Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.

martes, 29 de diciembre de 2009

EL LOCO DEL CANDIL

Las doce del mediodía, 29 de diciembre. Cánovas repleto de gente con paquetes envueltos: las fechas obligan. Todo el mundo parece tener una dirección bien establecida. Arriba o hacia abajo, hacia una tienda o hacia su casa. De repente una figura errática parece que rompe la simetría perfecta de la gente. Va de un lugar a otro, se aproxima tímidamente hacia unos y otros. No lleva bolsas, tan solo un paraguas de una mano y una vela del otro. El hombrecillo es de baja estatura, parecería que viene de las más absolutas tinieblas y que no ha sido tocado durante mucho tiempo por el sol. El tiempo tampoco ayuda y la lluvia le ha empapado los pantalones. A saber cuántas horas lleva allí esperando. De pronto, reconozco aquella figura. Claro que sí, no puede ser otra cosa: el loco de la linterna.
- Usted busca a alguien, verdad.
- Busco a Dios, dice en un susurro.
- No me lo puedo creer, usted por aquí.
- Me ha reconocido...
- Claro que sí.
- Me lo temía. Entonces usted me podrá ayudar en el asunto. Dónde está Dios.
Me acuerdo en ese instante de la cita de La gaya ciencia y la versiono:
- Dios se ha puesto en venta. Nosotros lo hemos comprado. Lo lleva cada uno en una de esas bolsas. Es más sencillo que todo lo antiguo. Todo está bien y todo está mal: depende del precio que pongas a las cosas.
La cita me ha quedado muy manoseada. Vaya descubrimiento. Y sin embargo, el hombrecillo gris parece sorprenderse. Me mira con ojos tristes, como si hubiera hecho una revelación malintencionada.
- No puede ser. Y todo lo trágico que tenía la escenita de perder los horizontes, del caos?
- Se acabó. Mira, te resumo en una frase: murió su padre, vino la guerra, luego el estado y después las bolsas de supermercado. El más frío de todos los dioses acabó sucumbiendo y en su lugar han puesto el capital, dios de múltiples caras, que pone las luces de navidad, los anuncios y los regalos y además subvenciona el Belén público.
- Qué verguenza. Y yo que había escogido la Navidad para mi buena nueva! Vaya mierda...
- Bueno, la gente parece feliz, y la gente siempre tiene la última palabra. A mí no me convence del todo. Mire, si quiere, le ayudo a seguir buscando. Le contaré un secreto, yo también me hago su pregunta. Mucha gente se la hace todavía.
- Ah sí, entonces tal vez le interese lo que tengo que decir...
Le escucho con misericordia, como podría hacer con los mormones que llaman a mi casa. Tomamos una cerveza y un nestea y dimos un paseo por la parte vieja. Pregunté por la familia, cómo le iba al Bigotes y al Barbas. Se encogió de hombros y dijo "como siempre". A continuación se alejó de mí, subió la cuesta de Aldana y se perdió en la lluvia.
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El loco del candil antes de desaparecer de mi vista.

lunes, 28 de diciembre de 2009

LA ETERNIDAD DEL MUNDO Y DIOS

Los diálogos civilizados alimentan bastante el espíritu, incluso cuando son de forma internáutica. Si uno no cambia radicalmente de opinión, al menos perfila mejor lo que ya defendía. Y es que en el fondo, Sócrates y los griegos tenían razón: el aprendizaje de la verdad se hace siempre a través de la conversación. Pues bien, en una de esas conversaciones estaba discutiendo con Víctor Casco nuestras posiciones respectivas en relación con el hecho religioso, y ya se pueden imaginar: uno empieza hablando del ateísmo y acaba desbarrando de la teoría de las cuerdas, la evolución o cincuenta filósofos...
Uno de los argumentos importantes que utiliza la moderna física contemporánea, desde Stephen Hawking hasta la teoría de cuerdas, es confirmar la eternidad de la materia como forma de negar a Dios. Si aceptamos su eternidad, en definitiva, prescindimos de una causa originaria de la materia, y por lo tanto eliminamos el papel del creador. Hay que recordar que esta teoría científica toma postulados opciones filosóficas muy respetables, pero siempre discutibles. Precisamente de esta confusión, provienen muchos problemas: como suele decirse, nuestros científicos son excepcionales en sus campos de estudio, pero bastante chapuceros en relación con la filosofía. En concreto me voy a centrar en dos problemas que tiene la idea de "ser eterno".

