Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.

martes, 15 de marzo de 2011

VENGANZAS DE GAIA: JAPÓN

         Una de mis lecturas favoritas de la universidad eran los cómics de Katsumiro Otomo "Akira". Los escenarios apocalípticos, de catástrofes nucleares y destrucciones de la naturaleza, son propios de esa obra así como de toda la cultura manga. Disfrutabamos y nos recreabamos con ellos en nuestra imaginación. Después vendrían la revolución informática que convertiría las viñetas en secuencias de cine. Pero nadie podría pensar que esos escenarios de destrucción propios de la cultura nipona cobrarían realidad en su propio país, y así ha sido: una película de ciencia ficción hecha realidad. Al ver vídeos del tsunami del Japón, tenía la sensación de ver escenas construidas por ordenador pero que naturalmente das por falsas. Pero no es así.
         El tsunami de Japón, una tragedia en vidas humanas (mucho menos costoso, sin embargo, que Haiti, Pakistán o Indonesia) pero indudablemente muchísimo más mediático y espectacular, es un grito a la fragilidad humana. Basta una ola gigante para en pocos minutos devastar el trabajo de generaciones de hombres, de destruir ingenios humanos costosos y sofisticados, de saquear el orgullo de la civilización tecnológica. La idea de que "este tipo de cosas no nos pueden pasar a nosotros, porque estamos preparados para afrontarlas" ha sido la primera víctima del tsunami. Nuestras construcciones simulaban ser las de pequeños hormigueros que alguna vez de niños hemos pisoteado sin piedad, creyendo ser dioses. Es por todo esto que aún a riesgo de ser algo frívolo, esta destrucción es una humillación metafísica. La cultura humana se ha puesto de rodillas ante la naturaleza de la que partió un lejano día en África hace unos millones de años. En su orgullo, el hombre creyó dominar la naturaleza: hoy nos hemos dado cuenta que, por encima de todo nuestro desarrollo, somos una de las partes más frágiles de dicha naturaleza. Podríamos llamar a todo esto con el acertado título del libro de Lovelock, una venganza de Gaia, aunque aqui la venganza no tenga ningún móvil y esté basada en el simpe azar. Y aún no sabemos todas las consecuencias. Quedan miles de desaparecidos. Un accidente nuclear por esclarecer. Una reconstrucción costosísima para una economía debilitada desde hace años. Una economía mundial que puede resentirse desde los precios de los alimentos hasta su estabilidad financiera. 
        Y sin embargo no todo es negativo. El hecho de afrontar un acontecimiento como este, proceder a una evacuación más o menos ordenada y poner orden en millones de personas asustadas, es un dato alentador. Por más patadas crueles que demos a un pequeño hormiguero, sobrevivirá. La capacidad de recuperación frente a este fenómeno de la naturaleza pondrá de manifiesto que, dentro de los límites de nuestra fragilidad, el hombre es capaz de levantarse y volver a andar, y eso ya depende de nosotros mismos.     



viernes, 11 de marzo de 2011

APOLOGÍA DEL FRACASO

       Mucho se habla de la incapacidad de los países árabes para gobernarse así mismos. Los recelos saltan por todas partes y el desconocimiento de la auténtica realidad que allí se vive nos invade en multitud de dudas. ¿Hasta qué punto son fuertes los procesos de modernización en estos países? ¿Qué parcela de poder representa ese sector social que aboga por el cambio? ¿Qué harán con el poder cuando lleguen a él?
       Aunque las sospechas sean más que fundadas, no podemos más que formularlas en la categoría de espectadores. ¿Tenemos algún derecho para oponernos a este ejercicio de autonomía? Parece ser que, aparte de los perjuicios directos que suponen esta inestabilidad en la zona, mucho me temo que Europa juega a una inercia cultural negativa, en la que el fracaso se ve como un horizonte negativo que conviene evitar a toda costa. En Europa, una de las partes más cómodas del planeta para la existencia humana, los cambios suenan habitualmente a peligros y riesgos que no siempre se tiene la entereza de afrontar.
                                                                              * * * * *

         Suena a tópico en el mundo de los negocios la típica comparación que se hace de la clase empresarial a ambos lados del atlántico. Mientras que el empresario anglosajón es mucho más emprendedor que el continental, este se guarda mucho de calcular los costes y ganancias a largo plazo, mientras que el americano se muestra menos remilgado ante estos cálculos y aprecia más el riesgo. Independientemente del grado de verdad que pueda tener el tópico –la globalización desdibuja fronteras culturales- la conclusión que puede extraerse es que el fracaso es psicológicamente menos traumático entre los anglosajones que entre los viejos europeos. Esto nos hace mucho más conservadores ante decisiones arriesgadas que debemos tomar desde nuestra vida más cotidiana hasta el mundo político o económico. Entre la posibilidad de ser empresario de éxito y sacar unas oposiciones, el común de los españoles prefiere el trabajo estable que otorga el paraguas del estado. Muchos europeos tienden a desechar el trabajo sacrificado que supone un gran éxito económico y prefieren disfrutar de una vida más cómoda y holgada. Yo no los culpo de ello y pertenezco a dicha cultura: me costaría mucho rechazarla. Considero incomprensible un hombre que concede más importancia al éxito y progreso profesional a costa de suprimir el tiempo libre que le puede valer para cultivarse como persona. Podrían decir que el éxito económico solo se consigue con una vocación a tiempo completo: el éxito se hace entonces hueco, despersonalizado y alienante, al no ser que la convirtamos de forma voluntaria en la única empresa en la vida. En el resto de los casos, el éxito del día de hoy garantiza el fracaso del mañana, en conocida frase del profesor Tiburcio y que funciona en economía con la misma contundencia que la ley de rendimientos decrecientes.
                                                                           * * * * *

Manuel Azaña, personificacion de la II República, y
ejemplo perfecto de fracaso político
redimido en el tiempo.
          La comodidad europea, la renuncia al sacrificio en aras de un posible éxito (y por tanto la renuncia al fracaso) puede generar ceguera, incapacidad para la innovación. No solamente en nosotros, sino en las vidas de los demás. Y así parece que ocurre con nuestra mirada hacia los países del Magreb. Condescendientemente consideramos que el riesgo es demasiado elevado para que intenten algo por su cuenta, y esto es un grave error de perspectiva. Creer que nuestras democracias son maduras desde siempre nos conduce a una tergiversación histórica que puede llegar a sonrojar en el caso de nuestro país. España, que hace apenas cincuenta años operaba con fuertes medidas de censura hacia cualquier oposición social o política, que partía de un estado en el que iglesia y estado estaban fusionados, que reprimía con dureza cualquier manifestación de la sociedad civil, no puede ser un modelo para negar la necesidad del fracaso y de la reforma. Nuestra propia historia está jalonada con una espectacular derrota para la democracia, solo comparable con el de la república de Weimar. La caída de la II República fue un terrorífico golpe en nuestra propia historia. Independientemente a si acabó en un suicidio o un asesinato, si cayó por sus contradicciones o la derribaron a golpe de fusil, a si el fracaso estaba marcado por las leyes de la historia o era algo perfectamente evitable, prácticamente nadie puede negar el hecho de su estrepitosa caída. Pero tampoco nadie en su sano juicio puede decir que fuera un fracaso inútil. Precisamente la contundencia del desastre nos hizo mucho más cuidadosos en la siguiente ocasión que brindó la historia para la democracia. Enseñó a tratar al adversario político con respeto y trabajar sobre la arena de un consenso que une más que separa entre distintos contendientes. Y enseñó también a que sin una clase media fuerte el sistema político difícilmente podría mantenerse. Quizás muchos países del Magreb se preparen para tener su propia república de Weimar o su II República, si en realidad podemos transponer la historia de Europa a la del mundo como gustosamente hacemos en innumerables ocasiones. En cualquiera de los casos, bienvenido sea el intento, acabe en éxito o en fracaso.

