Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.

lunes, 31 de agosto de 2020

50

Los ejemplos poco gratificantes de la contaminación moral parten desde muy lejos. Y es que los textos sagrados, por muy trascendentales e inspirados en la voluntad divina que queramos verlos, no pueden escapar de la mano contingente del que los escribe o los cuenta. Un ejemplo especialmente perturbador arranca con los primeros capítulos del Génesis. Aunque el Génesis tiene algunos mensajes morales muy gratificantes y que personalmente me entusiasman, como la condena al homicidio de Caín  y el perdón entre hermanos, que buscan de alguna manera enmendar el crimen de los dos primeros hermanos, otros no lo son tanto. El Génesis deja la puerta abierta al saqueo del mundo por parte del hombre. Al colocar al hombre en la cúspide de la creación, hace que todas las demás criaturas giren en torno a él y estén a su servicio. Hacen un error de cálculo: ponen el mundo o el universo como una infinita fuente de recursos, inagotable y al mismo tiempo, ubican al hombre como punto final de la evolución. Noah Harari sabe cómo hacer daño cuando cita este ejemplo en su crítica permanente a la religión. Este caso es concretamente grave, y no vale hablar aquí de la contingencia histórica de la comunidad judía, ni de parciales enmiendas posteriores que puedan maquillar ese mensaje depredador. Es un mensaje que en el siglo XXI es inaceptable, y que nos lleva a buscar fuentes de moralidad más aceptables en algunas religiones orientales. Si aceptamos una alteración tan grande en el mensaje moral básico de la Biblia, tendremos que aceptar que la moral no justifica ni tiene nada que ver con la religión. 

 

sábado, 29 de agosto de 2020

49

    La desnudez de la religión tiene un alto precio: al final, la religión no tiene nada que ver con la moral (y menos aún con el derecho).  La moral es en el fondo, una contaminación humana y de su propia historia. Destruye el sentido más profundo de la religión. Esa fue la desgracia de Mahoma, y en menor medida del cristianismo. Al reconocer la revelación de arcángel Gabriel y plasmarla en el Corán, se petrificó toda la cultura que rodeaba a ese acto. Se volvió intemporal. A diferencia del cristianismo, que consideraba por lo general el mundo material como algo malo o poco importante, el islam divinizó el mundo material y mental que le rodeaba en su fundación y con él todas sus leyes, costumbres y hábitos. El momento histórico se hizo sagrado, de tal manera que romper ese momento y esa coyuntura significaría desde entonces romper con el dios musulmán. Ahora a muchos musulmanes no les queda otro camino que la resistencia, la esquizofrenia o desmontar radicalmente su religión y nuevamente, desnudarla de andamiajes culturales. Tengo la sensación que nunca la lucha interior reclamada en la yihad ha sido tan profunda en el corazón de muchos musulmanes. Al leer el Corán (mala y superficialmente y por supuesto en castellano), tenía la sensación de estar ante el Dios más racional, más equidistante relspecto al hombre y más absoluto de todo el monoteísmo histórico. Es el otro más radical, imposible de mesurar por la mente humana y al que solo podemos someternos. Pero esa pureza se rompe cuando el Corán se convierte en un código de derecho, y nos volvemos prisioneros del Mahoma histórico y de esa divinización del momento. Mahoma y sus descendientes rechazaron  convertirse en el hijo de Dios, pero convirtió su mundo y su experiencia vital en un código divino intocable. La esquizofrenia cultural islámica empezaría en cuanto la historia se empezase a acelerar, y así estamos aún hoy, sin saber cómo desactivarla. 

