"En cuanto alguien busca la verdad se convierte en los ojos y la boca de Dios. Y por supuesto, se expone a que haya ateos que no crean en Dios."

martes, 29 de diciembre de 2009

EL LOCO DEL CANDIL

Las doce del mediodía, 29 de diciembre. Cánovas repleto de gente con paquetes envueltos: las fechas obligan. Todo el mundo parece tener una dirección bien establecida. Arriba o hacia abajo, hacia una tienda o hacia su casa. De repente una figura errática parece que rompe la simetría perfecta de la gente. Va de un lugar a otro, se aproxima tímidamente hacia unos y otros. No lleva bolsas, tan solo un paraguas de una mano y una vela del otro. El hombrecillo es de baja estatura, parecería que viene de las más absolutas tinieblas y que no ha sido tocado durante mucho tiempo por el sol. El tiempo tampoco ayuda y la lluvia le ha empapado los pantalones. A saber cuántas horas lleva allí esperando. De pronto, reconozco aquella figura. Claro que sí, no puede ser otra cosa: el loco de la linterna.
- Usted busca a alguien, verdad.
- Busco a Dios, dice en un susurro.
- No me lo puedo creer, usted por aquí.
- Me ha reconocido...
- Claro que sí.
- Me lo temía. Entonces usted me podrá ayudar en el asunto. Dónde está Dios.
Me acuerdo en ese instante de la cita de La gaya ciencia y la versiono:
- Dios se ha puesto en venta. Nosotros lo hemos comprado. Lo lleva cada uno en una de esas bolsas. Es más sencillo que todo lo antiguo. Todo está bien y todo está mal: depende del precio que pongas a las cosas.
La cita me ha quedado muy manoseada. Vaya descubrimiento. Y sin embargo, el hombrecillo gris parece sorprenderse. Me mira con ojos tristes, como si hubiera hecho una revelación malintencionada.
- No puede ser. Y todo lo trágico que tenía la escenita de perder los horizontes, del caos?
- Se acabó. Mira, te resumo en una frase: murió su padre, vino la guerra, luego el estado y después las bolsas de supermercado. El más frío de todos los dioses acabó sucumbiendo y en su lugar han puesto el capital, dios de múltiples caras, que pone las luces de navidad, los anuncios y los regalos y además subvenciona el Belén público.
- Qué verguenza. Y yo que había escogido la Navidad para mi buena nueva! Vaya mierda...
- Bueno, la gente parece feliz, y la gente siempre tiene la última palabra. A mí no me convence del todo. Mire, si quiere, le ayudo a seguir buscando. Le contaré un secreto, yo también me hago su pregunta. Mucha gente se la hace todavía.
- Ah sí, entonces tal vez le interese lo que tengo que decir...
Le escucho con misericordia, como podría hacer con los mormones que llaman a mi casa. Tomamos una cerveza y un nestea y dimos un paseo por la parte vieja. Pregunté por la familia, cómo le iba al Bigotes y al Barbas. Se encogió de hombros y dijo "como siempre". A continuación se alejó de mí, subió la cuesta de Aldana y se perdió en la lluvia.
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El loco del candil antes de desaparecer de mi vista.

lunes, 28 de diciembre de 2009

LA ETERNIDAD DEL MUNDO Y DIOS

Los diálogos civilizados alimentan bastante el espíritu, incluso cuando son de forma internáutica. Si uno no cambia radicalmente de opinión, al menos perfila mejor lo que ya defendía. Y es que en el fondo, Sócrates y los griegos tenían razón: el aprendizaje de la verdad se hace siempre a través de la conversación. Pues bien, en una de esas conversaciones estaba discutiendo con Víctor Casco nuestras posiciones respectivas en relación con el hecho religioso, y ya se pueden imaginar: uno empieza hablando del ateísmo y acaba desbarrando de la teoría de las cuerdas, la evolución o cincuenta filósofos...
Uno de los argumentos importantes que utiliza la moderna física contemporánea, desde Stephen Hawking hasta la teoría de cuerdas, es confirmar la eternidad de la materia como forma de negar a Dios. Si aceptamos su eternidad, en definitiva, prescindimos de una causa originaria de la materia, y por lo tanto eliminamos el papel del creador. Hay que recordar que esta teoría científica toma postulados opciones filosóficas muy respetables, pero siempre discutibles. Precisamente de esta confusión, provienen muchos problemas: como suele decirse, nuestros científicos son excepcionales en sus campos de estudio, pero bastante chapuceros en relación con la filosofía. En concreto me voy a centrar en dos problemas que tiene la idea de "ser eterno".

Antes de nada, una definición básica. La idea de eternidad se puede entender desde dos puntos de vista: el temporal (algo que existe y ha existido siempre: la visión griega), y como ser pleno (algo que es totalmente, inmutable, puro presente y fuera del tiempo: la visión hegeliana). La primera característica apunta hacia una posible característica de la materia. La segunda apunta a la misma idea de Dios, causa suficiente en sí misma. No hay que olvidar esta distinción.

Pasemos al primer problema. Comprobar la eternidad del mundo es algo muy difícil, tarea imposible que no se resuelve con una teoría científica y que corresponde a lo que Kant llamaba las "ideas de la razón". En la primera antinomia de la KrV, Kant asegura que probar la eternidad del mundo es imposible, pues cualquier teoría que demos no puede dar cuenta de una sucesión explicativa hacia atrás que sea infinita. En definitiva, incluso si las sucesivas teorías de física cuántica vendrían a resolver siempre podría plantearse si tenemos la parte de la realidad relevante para explicarla, puesto que es infinita. Queda con esto dicho que la eternidad del mundo será siempre un postulado, pero no un hecho científico.

Y en segundo lugar, la idea de eternidad de la materia no obliga a prescindir la posibilidad de que ella misma haya sido creada, puesto que la idea de creación va más allá de una mera interpretación de la causa y efecto con una lógica solo temporal. En la causalidad a nivel metafísico juega otro elemento más importante, a saber, lo contingente frente a lo necesario. Cabe así entender la posibilidad de creación por parte de un ser eterno (necesario, pleno, fuera del tiempo, Dios), de una realidad contingente y eterna en sentido únicamente temporal. Esto se podría entender de múltiples formas (desde una perspectiva tomista hasta la neoplatónica o spinoziana), pero para vincularlo con la teología actual, bastaría, según Ruiz de la Peña, asegurar que este universo, que puede ser uno entre muchos, ha sido el elegido para el plan salvífico diseñado por un Dios personal, a través de la historia del hombre y su contacto con Dios.

No hace falta decir que todo esto no justifica la idea de la existencia de Dios. Ni siquiera avala que sea más creíble que su teoría contraria. En cualquier caso, Dios sigue siendo una hipótesis difícil, controvertida y arriesgada. Lo único que venimos a plantear aquí es la imposiblidad de negar a Dios por la mera razón científica de forma tajante y concluyente, una razón que como se ha dicho tantas veces, es excesivamente reduccionista para la complejidad del ser humano.
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Drusa de cuarzo del cerro de la Butrera: agujeros negros entre la ciencia y la religión.

sábado, 26 de diciembre de 2009

SOBRE ROLLIES Y BARES...

El rollie tiene su propio arte y su magia singular. Hay gente que dice fumar por vicio. El fumador de rollie, sin embargo, tiende a ver el acto de fumar como un ritual, con sus pasos conocidos. Acomódense bien, extraiga un papel de arroz, deposite suavemente una pequeña carga de tabaco sobre el papel, y coloque la boquilla. Humedezca con la lengua la superficie encolada del papel, y ahora, disponga a hacer el cigarrillo con más o menos soltura. Aunque en nuestro país el rollie era ley muchos años atrás, hoy en día tan solo unos pocos lo practican y lo asocian además al hash o a una pose intelectual. En Europa sin embargo lo hacen infinitamente mejor que aquí, la economía lo exige: por eso tienen una palabra para ese cigarrillo, mientras que nosotros no. Las leyendas aseguran además que se fuma menos con el tabaco de liar. Vaya usted a saber.
En fin, llegamos a un bar, y nos encontramos a dos maestros de este arte. La atmósfera cargada por el humo y un par de cervezas sobre la mesa permiten una conversación de cierta altura. Y uno de ellos se queda contemplando los anillos de humo sobre su cabeza.
"Disfruta de esta imagen, dice uno de ellos, porque ya no volverás a verla.
El otro se encoge de hombros.
"Los fumadores son considerados como enfermos a los que una sustancia, la nicotina, les ha nublado el cerebro y no se hacen responsables de sus actos. El vicio les empuja a destruir su cuerpo y el de los demás que tienen a su alrededor. Por eso se hace necesaria esta medida: fuera el humo de los lugares públicos. Cuando sea usted viejo, dará las gracias al estado paternalista y protector que ha velado por la salud de su garganta y sus pulmones, le ha ahorrado una considerable suma de dinero de sus impuestos.
El libertario se enfurece y contesta:
"Nadie ha llamado a papá estado, que el estado lo que hace es medir a todos por igual, como un puñado de corderitos y que existe una cosa que se llama autonomía individual, responsable. Sí señor, Escohotado tenía razón: habría que legalizar no solo el tabaco, sino el hachís y cualquier otra droga dura, porque la libertad del individuo es sagrada. Lo que hace falta es educar, no prohibir. Eduquemos a la gente a sobreponerse a las drogas y a disfrutar con mesura del humo, algo así como hacían los griegos con los placeres corporales, con moderación y sin convertir al hombre en esclavo de sus pasiones.

"Caramba, hablamos solo de lugares públicos, dice el primero.
"Y yo defiendo lugares públicos que respeten mi derecho a fumar, demanda el segundo.
"Ustedes no piensan en los demás, yo soy capaz de coartar libremente mi libertad por el bien de los demás y de uno mismo.
"Y yo también, sin necesidad de que acuda una ley. Basta que alguien me lo pida para que apague mi cigarro.
"Son muy optimistas con el individuo, se renueva la conversación.
"Y ustedes quieren volver a la ley seca.
"Exagerados...
Antes de empezar a llamarse los típicos calificativos de fascistas o anarquistas, intervengo en la conversación. Yo llevo tomando notas desde hace tiempo para clase. Típico debate entre liberales y paternalistas, qué maravilla.
"Solo por escucharles hablar, merece la pena que ustedes sigan fumando.
Piensan quizás que me estoy burlando de ellos, pero especifico mi intervención.
"La filosofía aparece en los lugares más insospechados.
Sonríen. Por si acaso, me marcho de allí, no vayan a entenderme mal. Perder el tabaco o el alcohol de forma pública es acabar con nuestra más entrañable forma de sociabilidad. Alguien se puede imaginar las películas de cine negro, la Rayuela y tantas otras cosas sin el vicio del café, del humo y del alcohol, pero yo no. Y eso no quiere decir ni que seamos adictos, ni que no se puedan imponer algunas restricciones.


