El conocimiento os hará libres y las fronteras os harán gilipollas.

lunes, 27 de diciembre de 2010

PERO, ¿ES KANT UN FASCISTA?

       Sí, ya sé que dicho así resulta una afirmación estúpida y anacrónica, pero parece ponerse de moda en la boca de algunos filósofos, especialmente desde que Michel Onfray retomó el caso Eichmann, siguiendo la estela de Hannah Arendt. En una época "reflexiva", en la que hasta lo más profundo de nuestra cultura puede deconstruirse y volverse a rehacer del revés, que alguien acuse a Kant de protofascista era algo que ya estabamos esperando. Pobre hombre: encima de pesado, aburrido y monótono, ahora nos sale fascista. Está claro que en el mundo de la filosofía no somos nadie y que se haga lo que se haga, cualquier académico del futuro podrá tumbar el mejor de tus propósitos.

       El juicio a Eichmann 
       Eichmann fue un alto cargo nazi vinculado a la "solución final" y que tenía responsabilidades elevadas en torno al genocidio judío de los últimos años del régimen. En fuga tras la guerra, fue capturado por los servicios secretos del Mossad en Argentina quince años después. Secuestrado y llevado de forma dudosamente legal hasta Israel, fue sometido a juicio y posteriormente ejecutado en 1962.
       El juicio fue un acontecimiento mediático de primer orden para aquella época, y tuvo episodios verdaderamente peculiares. Para irritación de los filósofos declaró en su juicio que tan solo se había guiado siguiendo el imperativo categórico kantiano cuando asumía órdenes en relación con el genocidio judío. Pero además este juicio contaba con la presencia de una pensadora de primera fila, Hannah Arendt, cuyas declaraciones ofendieron aún más al sionismo de la época.
     Arendt quiso demostrar que ni este nazi entendía lo que significa la ética kantiana, ni que tan siquiera fuera completamente culpable de los crímenes que se le acusaban. Si los jueces judíos ponían a Eichmann como un ser diábolico, Arendt lo reducía a la imagen de un hombre mediocre, perteneciente a una masa arrastrada por el nacionalsocialismo en los años treinta para intentar ascender socialmente, pero que no tenían nada que ver con la ideología nazi ni el antisemitismo. 
     Estas reflexiones condujeron a Hanna Arendt a lo que denominó "la banalidad del mal": independientemente de la maldad o bondad de nuestras acciones, los hombres estamos sometidos a las fluctuaciones de las masas y a las necesidades de un estado burocratizado presumiblemente racional que exige respeto. Esta visión debilitada del ser humano fue objeto en la misma época de experimentos  psicológicos que reforzaban la tesis de la tendencia intrínseca en los individuos a la obediencia hacia las autoridades establecidas, como los estudios de Millgram.     
       
         El juicio a Kant.
Hannah Arendt
        Podríamos pensar que Eichmann citó a Kant de la misma forma que podía haber dicho a cualquier otro, en un intento por justificarse a sí mismo. O podríamos pensar que en realidad estaba hablando de manera sincera. De una manera o de otra, coloca a Kant en el embarazoso papel de justificador del régimen nazi. Arendt durante el juicio dejó constancia de la mala interpretación de Kant que había hecho el dirigente nazi: la obediencia al orden legal no siempre está en conveniencia con el imperativo categórico, un mandato de carácter universal que está por encima de la ley positiva.
       Eso parece que hace Onfray en uno de sus últimos libros. Como obra de ficción es legítimo y siempre interesante. Como la historia de la filosofía desde el siglo pasado no es más que un tribunal desde el que nosotros, pensadores mediocres, acusamos a algún filósofo sospechoso de algo, aceptemos en parte esta pregunta dándole la vuelta: Pero, Kant fue realmente un ilustrado liberal?

