Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.
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sábado, 18 de diciembre de 2010

WIKILEAKS Y LOS LÚGANOS: EN TORNO A LA HIPOCRESÍA

Uno de los lúganos que andaban por allí y que infructuosamente
trataba de fotografiar.
       Hoy hacía frío, mucho frío. Me temblaban las manos sujetando la cámara para poder fotografiar a los lúganos, esos fantásticos invitados verdosos del invierno. Pero sabía que todos mis esfuerzos eran además una empresa inútil: en cuanto estaba a punto de conseguir una imagen aceptable, el señor Tiburcio aparecía entre una nube de humo en el objetivo y ahuyentando a los pajarillos.
        - En lugar de espantar mis pájaros, bien podría quedarse usted quieto.
        - Lo siento, el pensar me provoca movimientos indeseados.
        - Sí, ya lo he notado. Usted solo fuma cuando piensa.
        - Fumo luego existo, dijo con una sonrisa.
        - ¿Y en qué pensaba usted esta vez?
        - Estaba fumando en wikileaks.
        - Los datos de Wikileaks testimonian solo una cosa: la hipocresía reinante, chascarrillos de embajadas e intereses ocultos – decía yo con total indiferencia, con la vista puesta en los pájaros.
       - Ahí quería llegar yo, ahí quería llegar: hipocresía. Sin ánimo de ser políticamente incorrecto, tengo que decir que la hipocresía es uno de los grandes descubrimientos del hombre. Hasta el punto que creo que detrás de cada gran hombre ha existido un gran hipócrita. Lo único que pasa es que desde los tiempos de Jesucristo y Sócrates se volvió palabra tabú y ha tenido que cambiar de nombre.
        - Está visto que hoy no me deja de tocar los lúganos. Bien, y cómo lo llama usted hoy, dije con resignación. 
       - Yo, de ninguna manera. Pero hoy en día, los psicólogos lo llaman tener “habilidades sociales”, y la creo totalmente necesaria para vivir civilizadamente. ¿Qué habría sido desde hace tiempo del ser humano si no tuviéramos la habilidad para mentir y callar la boca, en lugar de soltar continuamente verdades hirientes y muchas veces imposibles de asumir? Sencillamente, que estaríamos en una guerra permanente. Hay relaciones humanas donde la hipocresía no es un vicio, sino una virtud y un deber. Y la diplomacia es uno de esos niveles. Es pura hipocresía, llevada hasta el nivel del absurdo, mantenida en nombre de intereses a veces elevados y otras dramáticamente oscuros. El diplomático es el único hombre en el mundo que puede alardear de la falsedad como una virtud.
         - Hasta el punto que la hipocresía que es capaz de resolver conflictos recibe el nombre de buena diplomacia, contesté. ¿Y el político?
         - Bueno... Una cosa es mostrar una falsa sonrisa a un desconocido y otra muy diferente a alguien de casa o de tu vecindad. Una cosa es halagar a un extranjero, y otra cosa es engañar a tu pueblo, sobre todo si vives bajo una democracia que pide glanost. Qué término ruso tan encantador, verdad...
        - Ahora bien, usted estará de acuerdo con que la hipocresía es algo que siempre puede ser denunciable. Perseguir un hombre que denuncia la mentira es intolerable.
       - Naturalmente, naturalmente. El que persigue al denunciante ha hecho una hipocresía tan grande que se la ha terminado creyendo. Pero no crea que pienso mejor del denunciante: o es a su vez el más grande de los hipócritas o un gran ignorante de la sociedad humana.
       - Bien, el que no quiere hablar hoy soy yo. Déjeme fotografiar los lúganos en paz. Sabía usted que estos diminutos pájaros vienen del norte de Europa cada año? Resulta impresionante que uno de estos pequeños puedan recorrer miles de kilómetros...
       - No, no lo sabía, pronunció entre dientes aplastando el cigarro con los labios. Interesante, interesante...