El estado velando por la salud ciudadana: opresión o buenas intenciones...

jueves, 24 de diciembre de 2009

HUME Y LA FUNDAMENTACIÓN DE LA MORAL.

    Leo con sorpresa en cualquier libro de Ética que para posicionarnos moralmente debemos siempre fundamentar nuestras decisiones, dar razones de lo que hacemos. Los autores omiten (posiblemente sabiéndolo) que la ética es pasión, sentimiento, creencia, vivencia, y no pura razón. La razón siempre viene después, justificando nuestros actos. Estoy harto de verlos en cualquier debate de clase: si una persona tiene una creencia o una convicción profunda de algo, será muy difícil hacerle cambiar de opinión, por muchas razones que se den. De ahí la frustración que muchas veces me acompañan en los debates. Y es que creo conveniente citar aquí al maestro Hume, que ya en el siglo XVIII lo tenía muy claro:
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    "Por tanto, dado que la moral influye en las acciones y afecciones, se sigue que no podrá derivarse de la razón, porque la sola razón no puede tener nunca una tal influencia, como ya he probado. La moral suscita las pasiones y produce o incita las acciones. Pero la razón es de suyo absolutamente impotente en este caso particular. Luego las reglas de la moralidad no son conclusiones de nuestra razón."
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     He aquí una perfecta definición del emotivismo ético. Pero durante años me enseñaron que la falacia naturalista era sobre todo un problema epistemológico, y ahora nos damos cuenta que en realidad es un problema de motivación. Es decir, no es solo el desacuerdo que suscitan distintos juicios y opiniones en la controversia ética, es su incapacidad de incitar a la acción, lo que conduce a la disciplina a reintroducir los sentimientos subjetivos.
     La falta de pasión en la razón es lo que empujó a Kant a reintroducir la religión en su ética, la que obligó a Marx a construir una filosofía de la historia, a Rawls a citar a Aristóteles, la que obliga a Kohlberg a reconocer que su nivel postconvencional es mucho menos frecuente de lo que tendemos a creer en la psicología humana. La racionalidad mueve a un determinado tipo de individuos pero no a todo el mundo. Sin caer en el juicio negativo de Rorty, la razón es un instrumento útil, pero no exclusivo, como pensaban los filósofos de la vieja modernidad.

Para Hume, la velocidad que imprimamos a nuestras decisiones éticas, vendrá determinada por los sentimientos que depositemos en ellas.

lunes, 21 de diciembre de 2009

PROBLEMAS DE COPENHAGUE (III): UTILITARISMO Vs ÉTICA DEL DEBER

Sancando consecuencias en clase de la cumbre de Copenhague, dejamos abierta la siguiente cuestión: la obligación ética de seguir o no medidas reguladoras de emisión de CO2 a la atmósfera, independientemente de haber alcanzado un acuerdo o no. Este puede resultar un caso clásico de dilema moral entre éticas del deber o deontológicas y éticas finalistas, consecuencialistas.
Parece claro que la ausencia de un acuerdo conduce a los países deseosos de firmar un pacto, a dejar aparcadas sus pretensiones ecologistas. Desde un estricto principio de utilidad, la acción única de un país no resuelve el problema ecológico, y además desvía recursos económicos, mermando su competitividad en el ámbito internacional. La consecuencia de esto es que deberíamos abandonar cualquier intento ecologista por suicida y no efectivo. Poco importa la moralidad o inmoralidad de la contaminación: el hecho es que es irresoluble por nuestras propias fuerzas.
Sin embargo, desde una ética del deber, los resultados no son tan importantes. El ser humano no se comporta siempre siguiendo un marcado recuento de beneficios y pérdidas. Cuenta el principio de obligación y su racionalidad intrínseca, y por lo tanto la decisión moral se toma antes de analizar su resultado. Independientemente de si va a ser efectivo o no, queda un deber moral por cumplir -no implicarse en este suicidio colectivo que es no asumir el cambio climático-: el hecho de que otros no sigan nuestro ejemplo no significa que se nos exhima de nuestros compromisos y obligaciones. Me llamó la atención que una parte del alumnado de cuarto C estuviera de acuerdo con este último planteamiento. Será que nos veremos más implicados que otros entre los afectados por esta catástrofe. Y también habría que ver en cuánto nos queremos comprometer de esta forma tan altruista.
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Lluvia otoñal en Cáceres... por no mucho tiempo.

viernes, 18 de diciembre de 2009

PROBLEMAS DE COPENHAGUE (II): EL PESO DE LAS GENERACIONES FUTURAS.

En un tema clásico de ética y política, Rawls se preguntaba cual era el peso específico que debían tener nuestras obligaciones respecto a las generaciones futuras y reconocía que era prácticamente inevitable plantear el problema como casi irresoluble. De la misma forma, los economistas se definen muchas veces por una cuestión temporal: solucionar un problema social ahora, o bien sentar las bases de un crecimiento a largo plazo. En el problema del cambio climático este conflicto se observa dramáticamente en relación con los países emergentes (Brasil, India...): deben optar entre crecer ahora y sacar de la pobreza a sus países, hipotecando el futuro, o bien tomar seriamente el riesgo del futuro, sin esperar sacar ningún beneficio a corto plazo.
Es fácil hablar de los compromisos a largo plazo con el estómago lleno (esto lo tenía muy claro Keynes en los años treinta). Es mucho más difícil explicar dicho compromiso ante gente cuyo futuro se reduce a poder comer durante el próximo mes. Ha bastado simplemente una crisis económica para que el problema ecológico dejara de ocupar titulares en los medios de comunicación durante un par de años.
Con razón, los países emergentes piden a los países desarrollados que sean ellos los que paguen una mayor parte de la factura del calentamiento global. Sus sociedades no lo pueden entender de otra forma. No hacerlo significa proponer el último apéndice del colonialismo occidental.
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Cartel en el Portanchito, en desuso por lo que parece.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

PROBLEMAS DE COPENHAGUE (I): EL DILEMA DEL PRISIONERO

Con estupor escuchamos las declaraciones que van llegando de Dinamarca. Un acuerdo no es posible. El recelo entre las partes, más allá de las buenas palabras, crece. Se barajan fórmulas imposibles de compra y venta de derechos de emisión de CO2, contrapartidas económicas de un lado y de otro. Uno se pregunta si no asistimos a una cita más con el dilema del prisionero. En una palabra: todos las partes implicadas desean llegar a un acuerdo. Todas saben que es lo más deseable, incluso desde un punto de vista completamente egoísta y particular. Pero son demasiadas partes: cuantos más actores, más difícil se hace el consenso. Todas por igual tienen recelo por ver quién paga menos de la factura ecológica, y sobre todo, quién va a controlar a los estados para hacer cumplir estos compromisos. El temor a los estados freerider, aquellos que quieren pagar menos y beneficiarse del esfuerzo de los demás, está siempre presente. Con razón Estados Unidos reclama a China y a los demás cooperantes transparencia. Es decir, observadores imparciales y objetivos que precisen si las demás partes de los contratantes cumplen lo pactado.
Resultado en el dilema del prisionero: en lugar de un esfuerzo por la colaboración, que racionalmente traería un bienestar general, el resultado de la deliberación acaba siendo justo el contrario. Al considerar a los países representados en Copenhaguen como socios poco fiables, se opta por la no-colaboración, y volver a esperar otra oportunidad. Ninguna de las partes, ante tanta incertidumbre, se atreve a firmar un acuerdo vinculante.

Ante estas circunstancias uno casi siente nostalgia de la vieja guerra fría y un mundo más ordenado que el nuestro. Es precisamente ahora cuando se precisa un liderazgo mundial que ponga la máquina del acuerdo en movimiento y elimine este tipo de incertidumbres. Quizás la época de las superpotencias haya pasado a mejor vida y haya muchos que se alegren de ello, pero el vacío que deja -un mundo con muchos poderes, tal vez anárquico, y dejado todo orden posible a la mano invisible del mercado-, hace imposible alcanzar acuerdos planetarios. Y la ausencia de una representación política a escala planetaria efectiva y con capacidad de imponer consensos, nos llevan a estas conferencias largas y con una frustrante sensación de inutilidad.
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sábado, 12 de diciembre de 2009

CIEN PERSONAS.

Esta mañana había convocada en Cánovas una manifestación por el cambio climático. Delante del bombo, un centenar de personas -ojalá fueran más- se reunieron al mediodía en la cita. Cien personas, arriba o abajo: número escaso en una ciudad de noventa mil habitantes. Supongo que la gente tenía cosas más importantes que hacer. Que el problema ecológico queda demasiado lejos, que una manifestación no va a cambiar nada, que estos problemas los tienen que resolver otros, y no los ciudadanos de a pie. Se pueden exponer tantas razones como personas hay en la ciudad. Todos los que pasábamos por allí teníamos un poderoso argumento: debíamos hacer las compras de navidad. El vertiginoso día a día de nuestras vidas no permite detenernos. Las tiendas no esperan, el cambio climático siempre se puede dejar para mañana. Así parece también que se lo han tomado los reunidos en Copenhaguen. Pero pueden regresar tranquilos a sus países: nadie les va a echar en cara su fracaso, porque parece que a nadie le importa tal cosa.
Esos son los hechos. Queda patente la debilidad de nuestra sociedad civil. Tenemos los problemas y la sociedad que nos merecemos y no podemos echar la culpa a nuestros dirigentes: la tenemos que echar a nosotros mismos. Pero también me gustaría destacar en qué puede que se equivoquen los organizadores. En primer lugar, el problema ecológico sigue siendo invocado como un contenido ideológico propio de la izquierda. Mientras eso siga siendo así, una mitad del país mirará con recelo cualquier manifestación ecologista. El problema ecológico es una cuestión de pragmatismo, no de ideología. Como consecuencia de esta contaminación ideológica, se abordan en una movilización sobre el cambio climático cuestiones ajenas a él. Qué demonios pintaba la guerra de Afganistán, por ejemplo, entre el problema ecológico. De la misma forma que me revuelve la tripa que cada manifestación de izquierda o derecha se adornen con banderas monárquicas o republicanas, como si en las cuestiones de educación, aborto o desempleo se estuviera decidiendo todavía nuestro régimen político. Ciertamente cualquier movilización política requiere una identidad. Pero desgraciadamente el uso de esa identidad resta apoyos en estos problemas tan graves, y no permite fáciles consensos.

viernes, 11 de diciembre de 2009

BUSCANDO A RAWLS EN COPENHAGUE.

