martes, 8 de septiembre de 2020
52
viernes, 4 de septiembre de 2020
51
Cuando el estado no alcanza sus fines ante el público de votantes, existe el riesgo total de sobreactuación. Es decir, la duplicación de regulación irrelevante, solo para confirmar que está haciendo algo, independientemente de su efectividad y de forma desesperada. El resultado suele ser una sobrecarga de legislación; pesadas piedras en el camino vital que recorre diariamente cualquier ciudadano del país. Así, una inesperada cifra ascendente de contagios dispara el miedo en el político. Se enfrenta a la necesidad de inventar medidas cuyo impacto sobre la pandemia puede ser mínimo, pero que cubrirán los titulares informativos del día siguiente. Y así, si no vencemos la pandemia la haremos más surrealista. Y en mitad del absurdo nos preguntaremos: ¿Llegaremos a ver el día en que será obligatorio usar mascarilla a una distancia menor a 2000 metros de la persona más cercana? Es broma, pero no lo es.
lunes, 31 de agosto de 2020
50
Los ejemplos
poco gratificantes de la contaminación moral parten desde muy lejos. Y es que
los textos sagrados, por muy trascendentales e inspirados en la voluntad divina
que queramos verlos, no pueden escapar de la mano contingente del que los
escribe o los cuenta. Un ejemplo especialmente perturbador arranca con los
primeros capítulos del Génesis. Aunque el Génesis tiene algunos mensajes
morales muy gratificantes y que personalmente me entusiasman, como la condena
al homicidio de Caín y el perdón entre
hermanos, que buscan de alguna manera enmendar el crimen de los dos primeros
hermanos, otros no lo son tanto. El Génesis deja la puerta abierta al saqueo
del mundo por parte del hombre. Al colocar al hombre en la cúspide de la
creación, hace que todas las demás criaturas giren en torno a él y estén a su
servicio. Hacen un error de cálculo: ponen el mundo o el universo como una
infinita fuente de recursos, inagotable y al mismo tiempo, ubican al hombre
como punto final de la evolución. Noah Harari sabe cómo hacer daño cuando cita
este ejemplo en su crítica permanente a la religión. Este caso es concretamente
grave, y no vale hablar aquí de la contingencia histórica de la comunidad
judía, ni de parciales enmiendas posteriores que puedan maquillar ese mensaje
depredador. Es un mensaje que en el siglo XXI es inaceptable, y que nos lleva a
buscar fuentes de moralidad más aceptables en algunas religiones orientales. Si aceptamos una alteración tan grande en el mensaje moral básico
de la Biblia, tendremos que aceptar que la moral no justifica ni tiene nada que
ver con la religión.
sábado, 29 de agosto de 2020
49
La desnudez de la religión tiene un alto precio: al final, la religión no tiene nada que ver con la moral (y menos aún con el derecho). La moral es en el fondo, una contaminación humana y de su propia historia. Destruye el sentido más profundo de la religión. Esa fue la desgracia de Mahoma, y en menor medida del cristianismo. Al reconocer la revelación de arcángel Gabriel y plasmarla en el Corán, se petrificó toda la cultura que rodeaba a ese acto. Se volvió intemporal. A diferencia del cristianismo, que consideraba por lo general el mundo material como algo malo o poco importante, el islam divinizó el mundo material y mental que le rodeaba en su fundación y con él todas sus leyes, costumbres y hábitos. El momento histórico se hizo sagrado, de tal manera que romper ese momento y esa coyuntura significaría desde entonces romper con el dios musulmán. Ahora a muchos musulmanes no les queda otro camino que la resistencia, la esquizofrenia o desmontar radicalmente su religión y nuevamente, desnudarla de andamiajes culturales. Tengo la sensación que nunca la lucha interior reclamada en la yihad ha sido tan profunda en el corazón de muchos musulmanes. Al leer el Corán (mala y superficialmente y por supuesto en castellano), tenía la sensación de estar ante el Dios más racional, más equidistante relspecto al hombre y más absoluto de todo el monoteísmo histórico. Es el otro más radical, imposible de mesurar por la mente humana y al que solo podemos someternos. Pero esa pureza se rompe cuando el Corán se convierte en un código de derecho, y nos volvemos prisioneros del Mahoma histórico y de esa divinización del momento. Mahoma y sus descendientes rechazaron convertirse en el hijo de Dios, pero convirtió su mundo y su experiencia vital en un código divino intocable. La esquizofrenia cultural islámica empezaría en cuanto la historia se empezase a acelerar, y así estamos aún hoy, sin saber cómo desactivarla.
