El conocimiento os hará libres y las fronteras os harán gilipollas.

miércoles, 27 de abril de 2011

PORTUGAL: ¿BUSCANDO UN NUEVO SALAZAR?

      Portugal está a punto de convertir su crisis de la deuda en un símbolo de su identidad cultural, tan importante como el fado, el rey Sebastián o el Cé Povinho. Con un déficit revisado al alza superior al 9% y una economía estancada en tiempo pasado, presente y futuro -el FMI pronostica que Portugal sea el país que menos crezca del mundo en los próximos cuatro años-, el horizonte no resulta nada halagüeño para nuestro vecino (con todo lo que ello conlleva para el nuestro).
      Y es que uno ya no sabe si el déficit portugués es una situación anormal o algo intrínseco a su propia dinámica histórica. La primera vez que The Economist comentó que "Portugal vive por encima de sus posibilidades" fue en 1892, en la época del ultimatum inglés  y en el momento en el que el país inició una escalada en la deuda nacional que condujo a la bancarrota total después de la I Guerra Mundial, el colapso de la I República y la llegada de los militares al poder en el golpe del general Carmona de 1926.
      Es interesante explicar aquí qué ocurrió en esa coyuntura. En semejante colapso económico la élite política de la época renunció a su compromiso con el país y el proyecto de estado liberal se desplomó sin que demasiados fueran a socorrerlo. En su lugar dejaron la vía libre a los militares y como estos tampoco supieron qué hacer con el país después de lanzar unas cuantas proclamas patrióticas, llamaron a los "técnicos" Y aquí entra en la historia el conocido en Portugal como "o mago das finanzas" Antonio Oliveira de Salazar. Profesor de economía en la universidad de Coimbra, Salazar rechaza el cargo en un primer momento: no ve seriedad en la gestión que le autorizan a hacer. Solo cuando las peticiones de nuevos préstamos extranjeros fracasan y la clase política acata sus exigencias de control del gasto, Salazar retoma el poder e impone una austeridad presupuestaria sin precedentes en el país, consiguiendo un superávit en un plazo de tres años. El superávit, además, apaciguó los intereses de la deuda y restableció el flujo de crédito público y privado: un sueño que comparten hoy en día todos nuestros dirigentes PIGS.

      Si la historia hubiera quedado ahí, Salazar habría sido aclamado como el más brillante de todos los políticos portugueses. Todavía en mis tiempos de niño, mi abuelo gallego me hablaba de Salazar como un auténtico salvador de la patria portuguesa y como un modelo a imitar para los españoles. Los sacrificios, naturalmente, corrieron a cuenta del pueblo portugués: Salazar no quería enfrentamientos con las viejas élites preliberales del país, a las que pertenecía. Los costes salariales se redujeron drásticamente, los sindicatos se ilegalizaron y jornada laboral llegó incluso a incrementarse en los primeros años del gobierno salazarista.

       La historia continúa. Con semejante proeza el técnico Salazar -siempre dijo que él era un profesor universitario, no un político- se hace con el poder del país, e impone una gestión autoritaria, eliminando lo que él consideraba "estorbos políticos": las libertades individuales y la negación de la lucha de clases. Con el Estado Novo de 1933 se inicia la consolidación legal de la dictadura más larga de la historia de toda Europa, con casi medio siglo en el poder (1926-1974). El técnico saca su propia identidad política y construye un estado corporativista, conservador y con delirios imperialistas en plena descolonización. Los éxitos que pudo tener su gobierno -la neutralidad en la guerra mundial  o el desarrollismo de los últimos años-, no hacen olvidar su paulatino aislamiento internacional, la creciente represión interna, la incipiente guerra colonial, la desigualdad regional y la tasa de analfabetismo más alta de Europa occidental.

      Si quieren escuchar la moraleja del cuento, creo que es bastante clara. Cuando la clase política renuncia a gobernar, como parece que ha hecho Sócrates y otras fuerzas políticas, el ceder el paso a los técnicos implica renunciar también a la misma democracia y sobre todo a un reparto justo de los costes económicos dentro de la sociedad. Los "técnicos" solo se atienen a un árbitro, los mercados financieros. Ellos no tienen ni rostro ni estómago. No dependen de clientelas políticas ni molestos votantes rencorosos. Afortunadamente, es difícil que regresen los tiempos del político Salazar. Pero el deseo por parte de muchas personas de que un segundo "profesor" retorne a la política confirma que el ajuste será muy duro y que lo pagarán, muy posiblemente, el escalón más débil de la sociedad PIGS.