La cumbre de Copenhague deja en puntos suspensivos el futuro de la humanidad. El reto ecológico no será tal vez la hecatombe final de nuestra especie, pero sí una catástrofe sin precedentes en la historia del hombre y de la naturaleza. Y mientras el ciudadano de a pie se queda con que la temperatura puede subir dos grados y que en nuestra región llueva un 20% menos, ya hay científicos que comparan el cambio climático con las extinciones en masa del Pérmico o del Cretácico, que acabaron con el 98% de las especies marinas.

Con este tipo de cumbres y retos en futuros tan cercanos y lejanos al mismo tiempo, siempre queda en mí la misma pregunta: si tendremos esta vez la suficiente racionalidad como para ser capaces de tener previsión sobre un acontecimiento de tales consecuencias. Esta capacidad es la base de toda la teoría del contrato social. John Rawls hizo en su libro clásico Teoría de la Justicia el "experimento mental" de una posición original en que las partes firmantes, racionales y autointeresadas, pactaban un acuerdo por el cual se firmaban unos principios de justicia válidos para una sociedad bien ordenada. Hizo bien Nozick en reírse -a mi pesar- cuando dijo que esa racionalidad era una entelequia tan verdadera como la existencia del mundo de las ideas de Platón. Los hombres tenemos una racionalidad a corto plazo, sometida por un estrecho marco temporal que limita nuestras acciones racionales a las consecuencias que podemos palpar y disfrutar. Una catástrofe con plazo de cuarenta años, cuando existen tantas otras cosas que parecen desviar la atención del momento, se ve excesivamente lejana como para unir a las "partes firmantes" que se han reunido en Copenhaguen.
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Y sin embargo, tengo alguna dosis para el optimismo. La historia del hombre es la historia de la previsión. Hace milenios, el hombre neolítico fue capaz de recoger los granos de una espiga de trigo y ser lo suficientemente inteligente como para preveer que no debía comerlo todo, guardar una parte y conservarla como semilla. Así garantizaba la comida para la primavera siguiente, y permitió definitivamente la expansión del hombre por todo el globo. Esto fue algo tan importante que se le denominó en la historia "revolución neolítica". Hoy en día se nos pide una revolución igual de importante: cambiar nuestros hábitos, no consumir todos los granos de trigo (no emitir CO2), para seguir conservando el futuro. De conseguir tal previsión, tal vez habremos ganado la primavera de la próxima generación.
.Cáceres reflejado en un charco de agua: una imagen que se hará rara en un futuro si no cambian las cosas.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

MÁRTIRES Y HUELGAS DE HAMBRE

Preguntaba en clase sobre la legitimidad de utilizar tu propio cuerpo y destruir tu propia vida como mecanismo para luchar por una idea política o ética. El caso de Haidar y el Sahara se nos venía a la mente y había que explicar por qué estaba luchando (el problema del Sahara no es muy conocido entre los jóvenes). Pero después, las opiniones eran contrapuestas: Laura Pascual defendía que el cuerpo y la vida son propiedad inviolable de cada persona y por tanto debía respetarse la decisión de la activista; Patricia que era una forma legítima de resistencia y lucha política; David que son decisiones que pueden llegar a chantajear estados enteros (con el caso de Juana Chaos) y Alberto con que hay que baremar también los fines y causas de esas acciones. En otro curso, Jesús Urueña planteaba la responsabilidad de los espectadores, es decir aquellos que estaban viendo a esa persona poner en peligro su propia vida. El caso es que esa última interpretación era aquella que me hacía pensar más.

Hasta qué punto esos terceros pueden consentir la muerte voluntaria de una persona nos conduce de nuevo a esa interminable lista de problemas de ética relacionados con la legitimidad del suicidio público, el martirio o la eutanasia. La cuestión es que si nuestra cultura occidental, con derechos humanos en la mano, o desde una interpretación más religiosa, colocamos a la vida en lo más alto de nuestros valores, no se puede consentir que esa vida se convierta en medio para alcanzar un fin determinado, sea el que sea. No se trata aquí de una lectura utilitarista (si conseguiremos una mayor o menor movilización social por el efecto de un mártir, o las consecuencias para la política de un estado), sino de algo más básico, un principio deontólogico, un deber que tiene que ser respetado antes de determinar el cálculo de nuestras acciones. En cualquier caso, esta no es la primera ni será la última vez que la vida se pone en la camino para alcanzar una causa justa. Y nos deja una reflexión: existen causas olvidadas -como es el drama de los refugiados saharauis- que solo pueden salir a la luz ante medidas tan extremas como esta. Se acusa fácilmente al mártir, pero no debe ocultarnos que la responsabilidad de estos problemas nos llevan a decisiones políticas inadecuadas tiempo atrás y a pactos de silencio en la actualidad. Tanto Marruecos como España deben escuchar.
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Aminatou Haidar, activista de derechos humanos y antes de empezar una huelga de hambre en la que lleva más de tres semanas. Su acción ha conseguido que por fin se vuelva a hablar del Sahara en España a una escala desconocida hasta el momento.

lunes, 7 de diciembre de 2009

OSCAR WILDE: LA PROPIEDAD COMO NEGACIÓN DE UNO MISMO.

"The true perfection of man lies, not in what man has, but in what man is. Private property has crushed true Individualism and set up individualism that is false" (la verdadera perfección del hombre descansa no en lo que un hombre tiene, sino en lo que un hombre es. La propiedad privada ha destruido el verdadero individualismo y ha formado un individualismo falso). En esta magnífica cita de The Soul of man under Socialism Oscar Wilde ve con total clarividencia las aspiraciones del burgués victoriano y sus limitaciones: en una sociedad en la que la propiedad marca distinción, honor y privilegio, el mero hecho de ser propietarios nos sepulta en multitud de compromisos y convenciones para seguirlo siendo. Y como bien se sabe, en Wilde y el dandismo, seguir la convención significa morir en vida.

La propiedad se ve como objetos que poseemos a cambio de destruir nuestra propia alma, el verdadero individualismo, como proclama Wilde. No poseemos objetos: los objetos nos poseen a nosotros. Y efectivamente, el hombre vende su libertad por la posesión. Creamos eslabones de una cadena cada vez más larga y pesada. Una hipóteca nos obliga a mantener un trabajo estable buena parte de la vida activa y renunciar tal vez a acciones que nos harían más felices o auténticos. Un buen coche nos da status y privilegio, buena tecnología, buenas ropas y así sucesivamente.

John Locke, máxima expresión de la burguesía triunfante, es la clarísima antítesis. Para este autor, el hombre es propietario por definición: la vida y nuestra libertad son la más valiosa de todas ellas, pero también los bienes materiales sobre los que depositamos nuestro trabajo. Ellos forman parte indiscutible de nuestra felicidad. Para poder disfrutar de esos bienes materiales, habrá que formar un estado, un gobierno, unas reglas sociales que todos debemos aceptar para precisamente el resquicio de libertad que nos queda y aprovecharlo al máximo. Es en el sacrificio moral que exige el contrato social burgués donde empieza la madre de todas las batallas, el blanco de la crítica desde el individualismo victoriano hasta los actuales críticos de la sociedad de consumo.

El gran error para Oscar Wilde consiste en que debemos sacrificar nuestra libertad para precisamente poder disfrutar de esa propiedad de objetos. Ese "disfrute" se convierte en Oscar Wilde en símbolo de decadencia occidental, renuncia hacia nosotros mismos y esclavitud, olvido de la ética helenística y la enseñanza básica de Jesucristo y Sócrates. Paso, como aparece en la cita, del ser al tener. Naturalmente, el común de los mortales no se sentirá aludido y pedirá no hacer caso alguno a los excéntricos y los genios. Pero no en vano, algunas campañas publicitarias de artículos personales han hecho un guiño a Oscar Wilde: no es lo que tengo, es lo que soy, y en este caso nos podríamos preguntar si aquí el irlandés estaría de acuerdo con todo aquello relacionado con la belleza personal.
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Mi despacho, mis libros, mi mate, mi portátil, mi blog: definición de uno mismo o ataduras esclavizadoras.

domingo, 6 de diciembre de 2009

SOBRE LOS LEMAS Y SU ABUSO...

Iba paseando por las traseras de la calle Pintores en nuestra pequeña ciudad cuando de pronto me encuentro con esta ruda pintada sobre una pared desconchada. Me traía a la mente la crisis económica, sí, pero, una crisis entendida de forma que yo no acababa de verlo muy claro. El mensaje es digno de un comentario de texto: empieza con el problema del paro, pasa en el siguiente verso hacia la eterna oposición rico-pobre en la lucha de clases y concluye como solución la búsqueda de un chivo expiatorio -el patrono-, esperando solucionar así el problema. Además probablemente está escrito por gente que no tiene este tipo de problemas de clase en su vida personal, y su destinatario, presumiblemente cualquier viandante cacereño, a lo sumo puede pensar que se está cometiendo un acto vandálico o quedarse extrañado por los firmantes, ni más ni menos que el PCE(r).
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Que conste que no estoy en contra de los lemas, pero sí de su abuso. Es cierto que un lema o un símbolo tiene por definición que ser escueto, contundente y que alcance al corazón; pero luego se exige mover los cerebros con palabras y fórmulas infinitamente más complejas -esta sería la división clásica entre ética maximalista y minimalista de Michael Walzer-. El problema, claro está, consiste en quedarse en estos eslóganes, y no encontrar nada más por debajo. Los defensores de los lemas de este tipo (ya sea de izquierdas o de derechas) acaban simplificando tanto las cosas que sus palabras quedan completamente huecas. No está mal simplificar el Manifiesto Comunista a cuatro palabras, como aparece en la imagen; el problema es quedarse en ellas. Y el problema fundamental estriba en que estos lemas no solo aparecen pintados en la sucia pared de una ciudad insignificante, sino que a veces aparecen en lugares prestigiosos, entre bambalinas, publicidad y decenas de micrófonos que llevan las palabras a todos los rincones, y donde se espera que detrás del lema haya una explicación convincente y no se encuentra más que humo.

