Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.
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lunes, 15 de noviembre de 2010

LA SOCIEDAD CIVIL AMORDAZADA

          En más de un lugar he escuchado desaforadas críticas contra la visita del Papa y el correspondiente gasto monetario que ha supuesto. En las mismas clases escuché reacciones distintas: estábamos estudiando de pasada La Ciudad de Dios de San Agustín y el tema salió con prontitud. La Iglesia sigue recibiendo dinero del estado, a pesar de la aconfesionalidad proclamada por la constitución. La iglesia católica es solo una muestra: los sindicatos engordan sus arcas con dinero del estado. La patronal también pone la mano. Los partidos políticos no podían ser menos. Y tras esto, infinidad de asociaciones culturales de distintas especies e ideologías dependen de la sopa boba estatal. Curiosamente, muchos de estos subvencionados son críticos con otros colegas suyos a los que consideran ideológicamente equivocados, inútiles y un gasto superfluo para la sociedad.
         La primera crítica que podríamos hacer a esto es por qué narices los grupos más fuertes dentro de la sociedad civil son las que reciben más subvenciones estatales. En clase respondían a que esta proporción era completamente justa: quien más adeptos tiene, más consigue de la tarta. Pero está claro que son aquellos grupos minoritarios los que están amenazados. Esto lo tienen bastante claro los anglosajones del multiculturalismo. Son las minorías las que en todo caso podrían contar con un apoyo del estado que en el resto de los casos, debería mantenerse neutral o no intervencionista.
        La segunda crítica, y la más importante, es hasta qué punto el estado no destruye la propia lógica de la sociedad civil, independiente, libre y emanadora de razón emancipadora según el bueno de Habermas. Sí, el oneroso gasto que hace el estado se compensa con una sociedad civil atemperada y bien calladita en aquellos asuntos molestos para el gobierno de turno. Hemos contemplado esa dinámica durante bastante tiempo con los sindicatos, y si los críticos tienen razón, la propia iglesia arreció sus ataques contra el estado en cuanto conseguió un buen convenio de financiación. Poderoso caballero es don Dinero, al menos para los asuntos terrenales. También en este caso lo tienen claro los anglosajones: la sociedad civil debe financiarse en su mayor parte desde ella misma, si quiere mantenerse viva. En Estados Unidos hay fuentes de financiación para innumerables proyectos o iniciativas culturales o sociales, desde páginas web alternativas hasta las clásicas fundaciones. Parece que en España, fuera del estado, solo está el desierto.
        Naturalmente, los americanos tienen sus propios problemas (la financiación privada de los partidos políticos es el flanco más débil de su sociedad civil), pero a mí me interesan los nuestros, que bastante graves son. Digo yo.

sábado, 12 de diciembre de 2009

CIEN PERSONAS.

Esta mañana había convocada en Cánovas una manifestación por el cambio climático. Delante del bombo, un centenar de personas -ojalá fueran más- se reunieron al mediodía en la cita. Cien personas, arriba o abajo: número escaso en una ciudad de noventa mil habitantes. Supongo que la gente tenía cosas más importantes que hacer. Que el problema ecológico queda demasiado lejos, que una manifestación no va a cambiar nada, que estos problemas los tienen que resolver otros, y no los ciudadanos de a pie. Se pueden exponer tantas razones como personas hay en la ciudad. Todos los que pasábamos por allí teníamos un poderoso argumento: debíamos hacer las compras de navidad. El vertiginoso día a día de nuestras vidas no permite detenernos. Las tiendas no esperan, el cambio climático siempre se puede dejar para mañana. Así parece también que se lo han tomado los reunidos en Copenhaguen. Pero pueden regresar tranquilos a sus países: nadie les va a echar en cara su fracaso, porque parece que a nadie le importa tal cosa.
Esos son los hechos. Queda patente la debilidad de nuestra sociedad civil. Tenemos los problemas y la sociedad que nos merecemos y no podemos echar la culpa a nuestros dirigentes: la tenemos que echar a nosotros mismos. Pero también me gustaría destacar en qué puede que se equivoquen los organizadores. En primer lugar, el problema ecológico sigue siendo invocado como un contenido ideológico propio de la izquierda. Mientras eso siga siendo así, una mitad del país mirará con recelo cualquier manifestación ecologista. El problema ecológico es una cuestión de pragmatismo, no de ideología. Como consecuencia de esta contaminación ideológica, se abordan en una movilización sobre el cambio climático cuestiones ajenas a él. Qué demonios pintaba la guerra de Afganistán, por ejemplo, entre el problema ecológico. De la misma forma que me revuelve la tripa que cada manifestación de izquierda o derecha se adornen con banderas monárquicas o republicanas, como si en las cuestiones de educación, aborto o desempleo se estuviera decidiendo todavía nuestro régimen político. Ciertamente cualquier movilización política requiere una identidad. Pero desgraciadamente el uso de esa identidad resta apoyos en estos problemas tan graves, y no permite fáciles consensos.