La primera crítica que podríamos hacer a esto es por qué narices los grupos más fuertes dentro de la sociedad civil son las que reciben más subvenciones estatales. En clase respondían a que esta proporción era completamente justa: quien más adeptos tiene, más consigue de la tarta. Pero está claro que son aquellos grupos minoritarios los que están amenazados. Esto lo tienen bastante claro los anglosajones del multiculturalismo. Son las minorías las que en todo caso podrían contar con un apoyo del estado que en el resto de los casos, debería mantenerse neutral o no intervencionista.
La segunda crítica, y la más importante, es hasta qué punto el estado no destruye la propia lógica de la sociedad civil, independiente, libre y emanadora de razón emancipadora según el bueno de Habermas. Sí, el oneroso gasto que hace el estado se compensa con una sociedad civil atemperada y bien calladita en aquellos asuntos molestos para el gobierno de turno. Hemos contemplado esa dinámica durante bastante tiempo con los sindicatos, y si los críticos tienen razón, la propia iglesia arreció sus ataques contra el estado en cuanto conseguió un buen convenio de financiación. Poderoso caballero es don Dinero, al menos para los asuntos terrenales. También en este caso lo tienen claro los anglosajones: la sociedad civil debe financiarse en su mayor parte desde ella misma, si quiere mantenerse viva. En Estados Unidos hay fuentes de financiación para innumerables proyectos o iniciativas culturales o sociales, desde páginas web alternativas hasta las clásicas fundaciones. Parece que en España, fuera del estado, solo está el desierto.Naturalmente, los americanos tienen sus propios problemas (la financiación privada de los partidos políticos es el flanco más débil de su sociedad civil), pero a mí me interesan los nuestros, que bastante graves son. Digo yo.