        Primera acusación: la pretensión universal.
       Si hablamos de su imperativo categórico nos encontramos con el primer gran escollo: universalizar nuestras acciones supone considerar a nuestro prójimo como nosotros mismos: tratarlos como fines en sí mismos y no como medios (esta es la formulación que más me gusta del imperativo categórico por su sencillez).
        Habitualmente la identidad entre un prójimo cualquiera y nuestro yo no parece revestir ningún problema siempre que lo velemos bajo la sombra de la racionalidad humana. Pero suponemos que esa antropología pura y formal puede ser asumida sin problema alguno por cualquier individuo de nuestra especie. Que nuestro filósofo alemán hace aquí gala de un etnocentrismo puro y duro y de unos discutidos presupuestos antropológicos es algo sabido y asumido incluso por sus seguidores más cercanos a nuestros días como John Rawls. O si queremos el debate en términos religiosos: cuando Jesús dice a sus discípulos que tienen que amar al prójimo, es normal que alguien pregunte: "y quién es mi prójimo", a lo que Jesús da una respuesta universalista que mucho después seguirá Kant. Lógicamente, muchos judíos no pudieron seguir esa práctica: el prójimo era alguien perteneciente a su propio pueblo. Incluso los logros de San Pablo por universalizar la ley de oro de la moral acabaron estrellándose con el paso del tiempo con un estado cristiano que entendía a los judíos y a los paganos como no humanos.

        Segunda acusación: una moral universal necesita encarnarse en un estado.

Heer Kant.
        Volviendo a los tiempos de Kant, Hegel entendió este problema perfectamente y se dio cuenta que esta moralidad universal se tenía que encarnar en lo concreto si quería plasmarse en algún resultado histórico: el estado, entendido como consumación de la comunidad moral humana, como máximo elemento de la eticidad. Si la ética kantiana puede ser acusada de algo, es que sirvió de inspiración a la política de Hegel. Pero tampoco se puede acusar a Hegel  de ser un fascista. En Hegel está el origen real de todo estado moderno: ya sea revolucionario, fascista o liberal.
       Las tesis anarquistas que respondieron al pensamiento hegeliano estaban en lo cierto: el estado moderno por definición implica unos recortes en la libertad humana brutales, en cuanto que autoritariamente confiere a nuestra biología innata una lengua y una cultura determinada de valores nacionales, religiosos, culturales, económicos, filosóficos etc... Pero lejos de una rebelión individual, nosotros asumimos esa carga, la hacemos natural a nuestra realidad cotidiana, mostramos conformidad y le correspondemos con obediencia. La razón antropológica es sencilla y clara desde la filosofía griega: el hombre solo puede sobrevivir en sociedad, y fuera de la polis o el estado no existe civilización.  
         
         Tercera acusación: la desobediencia civil. 
        Hasta aquí parecería que es Hegel y no Kant el que podría tener alguna responsabilidad en el juicio de Eichmann. Sin embargo, podría pensarse que Kant implícitamente intuía al estado como garante de algún orden moral deseable, aunque no fuera perfecto del todo, y que había que respetar a toda costa. Esto es lo que podemos suponer de su obrita "Qué es la Ilustración". En ella, al defender el programa ilustrado, parece que Kant está defendiendo la cuadratura del círculo.
       El imperativo categórico y su consumación concreta en una defensa de la libertad, tal y como aparece en otras obras suyas, se puede convertir en la vida práctica en un respeto a la legalidad instituida. En el instante en que Kant hace la separación entre uso privado y público de la razón, caemos en la trampa: Kant defiende una libertad de pensamiento y de crítica siempre que se mantengan en el ámbito de la legalidad establecida. Sin embargo, el derecho de rebelión queda suprimido en nombre del rechazo a la anarquía y la destrucción de la sociedad. Queda aquí patente una herencia hobbesiana de pánico absoluto al desorden y a la ausencia del estado como el peor de los mundos morales posibles.
      Pensemos que el argumento no es del todo inválido. El que yo considere que la tasa de fiscalidad sobre mi salario sea muy alta o muy baja, no me justifica para negarme a pagar los impuestos. Si esa acción se universalizara, tal y como demanda el imperativo categórico, tendríamos como resultado una sociedad de defraudadores al fisco y el consiguiente colapso del estado. La separación entre el uso público y el uso privado es perfectamente asumible si nos encontraramos en una "sociedad bien ordenada", tal y como Rawls pedía para su propia teoría de la justicia. Esta sociedad bien ordenada la podemos hallar en el marco de sociedades democráticas más o menos desarrolladas, pero ni son perfectas, ni eternas, ni están extendidas a todos los confines geográficos de la humanidad.
        Kant pecó en este punto de ingenuidad al considerar al estado impregnado de la misma racionalidad que la de su élite ilustrada, y confía en que la vía de la reforma sea la forma histórica más adecuada en el progreso humano. Pero suponer que una monarquía absoluta representa una "sociedad bien ordenada" y que pueda ser el instrumento adecuado de dicho progreso es algo que la propia dinámica de la historia echará por tierra de forma casi instantánea a la publicación del librito de Kant.
     Llegados a este punto, queda un incómodo pensamiento oscuro que no podemos obviar. Podríamos ser mal pensados y creer que Kant no hablaba desde la ingenuidad, sino desde el miedo. Siempre nos puede quedar la duda de que el alemán defendió la obediencia al estado porque temía desobedecer él mismo a dicho estado y que la censura no le permitiera publicar su obra. Con esto, Kant caería en el humilde estrato en el que nos encontramos todos nosotros, pobres individuos sometidos a la presión del poder.

