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miércoles, 3 de abril de 2013

EL ESCRACHE, UN DEBATE MÁS ENTRE ROUSSEAU Y LOCKE...

El escrache, invento del cono sur para evitar la complicidad de las autoridades
políticas democráticas con los crímenes de las dictaduras, llega a España. 





     En el fondo el debate sobre el escrache es tan antiguo como la democracia. Este es otro episodio más de los típicos desencuentros entre dos visiones de la democracia y dos filosofías: por un lado la democracia liberal pactada, escrupulosa con los derechos y la legalidad,  extraida del contrato social de John Locke y el conservadurismo del siglo XIX, y por otro, la democracia radical, ruidosa y llevada hasta el límite, que se concluye de la lectura de Rousseau y que nos conduce hacia la línea de Thoreau o Mill, hasta los movimientos sociales del siglo XX. Que los dos autores hayan caído dentro de la misma teoría del contrato social no nos indica en absoluto que sus regímenes políticos no estén en las antípodas entre sí. Con la cuestión de si el escrache constituye una inmoralidad, una violación de derechos individuales y un peligro hacia la democracia, o si por el contrario, constituye una forma más de resistencia pacífica y de presión ciudadana hacia unas instituciones que han dejado de representar a los ciudadanos adecuadamente, nos decantamos abiertamente por dos visiones de la democracia, con sus peligros respectivos. El peligro de quien considera alegremente que el escrache es una "manifestación terrorista" no quiere ver que las instituciones están deterioradas tras cinco años de crisis, y que las urnas no manifiestan ya la auténtica realidad política y social de nuestro país. Esto ha ocurrido en inmumerables ocasiones en las democracias latinoamericanas, y ahora empieza a sentirse también en Europa. La gente no tiene paciencia para acudir a las urnas cuando la clase política no encuentra solución a sus problemas o no tiene la valentía para afrontarlos. El voto se vacía de contenido. Sin embargo, el ejecutor del escrache corre el riesgo de convertirse en juez único, representante de una voz pública que no es universal, sino de un colectivo particular. Y lo que es peor, de buscar un chivo expiatorio sobre el que depositar su frustración política.
       Evidentemente, las dos soluciones tienen sus luces y sombras. Pero se me va a permitir aquí que hable desde una famosa idea de Kuhn, cuando hablaba del desarrollo de una "ciencia normal" y de una "ciencia extraordinaria". En épocas de "ciencia normal", el cumplimiento de las reglas políticas establecidas funciona adecuadamente. La política se escribe con minúsculas, el consenso es amplio y nadie desea romperlo. Es coherente que aquí el respeto estricto a la legalidad funcione con las expectativas de alcanzar un sentido común deseado por la gran mayoría social. Pero en épocas de "ciencia extraordinaria", se inician los experimentos, se rompen los clichés y se conjugan nuevas ideas. Es el momento de las revoluciones copernicanas. Quien piense que seguimos operando bajo las condiciones de una "ciencia normal" -por ejemplo, las reglas impuestas desde la Transción española plasmadas en la constitución de 1978 y en un equilibrio político muy particular- está equivocando su diagnóstico. Ya no podemos mirar hacia atrás y pensar que todo sigue igual. Al igual que Keynes avisó en Versalles, al escribir Las consecuencias económicas de la paz que nadie podía volver al espejismo de 1914 como si no hubiese existido una guerra en medio, nuestra clase política debe olvidarse de regresar a los años anteriores a la crisis. Por lo tanto aquello que consideramos "anormal", que en términos políticos y éticos puede ser considerado como incívico e inmoral -como puede ser el escrache-, es la única forma de manifestar un descontento profundo sin caer en una rebelión violenta. 
    Muy posiblemente los partidos políticos mayoritarios se equivoquen al condenar y equiparar a puro terrorismo sin más estas manifestaciones ciudadanas. No son conscientes que reprimiendo estos actos, acaben conduciendo a los sectores más desfavorecidos de la sociedad a actos aún más radicales y destructores, e igualmente hacia una espiral de represión más sistemática de los mismos. Aquí es donde se abre la grieta entre las posibilidades de reformar nuestra sociedad o acabar bajo una sombra auténticamente dictatorial. Los países anglosajones -Estados Unidos a la cabeza- se enfrentaron a auténticas rebeliones civiles dentro de su sociedad -la lucha por la emancipación de la mujer o los derechos de la minoría negra en Estados Unidos- y acabaron transformando sus democracias. Los países mediterráneos -con España en primera fila- se especializaron en su historia en construir grandes sistemas políticos de represión, por culpa de una sociedad enrocada en sí misma y que fue incapaz de evolucionar. Falta saber ahora si el espíritu que se fraguó en la Transición es capaz de resurgir nuevamente para resolver los problemas a los que nos enfrentamos.