viernes, 11 de febrero de 2011

PENSIONES 2050

          El estado está de enhorabuena. En declaraciones del ministro neosocialista en el poder, 2050 se ha conseguido un superávit record en la caja de las pensiones. Quién iba a pensar que aquellas lejanas reformas que se iniciaron en el 2011 fueran a tener las dimensiones que demostraron con el tiempo. Pero lo cierto es que tras el pacto de ese año, en el que pasaron a 67 la edad de jubilación, a 38 los años cotizados para conseguir la pensión íntegra y a los últimos 20 años el cómputo sobre el que se realiza el cálculo de la pensión, las cosas empezaron a cobrar otro cariz. La reforma de 2028 añadiría diez años más al cómputo de la pensión, pero salvo en ese detalle, no ha habido cambios posteriores, ni falta que hacían. Los intentos de suprimir las "pensiones-parásito", como los conservadores empezaron a llamar a las pensiones no contributivas, fueron rechazados en sucesivas ocasiones por el parlamento. "En tiempos tan complejos como los que corren, dijo ayer el ministro Augusto Salazar, en los que el gasto estatal se ha disparado por las últimas catástrofes medioambientales, asegurar el superávit en otros gastos del estado es fundamental. Por eso, creemos que es una buena noticia que asegura nuestra relación con el Banco Europeo y asegura el flujo de crédito desde Pekín."  
         No todos son tan optimistas al respecto. El jefe de la oposición conservadora dijo que era una cortina de humo sobre otros temas más serios. El gasto público que se hace hoy en día sobre las pensiones es infinitamente menor que hace varias décadas y la parte del león se la llevan otros asuntos. Más bien, comentó para nuestro periódico digital, habría que hablar de la reconversión del sector turístico después del daño que han sufrido nuestras playas en la última década y la escasez de agua en algunas partes del país. "Pero eso no le interesa al gobierno, como siempre". Por último, el jefe de las Nuevas Izquierdas habló de "frivolidad escandalosa" la declaración del gobierno y recuerda la verdadera realidad. Tan solo el 25% de la población jubilada se beneficia del sistema de pensiones públicas. De todos los trabajadores, apenas un 17% puede constatar haber trabajado más de 38 años cuando ha llegado a los 67 años. O empezaron demasiado tarde o terminaron demasiado pronto: ese fue el destino de la generación perdida del 2010. Si además le añadimos que la gran mayoría de esos trabajadores fijos optaron por sistemas de pensiones privados (incluidos buena parte del pequeño funcionariado que aún es vitalicio), nos daremos cuenta que las pensiones que se pagan son irrisorias y la media no está muy por encima de las pensiones mínimas. "Una tercera parte de nuestra población jubilada está condenada a la caridad", sentenció el líder de la oposición de izquierdas. 

BYE BYE MR. MUBARAK

          El día de ayer me topé con la BBC en la televisión y estuve enganchado al sonido del televisor durante varias horas (enganchado a la imagen es imposible con un niño pequeño). Lo que me mantenía pegado era la expectación, verdaderamente televisiva, de la alocución que el presidente de Egipto Mubarak iba a pronunciar ante el pueblo egipcio sobre sus intenciones futuras. Las declaraciones fueron de lo más decepcionantes: después de anunciar la promesa de no renovar tras las elecciones de septiembre y de transferir algunos poderes a su vicepresidente, mantuvo un discurso patriótico y nacionalista en la que no dejaba de anunciar la importancia de mantener la estabilidad del pais. No era demasiado nuevo en un dirigente que se había enquistado en el discurso del orden para justificar su permanencia en el poder, y había dejado correr el tiempo para intentar el desgaste de una oposición callejera que quizás preveía más débil y menos organizada de lo que ha sido.
        Pero la frustrante declaración fue un espejismo, y cuando precisamente abandoné las noticias de Egipto, me encuentro con que el vicepresidente recién asignado anunció hoy la renuncia del último faraón. Mubarak steps down, it´s the most beautiful day of my life!, anuncia un opositor de los últimos 18 días en macarrónico inglés. No es para menos. El futuro está definitivamente abierto para Egipto. Muy posiblemente mañana mismo se iniciará la ruptura del consenso, se pondrá sobre la mesa la tutela del ejército en el proceso de transición, se probará el poder modernizante de la juventud egipcia frente a los escarceos fundamentalistas y multitud de cosas más que un distante europeo no puede percibir desde una pantalla de ordenador. Pero hoy es sin duda, un día de celebración para ese país. Quién sabe si este acontecimiento histórico tiene una trascendencia similar a lo que fue la caída del muro de Berlín para los europeos en 1989: el tiempo, una vez más, nos resolverá las dudas que ahora empiezan a disiparse.  

- Why don't you help me after all the things I've done for America?
- At the end democracy always wins, my friend.
- Oh, fuck off.

sábado, 5 de febrero de 2011

LA REVOLUCIÓN DE LOS JAZMINES (III): LA REVUELTA ESTÁ EN FACEBOOK

         Cuando Manuel Castells en los años noventa consideraba que la revuelta zapatista de 1994 había sido el primer acontecimiento político aupado por la red, y en la que el subcomandante Marcos fue celebrado como uno de los primeros líderes virtuales, pocos podían augurar que Internet pudiera aunar y formar conciencias políticas de la manera  que aceleradamente se están dando en los últimos años. Durante un tiempo, la red se consideró un espacio que fomentaba un atomismo social y la creación de una virtualidad que conducía a la inexorable retirada que el individuo postmoderno  hacía del espacio público. Todo esto se ha desvanecido en la última década, en los que los móviles y ordenadores, emails y mensajes han sustituido las octavillas y en los que las redes sociales y páginas web han alterado los tradicionales panfletos, al menos en las generaciones más jóvenes. Las manifestaciones de Irán del año pasado solo se reconocieron por twitter y por los vídeos grabados desde móviles que luego se colgaban en la red. Ahora, el inicio de las manifestaciones en Egipto se hicieron gracias a las redes sociales de grupos como el 6 de abril. En el ámbito de las democracias, ningún partido hoy en día puede permitirse descuidar el márketing  en la red.
        Indudablemente, el poder congregador de las nuevas tecnologías es un factor positivo para una sociedad civil que tiende continuamente a estar amenazada por multitud de fuerzas e intereses hostiles hacia ella. Sin embargo, me deja abierta las dudas que planteaban desde hace años los periodistas de la prensa escrita, como las que continuamente agitaba Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique. El vistazo rápido, el vértigo en la información, la incapacidad de reflexionar sosegadamente sobre cualquier asunto, hace que estas movilizaciones internaúticas pierdan rápidamente el rumbo. Al éxito inicial de la llamada siguen después las dudas sobre qué hacer, qué programa seguir, qué opciones ideológicas hay de fondo.  Indudablemente esto ocurre en cualquier proceso de cambio político, y después del lema de la pancarta que une a todos se esconde la letra pequeña que nos divide igualmente. Pero podría ocurrir en ocasiones que ni siquiera la importantísima letra pequeña exista, o que no se haya reflexionado sobre ella. Es la línea divisoria entre las ideas impresas y las palabras en la pantalla de un ordenador. Con demasiada frecuencia no leemos más que unas pocas líneas de una entrada en una página, y eso no facilita las cosas.  