Antonio Oliveira de Salazar: un político con un ambiguo legado histórico para Portugal. En el 2007 saltó la polémica cuando la RTP en su programa  Os grandes portugueses preguntó por el portugués más influyente de la historia del país. Salazar ganó con un 40% de los votos frente al segundo clasificado, el dirigente comunista Alvaro Cunhal con un 19%.

miércoles, 20 de abril de 2011

EL SILENCIO SEGÚN TIBURCIO

El silencio en la filosofía: hacemos de un
 buen método una mala conclusión
a nuestras pesquisas.
      ¿Es el silencio distintivo del sabio o del cobarde? – se pregunta Tiburcio - El silencio voluntario, se comprende, no el amordazamiento. Se ha entendido habitualmente al silencio como una actitud inteligente, el reconocimiento de no saber algo, la humildad socrática que acompaña a todo aquel que es consciente de su ignorancia. El silencio fue magnificado por los estoicos, que defendían que había que escuchar más que hablar, en relación con el número de orejas y bocas que tiene el ser humano. La actitud callada fue distintivo de ascetas y monjes de muy distintas religiones para forjar una relación auténtica con Dios: sin silencio no hay meditación. Después de siglos de excesivo parloteo filosófico, el silencio fue magnificado por los dos gigantes de la filosofía del pasado siglo: Wittgenstein y Heidegger, cada uno a su forma y por distintas razones. El escéptico, en fin, concluye Tiburcio, se decanta por el silencio como la mejor respuesta filosófica
       Pero cuando el silencio no nos permite actuar por miedo a la equivocación, por prudencia ante el exceso de información, acaba convirtiéndose en pasividad. El silencio, la abstención de juicio, el prejuicio liberal y postmoderno a favor de la neutralidad se convierte entonces en complicidad, en jugada perfecta de quienes buscan mantener intereses callados pero manifiestos. El silencio se hace ley por acuerdo de todas las partes y no hace falta autoridad alguna para imponer sentencia alguna. Se convierte en la más sutil de las dictaduras, porque deja al que se atreve a hablar en una soledad absoluta que suena casi a carcelaria...
      - Al menos aquí, el silencio se rompe cuando el Real Madrid gana un título, digo yo para contrarrestar tanto pensamiento oscuro.
      - Y para colmo, ahí tampoco puedo decir nada, porque soy del Barcelona.
      - El silencio es el reconocimiento de la derrota, entonces...
      El señor Tiburcio resopla y se queda mirando al infinito.
      - Ojalá todas las derrotas fueran como esa.