viernes, 28 de agosto de 2020
48
El primer mes del verano he estado ocupado en una tarea que me ha dejado mentalmente agotado e incapacitado para continuar mi propio disparate creativo, que es Edén. Pero la posibilidad de escribir unos capítulos didácticos sobre historia de Israel y el cristianismo ejercían para mí un fascinante encantamiento y me zambullí en un flujo de escritura de varias semanas. Estar en flow es maravilloso, pero acaba siendo agotador y por supuesto, no te deja fuerzas para ninguna otra tarea. Y a la larga este tema me ha sepultado en el desconcierto intelectual, y cierta disonancia existencial. Ya sonaban campanas, y era hora de afrontar el reto: optar por una religión revelada es un acto de soberbia absoluta hacia todas las demás culturas humanas. Esto hace el monoteísmo revelado inviable, al no ser que tengamos como axioma la superioridad de nuestra cultura hacia las demás, lo que nos vuelve imperialistas conquistadores o fundamentalistas resistentes (y ninguna opción es buena). Decía el buenazo de Kant que aquellos sacerdotes y ministros del clero de cualquier religión tienen derecho a creer en su particular credo y rituales propios, pero deberían ser conscientes de los límites de su propia dogma religioso, de sus carencias y sus faltas, y por tanto ser ilustrados autocríticos. Pero esa era una solución de compromiso en tiempos de censura religiosa y al rey de Prusia no le entusiasmaron estas ideas tan potencialmente corrosivas. Al final, los temores del rey eran bien fundados. Dejando de lado el hecho de que muy pocos hombres y mujeres de la iglesia han sido capaces de realizar una crítica semejante sin erosionar su fe, la ilusión de la autocrítica ilustrada de nuestro propio dogma en nombre de una religión natural acaba aceptando la contingencia y el azar de nuestra opción personal. Desnuda la religión de su elemento más humano e histórico y la vuelve más fría. En definitiva: podríamos ser adoradores tanto del oso de las cavernas como de la Sagrada Trinidad, como del gran Yuyu de la montaña, como decía Dawkins con mofa e intransigencia religiosa. El dado de nuestro destino ha caído sobre un espacio y tiempo determinado, y podría haber sido cualquier otro. Sobre esto, y para salvar las circunstancias adversas, un gran teólogo católico, Karl Rahner, inventó la historia de los cristianos anónimos. Pero la revisión de esta idea será para otro día.
lunes, 24 de agosto de 2020
47
Primero fuimos hijos de un Dios bondadoso y omnipotente. Después, el complejo resultado de una evolución ciega. Los visionarios nos equiparaban al producto fallido de un experimento diseñado por una megainteligencia inmanente, que es lo mismo que convertirnos en los personajes imaginados dentro del guión de una mala novela. Pero ahora hemos reducido aún más nuestas aspiraciones y nos damos cuenta de lo que realmente somos: meras granjas reproductoras de virus y bacterías. Ya no se puede caer más bajo desde tan alto.
