Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.
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viernes, 8 de octubre de 2010

LA TEORÍA DE CUERDAS Y EL RETORNO A LOS GRIEGOS

         No es mi pretensión aquí establecer un tratado de física teórica, pues no voy más allá de la resolución de una raíz cuadrada y de la aplicación desordenada del teorema de Pitágoras en cuestiones matemáticas. En este sentido, emitir un juicio sobre una cosa tan sumamente complicada e interesante como la teoría de cuerdas puede suponer un atrevimiento intolerable, pero esta no es mi intención. Si los físicos tuvieran la misma delicadeza con la filosofía como la tienen muchos filósofos con la física, quizás podrían llevarse algo mejor. Aquí solo voy a hacer alguna observación sobre la supuesta cientificidad de esta atractiva teoría. El problema ha sido tratado por mentes privilegiadas y estrechamente cientifistas como las de Mario Bunge, y su veredicto es salomónico: la teoría de cuerdas no es científica porque no se somete a los criterios de falsabilidad de la teoría de Popper. Y sin embargo la teoría de cuerdas parece proponer la solución matemática para todas las contradiciones de la física actual, algo que no basta para muchos popes de la ciencia. Lo cierto del asunto es que Copérnico propuso el heliocentrismo como solucióm matemática a la teoría de los epiciclos en nombre de la simplicidad, al mismo tiempo que Bacon nos avisaba del deseo ávido del ser humano de poner un orden racional allí donde quizás no lo haya y pedía prudencia a los matemáticos sobre sus descubrimientos.   
         Sin embargo, seguimos viendo artículos nuevos sobre el problema, y uno bastante sorprendente recién salido en la revista Investigación y ciencia (una traducción extraña de "Scientific American", por cierto). Dieter Lüst, físico alemán, considera que el criterio falsacionista está superado para una nueva física matemática, que empieza a aceptar el hecho de que parte de sus hipótesis nunca podrán verificarse de forma empírica (otras por el contrario, estamos en trance de hacerlas con el CERN). Algo así ocurre con algunas de las consecuencias que parece necesitar la teoría de cuerdas:  la teoría del "multiverso" o la existencia de multitud de universos paralelos e independientes del nuestro, con distintas fórmulas matemáticas rigiendo sus destinos de gravedad, electromagnetismo y demás fuerzas físicas. La consecuencia de esto es encontrarnos con una teoría que no está lo suficientemente corroborada bajo los viejos patrones popperianos de la ciencia.  
         Este físico ha tenido la idea de considerar el principio antrópico como fórmula filosófica para solucionar esta falta de evidencia empírica. El principio antrópico sostenía que las condiciones en las que ha surgido nuestro universo han sido excepcionales, únicas, casi milagrosas, si entendemos que con ellas ha aparecido una cosa tan compleja como el ser humano. Cualquier pequeña modificación habría producido un cambio radical en la orientación y habitabilidad de nuestro universo, pero no: nuestro cosmos ha sido diseñado para albergar la posibilidad de vida inteligente. Esto, que ha sido considerado como la prueba más evidente de la existencia de Dios para muchos teólogos, tiene una dimensión radicalmente opuesta desde la teoría de cuerdas: solo podemos explicar que existe este universo único precisamente porque existen infinitos universos, y entonces la posibilidad de la vida humana no se hace tan sumamente remota o milagrosa como podemos pensar. Su argumentación parece seria: eliminamos el "factor milagro" y cualquier atisbo de divinidad, pero a costa de reproducir y ampliar los problemas de la física hasta el infinito matemático y por supuesto la no-verificación.   
         Alcanzado este punto, uno se pregunta hasta dónde queremos llegar en nuestras divagaciones, y si, realmente, nuestra ciencia otra vez no ha involucionado hasta la época de los griegos, como comentaba un alumno en clase, en la que el espíritu científico emergía con brillantes teorías y sucumbía casi al nacer por su falta de corroboración. Qué sé yo, como decía el maestro Montaigne. 

sábado, 7 de noviembre de 2009

A VUELTAS CON EL PRINCIPIO ANTRÓPICO

La casualidad no gusta a los científicos ni a los filósofos. Cuando Monod propuso que la tierra no estaba preñada de vida, a más de un biólogo se le ocurrió que esa no era una buena solución. El francés además lo disfrazó de absurdo. Si la vida en la tierra ha sido una cuestión de buena suerte, no podemos buscar ninguna coartada explicativa para el hombre. Somos mera materia, somos puro azar. Olvidémonos de un dios creador, de un destino manifiesto, de una superioridad genuina. Nuestro único reto es superar el absurdo: el absurdo que supone sabernos partícipes de una evolución de la materia en la que solo somos un casual eslabón más, y en la que no hay explicación más allá de eso.

Sin embargo, hoy en día pocos científicos y filósofos tienden a dar la razón a Monod, al menos en el ámbito del azar. De Duve es claro: la vida (y la vida inteligente también) estaba condenada a aparecer en el universo dadas las características de la materia. El azar no es parte esencial de la explicación de la vida: tan solo deja abierta una fecha y un lugar que tarde o temprano tiene que ocurrir. A esto es lo que muchos pensadores y científicos acabaron denominando el principio antrópico. Los teólogos contemporáneos se arriman a esta tesis con entusiasmo como forma manifiesta de hermanar de una vez por todas evolución y religión. Dios ha dispuesto desde un principio unas reglas, unas condiciones que permitirán a la materia evolucionar por su cuenta, esta vez, sometidas al azar. Y aquí uno no deja de acordarse de las homeomerías de Anaxágoras, esas "semillas" depositadas por una inteligencia ordenadora que tarde o temprano irían a dar sus frutos en la naturaleza.

Hasta aquí, biólogos y teólogos parecen ir juntos de la mano. Pero no hay que olvidar que el hecho de defender el principio antrópico da una trascendencia al origen, pero no significa que se pueda proyectar en el futuro. C. De Duve es aquí muy claro: aún aceptando este principio, seguimos igual de solos en la naturaleza. Las evidencias de la evolución, la explicación más fácil, es seguir considerando al hombre como un mero paso más en una carrera evolutiva hacia la complejidad. Tal vez incluso pueda tratarse de un error. El principio antrópico se volvería completamente inútil para dar cierta explicación trascendente a nuestra vida. En definitiva, el principio antrópico es útil como una posible bisagra en las complicadas relaciones entre ciencia y religión, pero no es el argumento definitivo.


Surcos en la arena: efectos azarosos del viento o producto del arado del hombre. Algo así es la problemática con la madre naturaleza.