El conocimiento os hará libres y las fronteras os harán gilipollas.

sábado, 4 de febrero de 2012

SOBRE EL ADOCTRINAMIENTO: EL SEÑOR WERT Y LA EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA

       El flamante ministro de educación, el señor Wert, volvía a orientar la opinión pública hacia el debate de la asignatura de Educación para Ciudadanía hace pocos días. En un segundo plano quedaban los planes del bachillerato de tres años, la educación en varias lenguas  y cualquier otra medida educativa indudablemente de mayor interés que esta asignatura que cuenta con dos horas en toda la trayectoria escolar de un estudiante. Hay que reconocer en el señor Wert lo evidente: se hizo mal cuando se creó la asignatura. Se generó un estúpido debate que sigue abierto hoy en día. Culpable fue un gobierno socialista que no quiso escuchar otras voces pidiendo un consenso necesario, aunque igualmente culpable fue una oposición que se dejó guiar de la mano de una minoría ultraconservadora y paranoica. Ahora toca la rectificación de la deriva progresista -como si estuviésemos en el siglo XIX-  y se hace de una forma no excesivamente dura para lo que podría haber ocurrido -veremos después qué hay en la letra pequeña-. Sin embargo, el ministro de educación no ha podido evitar el uso de una palabra para encausar a todos aquellos que damos la asignatura y estigmatizarnos: el "adoctrinamiento ideológico". Qué fácil es cargarse la tarea de la educación con una sola palabra. Cuando es pronunciada por gente que no ha pisado en su vida un aula escolar, se vuelve casi insultante. Es una muestra del escaso conocimiento técnico que alberga nuestra clase política y tertuliana con cualquier tema que toca, en este caso la educación. 
      No vamos a hablar ahora sobre la intrínseca necesidad de la asignatura o no -o de las humanidades en general-, o de la formación del profesorado para dar dicha materia. Son cuestiones más importantes, pero voy a centrarme solo en la acusación primera. Esa palabra maldita.
  
       Se habla de la palabra "adoctrinamiento" con una llamativa ligereza. Como si bastara abrir la boca en temas como los homosexuales o las concepciones de la familia, para compartir una concepción ideológica determinada, o más todavía, para tener capacidad de imponer en los adolescentes una serie de ideas preconcebidas en la mente del maestro. Ojalá fuese eso cierto. Si la educación fuera así de sencilla, no habría problemas de disciplina en nuestro sistema de enseñanza y el fracaso escolar sería inexistente. Todos obedecerían a una sola voz del profesor. Entenderíamos su autoridad como incuestionable y divina. Pero no es así, para bien o para mal nuestro. En nuestra sociedad hay otras muchas poderosas fuerzas que moldean a los adolescentes, y que prácticamente nadie cuestiona: desde un mercado de trabajo que condiciona lo que va a estudiar el adolescente en el futuro, hasta la telebasura o una red social que bombardea continuamente con valores morales por lo menos cuestionables. Todas ellas tienen una influencia infinitamente mayor que la voz de un profesor durante una hora a la semana en un par de cursos escolares. Me pregunto si aquellos padres que en su día plantearon la objeción a la ciudadanía, también obligaron a sus hijos a no tocar internet, no ver la televisión y no salir con sus amigos por su posible carácter pernicioso. O no fuera a ser aquel que no iba a ciudadanía con el consentimiento de sus padres, y aprovechaba el vacío legal para largarse de la clase y fumarse un canuto. Naturalmente esa es una excepción, pero todo se ha visto por estos mundos de Dios.  