sábado, 16 de abril de 2011

TELEFÓNICA: ALGO NO VA BIEN

El empresariado: un príncipe convertido en rana que espera
el beso de  la princesa Estado para recobrar su encanto
(por cierto que esta pobre rana cacereña no tiene culpas en la metáfora).
        Hablemos de una idea que se fue fraguando desde los lejanos ochenta por la derecha ideológica y que hasta hoy se sigue vendiendo con éxito por tertulianos radiofónicos: la receta económica perfecta para la prosperidad es dejar terreno libre a los empresarios. El empresario aparte de ser sinónimo de innovación y riesgo, también lo es de creación de empleo y riqueza. Esto último se explica con la sencilla razón de que el empresario, en la búsqueda de su propio beneficio egoísta, también busca necesariamente el bien de su empresa, y la empresa la formamos todos, desde el ejecutivo que gestiona las más importantes órdenes hasta la limpiadora de la noche. Incluso si la fórmula no llega a cumplirse y el empresario acumula plusvalías inmensas a costa de sus pobres trabajadores, este error se enmienda con rapidez. Este mismo empresario que gana toneladas de dinero, lo va a gastar tarde o temprano, repartiendo su propia riqueza y haciendo caer las migajas sobre las clases más desfavorecidas de la población. Oh grandioso Dios del Mercado, que incluso moviéndote por el egoísmo humano, das pan a todos tus hijos, terminaría la oración liberal.
       Desde Thatcher y Reagan a los políticos actuales se ha pregonado esta idea sencilla y convincente hasta la saciedad, tanto a la izquierda como a la derecha. Rajoy, en una de sus escasas recomendaciones sobre economía, dejaba claro que lo que había que hacer era liberar trabas del estado y dejar que la sociedad civil empezara a crear empleo. Con "sociedad civil" es evidente que Rajoy vincula esa palabra eufemística al empresariado, menudo, mediano y monstruoso: los demás colectivos son irrelevantes o estorban, desde sindicatos hasta ONGs.
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      Y ahora, hete aquí que esta ecuación milagrosa se rompe, al menos en lo que al empresario monstruoso se refiere. La transnacional Telefónica, al tiempo que anuncia unos beneficios desorbitantes y un asombroso reparto de dividendos para estos años de vacas flacas, informa a su vez que va a reestructurar su plantilla y mandar al paro ni más ni a menos que una quinta parte de sus empleados en España. Sorpresa general, indignación del gobierno y acusaciones de inmoralidad sobre esta decisión.  ¿Qué es lo que ha pasado aquí para que la ecuación mágica haya dejado de funcionar? Sencillamente dos cosas: a) la empresa ha dejado de tener una base y mercado nacional y b) al ejecutivo y accionista que maneja la empresa le importa un comino el bienestar de sus empleados.
      Lo primero significa que apellidar a Telefónica como "española" es un fraude. Pudo ser española cuando era estatal o cuando su principal mercado estaba en nuestro propio país. Ahora se acoge a ese selecto grupo de empresas que trabajan sobre una red a escala mundial, que deslocalizan su producción y mercados y juegan con los países como peones sobre un tablero de ajedrez. España se ha convertido, por tanto, en un mercado más y no precisamente el más importante. En esta lógica fría es por tanto justo pedirle sacrificios a sus trabajadores cuando se trata de obtener el máximo rendimiento para seguir en la brecha mundial.  
     Y lo segundo cae de cajón: cuando los accionistas -muchos españoles- reciban primas y bonos por la tasa de beneficios obtenidas, no se les ocurrirá mirar en aras del interés de la empresa en general (de su capital en bolsa sí, pero no del grupo humano que hay detrás de esos números cambiantes). Quizás esto acabe siendo lo más inmoral del asunto, pero nadie les podrá echar nada en cara. El mercado borra toda sombra de culpas. Podrían haber esperado a hacer el recorte laboral para cuando la recuperación se apuntalara en el país, o incluso (en un idealismo ingenuo) podrían haber prescindido de parte de sus bonos y plusvalías, pero han decidido no hacerlo. El mercado financiero además les recompensará con su decisión: aumentarán ceros en los números de la compañía y en los de su propia cuenta bancaria, naturalmente. Con semejantes empresarios, uno se pregunta quién acabará creando empleo en este desgraciado país...

lunes, 11 de abril de 2011

SOBRE CROISSANTS Y ZUMOS DE NARANJA.


