
Nuestra historia se remonta a siglos lejanos,
muy lejanos, pero que aún podemos leerlos en algún libro, concretamente han
pasado casi exactamente mil quinientos años; a pesar de la distancia, el lector
curioso tal vez puede llegar a la intuición que esos años no son tan distintos
a los nuestros, si entendemos que la violencia y la ignorancia son comunes a la
naturaleza humana y universales en el tiempo.
Vemos una habitación hecha de adobe desnudo.
Cerrada a cal y canto. En el espacio cuadrado y casi desnudo tan solo hay una
mesa. Sobre ella, unos pocos papeles de pergamino, algo de tinta y un puntero
rudimentario para escribir. Unas cuantas hojas, con tachones, aprovechadas
hasta el último resquicio, aguardan bien ordenadas en un lado de la mesa. En
las tablas viejas del mismo mueble abundan anotaciones en griego y en latín. En
una de ellas se puede leer Boetius.
Una pequeña ventana ilumina tenuemente la
habitación desnuda, que hoy llamaríamos minimalista si no lo invadiera la
suciedad y la humedad. En la penumbra, un hombre aguarda. Sentado en un rincón
relleno de pajas y retenidas por unos maderos, sabe que la espera no va a ser
muy larga. Sus contactos con sus amigos están rotos. Sus poderosos valedores,
quedan muy lejos de su alcance. Su familia tiene pocos contactos con él. El
rey, mientras, está furioso, enloquecido. Se sabe perdido, y teme por su vida.
La mente de los bárbaros es poco estable,
piensa. El respeto que le había inspirado el rey, Teodorico de nombre, su señor
a fin de cuentas, se convirtió en estupor. El estupor, con la larga espera y la
desesperación, en odio. Pero el odio cuando se está encerrado y completamente
indefenso se vuelve algo inútil. Ningún filósofo ha hecho gala de poder físico
o corporal, pero algunos desarrollan una inigualable capacidad de resistencia
hacia la adversidad. Indaga en sí mismo y recrea sus últimas fortalezas, a
saber: el orgullo de su espíritu romano frente a los bárbaros, la ataraxia del
sabio y quizás la fe del cristiano platónico. Si no hubiese testificado en el
senado contra el rey, seguiría en su palacio, su biblioteca y rodeado de los
suyos. Esa memoria, ese condicional imposible de rectificar ya, le atormentaba
día y noche.
Pero eso nunca lo dejó por escrito en la
cárcel. Sí dejó sus conversaciones con la Diosa filosofía, sus quejas, sus
descubrimientos, sus consuelos. Lo mejor de sí mismo salió en la penumbra de
esa cárcel. Pocos que lean ese consuelo pueden pensar que es un hombre
esperando a la muerte en ese lúgubre lugar.
La puerta se abre. No entra ningún conocido,
ni familiar. En su lugar, un par de soldados que sin más explicaciones, le
sacan fuera. Típica brutalidad germana, tan directa, tan incivilizada. Tan
efectiva. Reclamar un juicio es ingenuo en esas condiciones. Boecio fue sacado
fuera. Sintió el aroma del aire fresco por última vez, abandonando las
humedades de la celda en la que había estado más de un año recluido. Bendice
esa sensación, sabiendo que es pasajera.
Mucho quedó en el tintero. Casi todo
Aristóteles por traducir, más concretamente. Recibió la palabra de Casiodoro,
nuevo ministro y viejo amigo, de que sus páginas se conservarían. Tanto sin
escribir, se lamenta Boecio, una obra truncada a medias.
Durante mucho tiempo no puede evitar hacer
comparaciones. Un nuevo Sócrates sufre condena, otro nuevo Séneca pierde el
favor del emperador. Pero es solo una sombra de la realidad. Sócrates tuvo
derecho a un juicio. A él le fue denegado defenderse, quizás precisamente por
miedo a su dialéctica. A Séneca lo condenó un emperador romano desquiciado, a él
un rey bárbaro paranoico. Entonces Roma era dueña del mundo; ahora es rehén de
un rey extraño en Rávena. Pero es preciso dar la cara por la verdad y la
honestidad. Y sin embargo este es solo un pensamiento, uno más de los muchos
que llevan a la muerte, y superados pronto por el miedo. Todo esto se borra
cuando ve el poste. Su temperamento filosófico le abandona. El deseo irracional
de mantenerse vivo le incita a gritar. Tan solo el orgullo es lo que se
mantiene en su espíritu hasta el final, y le obliga a guardar silencio.
La ejecución de estos presos es habitual en
el civilizado reino de Teodorico. Se le ata al poste, quedando de pie. Una soga
de cuero o de otro material menos noble se le coloca a la altura del cuello. Al
otro lado del poste, un sencillo mecanismo enrosca la soga ejerciendo en cada
movimiento una mayor presión sobre la garganta del reo. Éste se revuelve,
siente la presión a cada instante. Sus músculos se tensan inútilmente. Su cara
enrojece. Las órbitas de sus ojos saltan, pudiendo estallar en cualquier
momento. Finalmente, la asfixia llega al preso y muere entre las convulsiones
del miedo y de la falta de aire.
Boecio conoce muy bien todo esto. Ha
permitido, en su época de primer ministro, muertes así, aunque raramente las ha
presenciado. Los patricios no acostumbraban a mancharse las manos y lo dejaban
para los verdugos: costumbres de la época. Ahora se vuelve contra él, y siente
en un instante piedad por todos los que ha ajusticiado, quizás en una empatía
fugaz. Tal vez no lo sabe, pero con él muere el último de los romanos. Le
dejamos en su triste destino, injusto a todas luces.
Los orígenes de la filosofía estaban
manchados con la sangre de Sócrates. Ahora otro asesinato, mucho menos
conocido, cierra esta larga etapa. Mil años separan a uno del otro. Quizás el
aplazamiento de su muerte hubiera cambiado el rumbo de la filosofía medieval.
Quizás no. En todo caso, pasarían seis siglos hasta que lo que se perdió en esa
oportunidad, regresara a Europa. .