Nuestros ordenadores "tuneados" de 2007.

sábado, 29 de enero de 2011

LA REVOLUCIÓN DE LOS JAZMINES (II): EL MIEDO DE OCCIDENTE A LA DEMOCRACIA

            No ha constituido ninguna sorpresa destacable la tibia declaración de Obama y Clinton en relación con lo que está sucediendo en el mundo árabe. La demanda de una mayor concesión de libertades a los pueblos árabes solo se pueden encauzar por la vía pacífica y la moderación. Y es que los intereses geopolíticos y la estabilidad internacional priman muy por encima de las demandas democráticas de poblaciones cansadas de regímenes oligocráticos y corruptos.
             El deterioro de estos regímenes, azotados cada vez más por complejas crisis internacionales a las que no pueden responder con sus medios tradicionales, dejan un vacío de poder que hacen temblar las complejas redes de alianzas internacionales entre occidente y el mundo árabe para mantener a raya el problema del terrorismo islámico. Y es que, como casi siempre ha ocurrido, nuestras mentes conservadoras y bienpensantes consideran siempre mejor un poder fuerte que una promesa de democracia que puede transformarse rápidamente en la caída en la anarquía. Es siempre mejor un Hobbes realista que un Rousseau prometedor. Esa fue la posición oficial de EEUU ante los regímenes de Franco, Salazar, Pinochet, Videla y otras tantas dictaduras durante la Guerra Fría, y venía a ser el status quo vigente con las actuales autocracias árabes. Una actitud hipócrita y esquizofrénica si se quiere, pero que está alimentada por la propia historia reciente. Las experiencias fallidas de modernización democrática en el mundo árabe, desde la revolución de Irán (que condujo a un régimen fundamentalista) hasta las experiencias de Argelia en los años noventa (el auge del FIS motivó una renovada represión del régimen militar), motivan una gran desconfianza hacia estos levantamientos populares que pueden tener el riesgo de una mayor islamización de estos países, como respuesta a su incapacidad para ingresar en el marco occidental de forma rápida y exitosa. Bani-Sadr, primer presidente de Irán después de la revolución que derrocó al Sha de Persia en 1979 y exiliado del país cuando el clero islámico se hizo con el poder, subraya estos peligros en un artículo publicado hoy en el Herald Tribune. El derrocamiento de un dictador no implica necesariamente el inicio de una vía democrática. La sustitución de las élites debe ser total, al mismo tiempo que es necesaria una amnistía tanto hacia los viejos opositores como hacia el gobierno recién derrocado. Ignoramos si estas recetas pueden ser efectivas, más de treinta años después.
             La pregunta eterna para los analistas políticos es si podemos convertir el presente como un remanso siempre claro y tranquilo de aguas que parecen bien apresadas, o si debemos tener una aguda intuición para reconocer cuando la presa se rompe y la corriente nos puede empujar a la deriva. Esto fue lo que las élites y las masas de las “transiciones latinas” aprendieron a hacer en los setenta y ochenta y lo que ahora se demanda para los países del Magreb y Oriente Medio.


 Manifestaciones en El Cairo.

miércoles, 26 de enero de 2011

LA REVOLUCIÓN DE LOS JAZMINES: ¿HACIA UNA CUARTA OLA?

        Quizás resulte demasiado optimista la pregunta, pero me permito recoger aquí la famosa expresión de Huntington como muestra de lo que está ocurriendo en algunos países del Magreb. Si esto puede ser el inicio de una nueva fase de democratización en una región del planeta que se creía completamente inerte y estéril a este tipo de cultura política, es algo que todavía no puede verse en el futuro más cercano. Y sin embargo, parece coger con la misma sorpresa que cuando presenciamos hace dos décadas con la caída del comunismo. Entonces parecía impensable la derrota política de lo que todavía se consideraba un coloso político y militar. Hoy en día, la misma incredulidad escepticismo aparece en Europa occidental, sumida además en sus propios problemas internos. Nuestros prejuicios han tendido a ver el Magreb de la misma forma que al comunismo de antaño, como una cultura monolítica y sin fisuras. Ahora, a más de un europeo bienpensante y prejuicioso le habrá parecido extraño ver las imágenes llegadas de Túnez en las que algunas mujeres, vestidas a la europea y con estudios, criticaban abiertamente al gobierno y eran partícipes de las manifestaciones contra el régimen de Ben Ali. ¿Cómo es posible que ocurra esto en países donde creíamos que las mujeres estaban encerradas a cal y canto bajo velos, burkas y demás mitos islámicos?
       En resumen, la complejidad cultural de las comunidades humanas siempre está por delante de nuestras propias y parciales medidas de la realidad y de la proporcionada por los medios de comunicación. Estos medios, obsesionados con el terrorismo y la inmigración desde hace más de una década, han vendido con gran eficacia una imagen sesgada y parcial de culturas que para nosotros acaban en las noticias de sucesos de pateras, malos tratos a la mujer y racismo. No sabemos qué deparará el futuro para estos países, porque suponer que tienen que seguir la estela occidental no es más que otro etnocentrismo típicamente europeo. Lo que sí está claro es que ese futuro está en movimiento por primera vez en muchos años.

Primera imagen de google que aparece con la entrada "revolución de los jazmines".
Martin Luther King sirviendo de inspiración a la humilde pancarta tunecina.