viernes, 4 de diciembre de 2009

JOHN LOCKE Y LOS CRUCIFIJOS EN LAS ESCUELAS PÚBLICAS

Otra vez, y como un episodio más de un interminable culebrón, se repite la controversia de los crucifijos en nuestro país, después del preludio italiano, y la eterna pregunta de si en una escuela pública deben estar presentes los símbolos religiosos.
Pues bien, uno se pregunta cuándo narices se va a entender en este país la distinción entre espacio público y espacio privado. Al espacio público le corresponde un área de neutralidad en materia religiosa e ideológica, y hablamos aquí de escuelas, ministerios y demás espacios en los que se representa a todos los ciudadanos del país, con sus impuestos y sus deberes. La razón está clara: ese espacio se hace y se construye con el consenso más amplio posible de todos los ciudadanos de un país.
El espacio privado es sin embargo el lugar por excelencia de la libertad de expresión: empieza por nuestro cuerpo, siguiendo por el ámbito del hogar de uno, y terminando por el espacio que ocupa legítimamente cualquier organización de la sociedad civil (un templo, una sala de reuniones de una ONG), es un lugar de sagrada libertad individual. Que alguien cuelgue un crucifijo en su página personal o blog en respuesta a las medidas del gobierno, es completamente legítimo porque es su espacio privado. Esto es algo que queda definido desde la época de John Locke, nuevamente, aunque este autor empleara términos distintos.

No se entiende por tanto que la polémica sobre la retirada de crucifijos en escuelas públicas suscite tantas críticas. Lo cierto es que el autor de esta página pensaba que hacía tiempo habían desaparecido de las aulas públicas. Cuando sectores de la iglesia consideran esta medida contra una afrenta a la libertad, habría que plantearse hasta qué punto estos sectores se pueden considerar realmente conocedores del liberalismo político más básico. Naturalmente, el problema es más complicado, pero esta simple intuición se echa de menos entre alguna gente. Otro día hablaremos de esas complicaciones. Cuando pase mi sorpresa ante estas reacciones.
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El símbolo de la discordia, en un lugar donde nadie en su sano juicio lo retiraría. No obstante, algunos de los más radicales laicistas se podrían preguntar si esto no es también una invasión del espacio público, y por lo tanto, susceptible de ser retirado, como en los años más truculentos de la Revolución Francesa. Detalle de la portada de la iglesia de la Preciosa Sangre, Cáceres.

lunes, 30 de noviembre de 2009

JOHN LOCKE Y LOS MIRANETES EN SUIZA

"Sí a la prohibición de miranetes": cartel para la propaganda del referendum suizo. Miranetes pisoteando la bandera suiza, unido a la imagen más detestada del islam en Europa, la posición de la mujer, sometida para los europeos a un velo discriminatorio.
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Suiza no suele ser un país que aparezca en muchas portadas de los medios de comunicación. Su propia neutralidad en el ámbito de la política internacional le hace muchas veces invisible a muchos conflictos, como también las reglas de su sistema financiero, no precisamente marcado por la transparencia. Ahora Suiza se ha vuelto noticia con un referendum sobre la legalidad o no de construir miranetes en las mezquitas islámicas que se van levantando en el país. Los suizos han votado claramente a favor del no (un 75% de los votantes): los miranetes son una amenaza para su cultura occidental, o por lo menos la expresión visible, el símbolo de esa amenaza y se rechaza construir más.
Desde muchas posiciones esto se ve como expresión de un miedo a una sociedad en la que determinados valores puedan extenderse. También se ve como aumento de la intolerancia de la sociedad europea a transformarse en una auténtica sociedad cosmopolita. Lo cierto es que después de los optimistas noventa, marcados por el multiculturalismo y cuidar el encanto de la diferencia cultural, 2001 marcó un cambio de tendencia. Europa tiende a ver con recelo cualquier conquista de un mundo musulmán que, al menos en una parte -desconozco lo significativa que es, pero muy ruidosa mediaticamente-, tiene como normal enfrentarse o desafiar los valores occidentales.

Si este miedo representa una retroceso a la intolerancia, habría que analizarlo más detenidamente. Pensemos en uno de los tradicionales paladines de la tolerancia religiosa: John Locke. Considerado como padre del liberalismo político, es también un antes y un después en la trayectoria hacia la tolerancia en su país, Inglaterra. Pero John Locke era una persona muy prudente y por lo demás, conservadora. Su defensa de la tolerancia se basa en que el estado debe mantener una política de neutralidad frente a las expresiones religiosas que tienen lugar en la sociedad civil. Ahora bien, este respeto a la diferencia discurre sobre cauces bien definidos: las creencias religiosas deben permanecer en un plano esencialmente privado.

En la Inglaterra de finales del XVII, los católicos, a juicio de Locke, no se habían ganado ese derecho a ser tolerados. La razón era bastante sencilla: no se puede prestar juramento a dos reyes, el rey de Gran Bretaña y el papa de Roma, que seguía siendo en aquella época un poder político. Presumiblemente, estos dos reyes podrían enfrentarse y nadie sabrá por qué lado se decantará esa comunidad religiosa. La historia de Inglaterra ha tenido además ejemplos bastante trágicos de ese enfrentamiento como Becket o Tomás Moro. Locke se opone a la tolerancia católica en nombre del mantenimiento de la paz en el reino.

Retornando a nuestros días, posiblemente Locke tampoco toleraría a muchos grupos musulmanes europeos. El Islam es una religión con un fuerte acento en lo jurídico. No establece solo cual es el Dios correcto, sino cómo comportarnos en multitud de situaciones cotidianas, políticas, sociales y económicas. Lo privado se confunde con lo público de forma continuada, y esto conduce a un conflicto enconado con un sistema político liberal. Ahora bien, esto no quiere decir que Europa tenga derecho a encerrarse en su concha de valores occidentales (valores además desgastados). La posición de Locke en Suiza -es lo que en el fondo se ha votado en ese país- es punto de partida, pero no punto final: al igual que los católicos se ganaron su lugar hace mucho tiempo en Gran Bretaña, es presumible que algún día también lo hagan los musulmanes en toda Europa. Es presumible que los europeos también nos libremos de algunas de las aristas más vetustas y polvorientas de nuestra civilización. El camino hacia la tolerancia no será fácil, pero la meta está bien clara.

viernes, 27 de noviembre de 2009

AGNÓSTICOS: DAWKINS Y EL GENIO MALIGNO.

Llama la atención en el libro de Dawkins The God Delusion la tabla que propone él de grados de creencia o increencia en Dios. Para este biólogo, combativo al cien por cien en todo lo que toca, existirían ocho tipos de creyentes en Dios: partimos del crédulo total, supersticioso y casi sacado del viejo estadio religioso de Comte, hasta aquella persona atea que es capaz de negar a Dios de la misma manera que afirma anda sobre dos piernas. Curiosamente, Dawkins no es capaz de ponerse en esa posición más radical y viene a decirnos que su posición es algo más moderada, puesto que no podremos probar nunca la inexistencia de Dios. Ahora bien, inferimos de la naturaleza que nos rodea que Dios es innecesario y que además la hipótesis de Dios no viene a solucionar nada.

Aunque no se quiera asumir, Dawkins se topa aquí con la famosa duda cartesiana del genio maligno. Si observamos un mundo dominado por las matemáticas y la física, un universo en el que las leyes de la lógica se cumplen, no habría la posibilidad de un duende verde, un genio maligno que nos indujera a error, por el mero placer de hacernos creer una cosa que es mentira? O si lo queremos en un sentido más bíblico (a lo Kierkegaard), no será esta una prueba de fe que nos manda Dios de la misma forma que hizo con Abraham al querer sacrificar a Isaac? Es cierto que esta duda es difícil, improbable, contra toda evidencia, pero es completamente legítima. todo puede verse reducido a un juego (absurdo para el científico ateo, quizás con más sentido para otros). Descartes despachó esta duda radical al recuperar en su sistema filosófico un Dios bueno que velase por la certeza de las investigaciones de los científicos y filósofos anhelantes de alcanzar la verdad. Lo cierto es que el sentido común opera en contra de todo este argumento y que, efectivamente, esta es una forma sumamente enrevesada de entender la naturaleza: de hecho, desde los tiempos de Godel la misma ciencia ha confesado su incapacidad de autojustificarse a sí misma de forma absoluta.

Por este tipo de dudas, nadie se plantea que la ciencia sea un fraude: la ciencia funciona razonablemente bien para sus expectativas y abandonar el paradigma sería condenarla al inmovilismo total. Pero podríamos dar la vuelta al argumento y volver al campo religioso. Si no existe, ni para el científico más ateo de nuestro tiempo, un argumento de total seguridad, es igualmente improbable considerar el hecho religioso como otro fraude, sobre todo cuando la religión se basa, nuevamente, en preguntas de sentido que hacen resucitar la hipótesis del genio maligno o la apuesta de Pascal a la mínima de cambio.
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There is probably no god. Now stop worrying and enjoy life. La combinación de Dawkins con la crítica de Nietzsche de la religión como sentimiento de culpa y rechazo a la vida. Una forma quizás algo estrecha de comprender las religiones del mundo o de reducirlas al fundamentalismo. En cualquier caso, una propaganda desenfadada, imaginativa, y al menos tolerante en su primera frase.

martes, 24 de noviembre de 2009

DON QUIJOTE: EL ORGULLO DE SER EL PRIMER FREAK DE LA HISTORIA

En el diccionario de lengua inglesa de Cambridge aparece la siguiente definición de "freak": someone who is extremely interested in a particular subject or activity. Entusiasmo, apasionamiento, conocimiento desmesurado de un tema determinado, sea el que sea. Cuanto más extraño, mejor. Alguien se puede preguntar entonces por qué los freakies tenemos tan mala prensa entre algunos colectivos. Freaky o "friki" es sinónimo en nuestra lengua de extraño o extraordinario rozando el mal gusto (más parecido en este caso a la otra definición de freak en inglés: algo monstruoso). Será tal vez porque el entusiasmo esté mal visto entre la gente desapasionada, o porque las rarezas y las diferencias no generan modas colectivas.