viernes, 28 de agosto de 2020

48

     El primer mes del verano he estado ocupado en una tarea que me ha dejado mentalmente agotado e incapacitado para continuar mi propio disparate creativo, que es Edén. Pero la posibilidad de escribir unos capítulos didácticos sobre historia de Israel y el cristianismo ejercían para mí un fascinante encantamiento y me zambullí en un flujo de escritura de varias semanas. Estar en flow es maravilloso, pero acaba siendo agotador y por supuesto, no te deja fuerzas para ninguna otra tarea. Y a la larga este tema me ha sepultado en el desconcierto intelectual, y cierta disonancia existencial. Ya sonaban campanas, y era hora de afrontar el reto: optar por una religión revelada es un acto de soberbia absoluta hacia todas las demás culturas humanas. Esto hace el monoteísmo revelado inviable, al no ser que tengamos como axioma la superioridad de nuestra cultura hacia las demás, lo que nos vuelve imperialistas conquistadores o fundamentalistas resistentes (y ninguna opción es buena). Decía el buenazo de Kant que aquellos sacerdotes y ministros del clero de cualquier religión tienen derecho a creer en su particular credo y rituales propios, pero deberían ser conscientes de los límites de su propia dogma religioso, de sus carencias y sus faltas, y por tanto ser ilustrados autocríticos. Pero esa era una solución de compromiso en tiempos de censura religiosa y al rey de Prusia no le entusiasmaron estas ideas tan potencialmente corrosivas. Al final, los temores del rey eran bien fundados. Dejando de lado el hecho de que muy pocos hombres y mujeres de la iglesia han sido capaces de realizar una crítica semejante sin erosionar su fe, la ilusión de la autocrítica ilustrada de nuestro propio dogma en nombre de una religión natural acaba aceptando la contingencia y el azar de nuestra opción personal. Desnuda la religión de su elemento más humano e histórico y la vuelve más fría. En definitiva: podríamos ser adoradores tanto del oso de las cavernas como de la Sagrada Trinidad, como del gran Yuyu de la montaña, como decía Dawkins con mofa e intransigencia religiosa. El dado de nuestro destino ha caído sobre un espacio y tiempo determinado, y podría haber sido cualquier otro. Sobre esto, y para salvar las circunstancias adversas, un gran teólogo católico, Karl Rahner, inventó la historia de los cristianos anónimos. Pero la revisión de esta idea será para otro día.

lunes, 24 de agosto de 2020

47

Primero fuimos hijos de un Dios bondadoso y omnipotente. Después, el complejo resultado de una evolución ciega. Los visionarios nos equiparaban al  producto fallido de un experimento diseñado por una megainteligencia inmanente, que es lo mismo que convertirnos en los personajes imaginados  dentro del guión de una mala novela. Pero ahora hemos reducido aún más nuestas aspiraciones y nos damos cuenta de lo que realmente somos: meras granjas reproductoras de virus y bacterías. Ya no se puede caer más bajo desde tan alto. 

lunes, 3 de agosto de 2020

46

    Me entran ganas de comprender estas líneas como comentarios postliberales. Y es que sigo traicionándome cada vez que hablo de política con gente liberal -individuos profesionalmente competentes, acomodados y que se han hecho a ellos mismos con su esfuerzo o su espíritu emprendedor y gracias también al apoyo de sus familias de procedencia-, cuando hablo sobre el estado. Mi pesimismo me puede, y hablo de la muerte del liberalismo. Se me tilda entonces de socialdemócrata, comunista, populista o fascista -depende con quién hable- pero la verdad es que mi postura va más allá de esas simples etiquetas ideológicas.

    Si hablo del estado, hablo de la necesidad imperiosa de que ese estado vuelva otra vez a ser el epicentro de la civilización, porque el libre mercado no puede cumplir ese papel (y la sociedad civil tampoco).  No significa que optemos por una política económica más liberal o más estatalista. Eso es algo mucho más trivial: se le puede conceder al mercado un círculo de influencia muy importante, pero ya no el más importante, el definitorio de una cultura, como intentó proponer la globalización. Es decir, existe hoy la necesidad más imperiosa que nunca, de un árbitro que no solo da unas reglas al mercado para que este funcione de forma eficaz, sino que marque en el futuro hasta dónde llega el mercado y dónde queda excluido como fuerza definitoria del la vida humana.

martes, 16 de junio de 2020

45

En estos lugares es tan importante lo que se escribe en la pantalla como lo que queda sin ser escrito. El primer Wittgenstein decía que todo lo que no podía decir la ciencia solo podía ser mostrado. Pero cuando un escritor rompe esa barrera, "lo mostrado" solo cambia de lugar o de frontera, y empieza otra vez justo donde acaba la escritura.