viernes, 14 de enero de 2011

JUSTICIA ESCÉPTICA

     No pude evitar preguntar al señor Tiburcio sobre su parecer en relación con las hojas que le pasé sobre Hannah Arendt y el juicio de Eichmann. No hizo falta preguntarle nada: en cuanto entré en su despacho, recibiendome con su habitual parsimonia, él entró directamente en el asunto.
      - Eso que ha escrito usted para la revista es de gran interés. Yo creo que incide en un tema interesante, en la completa desviación de toda la historia de la ética occidental.
      - Le he preguntado por mi artículo, no por sus pensamientos.
      - Perdón, perdón. El artículo es interesante, pero incompleto. Le ruego que me deje completarlo al menos verbalmente, es una necesidad intelectual con la que me he levantado hoy y que me atormenta si no la suelto.
      - Está bien, adelante.
      - Pues sí, los desarrollos de la filosofía y del derecho han convertido al hombre más en juez soberano y se han olvidado de la compasión. Esto es lo que nos recuerda Arendt en su obra. Para los judíos histéricos, marcados por la venganza, será tabú. Para mí, es quizás un legado sin igual a la ética occidental.
      - Hasta ahí estamos de acuerdo.
      - Y de dónde viene esta desviación?
      - Por Zeus, que está usted a punto de decirmelo. 
      - Efectivamente, efectivamente. Se ha tergiversado desde los tiempos de Sócrates y Jesucristo. Pues sí: Sócrates dijo que el conocimiento conlleva necesariamente el bien. Y Jesús fue más claro todavía. "la verdad os hará libres". Y Kant, que es un mero continuador de esta tradición, concede la autonomía a aquellos que hace un buen uso de la capacidad del entendimiento. 
       - Eso no es nuevo: conocimiento y libertad son dos requisitos indispensables para decir si una acción es ética o no... no puede prescindir de ellos sin modificar la misma disciplina. No veo dónde está el problema.   
       - Pero los hemos malinterpretado. Hemos pensado que el conocimiento en cuanto que nos hace responsables, nos permite actuar también de jueces al igual que de acusados. Pero el conocimiento moral, en realidad, no suele ser únicamente en esa dirección. En la medida que sabemos más cosas de nosotros mismos, nos damos cuenta de nuestra complejidad intrínseca.Y si nosotros mismos somos seres complejos, el prójimo lo es mucho más. Es casi un desconocido en sus motivaciones y comportamientos.
        - Si no me equivoco, está usted negando la posibilidad de una intersubjetividad, de una comunicación mínimamente fluida entre los individuos. Muy típico de sus argumentos escépticos. Como consecuencia de esto...
       - No piense que aquí el escepticismo no tiene nada que decir. Deberíamos ser más exigentes con nosotros, y al mismo tiempo, más compasivos con los demás. Es decir, nos debería impulsar a ser jueces duros de nosotros mismos y abogados de los demás. Esto lo tenía muy claro Jesús: "el que esté libre de pecado..." etcétera. Pero esto se olvidó rápidamente por la iglesia.      
       - Pero esto en principio es contradictorio. Si somos perfeccionistas con nosotros mismos, si somos modelos de virtud, nos podremos creer en la responsabilidad de juzgar a los demás. 
      - Y ahí está el problema! Nos creemos superiores a los demás, nos hacemos dioses y señores, y los demás, súbditos y esclavos! Pecamos de orgullo y soberbia. Hay gente que odia a los nazis. Yo no. Yo odio a los aliados:  rusos, americanos e ingleses por igual. Porque cuando pudieron dar una lección de moralidad ejemplar a los ojos del mundo entero, cuando pudieron reconocer sus propios errores y aberraciones, decidieron mezclarse con los asesinos y mancharse con su sangre de los juicios de Nuremberg. La sangre derramada por los verdugos es la peor y más gratuita de todas: siempre pudo ser evitable. Qué asco. Y sigue coleando hasta nuestros días, desde la muerte de un dictador como Sadam Hussein a cada pena de muerte que se aplica en países "civilizados", pasando por la del asesino de Arizona.  
      - Dicho de otra forma, el escaso conocimiento moral que tenemos sobre los demás nos empuja  a reconocer humildemente que nunca podremos conocer las razones e influencias que pudieron impulsar a un hombre a seguir una senda equivocada, incluso cuando hablamos de los infames nazis. Y este impedimento es lo que no nos permite juzgar a los demás.
       - Sí, esa es la moral humana de mi escepticismo.
       - Bien, pues permítame ahora presentar algunas objeciones a su interpretación. En primer lugar, es poco realista. Si aceptamos eso, sencillamente el derecho debería dejar de existir, y no podemos vivir sin él. Es un mal menor comparado con la anarquía que propone usted. Su visión se mantiene justamente en su reducida escala individual, en su opinión y sus juicios.
       -Acepto la crítica gustosamente, aunque le pongo a su vez una objeción.
      - Me la puedo imaginar.
      - Que no podamos juzgar poniendo la vida del posible culpable como precio a pagar por sus crímenes. Mi moral escéptica, como usted ha visto, está en contra de la pena de muerte. Es el único límite infranqueable.
      - Permítame proseguir con las objeciones. Usted está en contra de los aliados y de los juicios hechos por los judíos. Y por qué no ser clemente con los propios judíos? Por qué no ponerse en su piel? La incapacidad de juzgar implica no hacerlo con ninguna de las partes, ya sean víctimas, abogados, fiscales o jueces. En el fondo usted siente siempre compasión por el acusado, y nunca entiende las razones del juez.
       - No, yo no deseo clemencia por los acusados, lo que exijo es distancia en los jueces. Quizás porque las víctimas que se convierten en jueces se transforman en monstruos vengativos sedientos de sangre. Nunca he querido imaginarme a una víctima de terrorismo, venga de donde venga, haciendo las leyes en este país. Empezaría una espiral violenta que no acabaría nunca. No me da la razón en este punto?
       - He de confesar que sí.
       - Bien, bien, acabará siendo usted un gran escéptico como yo.
       - Y usted dejará de serlo si sigue conmigo.
       - Puras leyes de la dialéctica, amigo mío. En una conversación los acercamientos son inevitables.
      

lunes, 27 de diciembre de 2010

PERO, ¿ES KANT UN FASCISTA?

       Sí, ya sé que dicho así resulta una afirmación estúpida y anacrónica, pero parece ponerse de moda en la boca de algunos filósofos, especialmente desde que Michel Onfray retomó el caso Eichmann, siguiendo la estela de Hannah Arendt. En una época "reflexiva", en la que hasta lo más profundo de nuestra cultura puede deconstruirse y volverse a rehacer del revés, que alguien acuse a Kant de protofascista era algo que ya estabamos esperando. Pobre hombre: encima de pesado, aburrido y monótono, ahora nos sale fascista. Está claro que en el mundo de la filosofía no somos nadie y que se haga lo que se haga, cualquier académico del futuro podrá tumbar el mejor de tus propósitos.

       El juicio a Eichmann 
       Eichmann fue un alto cargo nazi vinculado a la "solución final" y que tenía responsabilidades elevadas en torno al genocidio judío de los últimos años del régimen. En fuga tras la guerra, fue capturado por los servicios secretos del Mossad en Argentina quince años después. Secuestrado y llevado de forma dudosamente legal hasta Israel, fue sometido a juicio y posteriormente ejecutado en 1962.
       El juicio fue un acontecimiento mediático de primer orden para aquella época, y tuvo episodios verdaderamente peculiares. Para irritación de los filósofos declaró en su juicio que tan solo se había guiado siguiendo el imperativo categórico kantiano cuando asumía órdenes en relación con el genocidio judío. Pero además este juicio contaba con la presencia de una pensadora de primera fila, Hannah Arendt, cuyas declaraciones ofendieron aún más al sionismo de la época.
     Arendt quiso demostrar que ni este nazi entendía lo que significa la ética kantiana, ni que tan siquiera fuera completamente culpable de los crímenes que se le acusaban. Si los jueces judíos ponían a Eichmann como un ser diábolico, Arendt lo reducía a la imagen de un hombre mediocre, perteneciente a una masa arrastrada por el nacionalsocialismo en los años treinta para intentar ascender socialmente, pero que no tenían nada que ver con la ideología nazi ni el antisemitismo. 
     Estas reflexiones condujeron a Hanna Arendt a lo que denominó "la banalidad del mal": independientemente de la maldad o bondad de nuestras acciones, los hombres estamos sometidos a las fluctuaciones de las masas y a las necesidades de un estado burocratizado presumiblemente racional que exige respeto. Esta visión debilitada del ser humano fue objeto en la misma época de experimentos  psicológicos que reforzaban la tesis de la tendencia intrínseca en los individuos a la obediencia hacia las autoridades establecidas, como los estudios de Millgram.     
       
         El juicio a Kant.
Hannah Arendt
        Podríamos pensar que Eichmann citó a Kant de la misma forma que podía haber dicho a cualquier otro, en un intento por justificarse a sí mismo. O podríamos pensar que en realidad estaba hablando de manera sincera. De una manera o de otra, coloca a Kant en el embarazoso papel de justificador del régimen nazi. Arendt durante el juicio dejó constancia de la mala interpretación de Kant que había hecho el dirigente nazi: la obediencia al orden legal no siempre está en conveniencia con el imperativo categórico, un mandato de carácter universal que está por encima de la ley positiva.
       Eso parece que hace Onfray en uno de sus últimos libros. Como obra de ficción es legítimo y siempre interesante. Como la historia de la filosofía desde el siglo pasado no es más que un tribunal desde el que nosotros, pensadores mediocres, acusamos a algún filósofo sospechoso de algo, aceptemos en parte esta pregunta dándole la vuelta: Pero, Kant fue realmente un ilustrado liberal?

