habrá pseudociencias que tengan más probabilidades de convertirse en científicas con el paso del tiempo, y otras que no. Por otro lado, el reducir la valoración a su status de cientificidad puede eliminar otras facetas que culturalmente pueden ser sumamente valiosas. Uno podría pensar que el psicoanálisis de Freud o la sociología marxista no han conseguido alcanzar el status de ciencia, pero que sus aportaciones a la cultura y la historia humana han sido tan considerables (y muchas veces de forma positiva) que no podemos tacharlas sin más por el mero hecho de no pasar el test de stress de Bunge. Pensemos que sin estos marcos, muchas creaciones culturales serían ininteligibles, como las películas de Woody Allen o los poemas de Bretch. Incluso una estructura política como el estado del bienestar habría sido imposible sin el marxismo en su conjunto. Pero pensemos que críticas como las de Bunge o de Omfray son aceptables para nuestra actual cultura. 
El lado más emancipativo de Bunge surge cuando centra su interés en la teoría económica y la política. En lugar de las luchas identitarias de muchos escépticos científicos contra la religión (como la de Dawkins contra los creyentes), Bunge evita enfrentamientos que él considera vanos (o tal vez intelectualmente irrelevantes y endebles) y pone el dedo en la herida: exhorta a luchar contra  las ideologías macroeconómicas dominantes como el principal frente que la filosofía científica tiene que afrontar. Esto es algo que no es nuevo en su biografía y ya dedicó ensayos para criticar la endeblez de los puntos de partida macroeconómicos: una base antropológica irreal (individualista y maximizadora), una teoría de macroequilibrio económico inexistente (un supuesto mercado ideal ordenado con una mano invisible), un despliegue matemático superfluo e inútil, y por supuesto, la incapacidad de establecer predicciones adecuadas y descubrir leyes generales. Naturalmente, estos errores para Bunge son mucho más graves que los de cualquier otra pseudociencia, puesto que la macroeconomía neoclásica está conectada con decisiones que alteran la vida de millones de seres humanos. En este sentido la clarividencia de Bunge es mucho mayor que la de cualquier otro crítico ilustrado de nuestra época, puesto que no ha cedido un palmo al engatusamiento de la utopía liberal y la ha puesto también bajo su lente crítica.

De alguna manera Bunge en su ataque las pseudociencias responde a toda la escuela de la teoría crítica que condenaba la neutralidad científica y su descarada afirmación del presente y del orden establecido. Bunge considera que la propia comunidad científica tiene capacidad de autocrítica y cuenta con criterios éticos deontológicos que le permiten escapar de la complacencia y el colaboracionismo con fuerzas oscuras de la política o la economía. Las críticas de Bunge son sumamente duras y no se le puede acusar de ser complaciente y conservador. Quien le acuse de esto por el mero hecho de hacer del marxismo el blanco de sus críticas, no ha leído o entendido sus ataques a la economía neoclásica. Como ha comentado Bunge en alguna otra ocasión, el haber escrito fundamentalmente de ciencia nunca le ha hecho perder de vista el espectro ético y político de toda su obra, integrada en ella misma e inseparable de toda su actividad. Su actitud es perfectamente la de un ilustrado a la antigua usanza. Un cruzado combatiendo los dragones de la ignorancia. Quizás el último del pasado siglo.