Antes de nada, una definición básica. La idea de eternidad se puede entender desde dos puntos de vista: el temporal (algo que existe y ha existido siempre: la visión griega), y como ser pleno (algo que es totalmente, inmutable, puro presente y fuera del tiempo: la visión hegeliana). La primera característica apunta hacia una posible característica de la materia. La segunda apunta a la misma idea de Dios, causa suficiente en sí misma. No hay que olvidar esta distinción.

Pasemos al primer problema. Comprobar la eternidad del mundo es algo muy difícil, tarea imposible que no se resuelve con una teoría científica y que corresponde a lo que Kant llamaba las "ideas de la razón". En la primera antinomia de la KrV, Kant asegura que probar la eternidad del mundo es imposible, pues cualquier teoría que demos no puede dar cuenta de una sucesión explicativa hacia atrás que sea infinita. En definitiva, incluso si las sucesivas teorías de física cuántica vendrían a resolver siempre podría plantearse si tenemos la parte de la realidad relevante para explicarla, puesto que es infinita. Queda con esto dicho que la eternidad del mundo será siempre un postulado, pero no un hecho científico.

Y en segundo lugar, la idea de eternidad de la materia no obliga a prescindir la posibilidad de que ella misma haya sido creada, puesto que la idea de creación va más allá de una mera interpretación de la causa y efecto con una lógica solo temporal. En la causalidad a nivel metafísico juega otro elemento más importante, a saber, lo contingente frente a lo necesario. Cabe así entender la posibilidad de creación por parte de un ser eterno (necesario, pleno, fuera del tiempo, Dios), de una realidad contingente y eterna en sentido únicamente temporal. Esto se podría entender de múltiples formas (desde una perspectiva tomista hasta la neoplatónica o spinoziana), pero para vincularlo con la teología actual, bastaría, según Ruiz de la Peña, asegurar que este universo, que puede ser uno entre muchos, ha sido el elegido para el plan salvífico diseñado por un Dios personal, a través de la historia del hombre y su contacto con Dios.

No hace falta decir que todo esto no justifica la idea de la existencia de Dios. Ni siquiera avala que sea más creíble que su teoría contraria. En cualquier caso, Dios sigue siendo una hipótesis difícil, controvertida y arriesgada. Lo único que venimos a plantear aquí es la imposiblidad de negar a Dios por la mera razón científica de forma tajante y concluyente, una razón que como se ha dicho tantas veces, es excesivamente reduccionista para la complejidad del ser humano.
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Drusa de cuarzo del cerro de la Butrera: agujeros negros entre la ciencia y la religión.

sábado, 26 de diciembre de 2009

SOBRE ROLLIES Y BARES...

El rollie tiene su propio arte y su magia singular. Hay gente que dice fumar por vicio. El fumador de rollie, sin embargo, tiende a ver el acto de fumar como un ritual, con sus pasos conocidos. Acomódense bien, extraiga un papel de arroz, deposite suavemente una pequeña carga de tabaco sobre el papel, y coloque la boquilla. Humedezca con la lengua la superficie encolada del papel, y ahora, disponga a hacer el cigarrillo con más o menos soltura. Aunque en nuestro país el rollie era ley muchos años atrás, hoy en día tan solo unos pocos lo practican y lo asocian además al hash o a una pose intelectual. En Europa sin embargo lo hacen infinitamente mejor que aquí, la economía lo exige: por eso tienen una palabra para ese cigarrillo, mientras que nosotros no. Las leyendas aseguran además que se fuma menos con el tabaco de liar. Vaya usted a saber.
En fin, llegamos a un bar, y nos encontramos a dos maestros de este arte. La atmósfera cargada por el humo y un par de cervezas sobre la mesa permiten una conversación de cierta altura. Y uno de ellos se queda contemplando los anillos de humo sobre su cabeza.
"Disfruta de esta imagen, dice uno de ellos, porque ya no volverás a verla.
El otro se encoge de hombros.
"Los fumadores son considerados como enfermos a los que una sustancia, la nicotina, les ha nublado el cerebro y no se hacen responsables de sus actos. El vicio les empuja a destruir su cuerpo y el de los demás que tienen a su alrededor. Por eso se hace necesaria esta medida: fuera el humo de los lugares públicos. Cuando sea usted viejo, dará las gracias al estado paternalista y protector que ha velado por la salud de su garganta y sus pulmones, le ha ahorrado una considerable suma de dinero de sus impuestos.
El libertario se enfurece y contesta:
"Nadie ha llamado a papá estado, que el estado lo que hace es medir a todos por igual, como un puñado de corderitos y que existe una cosa que se llama autonomía individual, responsable. Sí señor, Escohotado tenía razón: habría que legalizar no solo el tabaco, sino el hachís y cualquier otra droga dura, porque la libertad del individuo es sagrada. Lo que hace falta es educar, no prohibir. Eduquemos a la gente a sobreponerse a las drogas y a disfrutar con mesura del humo, algo así como hacían los griegos con los placeres corporales, con moderación y sin convertir al hombre en esclavo de sus pasiones.