        Primera acusación: la pretensión universal.
       Si hablamos de su imperativo categórico nos encontramos con el primer gran escollo: universalizar nuestras acciones supone considerar a nuestro prójimo como nosotros mismos: tratarlos como fines en sí mismos y no como medios (esta es la formulación que más me gusta del imperativo categórico por su sencillez).
        Habitualmente la identidad entre un prójimo cualquiera y nuestro yo no parece revestir ningún problema siempre que lo velemos bajo la sombra de la racionalidad humana. Pero suponemos que esa antropología pura y formal puede ser asumida sin problema alguno por cualquier individuo de nuestra especie. Que nuestro filósofo alemán hace aquí gala de un etnocentrismo puro y duro y de unos discutidos presupuestos antropológicos es algo sabido y asumido incluso por sus seguidores más cercanos a nuestros días como John Rawls. O si queremos el debate en términos religiosos: cuando Jesús dice a sus discípulos que tienen que amar al prójimo, es normal que alguien pregunte: "y quién es mi prójimo", a lo que Jesús da una respuesta universalista que mucho después seguirá Kant. Lógicamente, muchos judíos no pudieron seguir esa práctica: el prójimo era alguien perteneciente a su propio pueblo. Incluso los logros de San Pablo por universalizar la ley de oro de la moral acabaron estrellándose con el paso del tiempo con un estado cristiano que entendía a los judíos y a los paganos como no humanos.

        Segunda acusación: una moral universal necesita encarnarse en un estado.

Heer Kant.
        Volviendo a los tiempos de Kant, Hegel entendió este problema perfectamente y se dio cuenta que esta moralidad universal se tenía que encarnar en lo concreto si quería plasmarse en algún resultado histórico: el estado, entendido como consumación de la comunidad moral humana, como máximo elemento de la eticidad. Si la ética kantiana puede ser acusada de algo, es que sirvió de inspiración a la política de Hegel. Pero tampoco se puede acusar a Hegel  de ser un fascista. En Hegel está el origen real de todo estado moderno: ya sea revolucionario, fascista o liberal.
       Las tesis anarquistas que respondieron al pensamiento hegeliano estaban en lo cierto: el estado moderno por definición implica unos recortes en la libertad humana brutales, en cuanto que autoritariamente confiere a nuestra biología innata una lengua y una cultura determinada de valores nacionales, religiosos, culturales, económicos, filosóficos etc... Pero lejos de una rebelión individual, nosotros asumimos esa carga, la hacemos natural a nuestra realidad cotidiana, mostramos conformidad y le correspondemos con obediencia. La razón antropológica es sencilla y clara desde la filosofía griega: el hombre solo puede sobrevivir en sociedad, y fuera de la polis o el estado no existe civilización.  
         
         Tercera acusación: la desobediencia civil. 
        Hasta aquí parecería que es Hegel y no Kant el que podría tener alguna responsabilidad en el juicio de Eichmann. Sin embargo, podría pensarse que Kant implícitamente intuía al estado como garante de algún orden moral deseable, aunque no fuera perfecto del todo, y que había que respetar a toda costa. Esto es lo que podemos suponer de su obrita "Qué es la Ilustración". En ella, al defender el programa ilustrado, parece que Kant está defendiendo la cuadratura del círculo.
       El imperativo categórico y su consumación concreta en una defensa de la libertad, tal y como aparece en otras obras suyas, se puede convertir en la vida práctica en un respeto a la legalidad instituida. En el instante en que Kant hace la separación entre uso privado y público de la razón, caemos en la trampa: Kant defiende una libertad de pensamiento y de crítica siempre que se mantengan en el ámbito de la legalidad establecida. Sin embargo, el derecho de rebelión queda suprimido en nombre del rechazo a la anarquía y la destrucción de la sociedad. Queda aquí patente una herencia hobbesiana de pánico absoluto al desorden y a la ausencia del estado como el peor de los mundos morales posibles.
      Pensemos que el argumento no es del todo inválido. El que yo considere que la tasa de fiscalidad sobre mi salario sea muy alta o muy baja, no me justifica para negarme a pagar los impuestos. Si esa acción se universalizara, tal y como demanda el imperativo categórico, tendríamos como resultado una sociedad de defraudadores al fisco y el consiguiente colapso del estado. La separación entre el uso público y el uso privado es perfectamente asumible si nos encontraramos en una "sociedad bien ordenada", tal y como Rawls pedía para su propia teoría de la justicia. Esta sociedad bien ordenada la podemos hallar en el marco de sociedades democráticas más o menos desarrolladas, pero ni son perfectas, ni eternas, ni están extendidas a todos los confines geográficos de la humanidad.
        Kant pecó en este punto de ingenuidad al considerar al estado impregnado de la misma racionalidad que la de su élite ilustrada, y confía en que la vía de la reforma sea la forma histórica más adecuada en el progreso humano. Pero suponer que una monarquía absoluta representa una "sociedad bien ordenada" y que pueda ser el instrumento adecuado de dicho progreso es algo que la propia dinámica de la historia echará por tierra de forma casi instantánea a la publicación del librito de Kant.
     Llegados a este punto, queda un incómodo pensamiento oscuro que no podemos obviar. Podríamos ser mal pensados y creer que Kant no hablaba desde la ingenuidad, sino desde el miedo. Siempre nos puede quedar la duda de que el alemán defendió la obediencia al estado porque temía desobedecer él mismo a dicho estado y que la censura no le permitiera publicar su obra. Con esto, Kant caería en el humilde estrato en el que nos encontramos todos nosotros, pobres individuos sometidos a la presión del poder.

         Veredicto final...
       Podríamos suponer que todo defensor de un estado establecido es un fascista. Esto es lo que podría pensar un anarquista de Kant o del socialismo. Y suele decirse que detrás del estado fascista están los exterminios de los judíos. Pero no se suele comentar tanto que detrás de un estado liberal están las masacres de la Vendeé y la guillotina,  el colonialismo europeo o el exterminio de pueblos indígenas en Estados Unidos y América Latina. El estado liberal, como cualquier otro estado ha usado y usa mecanismos de represión sobre los individuos. Esto no es ninguna novedad, pero suele olvidarse. De la misma forma que suele olvidarse que fue el estado, al menos en las sociedades occidentales, el que acudió en defensa del individuo con la crisis del 29 y el que todavía hoy de una forma o de otra lo protege de una coyuntura tan adversa como la que estamos atravesando. En conclusión, no se trata de ir sistemáticamente en contra de cualquier organización social en nombre de la libertad del individuo: eso solo lo defiende un anarquista ingenuo por convicción o un neoliberal cínico por interés. Consiste en elegir aquella forma de asociación humana que permita  el desarrollo de los individuos, con todos los derechos y obligaciones que conlleva vivir en sociedad.  