viernes, 12 de junio de 2020

44

Día de lluvia en junio, atípico, luminoso y de olor a barro, y el sonido casual de una viola de gamba impregnando el color marrón de mi habitación. No hay mezcla más efectiva que esta para evocar nostalgia y melancolía en alguien con una viejísima historia que contar en su cabeza. ¿Necesitaría Milton, casi ciego entonces, este tipo de sensaciones para narrar e hilar sus pensamientos sobre el infierno y el paraíso?

jueves, 11 de junio de 2020

43

Hoy he tomado una decisión trascendental, quizás una de las más importantes en toda mi vida.  He decidido quemar toda mi biblioteca, libro a libro y hoja a hoja, tirar todos mis viejos CDs a la basura, vaciar todo mi disco duro de inmundicias culturales, y por último, lo más doloroso de todo, destruir mis listas de reproducción en Spotify desde la música del siglo XIII hasta el trap, empezando por supuesto por el gran capullo que es Gary Glitter pero cuya música me acompaña en mis interminables sesiones de corrección. El virus inquisitorial me ha poseido, y he descubierto de repente, para mi gran pesar y asombro, que toda la cultura occidental está construida sobre los cimientos de esclavos y esclavas, en favor de una élite de patriarcas supremacistas, misóginos, racistas, fundamentalistas religiosos y burgueses opresores. Así, que como solución, destruyamos todo aquello que esté contaminado y censuremos de raiz todo lo que apeste moralmente hablando. Empiezo tirando a la basura las memorias de Churchill, asqueroso imperialista eurocéntrico, pero después desmigajo La Política del ladino Aristóteles (un bastardo esclavista) y quito de mi reproductor los Carmina Burana de Orff, música nazi al uso. Todo está contaminado por sutiles valores inmorales que solo nosotros hemos empezado a superar. ¡Así que empezaremos la historia desde cero! Reconstruyamos una Biblia o un poema de Gilgamesh con total pureza, y de ahí en adelante toda obra escrita o compuesta hasta alcanzar nuestros días. La tarea es inmensa y llena de gloria para los censores más aguerridos. Sí, toda la gloria para los censores, mientras lanzamos un "¡muera la cultura!" por la más justa de las causas. En fin. Pero, ¿de verdad que no se nos ocurre ninguna otra cosa más interesante para frenar el racismo que poner del revés toda nuestra historia y cuestionarla de la más absurda de las formas?

lunes, 8 de junio de 2020

42

El primer día de desconfinamiento social lo celebré con un buen desbarre en una terraza de la ciudad en compañía de Fidel, antiguo alumno que acaba de empezar la universidad. Teníamos muchas cosas que contarnos, después de un curso entero sin más contacto que emails, whatsapps o charlas telefónicas. El discurso nos llevó a hablar, sin querer, de una época que ya podemos hablar de ella casi históricamente, y que otra persona, Helí, dio por llamar "los felices noventa". Empezamos hablando de la música y los estudios culturales de la época. Pero va más allá. El periodo que recorre 1995 hasta 2008 es una década en la que merece la pena detenerse. Una política económica liberal pero expansiva, con la vista puesta en la globalización, un frívolo optimismo cultural postmoderno y un horizonte político post-comunista, que se prolongó incluso después de 11 de septiembre, forjaron una primera generación global, ingenua y confiada en el futuro. Creíamos que Internet sería la clave definitiva de la Ilustración global, que el pluralismo y el multiculturalismo serían la respuesta política para la inclusión de  minorías desconocidas hasta el momento, y que el movimiento antiglobalización iría marcando la agenda de los países más poderosos del mundo. Supongo que Helí, el forjador de los "felices noventa", estará de acuerdo conmigo. Evidentemente, este es un punto de vista subjetivo. Solo puedo decir que fueron años felices para los jóvenes acomodados de entonces, un sesgo que no conviene olvidar cuando se habla de épocas pasadas supuestamente mejores que el presente.   