Otro sinónimo que podemos dar a la palabra freak/friki es la de marginación, fracaso social. Desde fuera, el freaky es aquella persona que se refugia en un mundo muchas veces imaginario, en el que sus ídolos y demonios parecen convertirse en punto de mira para todos sus actos. Sin embargo el freaky no comparte en muchas ocasiones esa forma de ver las cosas: incomprendido, visionario, no entiende al resto del mundo incapacitado para darse cuenta de lo importante que es una película, un músico o un libro o incluso una idea. El problema es la gente, no él o ella.

A mí me gusta más el sinónimo de la identidad personal. Necesitamos identificarnos con algo para reforzar nuestra identidad y separarla de la de otros individuos. Tiendo a pensar que una persona que nunca se ha sentido freaky en alguna cosa es una persona que pasa sobre el mundo de puntillas. Naturalmente, todo tiene sus límites. Pensemos que el personaje freak más antiguo del mundo -pero al que menos se le cita- Don Quijote (flipado por las novelas de caballerías) acabó loco. Otra vez, incomprendido, refugiado en una utopía arcaica a la que ya no era posible volver: un caballero medieval rodeado de pícaros modernos y de rústicos inocentes. Yo en cualquier caso, pertenecezco a ese tipo de gente que si es acusado de freakismo tiende a pensar: "bueno, por lo menos soy distinto a los demás". Y don Quijote fue tan sumamente distinto que acabó convertido en un referente universal. El del primer friki trastornado.
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Don Quijote, visto por Doré: el primer gran freaky de la historia. Su pasión por las novelas de caballerías le condujo a abandonar la gris realidad que le rodeaba. Hoy la gente en lugar de estas novelas lee comic manga, sigue Naruto y ve mil veces Star Wars, pero la diferencia tan solo es de matiz.

lunes, 23 de noviembre de 2009

RECONOCER MUROS...

Aunque Alberto (y otros muchos) se hayan adelantado a este comentario, me veo obligado a hacerlo. Hace unas semanas los berlineses celebraban la caída del Muro, y a nivel mundial todo parece haber sido regocijo y felicitaciones. Lástima que no seamos capaces de ver otros muros mucho más cercanos a nosotros mismos y que nos tomamos muy en serio construir. Cuadraba estos días además que Larrabas, nuestro contacto saharaui, daba sus charlas en el colegio. Larry se lamentaba que a las celebraciones de Berlín hubiera acudido el ministro de asuntos exteriores de Marruecos, cuando ese país mantiene activo el muro más grande del mundo: un campo de minas antipersona de más de 2000 kilómetros de amplitud. Lógicamente, nos contó, era normal que alguien se enfadara con este señor y hubiera algún golpe de más en las celebraciones de Alemania.
Naturalmente, hay muros que duelen y otros que nos hacen bajar la vista. Muros altos que se ven y otros que pasan completamente desapercibidos. Nuestra tarea sea, tal vez, distinguirlos y hacerlos ver a los demás.
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Muros que no importan a nadie: la interminable frontera minada del Sahara.

viernes, 13 de noviembre de 2009

DEBATES Y DOLORES DE CABEZA

Acabé la clase del viernes agotado. Estaba claro que los chicos de segundo no querían dar clase (como es costumbre y cosa bastante comprensible), casi habíamos acabado el temario y deseaban abrir un debate (cualquier noticia es buena para los amantes del saber). Así que comenzamos a hablar del polémico curso de prácticas sexuales que se había lanzado desde el ayuntamiento. Después de unos pocos minutos de conversación en el gallinero, la polémica iba girando en torno al mal uso de los recursos públicos que malgastan el dinero con este tipo de cursos. Hasta aquí más o menos todo el mundo estaba de acuerdo. Pero la conversación fue desviándose hacia una crítica generalizada a todo lo que se movía. El gobierno es culpable de todo. El gobierno sube los impuestos y se lo gasta en el cine español, el gobierno va sin rumbo, el gobierno solo genera despropósitos. Conforme iba avanzando la clase el ambiente se caldeaba más y al final acabó en un completo sinsentido: conversación rota porque nadie quiere escuchar, ni unos ni otros. Es cierto que es muy valioso que gente joven se pregunte por estas cosas, pero acabé con dolor de cabeza y la sensación de haber perdido una clase. Llegados a este punto de irracionalidad, creo incluso, como decía un amigo, hasta en el hecho de que si el Real Madrid ha perdido la copa del Rey ha sido culpa de los malignos hilos que mueve la Moncloa socialista y procatalana.
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No es mi objetivo defender aquí el gobierno, ni mucho menos. Desde mi humilde punto de vista, creo que no está haciendo las reformas necesarias y el endeudamiento es excesivamente fuerte. Pero también reconozco que el gasto social es elevado y que por primera vez en la historia se intenta no dejar al parado en la estacada. Naturalmente, si no se crea empleo a largo plazo un subsidio no soluciona nada, pero al menos es un gesto de solidaridad. De todos modos, puedo estar equivocado en mi planteamiento. Mi opinión importa bastante poco, para este caso.
Lo que sí me importa es una regla, un criterio para evitar discusiones de besugos como las que últimamente tengo cuando hablo de política. Estuve pensando en unos "tropos" en el puro sentido del escepticismo antiguo, y unas reglas de comportamiento preliminares a cualquier intervención en discusiones de este tipo:
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1. No existen soluciones sencillas a problemas complejos. Un problema complejo demandará siempre una solución igual de compleja.
2. Lo que pensamos que es evidente, cierto y absoluto para todos, posiblemente no lo sea tanto para otros, a los que habitualmente no tenemos en cuenta.
3. Cualquier problema local llevado a un medio general se suele simplificar y pierde sus matices.
4. Del comportamiento de unos individuos o hechos aislados rápidamente extraemos conclusiones precipitadas y hacemos generalizaciones falsas.
5. Lo que ha funcionado en una parte del mundo (un país, una región, una ciudad) puede resultar un completo fracaso en otra.
6. Primera regla básica de la economía: no hay recetas válidas para siempre. Lo que vale para una circunstancia, no vale para diez años después. Lo que ha producido riqueza en una coyuntura, inevitablemente se agota y hay que buscar otra cosa.
7. Segunda regla básica de la economía: cualquier acción que tomemos tendrá repercusiones positivas de un lado y consecuencias negativas de otro. El arte de la economía es reconocer adecuadamente el alcance de esas repercusiones.
8. En política ningún partido ni ideología se puede erigir en dueño de la verdad, y el partido que lo hace se equivoca y acaba perdiendo el poder. Eso es lo que hace a la democracia más efectiva que una dictadura a largo plazo.
9. En política, escuchamos lo que queremos y nos gusta oír. Tendemos a repetir lo que nuestro medio de comunicación favorito dice sin consultar antes otra fuente alternativa.
10. En política y economía, todo el mundo parece legitimado para dar su opinión. Nos hace falta más humildad o reconocer nuestra escasa preparación.
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Si estos principios reflejan prudencia, tibieza, relativismo, escepticismo o todo aquello que se quiera decir, lo único que puedo contestar es que para que una democracia funcione, tiene que haber un mínimo aconsejable de todos estos puntos anteriores en nuestras decisiones. Es punto de partida, pero no punto final. Y naturalmente, se pueden completar o reducir, cada uno debe buscar los suyos.

martes, 10 de noviembre de 2009

SOBRE GAYS, ENFERMOS Y OTRAS PARANOIAS...

En la clase de primero de bachillerato se abrió otra vez la caja de los truenos en un debate sobre la homosexualidad. Reconocemos que este tema hiere sensibilidades por las dos partes (adversarios y partidarios), pero algunas cosas se pueden extraer del asunto. En las opiniones más radicales, el homosexual es un enfermo (va contra natura: desviación genética o biológica, aún no está claro su origen) pero además es un vicioso (adquisición cultural: son más promiscuos que cualquier otro colectivo en lo que a sexo se refiere). Del otro lado, la homosexualidad es sencillamente un comportamiento y una orientación que está en consolidación y normalización y que lucha con una equiparación justa e igualitaria con el resto de actitudes sexuales. Voy a centrarme en la primera posición, para hablar de la última en otra ocasión.

Vayamos por partes. Uno puede preguntarse si es condenable moralmente el hecho de padecer una "enfermedad" o una peculiaridad genética distinta a la del resto de los que nos rodean. Nuestros genes condicionan nuestra tendencia a sufrir infartos o a tener ojos azules. Nadie en su sano juicio plantearía que lo segundo sea una enfermedad: la polémica parte de entender o no la homosexualidad como una cosa u otra. Pero a nadie se le escapa que ser diferente se paga con la discriminación en muchas ocasiones. Las diferencias genéticas (raza, sexo, piel...) han sido motivo de discriminación social, aunque la responsabilidad del individuo sea nula en estos casos y aunque no afecte en absoluto a sus características como personas dignas. Es bien conocido, por ejemplo, como muchas culturas acaban condenando al portador desventurado de una diferencia genética. En algunas tribus de África, algunas desviaciones genéticas como el albinismo se siguen condenando con la pena de muerte. Por no hablar del "error evolutivo" que para los nazis suponía la raza judía o para los WASP la minoría negra americana.
En definitiva, suponiendo -y es mucho suponer- que la homosexualidad sea una enfermedad al uso y no una mera peculiaridad genética, eso no eliminaría en un solo ápice su dignidad humana. Por detrás de esto, uno también puede preguntarse si padecer una enfermedad restringe determinados derechos civiles, como ha sido hasta hace poco el de formar pareja de hecho. Si ese es el caso, estamos comparando a los homosexuales con deficientes que han perdido el uso de sus facultades mentales, que no son capaces de ser autónomos. Considerar al homosexual como ciudadano de segunda significa ponernos a la altura de cualquier racismo o discriminación de género que haya sucedido en nuestra historia.