domingo, 19 de diciembre de 2010

sábado, 18 de diciembre de 2010

WIKILEAKS Y LOS LÚGANOS: EN TORNO A LA HIPOCRESÍA

Uno de los lúganos que andaban por allí y que infructuosamente
trataba de fotografiar.
       Hoy hacía frío, mucho frío. Me temblaban las manos sujetando la cámara para poder fotografiar a los lúganos, esos fantásticos invitados verdosos del invierno. Pero sabía que todos mis esfuerzos eran además una empresa inútil: en cuanto estaba a punto de conseguir una imagen aceptable, el señor Tiburcio aparecía entre una nube de humo en el objetivo y ahuyentando a los pajarillos.
        - En lugar de espantar mis pájaros, bien podría quedarse usted quieto.
        - Lo siento, el pensar me provoca movimientos indeseados.
        - Sí, ya lo he notado. Usted solo fuma cuando piensa.
        - Fumo luego existo, dijo con una sonrisa.
        - ¿Y en qué pensaba usted esta vez?
        - Estaba fumando en wikileaks.
        - Los datos de Wikileaks testimonian solo una cosa: la hipocresía reinante, chascarrillos de embajadas e intereses ocultos – decía yo con total indiferencia, con la vista puesta en los pájaros.
       - Ahí quería llegar yo, ahí quería llegar: hipocresía. Sin ánimo de ser políticamente incorrecto, tengo que decir que la hipocresía es uno de los grandes descubrimientos del hombre. Hasta el punto que creo que detrás de cada gran hombre ha existido un gran hipócrita. Lo único que pasa es que desde los tiempos de Jesucristo y Sócrates se volvió palabra tabú y ha tenido que cambiar de nombre.
        - Está visto que hoy no me deja de tocar los lúganos. Bien, y cómo lo llama usted hoy, dije con resignación. 
       - Yo, de ninguna manera. Pero hoy en día, los psicólogos lo llaman tener “habilidades sociales”, y la creo totalmente necesaria para vivir civilizadamente. ¿Qué habría sido desde hace tiempo del ser humano si no tuviéramos la habilidad para mentir y callar la boca, en lugar de soltar continuamente verdades hirientes y muchas veces imposibles de asumir? Sencillamente, que estaríamos en una guerra permanente. Hay relaciones humanas donde la hipocresía no es un vicio, sino una virtud y un deber. Y la diplomacia es uno de esos niveles. Es pura hipocresía, llevada hasta el nivel del absurdo, mantenida en nombre de intereses a veces elevados y otras dramáticamente oscuros. El diplomático es el único hombre en el mundo que puede alardear de la falsedad como una virtud.
         - Hasta el punto que la hipocresía que es capaz de resolver conflictos recibe el nombre de buena diplomacia, contesté. ¿Y el político?
         - Bueno... Una cosa es mostrar una falsa sonrisa a un desconocido y otra muy diferente a alguien de casa o de tu vecindad. Una cosa es halagar a un extranjero, y otra cosa es engañar a tu pueblo, sobre todo si vives bajo una democracia que pide glanost. Qué término ruso tan encantador, verdad...
        - Ahora bien, usted estará de acuerdo con que la hipocresía es algo que siempre puede ser denunciable. Perseguir un hombre que denuncia la mentira es intolerable.
       - Naturalmente, naturalmente. El que persigue al denunciante ha hecho una hipocresía tan grande que se la ha terminado creyendo. Pero no crea que pienso mejor del denunciante: o es a su vez el más grande de los hipócritas o un gran ignorante de la sociedad humana.
       - Bien, el que no quiere hablar hoy soy yo. Déjeme fotografiar los lúganos en paz. Sabía usted que estos diminutos pájaros vienen del norte de Europa cada año? Resulta impresionante que uno de estos pequeños puedan recorrer miles de kilómetros...
       - No, no lo sabía, pronunció entre dientes aplastando el cigarro con los labios. Interesante, interesante...

miércoles, 8 de diciembre de 2010

STEPHEN HAWKING: HACIA UNA "CIENCIA DÉBIL"

Congreso de filósofos postaristotélicos. Habrá que añadir al
grupo a todos los físicos teóricos? (Oceanario de Lisboa).
     Pensaba yo encontrar en los últimos escritos de Hawking una manida polémica sobre Dios y me he equivocado. En su lugar me encuentro con una valiente declaración filosófica de principios herética y demoledora con nuestra visión tradicional de la ciencia. Como no podía ser de otra forma, Hawking lo hace criticando a la vieja filosofía, a la que considera digna de ocupar un ataud entre el saber humano, y poner en su lugar las innovaciones de la física teórica. Recogiendo las ideas de su último libro, en la revista Investigación y Ciencia de este mes aparece una síntesis de lo que Stephen Hawking denomina de forma eufemística "realismo dependiente del modelo". La posición científica es la siguiente: tenemos que olvidarnos de encontrar una teoría unificadora de la realidad física. La teoría de cuerdas no es única ni singular, sino que tiene cinco formulaciones distintas: todas apuntan hacia la descripción de un mismo objeto, pero en condiciones o "interpretaciones" diferentes.
      Hawking plantea la posibilidad de que la posición epistemológica del realismo científico del siglo XX sea en el fondo una vana ilusión de los hombres que buscan un orden absoluto. Con mucha tranquilidad, el físico defiende que el punto de vista del observador también influye en el conocimiento de la verdad, así como lo que se quiere observar. basada en la idea de que "nuestros cerebros interpretan los datos de los órganos sensoriales elaborando un modelo del mundo". La metáfora que plantea para defender su postura no es nada nueva: equipara las teorías de la física con los diferentes mapas que hacemos de tierra, a distintas escalas e intereses. La tierra está ahí, pero nuestra perspectiva cambia. Uno tiene dudas de si esto no significa un regreso a un idealismo matizado (si cambiásemos la palabra "cerebro" por "conciencia"), o un instrumentalismo pragmatista, del que naturalmente nadie quiere oír hablar, al menos por parte de los científicos.  Naturalmente las bases para una presunta objetividad científica saltan, al menos teóricamente, por los aires: ahora una base matemática (o podríamos decir lógica) fiable valdría para aseverar cualquier tipo de cosa. Y de la misma forma que los cinco modelos explicativos de la teoría de cuerdas son igual de válidos, tampoco Copérnico tendría más razón que Ptolomeo a la hora de explicar el universo: tan solo propuso una teoría matemática más sencilla y por lo tanto más aceptable, siguiendo los principios de economía del pensamiento.
        Aseverar todo esto, y pensar que aquí no ha pasado nada, supone no afrontar el gran cambio filosófico que nos propone Hawking, aunque para él, nuevamente, la filosofía no tenga nada que decir. Por de pronto, lo que denominábamos el "pensamiento débil" que se había instalado en la filosofía desde los setenta, y que negaba la imposiblidad de asentar una base ontológica fiable, estática y libre de la contingencia a nuestros juicios filosóficos, se podría trasladar a una ciencia que ve imposible el sueño de encontrar una teoría unificadora para la física. La ciencia se ha hecho también un poco más "débil", sin que suponga esto desprecio alguno hacia ella.

domingo, 5 de diciembre de 2010

LOS CONTROLADORES Y EL ESPÍRITU DEL LIBERALISMO

   Hoy la mesa del señor Tiburcio está llena de periódicos del día repasando las noticias de la huelga. Mi amigo  estaba tan centrado en la lectura de las editoriales, que ni se percató de que había entrado en su despacho.
   - Querido amigo, empiezo a sentir que usted rechaza las tesis escépticas. No se puede defender más la ataraxia ante hechos como los que vivimos, y una prueba de ella es su propia preocupación ante un problema como la desfachatez de los controladores aéreos. Por qué un escéptico, en sus últimos años de vida, va a preocuparse por cuestiones sociales tan alejadas de su pequeño mundo?
   - No, más bien leo estas noticias como constatación práctica de lo que ya pensaba. 
   - Si pudiera conocer a lo que ha llegado...
   - He llegado a que el mayor problema del liberalismo como ideología es que el bien común se escribe en letras privadas.
    Yo me siento del otro lado de la mesa y me sirvo un mate, que viene a querer decir: "extienda más por favor su contestación". Mi viejo amigo lo capta al instante, se inclina hacia atrás y se echa la mano a la barbilla, tapando sus labios con el dedo índice. Es su típico gesto anterior al acto de expresar sus ideas. 
    - Quiero decir con esto que en cuanto que el bien común se plasma en una carta de derechos individuales, las personas que creen vulnerados esos derechos se sienten con la legitimidad ética de ir contra los derechos de todos los demás.  
     - Es decir, que el bien común, el interés de la sociedad tomada como conjunto deja de existir. 
    - No es que deje de existir: es que no ha existido nunca, según los liberales más honrados. Ese tipo de cosas ocurren como meras casualidades históricas, en el que todo el mundo arrima el hombro ante una coyuntura difícil porque no le queda otra. Eso es lo que sugiere la lectura de Hobbes y Locke. Pero en realidad, eso no puede durar. Cuando olvidamos la experiencia de los años difíciles, inexorablemente el interés privado acaba destruyendo el interés más colectivo. 
     - Ojalá esta crisis valga para retomar el bien común.
     - O al contrario. Esta crisis se está resolviendo de manera hobbesiana: un regreso al estado de naturaleza anárquico, al sálvese quién pueda, amparado además por el poder de las leyes del mercado. Por eso, yo creo que el proceso de destrucción todavía se tiene que intensificar más hasta que el péndulo cambie de sentido, y la historia nos conduzca a la reelaboración de un nuevo bien común, un nuevo porvenir, una nueva meta.
     - No le daba a usted por ser seguidor de Heráclito o Hegel.
     - Pues sí, la H de Historia me gusta más que la F. Cada vez más.