domingo, 7 de junio de 2020

41

Leo los periódicos: las puertas de los tribunales empiezan a abrirse cuando las de los hospitales no están cerradas. Se abren responsabilidades jurídicas cuando la epidemia está lejos de quedar superada.  El dolor no es buen compañero para la objetividad jurídica, y en mi opinión, es demasiado temprano para pedir responsabilidades de ese tipo. Todos buscamos chivos expiatorios sobre los que descargar la culpa y toda nuestra rabia; estamos a la búsqueda y captura de responsables de esta crisis. Y es que reconforta moralmente hablando encontrar al "malo" de la película. En nuestra mentalidad maniquea nos vemos en la necesidad de encontrar la luz y la oscuridad, como si la moralidad del coronavirus fuera una cosa tan sencilla de distinguir como optar entre Harry Potter o Lord Voldemort, o Luke Skywalker y el emperador oscuro (cuánto echo de menos la ambigüedad japonesa para nuestra cultura).
Pero los grises, el azar, la mala suerte, y con ella la inevitable ausencia de responsabilidades directas no nos gustan en ninguna tragedia ética, porque nos conduce (metafísicamente) al sinsentido de la existencia y (biológicamente) a reconocer nuestra debilidad intrínseca como especie. Cuando un individuo no puede controlar su propio destino queda exento de responsabilidades éticas. Uno no puede ser responsable ante lo desconocido. A toro pasado, es fácil encararse con las autoridades políticas. Le podemos  recriminar de falta de previsión, exceso de confianza o sesgo de invulnerabilidad (como los españoles o los británicos) o de sacrificar vidas para intentar evitar un mal mayor (como ha pasado en muchos sistemas sanitarios del mundo). Los votantes tienen derecho a tomar la última palabra sobre la gestión de lo ocurrido, pero si vamos más allá, directamente nadie querrá ser político ante una crisis como la que estamos afrontando.
En definitiva, volviendo al tema puramente biológico, toca ahora hincar la rodilla y reconocer que efectivamente, somos el último mono en un mundo en el que las bacterias y los virus son los líderes de la Creación, prafraseando a Stephen J. Gould.  

sábado, 6 de junio de 2020

40

Veo gente que enarbola banderas como si fuesen auténticas vacunas contra el COVID. Algo casi tan estúpido como los latigazos de los penitentes contra la peste negra en el siglo XIV. 

viernes, 5 de junio de 2020

39

Si existe un momento histórico en el que Europa puede hacer valer su protección social frente a otros países como Estados Unidos, es este. Un país con pleno empleo no necesita grandes coberturas sociales, como fue el caso de Estados Unidos, aunque puede hacer una sociedad terriblemente desigual. Pero el coronavirus lo cambia todo. Una tasa de desempleo que ha llegado al 14% sin apenas cobertura social es un terrible riesgo. Si esa tasa de desempleo, además, se centra sobre población secularmente discriminada desde el mismo nacimiento del país, ese problema se hace crónico. Y si tienes un presidente abiertamente proclive a proclamas supremacistas, tienes la tormenta perfecta. Uno no se alegra de lo que sucede en Estados Unidos, pero sería conveniente sacar alguna lección de lo que está ocurriendo allí, para los días duros que puedan venir.

domingo, 31 de mayo de 2020

38

Querida judith, empiezo esta entrada como terminamos nuestra conversación ayer: estoy muy orgulloso de ti y de tu trabajo. Cuando colgué el teléfono, me di cuenta de lo mucho que habías crecido en tan solo dos meses. Tu voz era más asertiva y madura, y tus palabras mostraban más rabia y atrevimiento. Tus inseguridades habrán cambiado, y quizás también tus certezas. Y sin embargo, siempre seguías siendo tú, con tu sensibilidad especial y tu capacidad para ver el horizonte mejor que nadie. Ha sido una prueba de fuego vital que te curtirá y que llevarás siempre contigo. Cada persona tiene la suya, buscada o encontrada por casualidad, pero la tuya sin duda será especial. Siéntete una heroína por un instante, aunque esa palabra esté alejada de tu experiencia diaria y de tu humildad característica. Con tu ejemplo das sentido no solo a los pacientes que atiendes y animas con tus palabras de aliento día tras día, sino también a los que te han formado e impulsado para llegar a ser lo que eres ahora, desde tus padres hasta un simple profesor como yo. Al fin y al cabo, nuestro trabajo, años atrás, tal vez no haya sido en balde si tenemos ahora a profesionales y personas como tú en la primera línea de batalla.

sábado, 30 de mayo de 2020

37

 Me encuentro discutiendo con unos y con otros sobre el ingreso mínimo vital, y todavía tengo la extraña sensación de que la gente no se ha dado cuenta de la gravedad de la situación en la que nos encontramos. Con un 20% de la población en riesgo de exclusión social, en realidad, ¿se puede hacer otra cosa para no condenar a esa gente al hambre? Los argumentos clásicos liberales ya no son válidos y me voy a centrar en dos de ellos. 