Sigamos. Consideramos a los homosexuales como viciosos: gente pensando continuamente en sexo. Y aquí entramos en la duda de si no estaremos cayendo en la típica falacia de generalización indebida. Por un homosexual llamativo que encontramos por la calle, nos toparemos con otros muchos en los que no detenemos nuestra mirada porque no los reconocemos como gays o lesbianas. O incluso más: tendemos a pensar que los gays a todas horas del día hacen honor a su condición de homosexual. Cuando pensamos en las posibilidades que tendríamos de encontrarnos a un gay vistoso y con pluma en una oficina de ejecutivos o en el personal de hospital, sin duda estas serán parecidas a las de encontrarnos en el mismo ambiente a una chica vestida de gala para una fiesta de fin de año.
Incluso podría atreverme a asegurar que por un homosexual promiscuo nos encontramos la misma proporción de gente heterosexual con igual promiscuidad. Pero están ya muy lejos los tiempos en que llevar una falda por encima de las rodillas era sinónimo de ser la más guarra del barrio. Hoy en día encendemos la televisión y hermosos chicos y chicas inundan continuamente la pantalla con mensajes eróticos; se aprueban leyes que garantizan métodos anticonceptivos y aborto por la vía rápida. Estamos en una cultura juvenil en la que quien no triunfa en el sexo, es un perdedor, y esa sensación de fracaso está igual en todos, independientemente de nuestra orientación sexual. La diferencia es que no nos escandaliza el erotismo heterosexual, mientras que seguimos considerando el homosexual como tabú. Las contradicciones son realmente extrañas: es frecuente conductas cuasi-homosexuales entre grupos de jóvenes completamente homófobos. El típico macho ibérico, seguro de su virilidad, machista y opuesto a la homosexualidad, no evita el contacto físico e incluso el beso como reforzamiento de la amistad masculina, en un sentido que nos llevaría a las prácticas de la antigua Grecia. Y uno se pregunta, nuevamente, quién es aquí el gay, quién el promiscuo, quién el hipócrita y quién el paranoico que no distingue la realidad que nos toca vivir.

sábado, 7 de noviembre de 2009

A VUELTAS CON EL PRINCIPIO ANTRÓPICO

La casualidad no gusta a los científicos ni a los filósofos. Cuando Monod propuso que la tierra no estaba preñada de vida, a más de un biólogo se le ocurrió que esa no era una buena solución. El francés además lo disfrazó de absurdo. Si la vida en la tierra ha sido una cuestión de buena suerte, no podemos buscar ninguna coartada explicativa para el hombre. Somos mera materia, somos puro azar. Olvidémonos de un dios creador, de un destino manifiesto, de una superioridad genuina. Nuestro único reto es superar el absurdo: el absurdo que supone sabernos partícipes de una evolución de la materia en la que solo somos un casual eslabón más, y en la que no hay explicación más allá de eso.

Sin embargo, hoy en día pocos científicos y filósofos tienden a dar la razón a Monod, al menos en el ámbito del azar. De Duve es claro: la vida (y la vida inteligente también) estaba condenada a aparecer en el universo dadas las características de la materia. El azar no es parte esencial de la explicación de la vida: tan solo deja abierta una fecha y un lugar que tarde o temprano tiene que ocurrir. A esto es lo que muchos pensadores y científicos acabaron denominando el principio antrópico. Los teólogos contemporáneos se arriman a esta tesis con entusiasmo como forma manifiesta de hermanar de una vez por todas evolución y religión. Dios ha dispuesto desde un principio unas reglas, unas condiciones que permitirán a la materia evolucionar por su cuenta, esta vez, sometidas al azar. Y aquí uno no deja de acordarse de las homeomerías de Anaxágoras, esas "semillas" depositadas por una inteligencia ordenadora que tarde o temprano irían a dar sus frutos en la naturaleza.

Hasta aquí, biólogos y teólogos parecen ir juntos de la mano. Pero no hay que olvidar que el hecho de defender el principio antrópico da una trascendencia al origen, pero no significa que se pueda proyectar en el futuro. C. De Duve es aquí muy claro: aún aceptando este principio, seguimos igual de solos en la naturaleza. Las evidencias de la evolución, la explicación más fácil, es seguir considerando al hombre como un mero paso más en una carrera evolutiva hacia la complejidad. Tal vez incluso pueda tratarse de un error. El principio antrópico se volvería completamente inútil para dar cierta explicación trascendente a nuestra vida. En definitiva, el principio antrópico es útil como una posible bisagra en las complicadas relaciones entre ciencia y religión, pero no es el argumento definitivo.


Surcos en la arena: efectos azarosos del viento o producto del arado del hombre. Algo así es la problemática con la madre naturaleza.

martes, 3 de noviembre de 2009

EL DESAFIO DE LA CASUALIDAD


Llamo casualidad a lo que en filosofía técnica llaman contingencia: aquello que no es necesario, aquello que ocurrió pero bien podría no hacerlo. Azar, suerte, potra o infortunio. Casualidad es lo contrario a lo determinado, llámenlo destino estoico, la necesidad científica, la razón metafísica.
Se decía habitualmente en el mundo de la filosofía tradicional, que todo giraba en torno a una pregunta básica: por qué existen las cosas y no la nada. Esa pregunta pasaba una y otra vez delante de nosotros en las aulas universitarias y sin embargo, nadie nos explicó realmente su trascendencia, o nosotros no teníamos una formación adecuada para comprenderla. Quizás la adolescencia universitaria no sea el mejor momento para plantear la cuestión. Quizás sea una pregunta para viejos.

La metafísica tradicional buscó siempre una explicación racional a esta pregunta: las cosas existen por algo y para algo, si vale aquí el guiño aristotélico. Las ciencias desmontan toda justificación metafísica: existe el hombre por casualidad, como podía no haber existido. Con una composición genética y cultural azarosa. Moreno y listo o torpe por azar. Occidentales por casualidad. Clase media por casualidad. Cristianos o ateos por casualidad. Con razón Rorty pone a Nietzsche, Wittgenstein, Freud y Dewey entre los maestros de la contingencia. Y por esto Monod sostenía que detrás del azar solo queda el absurdo de la existencia.

Pero la casualidad pone nervioso a todo el mundo. No satisface al científico, más contento con el mecanicismo. Tampoco al filósofo, a la espera de una razón suficiente explicativa del mundo. Y mucho menos al religioso. Incluso los emperadores romanos, señores del orbe que no tenían más juez que su propia conciencia, esperaban siempre un rayo o un águila que solo ellos eran capaces de ver para anunciar a la gente que los dioses estaban de acuerdo con sus decisiones. tal vez este deseo de encontrar un sendero en el bosque sea lo que mueva muchas voluntades humanas. Quién sabe.

lunes, 2 de noviembre de 2009

LA AUTORIDAD A DEBATE


Estas son las actas del debate sobre la autoridad del profesorado celebrado en 4º A. Como fiscales y defensores del alumno participaron Andrés, Iñigo Hergueta e Ignacio. Como abogado del profesorado, Ángel, profesor de Ética. Blanca actuaba como moderadora y Henar como secretaria. Gracias a ella disponemos de tales actas.
1. Tienen demasiada libertad los alumnos de secundaria?
Fiscalía: Una vuelta atrás no es buena, y va a ser dolorosa. hay que ir poco a poco. Hace años la autoridad del profesorado era excesiva, y ahora parece lo contrario.
Público: No están formados para tener esa resposabilidad. Se os dan demasiadas facilidades y luego pasan factura. Tratarnos como a niños implica que después no van a estar preparados para otras etapas en la vida.
3. Está el adolescente más cerca del adulto que del niño?
Fiscalía: Si nos castigan, tienen que dar razones. Dentro de dos o tres años iremos a la universidad.
Abogado: Los adolescentes tienen un doble juego. Cuando os meten caña, os refugiáis en que no sois adultos. y cuando os conviene os sentís muy adultos.
Público: Estamos más cerca de los adultos, pero nos comportamos como niños y no queremos afrontar los problemas. Somos niños o adultos según nos conviene. Los profesores además tienen preferencias entre unos alumnos y otros.
4. Acaba la autoridad de un profesor en el colegio?
Fiscal: Fuera del centro es un adulto normal. Sin embargo, si un profesor tiene confianza contigo, siempre es un buen consejero, aunque no tenga autoridad sobre ti.
Abog: Sin embargo, nos olvidamos la gente que se fuga una clase. Estando fuera del colegio, es el colegio el que tiene resposabilidad sobre el alumno. En horario lectivo, deberíamos tenemos autoridad independientemente del lugar en el que se encuentre el alumno.
5. En algunas comunidades profesor es igual a policía. Estarían de acuerdo con pagar una multa económica por insultar a un profesor?
Fiscal: está mal cuando son también los profesores los que te insultan. Por otro lado, en el hipotético caso que hubiera que pagar multas, el estado sería el que gana de todo esto, no los alumnos.
Abogado: Efectivamente, la autoridad tiene que cumplir la ley que promulga. Pero una cosa es un insulto directo y personal, y otra cosa es algo genérico. Además, el profesor no cumple el mismo rol o status dentro de una clase.
6. Tienen algún sentido las tarimas en las clases?
Fiscales: Deberíamos estar todos los integrantes de la clase al mismo nivel. Si bien es cierto que aunque siempre se han utilizado como elemento de autoridad, son bastante útiles a la hora de explicaciones. Su función pedagógica es la adecuada.
Abogado: hay que mantenerla, porque ayuda a la autoridad en situaciones difíciles. El valor de la tarima no es el mismo en una clase de primaria que en la secundaria.
7. Se debe volver al trato de usted en las clases?
Fiscales: No, se pide a los profesores confianza y cercanía en las relaciones con los alumnos. hay clases en las que se propone el tratamiento de usted, porque así se mantienen distancias entre el profesor y el alumno.
Abogado: El trato de usted es conveniente en determinadas circunstancias. En clases conflictivas, y por último como una forma de comportamiento que después se aplica en la vida cotidiana. Los adolescentes tienden a ver los adultos como iguales y eso es una equivocación.
8. Se deben levantar los alumnos con la entrada del profesor al aula?
Fiscales: No entendemos por qué tenemos que tener un trato educado cuando los profesores no son educados con nosotros.
Abogado: Nuevamente, esta es una medida que puede resultar ridícula, pero que también puede resultar educativa en la vida cotidiana. Los adolescentes no están acostumbrados a hacer ningún trato de deferencia hacia los adultos, creyendo que tratan con iguales.
La moderadora Blanca.

Los Sres. fiscales deliberando la estrategia a seguir.

La secretaria y público asistente.

domingo, 1 de noviembre de 2009

LOS QUINTOS DE TORREORGAZ


Los hechos son los siguientes: aprovechándose de la vieja tradición de los quintos, unos adolescentes aprovechan para hacer gamberradas y acaban linchando con palos a una burra hasta matarla, con señales de vejamiento y crueldad indecibles. La burra aparece malherida y moribunda al día siguiente en mitad del pueblo, sangrando por la boca.