     Hablar en clase del problema de la homosexualidad no significa imponer esa orientación sexual a los jóvenes, sino sencillamente llamar la atención sobre un problema de discriminación en una sociedad compleja, y sobre todo en el contexto excluyente de la adolescencia. Explicar la crisis de la familia tradicional no implica cuestionar éticamente su legitimidad particular, sino afrontar una realidad sociológica que tenemos delante de nosotros. Defender la igualdad de género tampoco implica tener que compartir el feminismo más radical, sino afrontar el duro hecho de la violencia y la discriminación hacia la mujer en determinados sectores sociales.  
      El adoctrinamiento empieza precisamente cuando cesa el debate y la explicación de los distintos puntos de vista sobre un problema determinado. Negando la disensión y la discursión, no destruimos el adoctrinamiento, sino que lo reafirmamos. Si queremos construir conciencias reflexivas, críticas y constructivas necesariamente tienen que conocer puntos de vista distintos, afrontar críticas y someter a la revisión de nuestros argumentos, desarrollar  la capacidad de empatía con la posición de los demás, y finalmente, considerar la posibilidad de abandonar nuestros propios supuestos por ser indefendibles o mal argumentados. Todo lo contrario, en la práctica, a un supuesto relativismo absoluto, si me permiten la contradicción.  
     Como decimos, abrirse a la diferencia no significa necesariamente defender un posicionamiento puramente relativista, sino plantear las bases de una cultura auténticamente liberal, en el que existen unos valores que están más allá del cuestionamiento individual y que actúan de base para la convivencia. Resultaría estúpido, por ejemplo, hablar de la tolerancia en abstracto, si precisamente negamos cualquier problema práctico que pueda medir nuestro nivel real de tolerancia. Naturalmente existe un relativismo metodológico, pero que no tiene que ser necesariamente el final del camino y forma parte del método educativo socrático. Para aprender algo nuevo, tenemos que relativizar lo que sabíamos antes: ese relativismo no solo es inevitable, sino necesario en el proceso de maduración de la psicología adolescente. Lo que tenemos que hacer precisamente es evitar que se convierta en el punto y final de la discusión ética y del desarrollo psicológico del adolescente. Hacer eso nos llevaría a construir mentes puramente egocéntricas que solo defienden el relativismo y el todo vale por puro interés particular.
      Este debate innecesario sobre una asignatura casi residual en nuestra educación es quizás el último capítulo de la mentalidad paranoica que hemos heredado de los censores de la época de la dictadura. Pensaban que negando los problemas -censurándolos, tapándolos a los ojos de los demás- en realidad los conseguían solucionar. Entre los sectores más rancios y conservadores de nuestra sociedad hay un desmesurado miedo a ver la realidad tal y como es, a afrontar la auténtica verdad cultural y sociológica de nuestro país. Y esa verdad es que vivimos en una sociedad muy compleja, difícil y cambiante. Volver la vista atrás o mirar hacia otro lado, no nos permitirá solucionar el problema. Quizás tampoco la EpC solucione gran cosa, pero es evidente que el reto está en parte, en el tejado de nuestro sistema educativo. 

2 comentarios:

  1. Completamente de acuerdo, Angelillo. Creo que no se puede decir mejor ni ser más ecuánime en el análisis que haces. Lo que produce este y otros debates sin sentido es que la educación se deteriore aún más. El otro día me preguntaron mis alumnos de Ciudadanía por qué había gente contra la asignatura, que a ellos les parece muy interesante. Y me fue difícil darles una explicación, porque ellos son casi niños, están mental y socialmente sanos todavía. Explicar las retorcidas motivaciones de unos y otros es complicado a personas nobles y sinceras.
    En realidad creo que el origen de todo este debate absurdo es sólo aquello de que "cree el ladrón que todos son de su condicion". La ñoñería decimonónica de una jerarquía católica caduca, la no menos decimonónica fantasía revolucionaria desactivada de un sector del socialismo actual y la grosería intelectual de una parte del centro derecha, todos ellos perros de distinto collar que se hermanan para creer que nuestros alumnos son muy poco inteligentes y que además los profesores les respetamos tan poco que nos dedicamos a embutirles nuestas ideas(no digo que algún caso haya que lo intente, porque esos sectores tienen su correspondencia en la población docente). La realidad es, mal que les pese, que que son ellos los que monopolizan la estulticia y que ellos son los que se dedican a manipular, porque sólo el que carece de inteligencia es el que necesita hacer eso para vivir. Pero muchos seguiremos hasta que nos jubilen educando para la libertad, ¿no?.

    ResponderEliminar
  2. Sobre todo, hablando con otra gente, lo más ofensivo es esa mala fe que presuponen esos grupos de los que hablas en nuestras tareas diarias. Como si no tuviéramos otra cosa que hacer que ser activistas políticos a sueldo de los partidos de turno. Cuánta paranoia, por favor...

    ResponderEliminar