 

El primer argumento en contra de esta medida nos habla del riesgo de crear un enorme desincentivo para el empleo. Esto tiene sentido cuando existe un empleo que buscar. Pero el riesgo de crear una cultura clientelar de vagos acomodados es bastante reducido. Directamente, hablamos de enormes nichos de empleo que han desaparecido para un largo periodo de tiempo y que no sabemos si volverán a recuperarse nunca más, y mientras tanto, una amplia capa de la población no podrá trabajar, incluso cuando esté deseando hacerlo para mejorar su calidad de vida, porque lógicamente, esta ayuda no es una cobertura para vivir con comodidad.  El otro argumento liberal tradicional para rechazar esta iniciativa también se puede cuestionar. El endeudamiento del estado hace inviable esta prestación. Es cierto. Los recursos de los que disponemos son los que son, y además, tenderán a decrecer. Pero el gasto del estado viene marcado por una serie de prioridades, y esta ha pasado a convertirse quizás en una prioridad máxima, después de la cobertura sanitaria. Una parte de la población que vive todavía holgadamente, debe arrimar el hombro y naturalmente, también se empobrecerá: en forma de más impuestos, sueldos más bajos o perder parte de los derechos sociales que antes el estado sí le había ofrecido y que a partir de ahora no podrá mantener. Es un juego clásico de suma cero en economía: lo que añades en un sitio, deberás quitarlo de otro. Esta medida, contrariamente a lo que dicen los ingenuos (o tal vez simples farsantes) triunfalistas del gobierno, no amplía el estado del bienestar, sino que lo reorienta hacia otros fines.

Las cosas están relativamente claras: caminamos hacia una senda de decrecimiento sostenido, en la que sí o sí, la población española en su conjunto va a empobrecerse. En una situación tan extraordinaria como esta, o distribuimos nuestros recursos adecuadamente o caeremos en el tormentoso camino de la desigualdad de muchos países latinoamericanos. Ni el mercado, incapaz de regresar al crecimiento a corto plazo, ni la solidaridad de la sociedad civil  va a poder cubrir este inmenso hueco de pobreza, y el único medio que conocemos en nuestra cultura occidental es apelando nuevamente al estado. Es el estado o la anarquía, volviendo a nuestro espíritu hobbesiano de base.

 

 

 