viernes, 3 de diciembre de 2010

RECUERDOS POSTMODERNOS (II)

Una abuela lisboeta contempla el trasiego urbano
(noviembre 2010).
Nos preguntábamos en el post anterior si los filósofos postmodernos se pueden sentir identificados con los trilobites o la fauna ediacarense. Y es que el tiempo no parece detenerse ante nadie. Naturalmente nadie va a luchar ya por etiquetas ochenteras, aunque no hayan perdido su significado en nuestros días (más bien lo contrario). Lo que se considera más enojoso de la cuestión es afrontar la dura realidad es que el tiempo petrifica, como bien intuía Nietzsche, cualquier rabiosa destrucción filosófica (y podríamos decir aquí cualquier lucha antisistema, cualquier conflicto humano). La verdad escrita siempre tiene al tiempo de su parte para poner las cosas en su sitio y colocar en el banco de los culpables a los propios acusadores filosóficos. Eso lo sabemos bien los hijos de la postmodernidad, hoy envejecidos, que tuvimos que enfrentarnos a la pregunta incómoda de: "bueno, y ahora qué hacemos".
Las respuestas de nuestras vacas sagradas fueron varias. Muchos optaron por seguir publicando, mareando la perdiz, como los remakes de las películas americanas, los reagrupamientos de viejas glorias musicales y cosas similares, y como ya habían hecho en su vida gente como Foucault. Las obligaciones académicas exigen que siga el entretenimiento todo el tiempo posible. El silencio desde la época de Wittgenstein está desterrado (quizás solo los hijos de aristócratas industriales tienen la solvencia para hacerlo). Y así acabaron Richard Rorty o Jacques Derrida: publicando hasta su muerte apéndices de sus obras magnas. Otros supervivientes optaron por el regreso a la praxis, y ahí nos encontramos a Gianni Vattimo, en el que se van sucediendo las etiquetas de pertenencia a unas y otras creencias, siempre en la estela de la izquierda, durante los años de su militancia política.  El movimiento y la fugacidad, en definitiva, marca las ideas humanas y a uno no le queda otra que adaptarse al porvenir de los tiempos, como hacía el perrito de los estoicos ante el fatum universal. No somos nadie.

RECUERDOS POSTMODERNOS


Es la postmodernidad un fósil ediacariense o
sigue viva entre nosotros?
La respuesta en el próximo post.

En la última visita a la guarida del señor Tibb me encontré sobre la mesa de su escritorio unos cuantos libros de fecha reciente. Uno de ellos se titulaba: Debilitando la filosofía: ensayos en torno a Vattimo, y ahí escribían algunas glorias del movimiento todavía vivas. El título me trajo el recuerdo de muchas lecturas entusiastas de universidad en torno a los postmodernos: sus diatribas contra la disciplina, su lenguaje enrevesado y el oropel de la moda. Tiempo pasado para mí, en definitiva, y también pensaba que sería de la misma forma para el resto del mundo. Equivocación supina, parece ser: la academía universitaria reproduce sus esquemas exitosos ad infinitum, hasta que una moda novedosa acaba convertida en escolástica inamovible.  
 - Y la quieren debilitar más... Yo pensaba que la filosofía llevaba en la tumba más de treinta años.
Mi amigo sonreía con la mirada puesta en sus libros.
- Pues sí, los filósofos postmodernos son como las personas que pregonan a los cuatro vientos  la defunción de su esposa y dan un entierro multitudinario a su vieja compañera, pero después quieren seguir cobrando la pensión de la muerta durante años.
- El negocio es el negocio, contesté.

viernes, 26 de noviembre de 2010

NO HAY CULPAS EN EL CAPITALISMO.


     Escuché atónito hace unos días la descripción que ofrecía el telediario sobre los ataques hacia la deuda española desde los parqués bursátiles del mundo: 
     "Existe un ataque directo e intencionado contra España y su economía?
     "No. Los gestores de fondos de inversión tan solo buscan los mercados con mayores tasas de beneficio y presionan para que dichos beneficios puedan ser más altos. Buscan emisiones de deuda con altas tasas de interés. Los ataques no son intencionados. 
         Conclusión: qué mala suerte tenemos los españoles y qué ajustes más duros tenemos que hacer para satisfacer la confianza de los inversores. Pero podemos también alcanzar otra conclusión: el sistema económico está dejando de funcionar. El ánimo de lucro de unos cuantos no está generando riqueza general, sino el empobrecimiento de todos los demás. Pero parece ser que nadie quiere tomar en serio esto. Demasiados problemas tenemos ya como para querer cambiar el sistema entero, dirán. Un tío inteligente del que no recuerdo su nombre lo expresó a la perfección: "los hombres somos tan poco imaginativos y críticos, que vemos más fácil que un meteorito se estrelle contra la tierra a que el sistema económico llegue a quebrar".  

lunes, 15 de noviembre de 2010

LA SOCIEDAD CIVIL AMORDAZADA

          En más de un lugar he escuchado desaforadas críticas contra la visita del Papa y el correspondiente gasto monetario que ha supuesto. En las mismas clases escuché reacciones distintas: estábamos estudiando de pasada La Ciudad de Dios de San Agustín y el tema salió con prontitud. La Iglesia sigue recibiendo dinero del estado, a pesar de la aconfesionalidad proclamada por la constitución. La iglesia católica es solo una muestra: los sindicatos engordan sus arcas con dinero del estado. La patronal también pone la mano. Los partidos políticos no podían ser menos. Y tras esto, infinidad de asociaciones culturales de distintas especies e ideologías dependen de la sopa boba estatal. Curiosamente, muchos de estos subvencionados son críticos con otros colegas suyos a los que consideran ideológicamente equivocados, inútiles y un gasto superfluo para la sociedad.
         La primera crítica que podríamos hacer a esto es por qué narices los grupos más fuertes dentro de la sociedad civil son las que reciben más subvenciones estatales. En clase respondían a que esta proporción era completamente justa: quien más adeptos tiene, más consigue de la tarta. Pero está claro que son aquellos grupos minoritarios los que están amenazados. Esto lo tienen bastante claro los anglosajones del multiculturalismo. Son las minorías las que en todo caso podrían contar con un apoyo del estado que en el resto de los casos, debería mantenerse neutral o no intervencionista.
        La segunda crítica, y la más importante, es hasta qué punto el estado no destruye la propia lógica de la sociedad civil, independiente, libre y emanadora de razón emancipadora según el bueno de Habermas. Sí, el oneroso gasto que hace el estado se compensa con una sociedad civil atemperada y bien calladita en aquellos asuntos molestos para el gobierno de turno. Hemos contemplado esa dinámica durante bastante tiempo con los sindicatos, y si los críticos tienen razón, la propia iglesia arreció sus ataques contra el estado en cuanto conseguió un buen convenio de financiación. Poderoso caballero es don Dinero, al menos para los asuntos terrenales. También en este caso lo tienen claro los anglosajones: la sociedad civil debe financiarse en su mayor parte desde ella misma, si quiere mantenerse viva. En Estados Unidos hay fuentes de financiación para innumerables proyectos o iniciativas culturales o sociales, desde páginas web alternativas hasta las clásicas fundaciones. Parece que en España, fuera del estado, solo está el desierto.
        Naturalmente, los americanos tienen sus propios problemas (la financiación privada de los partidos políticos es el flanco más débil de su sociedad civil), pero a mí me interesan los nuestros, que bastante graves son. Digo yo.