         Veredicto final...
       Podríamos suponer que todo defensor de un estado establecido es un fascista. Esto es lo que podría pensar un anarquista de Kant o del socialismo. Y suele decirse que detrás del estado fascista están los exterminios de los judíos. Pero no se suele comentar tanto que detrás de un estado liberal están las masacres de la Vendeé y la guillotina,  el colonialismo europeo o el exterminio de pueblos indígenas en Estados Unidos y América Latina. El estado liberal, como cualquier otro estado ha usado y usa mecanismos de represión sobre los individuos. Esto no es ninguna novedad, pero suele olvidarse. De la misma forma que suele olvidarse que fue el estado, al menos en las sociedades occidentales, el que acudió en defensa del individuo con la crisis del 29 y el que todavía hoy de una forma o de otra lo protege de una coyuntura tan adversa como la que estamos atravesando. En conclusión, no se trata de ir sistemáticamente en contra de cualquier organización social en nombre de la libertad del individuo: eso solo lo defiende un anarquista ingenuo por convicción o un neoliberal cínico por interés. Consiste en elegir aquella forma de asociación humana que permita  el desarrollo de los individuos, con todos los derechos y obligaciones que conlleva vivir en sociedad.  

domingo, 19 de diciembre de 2010

sábado, 18 de diciembre de 2010

WIKILEAKS Y LOS LÚGANOS: EN TORNO A LA HIPOCRESÍA

Uno de los lúganos que andaban por allí y que infructuosamente
trataba de fotografiar.
       Hoy hacía frío, mucho frío. Me temblaban las manos sujetando la cámara para poder fotografiar a los lúganos, esos fantásticos invitados verdosos del invierno. Pero sabía que todos mis esfuerzos eran además una empresa inútil: en cuanto estaba a punto de conseguir una imagen aceptable, el señor Tiburcio aparecía entre una nube de humo en el objetivo y ahuyentando a los pajarillos.
        - En lugar de espantar mis pájaros, bien podría quedarse usted quieto.
        - Lo siento, el pensar me provoca movimientos indeseados.
        - Sí, ya lo he notado. Usted solo fuma cuando piensa.
        - Fumo luego existo, dijo con una sonrisa.
        - ¿Y en qué pensaba usted esta vez?
        - Estaba fumando en wikileaks.
        - Los datos de Wikileaks testimonian solo una cosa: la hipocresía reinante, chascarrillos de embajadas e intereses ocultos – decía yo con total indiferencia, con la vista puesta en los pájaros.
       - Ahí quería llegar yo, ahí quería llegar: hipocresía. Sin ánimo de ser políticamente incorrecto, tengo que decir que la hipocresía es uno de los grandes descubrimientos del hombre. Hasta el punto que creo que detrás de cada gran hombre ha existido un gran hipócrita. Lo único que pasa es que desde los tiempos de Jesucristo y Sócrates se volvió palabra tabú y ha tenido que cambiar de nombre.
        - Está visto que hoy no me deja de tocar los lúganos. Bien, y cómo lo llama usted hoy, dije con resignación. 
       - Yo, de ninguna manera. Pero hoy en día, los psicólogos lo llaman tener “habilidades sociales”, y la creo totalmente necesaria para vivir civilizadamente. ¿Qué habría sido desde hace tiempo del ser humano si no tuviéramos la habilidad para mentir y callar la boca, en lugar de soltar continuamente verdades hirientes y muchas veces imposibles de asumir? Sencillamente, que estaríamos en una guerra permanente. Hay relaciones humanas donde la hipocresía no es un vicio, sino una virtud y un deber. Y la diplomacia es uno de esos niveles. Es pura hipocresía, llevada hasta el nivel del absurdo, mantenida en nombre de intereses a veces elevados y otras dramáticamente oscuros. El diplomático es el único hombre en el mundo que puede alardear de la falsedad como una virtud.
         - Hasta el punto que la hipocresía que es capaz de resolver conflictos recibe el nombre de buena diplomacia, contesté. ¿Y el político?
         - Bueno... Una cosa es mostrar una falsa sonrisa a un desconocido y otra muy diferente a alguien de casa o de tu vecindad. Una cosa es halagar a un extranjero, y otra cosa es engañar a tu pueblo, sobre todo si vives bajo una democracia que pide glanost. Qué término ruso tan encantador, verdad...
        - Ahora bien, usted estará de acuerdo con que la hipocresía es algo que siempre puede ser denunciable. Perseguir un hombre que denuncia la mentira es intolerable.
       - Naturalmente, naturalmente. El que persigue al denunciante ha hecho una hipocresía tan grande que se la ha terminado creyendo. Pero no crea que pienso mejor del denunciante: o es a su vez el más grande de los hipócritas o un gran ignorante de la sociedad humana.
       - Bien, el que no quiere hablar hoy soy yo. Déjeme fotografiar los lúganos en paz. Sabía usted que estos diminutos pájaros vienen del norte de Europa cada año? Resulta impresionante que uno de estos pequeños puedan recorrer miles de kilómetros...
       - No, no lo sabía, pronunció entre dientes aplastando el cigarro con los labios. Interesante, interesante...

miércoles, 8 de diciembre de 2010

STEPHEN HAWKING: HACIA UNA "CIENCIA DÉBIL"