       Nuestro país es especialista en la crítica inconsecuente,  o eso que decían en la antiguedad de la paja en el ojo ajeno y la viga el propio. La última de una larga lista de agravios despilfarradores ha sido la de los vuelos en clase de primera de nuestros eurodiputados. Criticamos los sueldos y privilegios de nuestros dirigentes políticos como abusivos, los tildamos de incompetentes, caraduras y despilfarradores (nada suele decirse de las primas de los grandes ejecutivos, amparados en las ganancias del sacrosanto mercado). Parecería que al hacer estas duras acusaciones, al menos podríamos considerar a los hipercríticos como campeones de la productividad y el ahorro, pero me temo que desgraciadamente no es así. 
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     Para comprobar esta última afirmación ruego ahora, si alguno de los lectores habituales es un trabajador en el sector público o vinculado con él (los ejecutivos de una empresa privada no creo que nunca lean un blog como este), que se acuerden de un último acto en el que las arcas públicas se gastaron un dinero no siempre demasiado productivo. Yo sí recuerdo uno: un curso de bibliotecas escolares que tuve la oportunidad de asistir a mediados de curso. Entre conferencia y conferencia nos ofrecieron un generoso aperitivo de esas ricas tapas en las que no faltaba de nada, acompañado de zumo de naranja o café, al gusto del consumidor. Después creo que a la hora del almuerzo había otro pincho, pero yo decidí marchar para casa. Entre aquel ambiente distendido, lo curioso de todo era encontrar algún señor despotricando contra el gobierno mientras sosegaba su atormentado espíritu a base de croissants variados y sorbos de café. Alguien lo escuchaba atentamente pero decidió cortar por lo sano diciendo: "¿Y usted no cree que lo que estamos viendo aquí no es derroche? Si tanto quiere usted ahorrar, páguenos el café, por favor". El hombre ofendido contestó con un gruñido y siguió comiendo en silencio. La inercia al derroche ha estado tan extendida en nuestro administración pública, que multitud de gestos y pequeños caprichos como este siguen viendose casi normales, aunque hay que decir que la ética del ahorro está empezando a calar. Y llegamos al eterno defecto de la clase media de cualquier país: cuando se trata de privilegios, consideramos que solo los disfrutan los de arriba, y nosotros somos solo los eternos currantes que levantan el país cada mañana con el sonido de nuestros despertadores. La clase baja, naturalmente, no cuenta en este cómputo egoísta.
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      Una posible forma eficaz de acabar con esto es cortando los derroches desde arriba. El impacto económico de la corrupción es relativamente pequeño en términos absolutos. Su impacto moral, aplastante. Si nuestro jefe es un aprovechado, no tenemos razón alguna para dejar de serlo nosotros. La autoridad, si no es ejemplarizante ella misma, deja de ser legítima. Ese es quizás el mayor daño que hacen nuestros dirigentes políticos, y no solo las sumas de dinero que se dejan ellos en dietas y demás gastos. Nosotros hemos hecho lo mismo durante mucho tiempo, con el agravante que ellos son un puñado (gastan mucho, pero son pocos) y nosotros legión (gastamos poco pero somos muchos).  
      Y sin embargo, toda esta ética ejemplar del ahorro me temo que acabará mal. Cuando al señor de clase media les quiten los pequeños croissants de sus cursos de formación, porque los eurodiputados han dejado de volar en clase de primera, pasará a quejarse de que a los parados se les sigue dando un subsidio de desempleo sin producir nada, y abogará por suprimir los programas sociales. Así somos de especiales y de ciegos muchos de la clase media.  

jueves, 7 de abril de 2011

UNA RESPUESTA A HESSEL


            - ¡Indignaos! - Grita el viejo luchador de más de noventa años al mundo.
       - ¿Para qué? - responde con desenfado un alumno de bachillerato de apenas diecisiete al escucharlo.
       El hecho de que muchos idealistas en la historia hayan sido jóvenes, no quiere decir que la juventud sea por naturaleza idealista. Más bien ocurre lo contrario, sostiene Tiburcio: es fácil escupir a un joven a la cara y que él no se quiera dar por aludido.

lunes, 4 de abril de 2011

¿PODREMOS ENTERRAR A HUNTINGTON ALGÚN DÍA?

      
     Con todo lo que está cayendo en el mundo musulmán podríamos pensar si este temible enemigo de la postguerra fría no ha sido fruto de nuestra invención en las últimas décadas. El mismo error de cálculo que pudimos tener con los malignos bolcheviques hasta el año 89, nos puede estar ocurriendo ahora con estos países árabes en efervescencia. En efecto, si hasta entonces pensábamos que todos los rusos eran bolcheviques convencidos, todavía en 2011 pensamos que los árabes siguen siendo un atajo de fundamentalistas sin posibilidad de distinción. Y eso que polémicas aún no faltan: basta que un pastor fundamentalista queme un Corán para que la respuesta en el mundo islámico sea fulgurante. Y sin embargo, hemos dejado de considerar el mundo árabe como un ente unido y siempre dispuesto a una Guerra Santa.

