1. Necesita usted una edad determinada.Apta para adolescentes de entre treinta y cuarenta años, en el que el ambiente de desidia académica le hace caer de una vez por todas en la inutilidad de la filosofía y en la pedantería erudita, el espejismo del amor no comprometido; pero al mismo tiempo todavía sienta ganas de ser el antiheroe romántico.
2. Lea la Rayuela a 2000 kilómetros de distancia de su país originario, por lo menos. Si está viviendo allí, más que mejor. La sensación de nostalgia e que irradia el libro se percibirá mucho mejor lejos de casa y de su vida cotidiana y aburrida.
2. Lea la Rayuela a 2000 kilómetros de distancia de su país originario, por lo menos. Si está viviendo allí, más que mejor. La sensación de nostalgia e que irradia el libro se percibirá mucho mejor lejos de casa y de su vida cotidiana y aburrida.
3. Marque las páginas favoritas de su libro con gotas verdosas de mate, o café en su defecto, y asociéla con alguna música perfiladora de su identidad personal. Puede también leer el libro después de hacer el amor, o en un viaje por cualquier ciudad europea.
4. Deje fluir en su mente la ataraxia patafísica: no busque mentiras en verdades, ni verdades en mentiras, pero mientras se da cuenta de ello, deje expresar al lenguaje la cuadratura del círculo. No ocurre nada, las decisiones importantes pueden posponerse, el momento es la eternidad, y más allá de ese momento nada existe, (o no queremos que nada exista).
5. No respete el orden de las páginas, ni tampoco el orden que le recomienda el autor. Empiece el libro por cualquier capítulo, si es preferible, la primera parte del libro y salte de un lugar a otro a su gusto. La segunda es una realidad triste en la que conviene zambullirse pocas veces. La vida de Horasio y la maga en el centro de París tienen un ambiente de irrealidad que permite leer y releer el libro cuantas veces se quiera.
6. Aprenda con la rayuela a no leer de una obra más que lo interesa, o a no terminar el libro para que este siga vivo siempre en su memoria y sea usted el hacedor del final. No hay mayor placer en la lectura de un libro que construir el final hasta el infinito. El autor debe contar el inicio de una historia, pero nunca el final.