jueves, 28 de mayo de 2020

36

Es tentador buscar hitos históricos que marquen una similitud con lo que estamos viviendo. Yo me quedo con uno: 1915. En 1915, en los comienzos de la Gran Guerra, los distintos países en contienda descubrieron el poder terrible del estado para tomar las riendas enteras de una sociedad y orientarla hacia un fin determinado. En aquella ocasión, el fin fue uno de los más miserables que ha sufrido la historia de la humanidad: aplastar al enemigo en una guerra absurda que había estallado por la total ineptitud de la clase política del momento y su falta de adaptación a los nuevos tiempos. Nuestro fin tal vez no sea tan mezquino, pero cuenta con los mismos medios.
A ellos les sorprendió, tanto como a nosotros, la irrupción de una nueva realidad, y reaccionaron ante ella de la misma forma que hacemos nosotros: forzando la máquina del estado. Y descubrieron no solo la capacidad del estado para endeudarse, sino también para modificar hábitos básicos de sus ciudadanos y someterle a innumerables prohibiciones y decretos. Podemos entender (y resultará atractiva y romántica especialmente a los más liberales), aquella cita nostálgica de los que decían que quienes no habían vivido antes de 1914, nunca llegarían a conocer la auténtica alegría de vivir.  Podríamos decir que la alegría retornó, pero bajo nuevos experimentos sociales nunca vistos hasta entonces. La experiencia de la guerra fue un hallazgo que después comunistas, fascistas, socialdemócratas, tecnócratas y otros advenedizos del poder, explotarían bajo distintos fines éticos y diversos horizontes utópicos o simplemente, para su propio interés personal (y me resulta imposible no pensar en Franco, para la historia de nuestro país). 
Al igual que ahora con un determinado tipo de globalización, en 1914 estalló en añicos la utopía económica del liberalismo para no volver nunca más, al menos en la misma forma. Sabemos que ante catástrofes como esta, cualquier cosa se permite y cuestionan la dinámica del mismo mercado. Al igual que depués de la Gran Guerra, tampoco sabemos la dirección que acabará tomando todo esto.
Zizek habla aquí de un "comunismo o barbarie", y su propia ideología lo empuja a hablar del mal llamado "comunismo de guerra" de 1918. Pero no hay que dibujar el estado bajo un perfil ideológico determinado, y él mismo reconoce que ese "comunismo" del que habla tiene muchas formas. Más bien, es preferible la disyuntiva hobbesiana de "estado o barbarie", y ese estado es jánico, porque el estado justifica cualquier tipo de ley con tal de preservar la seguridad y la vida de los miembros de la sociedad.
Como decimos, ahora está por  ver hacia dónde se orienta esta experiencia, y si, como algo nuevo en la historia, de esta experiencia traumática aparece el germen de un gobierno global, soñado de miles de formas distintas, desde la época de Kant. Porque estamos dando por sentado que el estado nacional puede resolver la crisis, pero eso está por verse. La disyuntiva "estado o barbarie", puede pasar con facilidad a otra aún más dramática a escala global, "colaboración o guerra". Ya veremos. 

miércoles, 27 de mayo de 2020

35

Se me ocurren ideas distópicas para acabar con esta crisis. Hace años que leí relatos políticos de Jack London como Los favoritos de Midas, o La huelga general,  que me ha dado la idea para un horizonte distópico singular.
Imaginen que tras esta pandemia, la crisis económica golpea a la generación más joven de Europa. Para salvar la crisis, el estado reacciona con inmensos recortes, pero salva las pensiones y el empleo de la gente adulta. Las tasas de desempleo juvenil ascienden a la mitad de la población y desaparecen la ayudas a esa capa de población.
La generación menor de treinta años amenaza con sublevarse, y encuentra su manera de hacerlo por medio de su arma química más temible: su saliva infectada de virus. Conscientes de que aguantan mucho mejor la enfermedad vírica que el resto de la sociedad, se saltan toda medida de seguridad y empiezan a crear comandos para contagiar a la población de más edad. Su justificación es la supervivencia del más apto, el rejuvenecimiento del mundo y el orden natural de las cosas frente a la estupidez de gastar todos los recursos de una sociedad en la capa de población anciana. Un nuevo orden surgirá, en el que la pandemia ha cumplido su función natural, equilibrar la población con los recursos disponibles. Un darwinismo implacable que ejecutan hasta su última consecuencia.
La población mayor se rebela, pero saben que no tienen escapatoria posible. Como en el relato de London, están sometidos a la coacción brutal de una amenaza terrorista invisible e imposible de controlar. Solo esperar que llegue la hora de su contagio y su encuentro con el destino, que decidirá si merece o no continuar en la nueva sociedad perfecta que emerge triunfante. Temible distopía, pero seguro que sale alguna serie con algo semejante. En cualquier caso, bastante difícil, cuando la familia -y la convivencia entre generaciones- sigue siendo el vínculo social más importante del ser humano.

lunes, 25 de mayo de 2020

34

Escucho Maris Marais, después Enya, para preparar mi clase del Barroco, y me acerco a la divinidad. Pueden ser otras muchas músicas, pero hoy, de forma inesperada, el dardo ha caído ahí. La experiencia de escuchar música iguala toda distinción de clase social y estatus. Uno puede tener la momentanea sensación de dejarse tocar por Dios y alejarse del más rico de los mortales que no comparte o no conoce ese sentimiento sublime. Si el mismísimo Bill Gates no ha llegado a experimentar esa sensación, me apiadaré por él y lo consideraré un pobre desgraciado, al menos mientras dure la música en mi reproductor. Será una experiencia momentánea, tal vez un espejismo, pero está ahí, poderosa, electrizante, sublime, brutal, desgarradora y mágica.