Congreso de filósofos postaristotélicos. Habrá que añadir al
grupo a todos los físicos teóricos? (Oceanario de Lisboa).
     Pensaba yo encontrar en los últimos escritos de Hawking una manida polémica sobre Dios y me he equivocado. En su lugar me encuentro con una valiente declaración filosófica de principios herética y demoledora con nuestra visión tradicional de la ciencia. Como no podía ser de otra forma, Hawking lo hace criticando a la vieja filosofía, a la que considera digna de ocupar un ataud entre el saber humano, y poner en su lugar las innovaciones de la física teórica. Recogiendo las ideas de su último libro, en la revista Investigación y Ciencia de este mes aparece una síntesis de lo que Stephen Hawking denomina de forma eufemística "realismo dependiente del modelo". La posición científica es la siguiente: tenemos que olvidarnos de encontrar una teoría unificadora de la realidad física. La teoría de cuerdas no es única ni singular, sino que tiene cinco formulaciones distintas: todas apuntan hacia la descripción de un mismo objeto, pero en condiciones o "interpretaciones" diferentes.
      Hawking plantea la posibilidad de que la posición epistemológica del realismo científico del siglo XX sea en el fondo una vana ilusión de los hombres que buscan un orden absoluto. Con mucha tranquilidad, el físico defiende que el punto de vista del observador también influye en el conocimiento de la verdad, así como lo que se quiere observar. basada en la idea de que "nuestros cerebros interpretan los datos de los órganos sensoriales elaborando un modelo del mundo". La metáfora que plantea para defender su postura no es nada nueva: equipara las teorías de la física con los diferentes mapas que hacemos de tierra, a distintas escalas e intereses. La tierra está ahí, pero nuestra perspectiva cambia. Uno tiene dudas de si esto no significa un regreso a un idealismo matizado (si cambiásemos la palabra "cerebro" por "conciencia"), o un instrumentalismo pragmatista, del que naturalmente nadie quiere oír hablar, al menos por parte de los científicos.  Naturalmente las bases para una presunta objetividad científica saltan, al menos teóricamente, por los aires: ahora una base matemática (o podríamos decir lógica) fiable valdría para aseverar cualquier tipo de cosa. Y de la misma forma que los cinco modelos explicativos de la teoría de cuerdas son igual de válidos, tampoco Copérnico tendría más razón que Ptolomeo a la hora de explicar el universo: tan solo propuso una teoría matemática más sencilla y por lo tanto más aceptable, siguiendo los principios de economía del pensamiento.
        Aseverar todo esto, y pensar que aquí no ha pasado nada, supone no afrontar el gran cambio filosófico que nos propone Hawking, aunque para él, nuevamente, la filosofía no tenga nada que decir. Por de pronto, lo que denominábamos el "pensamiento débil" que se había instalado en la filosofía desde los setenta, y que negaba la imposiblidad de asentar una base ontológica fiable, estática y libre de la contingencia a nuestros juicios filosóficos, se podría trasladar a una ciencia que ve imposible el sueño de encontrar una teoría unificadora para la física. La ciencia se ha hecho también un poco más "débil", sin que suponga esto desprecio alguno hacia ella.