domingo, 7 de noviembre de 2010

ECUACIÓN DE LA CRISIS:

0 = L

Ahora que la Real Academia anda a la busca y captura de fantasmas lingüísticos y quiere desterrar de nuestro abecedario la "y griega" y convertirla en una patriótica "ye", convendría recordar la importancia de la letra "L" (ele) para nuestro día a día económico, que es el que finalmente importa. Todo economista en tiempos de crisis sueña con la letra "V". Y no porque nos traiga a la memoria el gesto de  Churchill en plena guerra contra los alemanes, sino porque la V viene a significar en economía la vuelta al crecimiento tras las vacas flacas. Pero no parece que nuestro país tenga todavía la suerte de expresar esa letra en sus diarios económicos. El último dato macroeconómico sobre el crecimiento del PIB del último trimestre no deja dudas: cero. Y esto viene a significar que la L desplaza a la V como hipótesis de futuro en nuestra difícil coyuntura. El símil es sencillo: tras una fuerte caída, la economía se estanca durante un tiempo muy prolongado, sin visos de grandes cambios a medio plazo. Es decir, todas las variables macroeconómicas acaban dibujando la letra L en las gráficas económicas.
"Países L" en la última década han sido Japón, Portugal o Italia. Japón, como gran potencia estancada, Portugal e Italia, como vecinos nuestros a los que peligrosamente podemos acompañar en el furgón de cola del crecimiento europeo. Naturalmente, el dato que hace dar escalofríos en este anodino panorama es nuestra tasa de desempleo: más del doble que la de nuestros "países L" más cercanos. Estábamos engañados: la crisis no estalló en el 2008. La auténtica crisis comienza ahora.      

domingo, 31 de octubre de 2010

PROVOCACIÓN Y CRÍTICA

          Volvemos a nuestro blog con los límites de la tolerancia. Esta vez de la boca del sr. Dragó, egocéntrico de profesión, de boca demasiado ancha y que posiblemente ahora ande algo arrepentido de contar por ahí sus fantochadas de Tokyo. Suele ocurrir en el gremio de artistas y literatos situaciones semejantes y si he de reconocer la verdad, no sé por qué todavía este tipo de situaciones siguen generando polémica. Estoy sumamente cansado de escuchar este tipo de declaraciones, que suenan demasiado a argucias provocadoras para llamar la atención del personal y en este caso, vender un libro. Desde Bukowski y la generación beatnik hasta Irvine Welsh y la novela punk (con mucha más clase, por supuesto, y también mucho más inmoral y provocativo), siempre salen a la luz este tipo de vivencias escandalosas para la sociedad bienpensante y políticamente correcta. Y esto seguirá así: basta que la sociedad fije un código moral, por digno y perfecto que sea, que el artista occidental, en nombre de la libertad y la creatividad (y el negocio), se sienta irresistiblemente tentado a romper esos moldes.

          Claro que si este tipo de declaraciones no son nuevas, la reacción altisonante de las voces críticas con este escritor también suenan a fanfarrias del pasado. A más de uno le gustaría actuar de ayatoláh Jomeini y hacer de este escritor un nuevo Salman Rushdie o algo por el estilo. Semejante llamamiento talibán sobra igualmente, aunque el estado tenga el derecho a renunciar a cualquier posible mecenazgo del autor. En cualquier caso, situaciones como esta me convencen una vez más que los dogmas están a ambos lados del espectro ideológico: la tolerancia siempre tiene límites infranqueables para todos los individuos, sea cual sea su ideología. Muchas veces el arte se ha cebado en la tradición religiosa, otras en la ecología. Ahora han tocado la fibra sensible del progresismo (en el fondo es la convención de nuestros días). Estos tienen todo el derecho a berrear en nombre de la dignidad humana, pero ya han caído en la trampa del artista. Poco importa que sean unas pretendidas memorias o una novela: la creación artística no tiene límites morales y  el artista apela ahora a sus criterios personales para justificar su obra. El ofendido pasa a ser censor de la obra y al mismo tiempo su máximo publicista. Contradicciones que tiene la vida.
          Y es que ante estas obras que parecen quebrar nuestro orden moral, la única respuesta es el silencio y no la prohibición o la recriminación a grandes voces. No tenemos por qué leer el libro: nadie nos obliga a hacerlo. Tampoco tenemos por qué seguir dándole más publicidad. No conceder ni una palabra más a lo que pensamos que son meros egocentrismos de dudoso gusto. Y se acabó.

sábado, 30 de octubre de 2010

SOBRE EL SENTIDO COMÚN

Finales de octubre: borrascas, nubes y el ocaso de Platón.
       Las tardes lluviosas son buenas para dedicarlas a filosofar un poco, así que fui hasta la casa del sr. Tiburcio a ver qué se cocía por allí. Encontré a nuestro hombre contemplando por la ventana la lluvia, mate en una mano y pava en la otra, feliz de que las nubes escépticas taparan el asfixiante sol platónico y regaran bien los campos secos. Así que aproveché su buen humor para preguntar a un escéptico como él lo que el vulgo llama el "sentido común", algo con lo que no solemos contar los filósofos de rosca y media como nosotros.         
       Todo esto venía causado por la desazón que me produjo encontrarme con el blog de maese Despotrikator hablando sobre el mismo asunto, en el que cortaba con navaja occamiana lo que era el sentido común frente al escepticismo. Según el insigne bloguero, el escepticismo es una sana metodología para luchar contra el sentido común. Este sentido común viene a ser entendido como el hecho de aceptar la "evidencia de la realidad": algo que nunca puede ser puesta en duda ni cambiada. La gente que presume de sentido común tiende a ser lógicamente muy conservadora en lo que respecta a cuestiones políticas, sociales y económicas. Peor aún: disfrazan su interés particular en nombre de dicho eufemismo. Frente a ello el escepticismo permitiría revolver ese acomodaticio estado de cosas.         
        "Mejor dicho, dije al señor Tiburcio, este escepticismo permite la puesta en duda de la realidad. En el fondo, esto es lo que intentan los profesores de filosofía y asignaturas afines.
        "Y después de ese proceso, qué ocurre? Tras la duda tiene que llegar otra verdad, otra evidencia, que corre el peligro de suplantar el sentido común y convertirse en algo tan fanático como lo que se quiere destronar.
         "No tiene por qué ocurrir eso, contésté con cierto enfado.
         "Peor me lo pones. Si tras la duda no encontramos ninguna seguridad puede cundir el desánimo. Estoy seguro que sus alumnos se lamentan del hecho de que después de dudar no aparece ninguna propuesta alternativa a lo que ven en la realidad. Regresan entonces a lo seguro y abandonan la asignatura: yo no les culpo. Hay que estar bastante endurecido para aceptar el escepticismo en su faceta más pura.
        "Entonces el escepticismo implica en muchas ocasiones volver al sentido común. Aceptar las cosas como vienen dadas.
        "Así es.
        "No veo entonces la ventaja que podemos sacar de formar gente escéptica.
        "Ser tolerantes. Es la única que tiene frente a posibles dictaduras del sentido común.
        "En lo demás, su escepticismo es malsano y hasta cínico, me atreví a decir.
        "Nunca nadie dijo que el escéptico nos conduzca a una revolución, concluyó.
        Y se llevó el mate a la boca, y no quiso hablar más sobre el asunto.