Cuando a un filósofo se le ocurre atacar una corriente científica porque considera que es reduccionista, está mal fundamentada o incurre en errores lógicos, la comunidad científica suele ignorarlo, al considerarlo poco versado en sus difíciles tareas. Un filósofo no tiene nada que decir sobre estos problemas que escapan a su entendimiento abstracto. Pero cuando un científico se toma en serio las críticas de la filosofía y decide hacer una lectura de autocrítica el efecto suele ser demoledor. Aquí el atacante es Lee Smolin, un integrante del gremio de la física teórica, y uno de los más selectos. Este señor tuvo a bien encontrarse hace unos añitos con Paul Feyerabend, anarquista metodólogico e iconoclasta científico, y contra lo que pudiera pensarse, ambos se entendieron bastante bien. El físico decidió tomar en cuenta algunas de las críticas radicales del viejo Feyerabend y ponerlas en la práctica en su libro The trouble with physics, que salió a la luz en el 2006. No es por casualidad que una buena parte del libro –y la más comprensible y entretenida para un filósofo ignorante de la física- parta de la misma “sociología” de la ciencia: es decir, cómo se nos han vendido las ideas dominantes de la física teórica actual por encima de otras.
Lee Smolin ofrece un panorama descorazonador para su propia generación científica: en los últimos treinta años, la física teórica no ha descubierto ninguna ley de gran relevancia, ni ha logrado alcanzar un paradigma conciliador, ningún "gran modelo" que supere las contradicciones que ofrece la teoría actual. Y la sugerencia respetuosa que hace es proponer si acaso no hemos errado el tiro, si no nos hemos desviado del camino. Esto supondría poner patas arriba toda la física teórica actual, marcada por unas palabras mágicas que todo el mundo repite, aunque pocos entienden: la teoría de cuerdas. La tesis, siempre expuesta de forma educada y comedida por el autor, es muy simple: esta teoría ha sido hasta el momento una gran ilusión, en lo que se refiere a los esfuerzos intelectuales y ecónomicos consumidos y sus escasos resultados en la evidencia empírica. Ha desbancado otras teorías explicativas del universo igual de plausibles sin otros argumento que el principio de autoridad. Aunque sus argumentos son mucho más complejos de los que el G.P. nunca podrá entender, su idea básica es simple: un modelo matemático, por hermoso que sea, nunca podrá ser considerado científico si no tenemos un aval en la experiencia empírica, si no puede ser probado o refutado. A esto filósofos y científicos desde Popper lo llaman falsacionismo. Y como nos recuerda Smolins, la teoría de cuerdas está lejos de ser falsable y se tiene que sustentar en ideas metafísicas como el principio antrópico. Si los físicos desean dar ese paso, bienvenidos sean, pero al gremio de los filósofos y los especuladores teóricos.
Naturalmente, sus colegas no han quedaron demasiado convencidos. Pero algo ha debido quedar de todas estas críticas, cuando una vaca sagrada como Stephen Hawking, sostenía en su último libro que el modelo de la física ptolemaica distan de ser verdaderos o falsos… Tan solo existen otros más sencillos y mejor aplicables sobre la realidad física. Ya veremos si los grandes muchachos del CERN nos sacan de dudas de todo este embrollo... y si llegan a tener dinero para descubrirlo.