domingo, 5 de diciembre de 2010

LOS CONTROLADORES Y EL ESPÍRITU DEL LIBERALISMO

   Hoy la mesa del señor Tiburcio está llena de periódicos del día repasando las noticias de la huelga. Mi amigo  estaba tan centrado en la lectura de las editoriales, que ni se percató de que había entrado en su despacho.
   - Querido amigo, empiezo a sentir que usted rechaza las tesis escépticas. No se puede defender más la ataraxia ante hechos como los que vivimos, y una prueba de ella es su propia preocupación ante un problema como la desfachatez de los controladores aéreos. Por qué un escéptico, en sus últimos años de vida, va a preocuparse por cuestiones sociales tan alejadas de su pequeño mundo?
   - No, más bien leo estas noticias como constatación práctica de lo que ya pensaba. 
   - Si pudiera conocer a lo que ha llegado...
   - He llegado a que el mayor problema del liberalismo como ideología es que el bien común se escribe en letras privadas.
    Yo me siento del otro lado de la mesa y me sirvo un mate, que viene a querer decir: "extienda más por favor su contestación". Mi viejo amigo lo capta al instante, se inclina hacia atrás y se echa la mano a la barbilla, tapando sus labios con el dedo índice. Es su típico gesto anterior al acto de expresar sus ideas. 
    - Quiero decir con esto que en cuanto que el bien común se plasma en una carta de derechos individuales, las personas que creen vulnerados esos derechos se sienten con la legitimidad ética de ir contra los derechos de todos los demás.  
     - Es decir, que el bien común, el interés de la sociedad tomada como conjunto deja de existir. 
    - No es que deje de existir: es que no ha existido nunca, según los liberales más honrados. Ese tipo de cosas ocurren como meras casualidades históricas, en el que todo el mundo arrima el hombro ante una coyuntura difícil porque no le queda otra. Eso es lo que sugiere la lectura de Hobbes y Locke. Pero en realidad, eso no puede durar. Cuando olvidamos la experiencia de los años difíciles, inexorablemente el interés privado acaba destruyendo el interés más colectivo. 
     - Ojalá esta crisis valga para retomar el bien común.
     - O al contrario. Esta crisis se está resolviendo de manera hobbesiana: un regreso al estado de naturaleza anárquico, al sálvese quién pueda, amparado además por el poder de las leyes del mercado. Por eso, yo creo que el proceso de destrucción todavía se tiene que intensificar más hasta que el péndulo cambie de sentido, y la historia nos conduzca a la reelaboración de un nuevo bien común, un nuevo porvenir, una nueva meta.
     - No le daba a usted por ser seguidor de Heráclito o Hegel.
     - Pues sí, la H de Historia me gusta más que la F. Cada vez más.