Una persona cualquiera se puede hacer multitud de preguntas por este acontecimiento. Cómo es posible que exista todavía esta falta de sensibilidad y ese regusto por la crueldad tan gratuita. Cómo es posible que jóvenes casi adultos actúen en completa impunidad, movidos por el alcohol y el aburrimiento. A cualquiera la noticia le sume en cierto pesimismo antropológico. Si una persona no es capaz de respetar un animal cercano y puede matar a sangre fría y por placer, difícilmente podrá entender retos éticos y ecológicos más abstractos. Me pregunto qué puede significar "cambio climático" o "desertización" para un individuo que acaba de cometer tales actos. Se encogerá de hombros y dirá que no es problema suyo.


Alguien podría decir que esto no es para tanto y establecer una línea tajante entre animales y hombres como seres con una dignidad distinta y reglas éticas diferentes. Pero aquí habría que reflejar muchos matices. No todos los animales son iguales: matar un mosquito no es matar un burro. Un mamífero es capaz de reflejar el dolor en su rostro y la persona que lo maltrata, saber perfectamente que le está haciendo daño. Si alguien es capaz de este maltrato, dudo que no se atreva alguna vez con alguien de su propia especie. Y por otro lado, los animales precisamente son más vulnerables que muchos humanos. No pueden defenderse ni enarbolar la bandera de la injusticia. No nos contestan ni pueden acusarnos de cobardía. Si tanta supuesta dignidad tiene el hombre, debería darse cuenta que precisamente es tarea suya la de respetar en la medida de lo posible las reglas del juego de la naturaleza.

miércoles, 21 de octubre de 2009

ENTREVISTA CON EL PRIMER ANARQUISTA: DIÓGENES.

La actual vivienda de nuestro distinguido personaje.

Señoras y señores, tapénse los ojos con el personaje que tenemos aquí. Ni más ni menos, 2500 años después, el señor Diógenes está aquí presente con nosotros y ha tenido a bien concedernos una entrevista para nuestro blog. Lo encontramos en los restos de una casa okupa, mascando una raíz, y preparando unas setas que se ha encontrado en el parque.

Ent.: Usted es una persona conocida en el mundo entero por su amor a la basura.
Diógenes: No, no te equivoques. Yo no amo la basura. Me resulta completamente indiferente para mí.
Ent.: Pero una enfermedad tiene su nombre...
Diógenes (suspira): Ya, ya me he enterado. En fin, supongo que me lo habré buscado, pero no era mi intención pasar por el personaje más guarro de la historia.
Ent.: Tiene algo contra la higiene personal?
Diógenes: No. Lo tengo solo contra los afeites, lociones, colonias, piercings y tatuajes. Vomitaría sobre todos aquellos que embellecen su cuerpo para no aceptar el paso del tiempo.
Entr.: Se cuenta que tuvo problemas con las autoridades de su ciudad...
Diógenes: Joder, miles de años repitiendo la misma historia. Vamos a ver, me echaron de mi ciudad por no querer hacer lo que vosotros llamáis el servicio militar. Negarse a eso es como morir en vida. Pero, ya ves, murió toda mi familia, y no tenía nada que me apegara en aquella tierra. Me pregunté: y por qué no veo algo de mundo. Algo que me aleje de mis provincianos ciudadanos.
Entr.: Y embarcó.
Diógenes: Y efectivamente, embarqué. Y fue cuando me cogieron preso los piratas. Aquella experiencia me enriqueció mucho. Me di cuenta de lo sencillo que era sobrevivir con tan poco, y seguir siendo feliz. Los piratas me admiraban porque era capaz de resistir cualquier penalidad sin inmutarme lo más mínimo.
Entr.: Después llegó la liberación.
Diógenes: Sí, y mi llegada a Atenas. Caí en gracia a mi libertador, y un tiempo después, me concedió todos sus bienes.
Entr.: Eso, aparentemente, está en contra de toda su forma de entender las cosas.
Diógenes: Efectivamente, ahí tuve que hacer la gran opción de mi vida. No sé si me creerás si te digo que estar con esos bienes, gozar de una casa y una reputación se convirtió en una cárcel mucho peor que la de los piratas.
Entr.: Y de ahí pasó a pasearse por la ciudad en tinaja y viviendo como los perros.
Diógenes: Más o menos. Pero era libre. La libertad es un sueño por el que hay que darlo todo.
Entr.: Es cierta la historia que cuentan de usted con Alejandro Magno?
Diógenes: Solo en parte. Es cierto que ese tipo me prometió el oro y el moro, pero yo no estaba interesado en esas cosas. Tan solo le pedí que me dejara en paz y me dejara disfrutar del sol. Le pregunte, puedes darme el sol, eh, si no puedes, ya te vas por donde has venido.
Entr.: Pero eso es lo que se dice de usted.
Diógenes: Sí, pero luego no cuentan que los esbirros de Alejandro me sacudieron y me rompieron la tinaja donde vivía. El tío no era de esos a los que puedes humillar así como así, entiendes...
Entr.: Se sintió humillado ese día?
Diógenes: humillado, no por favor. De hecho, le debo un favor: me ayudó a quitar el último amor que me quedaba entonces, la tinaja. Empezaba a sentirme demasiado apegado a aquello.
Entr.: Veo que ha cambiado su tinaja por el neumático gigante en una casa ocupada.
Diógenes: viene a ser lo mismo. Me interesa siempre estar en los márgenes de la sociedad.
Entr.: No echa de menos el amor?
Diógenes: El amor genera ataduras. Cuanto más amas una cosa, más miedo tienes de perderla. A largo plazo, el amor es sufrimiento. Sufrimiento para ti, y también sufrimiento para aquellos que te aman.
Entr.: No a la guerra?
Diógenes: La guerra es de idiotas. A mí que no me vengan, quien va a la guerra, va porque quiere. Mira al Russell, ese no quiso ir a la guerra, y pum, enchironado. Pero no fue a la guerra.
Entr.: Una palabra que le defina.
Diógenes: Indiferencia. Ataraxia. Paz interior.
Entr.: Otra gente le definiría de otra forma: se le acusa de ser un provocador y gustarle la polémica.
Diógenes: Como comprenderás, lo que piense el resto de la gente de mí... me importa más bien poco.
Entr.: Sobre la religión.
Diógenes: Mi compañero Nietzsche ha dicho todo lo que tenía que decir al respecto. En cualquier caso, guardo mucho respeto hacia el budismo.
Entr.: Una última cuestión. Cómo ve el mundo en nuestra época.
Diógenes: Una puta mierda. Volver a vivir para ver esto no merecía la pena. Nunca he visto hombres más sometidos a las más variadas de las obsesiones. Tú mismo, esperando que su entrevista sea vista o leída por gente, pendiente de un salario. Estás conmigo tres días y te hago el mejor de los perros.
Entr.: no lo creo posible.
Diógenes: La verdad es que yo tampoco.

martes, 20 de octubre de 2009

CONVERSACIONES DE BESUGOS

Como he iniciado por desgracia un debate sobre el nacionalismo en las clases de bachillerato, me ha venido a la mente una experiencia que tuve yo hace un tiempo en el extranjero. Esta conversación de besugos ocurrió de una forma muy parecida hace un par de años en un pub de Dublín, cerca del Temple Bar. Un extremeño, un catalán y un francés comparten habitación en un albergue: la compañía genera amistad y están alegremente tomando unas pintas de Killkenny al caer la noche. Todo parece ir bien cuando de pronto, las negras nubes de la política se ciernen sobre el horizonte y amenazan romper la paz...

RENÉ: La diferencia de Irlanda con España es el horario de los bares, no...

PEPE: Y la dirección de los coches...

JORDI: No nos metamos con la política, no nos metamos con la política...

PEPE: Qué política, coño, si está hablando de España, hombre...

JORDI (irónicamente): Qué España? Será la tuya, a mí no me mires...

PEPE (con risillas): No empecemos por ahí, Jorge, Jorge.

JORDI: Oye, que me llamo Jordi.

PEPE: Claro, claro, pero eso será en catalán.

JORDI: Y el catalán no es una lengua reconocida por tu estado español?

PEPE: Bueno, pero tengo el derecho a llamarte en mi lengua, no... Bueno, pues te llamo George, que para eso estamos en Ireland, all right?

JORDI: Y por qué no llamas a "René" Renato, tío listo?

PEPE: Es distinto, carajo...

JORDI (dando un suspiro): Ya ves, René, que los españoles ni siquiera respetan nuestros propios nombres... Y luego quieren que sigamos como si nada... Pero cómo vamos a continuar en ese país... Si hasta nos ha impuesto la salvajada de los toros!

RENÉ: Yo también los odio...

PEPE: Si, pero seguro que no odiáis la party española y el jamón. Jordito, sois vosotros los que queréis destruir a España, malos bichos. Mirad, si pertenecéis al estado español, ya está, no hay vuelta de hoja... qué pone en tu pasaporte, e-s-p-a-ñ-a. Cataluña desde siempre ha sido española.

JORDI: Buen ejemplo de lavado de cerebro de la clase dirigente españolista. Mira ignorante, Cataluña tuvo leyes propias hasta el siglo XVIII, y luchamos contra los Borbones por eso. Nosotros no decidimos nunca entrar en vuestro país. Nos conquistasteis, y ya está.

PEPE: Bueno, bueno, no te vayas por las ramas. Si yo no me meto con vuestra cultura, os la podéis comer con patatas, pero el hecho es que es vosotros a quienes os lavan el cerebro... Sois españoles, no se os olvide... en Europa siempre os han llamado españoles. Y cómo te llaman en el albergue, eh, spanish...

JORDI: Y eso acaso lo hemos decidido nosotros? Es el mejor ejemplo del actual fascismo español. Bien, si tan legales sois, haced un referendum de autodeterminación, cagaos, y atenéos a los resultados. Dejadnos elegir...

PEPE: Es que el resto de las comunidades tienen el derecho de opinar, no... Tú lo ves así, verdad Renato...

RENE: Hombre...

JORDI: !Pero si España se la inventaron los fachas!