       De ser esta visión cierta, parte de la culpa intelectual indudablemente la tiene el libro de Samuel Huntington, El Choque de Civilizaciones, que apareció hace quince años y que se convirtiría en una auténtica biblia para los conservadores bienpensantes de medio mundo (el occidental, claro está). Aunque aparecido en pleno auge del multiculturalismo (pensemos que el también influyente libro de Kymlicka, Ciudadanía multicultural, apareció solo un año antes), la psicosis colectiva y la cadena de atentados que siguieron al 11-S catapultaron las tesis de Huntington hasta niveles estratosféricos. La administración Bush lo convertiría en eje de su política exterior y tanta influencia ha tenido hasta nuestros días que nos ha dejado ciegos e incapaces de advertir el nuevo orden de cosas que nos brinda la historia a la vuelta de la esquina. En su obra, Samuel Huntington nos ofrecía unos curiosos mapas de civilizaciones nítidamente marcados, con zonas de contacto, de influencia mutua y de crisis permanentes, pero que de una manera o de otra reflejaba una visión de las culturas humanas como algo estático, eterno e inmutable. Se trataba como si Huntington, en lugar de hacer una geografía humana, estuviera hablando del mismísimo mundo de las ideas de Platón. Desde su amplio torrente de referencias bibliográficas e históricas, nos daba la sensación que las líneas comprendidas entre unas culturas y otras eran tan nítidas como el color de la piel, y tan firmes como la herencia genética. Que es un error tratar la cultura humana de esta forma es algo que la antropología académica lleva luchando desde hace más de un siglo, pero la antropología no encuentra adalides dentro de la política que permitan un público extenso.  La razón de esto es bastante sencilla: el choque de civilizaciones, al igual que el conflicto ideológico de la Guerra Fría,  era una situación cómoda, en el que politólogos e ideólogos de distinto signo podían trazar sin ningún problema las lineas a seguir a nivel de política institucional. Al mismo tiempo permitía encontrar un enemigo externo al que apuntar con el dedo ante problemas internos tan graves como la misma incapacidad de los estados occidentales para asumir la inmigración.  
         Pero la realidad siempre es más compleja de lo que aparenta en el mundo académico. Nuestros conceptos son huecos y los mapas mentales que creíamos seguros se tambalean y se hace obsoletos en cuestión de pocos años. No entraba en el cálculo de esta teoría que las culturas son permanentemente mutables, cambiantes, simbióticas. En el momento en el que justamente enterramos el multiculturalismo, nos damos cuenta que el adversario político que queda en pie  también está a punto de fracasar. ¿Acaso la imagen verdadera o ficticia del próspero occidente ha sido otra vez tan atrayente que ni siquiera nos hemos dado cuenta de ello, como ocurrió en la guerra fría? ¿Va a ser esta una nueva oleada modernizadora que borre fronteras culturales y las haga más homogéneas? Me da en la nariz que las rebeliones en el mundo árabe hacen más daño al fundamentalismo que a los valores occidentales, o que al menos estos últimos tienen más flexibilidad para asumir estos nuevos retos que el retorno a la tradición.   

domingo, 3 de abril de 2011

ESTRENAR PLAZA MAYOR


La nueva plaza, en estilo minimalista y apta para grandes multitudes. 
Me gusta bastante más que la anterior...

        Como si se tratara de alguna película ibérica del Berlanga, los cacereños ibamos con curiosidad a "conocer" la nueva Plaza Mayor que la gestión municipal nos ha dejado en este último año, abriéndola convenientemente antes de las elecciones, claro está. La abierta explanada me traía algún recuerdo de la niñez de cuando el aparacamiento de coches estaba libre con motivo de alguna fiesta. Entonces podíamos ver -con ojos de niño- una enorme plaza rectángular y en pendiente que nos parecía casi infinita y que naturalmente, era la más grande del mundo conocido. Pero ese dulce recuerdo de niño se disipa al instante y es sustituida por cierta amarga reflexión. ¿Para esto la plaza ha estado cerrada tanto tiempo y las arcas municipales (de la Unión Europea, subraya Carlos) se han dejado un buen dinero? Ignoro las posibles obras que se han podido hacer en los subsuelos de la plaza, su  necesidad y su importancia. La apariencia exterior sin embargo deja una abierta sensación de despilfarro en tiempos de crisis. En realidad, la plaza me traía a la mente la vieja idea del economista Keynes, "para salir de la crisis, hay que hacer agujeros y luego cerrarlos", y parece que la alcaldesa se lo ha tomado al pie de la letra. Pero claro, en una ciudad donde el patrimonio cultural es ingente y da la sensación -a los ojos del profano- que todavía queda mucho por hacer para restaurar y mejorar en la gestión de dicho patrimonio, este abrir y cerrar agujeros resulta algo irracional. Y cuando una grave crisis económica pone bajo lupa cualquier gasto inútil y superficial, la inercia constructora se hace hirente. Pero claro, la plaza vende. La pisamos todos los cacereños, y aparece la engañosa sensación de que nos regalan algo novedoso y siempre mejor que el desfasado modelo anterior. Siguiendo la estulticia berlanguesca, solo queda por ver qué remodelación de la plaza nos aguarda el próximo gobierno municipal. Ojalá consista solo en reparar alguna baldosa suelta.