lunes, 3 de agosto de 2020
46
Si hablo del estado, hablo de la necesidad imperiosa de que ese estado vuelva otra vez a ser el epicentro de la civilización, porque el libre mercado no puede cumplir ese papel (y la sociedad civil tampoco). No significa que optemos por una política económica más liberal o más estatalista. Eso es algo mucho más trivial: se le puede conceder al mercado un círculo de influencia muy importante, pero ya no el más importante, el definitorio de una cultura, como intentó proponer la globalización. Es decir, existe hoy la necesidad más imperiosa que nunca, de un árbitro que no solo da unas reglas al mercado para que este funcione de forma eficaz, sino que marque en el futuro hasta dónde llega el mercado y dónde queda excluido como fuerza definitoria del la vida humana.
martes, 16 de junio de 2020
45
En estos lugares es tan importante lo que se escribe en la pantalla como lo que queda sin ser escrito. El primer Wittgenstein decía que todo lo que no podía decir la ciencia solo podía ser mostrado. Pero cuando un escritor rompe esa barrera, "lo mostrado" solo cambia de lugar o de frontera, y empieza otra vez justo donde acaba la escritura.
viernes, 12 de junio de 2020
44
jueves, 11 de junio de 2020
43
lunes, 8 de junio de 2020
42
domingo, 7 de junio de 2020
41
sábado, 6 de junio de 2020
40
viernes, 5 de junio de 2020
39
domingo, 31 de mayo de 2020
38
sábado, 30 de mayo de 2020
37
Me encuentro discutiendo con unos y con otros sobre el ingreso mínimo vital, y todavía tengo la extraña sensación de que la gente no se ha dado cuenta de la gravedad de la situación en la que nos encontramos. Con un 20% de la población en riesgo de exclusión social, en realidad, ¿se puede hacer otra cosa para no condenar a esa gente al hambre? Los argumentos clásicos liberales ya no son válidos y me voy a centrar en dos de ellos.
El primer argumento en contra de esta medida nos habla del riesgo de crear un enorme desincentivo para el empleo. Esto tiene sentido cuando existe un empleo que buscar. Pero el riesgo de crear una cultura clientelar de vagos acomodados es bastante reducido. Directamente, hablamos de enormes nichos de empleo que han desaparecido para un largo periodo de tiempo y que no sabemos si volverán a recuperarse nunca más, y mientras tanto, una amplia capa de la población no podrá trabajar, incluso cuando esté deseando hacerlo para mejorar su calidad de vida, porque lógicamente, esta ayuda no es una cobertura para vivir con comodidad. El otro argumento liberal tradicional para rechazar esta iniciativa también se puede cuestionar. El endeudamiento del estado hace inviable esta prestación. Es cierto. Los recursos de los que disponemos son los que son, y además, tenderán a decrecer. Pero el gasto del estado viene marcado por una serie de prioridades, y esta ha pasado a convertirse quizás en una prioridad máxima, después de la cobertura sanitaria. Una parte de la población que vive todavía holgadamente, debe arrimar el hombro y naturalmente, también se empobrecerá: en forma de más impuestos, sueldos más bajos o perder parte de los derechos sociales que antes el estado sí le había ofrecido y que a partir de ahora no podrá mantener. Es un juego clásico de suma cero en economía: lo que añades en un sitio, deberás quitarlo de otro. Esta medida, contrariamente a lo que dicen los ingenuos (o tal vez simples farsantes) triunfalistas del gobierno, no amplía el estado del bienestar, sino que lo reorienta hacia otros fines.
Las cosas están relativamente claras: caminamos hacia una senda de decrecimiento sostenido, en la que sí o sí, la población española en su conjunto va a empobrecerse. En una situación tan extraordinaria como esta, o distribuimos nuestros recursos adecuadamente o caeremos en el tormentoso camino de la desigualdad de muchos países latinoamericanos. Ni el mercado, incapaz de regresar al crecimiento a corto plazo, ni la solidaridad de la sociedad civil va a poder cubrir este inmenso hueco de pobreza, y el único medio que conocemos en nuestra cultura occidental es apelando nuevamente al estado. Es el estado o la anarquía, volviendo a nuestro espíritu hobbesiano de base.