PEPE: Y Cataluña se la han inventado vuestros nacionalistas!
(los dos se miran fijamente. Jordi ha destrozado todos los posavasos de la mesa en pequeños cachitos, quizás lo que le gustaría hacer con el estado español. Pepe ha alzado tanto la voz que la camarera le llama la atención y piensa que está como una cuba. En la discusión, cada uno se ha puesto a insultar en su propia lengua)
JORDI (más calmado): Mira, Rene, en el fondo, todo es la pela.

PEPE: En eso si que tiene razón el Jorge... Eso, eso, la pela. Bien os gusta tirar de Madrid.

JORDI: Qué dices, pepero...

PEPE: Disculpa, me llamo Pepe... y para los amigos.

JORDI: No le hagas ni caso, René. Lo que os gusta es chupar del bote, que bien agarrado lo tenéis. El estado español es un parásito. Destina el dinero a unas comunidades que lo malgastan. Somos una de las comunidades que más se gasta en vuestra España. Y pregunta a estas regiones qué han hecho con el dinero de Europa, eh, tan solo crear funcionarios improductivos que no hacen nada.

PEPE: Cómo es posible decir eso... sin España nunca habríais llegado a nada. O es que os olvidáis de la cantidad de dinero que se invirtió en vuestra tierra. Tiempo es que los más ricos cedan algo a los más pobres, no? Si queréis la independencia, devolvednos nuestro dinero, chorizos!

JORDI: Ah, así que es por eso por lo que apoyáis a España... No, si en el fondo sois todos unos hipócritas, apoyáis a España por la mera razón de que tenéis miedo que os cierren el grifo, eh, si al final la pela es la pela. Queréis seguiros llamando españolitos para que os mantengamos! Vaya mierda!

PEPE: Chorizos!

JORDI: Parásitos!

PEPE: Aprovechados!

JORDI: Gumias!

RENÉ: Joder con los españoles...

JORDI: A mí no me llames así...

RENÉ: Joder con los españoles Y los catalanes... Me pregunto si todos tenéis la misma mala sangre... Me recuerda algo de la peli Trainspotting. Dentro de unos años, no habrá ni escoceses ni ingleses, ni catalanes ni españoles, solo gilipollas. Qué suerte tengo de ser francés... C'est super...
El extremeño y el catalán se quedan mirando al franchute, que por cierto, es hijo de vietnamitas, emigrados de la guerra de Indochina. Al final, una camarera japonesa nos anuncia que va a cerrar. El extremeño y el catalán se han puesto a gritar tanto que el resto del pub creían que estaban completamente borrachos. Son las once y media de la noche y por una vez, al menos por una vez, el catalán y el extremeño estarán de acuerdo: los bares cierran demasiado pronto en las islas británicas y la siguiente cerveza tendrá que esperar para el próximo día.

LA DIFÍCIL TAREA DE REBATIR EL FINALISMO.

Los objetos del mundo material deben explicarse desde las leyes de la naturaleza: la posición de buena parte de los científicos de la biología aquí es bastante clara. A cualquier científico le da una alergia terrible la posibilidad de una interpretación sobrenatural para explicar las paradojas y las dificultades internas de la teoría de la evolución. Basta observar las controversias que suscitan los autores, desde Teilhard de Chardin hasta Michael Behe (el divulgador del intelligent design), o la interpretación "libre" del principio antrópico por parte de la teología católica, y que suscitan el rechazo casi unánime de la comunidad de bien pensantes científicos. Ahora bien, este rechazo no es más que un postulado filosófico. Tan discutible como el pretendido finalismo. Analizo un fragmento del clásico libro de Ernst Mayr, Una larga controversia, Darwin y el darwinismo.

"Desde los griegos ha habido una amplia creencia de que todo en la naturaleza tiene un propósito, un fin predeterminado, y de que estos procesos conducirán al mundo a una perfección cada vez mayor. Tal visión del mundo teleológica ha sido defendida por muchos de los grandes filósofos. La ciencia moderna sin embargo, ha sido incapaz de demostrar la existencia de tal teleología cósmica. Tampoco se han encontrado mecanismos o leyes que permitan el funcionamiento de una teleología como esta. La conclusión de la ciencia es que las causas finales de este tipo no existen."

Aunque puedo estar de acuerdo con la tesis básica (una negación de la teleología) y la incomodidad que supone su contrario, reconozco que me desconcierta la arrogancia con la que la ciencia se erige en la refutación de tesis filosóficas. El hecho que la ciencia no descubra (o no haya descubierto) la existencia de unas leyes finales explicativas de la naturaleza no significa que estas no tengan que existir. Es una falacia básica en la que la comunidad científica no deja de incurrir de cuando en cuando.
Por otro lado, la creencia en el finalismo es precisamente eso, una creencia que da sentido a la presencia del hombre en la tierra: una explicación de nuestra historia y una prolongación en el futuro de la misma. Esa prolongación en el futuro significa nuestro destino está abierto, y está sometido al cambio y a la decisión que tomen los hombres. La explicación material de la evolución acaba por convertirse en una interpretación del sentido de nuestras vidas.
La ciencia, por muchas leyes científicas en las que pueda apoyarse para defender la contingencia de nuestra especie o el triste destino que pueda depararnos la vorágine evolutiva, no puede ni afirmar ni negar esta interpretación. A lo sumo ofrece un cálculo de posibilidades que en absoluto tiene por qué convencer a un creyente. Quizás sean los científicos, y no solo los teólogos, aquellos que intentan ver un orden racional (y mecanicista, en este caso) a un mundo que tal vez no lo tenga, o que sea completamente distinto al que piensan. Who knows...

Al final los caminos de la evolución, como los del señor, van a ser indescifrables e indestructibles.

viernes, 16 de octubre de 2009

PREMIAR EL TALENTO O DEFENDER LA IGUALDAD

Explicar Platón aparentemente no da problemas para un profesor, excepto cuando tocamos su mirada aristocrática de la sociedad. Aristocrático en sentido griego del término, y no medieval: el mejor es el que debe gobernar, y para ello, hay que darle una educación diferente a la del resto. Hay que mimar al mejor, según Platón, porque es la única forma de conseguir una sociedad equilibrada, en el que cada uno tiene que ocupar su puesto, marcado por sus capacidades naturales. El que no valga, como en Esparta, que sea pasto de los buitres: los griegos quizás no eran demasiado clementes con los débiles. Al menos Platón concedía que para averiguar quién es el mejor, todos eran iguales en el nacimiento: hombres y mujeres, ricos y pobres, nobles o plebeyos. Pero una vez que se hacía la selección y se conocían las capacidades del individuo, cada uno debía ocupar su puesto en la ciudad.
En una sociedad como la nuestra, nuestra primera reacción es un fuerte rechazo hacia esta interpretación: preferimos casi la mediocridad del pueblo frente a la visión autoritaria de una élite bien formada, sobre todo porque la historia nos enseña que las élites también se corrompen y acaban en dictaduras o desigualdades. Pero mirando hacia el modelo de Platón, se nos suscita la pregunta eterna de si no hay ninguna cosa salvable de su teoría: si debemos regresar a una educación que premie el talento o no. El debate en segundo de bachillerato se hizo agrio entre aquellos que no deseaban una educación elitista y defendían la igualdad como un logro básico de nuestra sociedad, frente a otros que deseaban recuperar el talento aún a costa de provocar una división educativa para no dejar en la estacada a los más capacitados. El tema es complejo y delicado.
La enseñanza tradicional partía de privilegiar tres cosas: la riqueza, el talento y el esfuerzo. Desgraciadamente, la capacidad económica y la posición cultural condicionaba en buena medida la explotación del talento y la rentabilidad del esfuerzo del alumno. Se producía la terrible injusticia de mucha gente con talento o con ganas de estudiar que no podía aspirar a una educación superior por no haber tenido una posición económica mínima. En los últimos cuarenta años, se intentó evitar esta lacra, haciendo una enseñanza obligatoria y gratuita hasta los 16 años y abriendo por primera vez en la historia la universidad a las clases más humildes.
Pero esto no ha sido sin costos: en la necesaria lucha por alcanzar una igualdad de oportunidades para todos, me parece que se ha echado por la borda las otras dos características que eran imprescindibles para un buen sistema educativo. Es casi tópico decir que para que esa igualdad de oportunidades fuera real, ha sido necesario reducir el esuferzo, conceder mil y una oportunidades, y rebajar los mínimos para aprobar. De esa manera, consejerías y ministros defienden que el fracaso escolar se reduce; dentro del profesorado, está la opinión generalizada que los títulos de la E.S.O. casi se regalan.

Aparentemente, todos serían felices en este mundo color de rosa, excepto por dos cosas con una factura importante para la sociedad. En primer lugar, la situación no es agradable para aquellos que precisamente tienen un talento oculto o unas capacidades superiores al resto. De acuerdo con las estadísticas, un 2% del alumnado tiene una inteligencia muy superior a la normal, y es en esta pequeña franja donde el fracaso escolar se extiende con fuerza. Tenemos superdotados condenados al fracaso por falta de motivación, o que están a la mitad de su rendimiento potencial. Pero está claro que en nuestra educación se premia el derecho a aprobar frente al derecho de aprender más.

Del otro lado, hacer un sistema educativo "blando", significa condenar al engaño a mucha gente que a fuerza de repetirselo, se cree que la vida después de la ESO o el bachillerato sigue siendo igual de fácil. Ojalá la sociedad que nos rodea tuviera la misericordia que tiene un profesor de secundaria con sus alumnos: Generamos expectativas que después son imposibles de cumplir, y el fracaso que ha sido evitado en la secundaria aparece con toda su fuerza en la universidad o el mundo laboral.

El reto, naturalmente pasa por mantener esa igualdad de oportunidades para toda la sociedad (no podemos permitirnos quitar la mejor cualidad de nuestra educación) pero superando el durísimo costo de sacrificar lo mejor de nuestro alumnado y condenarlo a la holgazanería y el aburrimiento. Es cierto que se están dando pasos en esta atención a la diferencia y los alumnos están dejando de considerarse todos iguales. Pero mientras el objetivo primordial de los políticos y padres sea sencillamente reducir de cualquier forma la estadística del fracaso escolar, no haremos las cosas bien, y los profesionales cualificados que necesita la llamada "sociedad del conocimiento" seguirán tan lejos como siempre.
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La educación color de rosa: un engaño sobre la vida real, o un lugar donde por fin hemos desterrado el elitismo y las diferencias económicas.