viernes, 3 de diciembre de 2010

RECUERDOS POSTMODERNOS (II)

Una abuela lisboeta contempla el trasiego urbano
(noviembre 2010).
Nos preguntábamos en el post anterior si los filósofos postmodernos se pueden sentir identificados con los trilobites o la fauna ediacarense. Y es que el tiempo no parece detenerse ante nadie. Naturalmente nadie va a luchar ya por etiquetas ochenteras, aunque no hayan perdido su significado en nuestros días (más bien lo contrario). Lo que se considera más enojoso de la cuestión es afrontar la dura realidad es que el tiempo petrifica, como bien intuía Nietzsche, cualquier rabiosa destrucción filosófica (y podríamos decir aquí cualquier lucha antisistema, cualquier conflicto humano). La verdad escrita siempre tiene al tiempo de su parte para poner las cosas en su sitio y colocar en el banco de los culpables a los propios acusadores filosóficos. Eso lo sabemos bien los hijos de la postmodernidad, hoy envejecidos, que tuvimos que enfrentarnos a la pregunta incómoda de: "bueno, y ahora qué hacemos".
Las respuestas de nuestras vacas sagradas fueron varias. Muchos optaron por seguir publicando, mareando la perdiz, como los remakes de las películas americanas, los reagrupamientos de viejas glorias musicales y cosas similares, y como ya habían hecho en su vida gente como Foucault. Las obligaciones académicas exigen que siga el entretenimiento todo el tiempo posible. El silencio desde la época de Wittgenstein está desterrado (quizás solo los hijos de aristócratas industriales tienen la solvencia para hacerlo). Y así acabaron Richard Rorty o Jacques Derrida: publicando hasta su muerte apéndices de sus obras magnas. Otros supervivientes optaron por el regreso a la praxis, y ahí nos encontramos a Gianni Vattimo, en el que se van sucediendo las etiquetas de pertenencia a unas y otras creencias, siempre en la estela de la izquierda, durante los años de su militancia política.  El movimiento y la fugacidad, en definitiva, marca las ideas humanas y a uno no le queda otra que adaptarse al porvenir de los tiempos, como hacía el perrito de los estoicos ante el fatum universal. No somos nadie.

RECUERDOS POSTMODERNOS


Es la postmodernidad un fósil ediacariense o
sigue viva entre nosotros?
La respuesta en el próximo post.

En la última visita a la guarida del señor Tibb me encontré sobre la mesa de su escritorio unos cuantos libros de fecha reciente. Uno de ellos se titulaba: Debilitando la filosofía: ensayos en torno a Vattimo, y ahí escribían algunas glorias del movimiento todavía vivas. El título me trajo el recuerdo de muchas lecturas entusiastas de universidad en torno a los postmodernos: sus diatribas contra la disciplina, su lenguaje enrevesado y el oropel de la moda. Tiempo pasado para mí, en definitiva, y también pensaba que sería de la misma forma para el resto del mundo. Equivocación supina, parece ser: la academía universitaria reproduce sus esquemas exitosos ad infinitum, hasta que una moda novedosa acaba convertida en escolástica inamovible.  
 - Y la quieren debilitar más... Yo pensaba que la filosofía llevaba en la tumba más de treinta años.
Mi amigo sonreía con la mirada puesta en sus libros.
- Pues sí, los filósofos postmodernos son como las personas que pregonan a los cuatro vientos  la defunción de su esposa y dan un entierro multitudinario a su vieja compañera, pero después quieren seguir cobrando la pensión de la muerta durante años.
- El negocio es el negocio, contesté.