"Caramba, hablamos solo de lugares públicos, dice el primero.
"Y yo defiendo lugares públicos que respeten mi derecho a fumar, demanda el segundo.
"Ustedes no piensan en los demás, yo soy capaz de coartar libremente mi libertad por el bien de los demás y de uno mismo.
"Y yo también, sin necesidad de que acuda una ley. Basta que alguien me lo pida para que apague mi cigarro.
"Son muy optimistas con el individuo, se renueva la conversación.
"Y ustedes quieren volver a la ley seca.
"Exagerados...
Antes de empezar a llamarse los típicos calificativos de fascistas o anarquistas, intervengo en la conversación. Yo llevo tomando notas desde hace tiempo para clase. Típico debate entre liberales y paternalistas, qué maravilla.
"Solo por escucharles hablar, merece la pena que ustedes sigan fumando.
Piensan quizás que me estoy burlando de ellos, pero especifico mi intervención.
"La filosofía aparece en los lugares más insospechados.
Sonríen. Por si acaso, me marcho de allí, no vayan a entenderme mal. Perder el tabaco o el alcohol de forma pública es acabar con nuestra más entrañable forma de sociabilidad. Alguien se puede imaginar las películas de cine negro, la Rayuela y tantas otras cosas sin el vicio del café, del humo y del alcohol, pero yo no. Y eso no quiere decir ni que seamos adictos, ni que no se puedan imponer algunas restricciones.


El estado velando por la salud ciudadana: opresión o buenas intenciones...

jueves, 24 de diciembre de 2009

HUME Y LA FUNDAMENTACIÓN DE LA MORAL.

    Leo con sorpresa en cualquier libro de Ética que para posicionarnos moralmente debemos siempre fundamentar nuestras decisiones, dar razones de lo que hacemos. Los autores omiten (posiblemente sabiéndolo) que la ética es pasión, sentimiento, creencia, vivencia, y no pura razón. La razón siempre viene después, justificando nuestros actos. Estoy harto de verlos en cualquier debate de clase: si una persona tiene una creencia o una convicción profunda de algo, será muy difícil hacerle cambiar de opinión, por muchas razones que se den. De ahí la frustración que muchas veces me acompañan en los debates. Y es que creo conveniente citar aquí al maestro Hume, que ya en el siglo XVIII lo tenía muy claro:
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    "Por tanto, dado que la moral influye en las acciones y afecciones, se sigue que no podrá derivarse de la razón, porque la sola razón no puede tener nunca una tal influencia, como ya he probado. La moral suscita las pasiones y produce o incita las acciones. Pero la razón es de suyo absolutamente impotente en este caso particular. Luego las reglas de la moralidad no son conclusiones de nuestra razón."
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     He aquí una perfecta definición del emotivismo ético. Pero durante años me enseñaron que la falacia naturalista era sobre todo un problema epistemológico, y ahora nos damos cuenta que en realidad es un problema de motivación. Es decir, no es solo el desacuerdo que suscitan distintos juicios y opiniones en la controversia ética, es su incapacidad de incitar a la acción, lo que conduce a la disciplina a reintroducir los sentimientos subjetivos.
     La falta de pasión en la razón es lo que empujó a Kant a reintroducir la religión en su ética, la que obligó a Marx a construir una filosofía de la historia, a Rawls a citar a Aristóteles, la que obliga a Kohlberg a reconocer que su nivel postconvencional es mucho menos frecuente de lo que tendemos a creer en la psicología humana. La racionalidad mueve a un determinado tipo de individuos pero no a todo el mundo. Sin caer en el juicio negativo de Rorty, la razón es un instrumento útil, pero no exclusivo, como pensaban los filósofos de la vieja modernidad.

Para Hume, la velocidad que imprimamos a nuestras decisiones éticas, vendrá determinada por los sentimientos que depositemos en ellas.

lunes, 21 de diciembre de 2009

PROBLEMAS DE COPENHAGUE (III): UTILITARISMO Vs ÉTICA DEL DEBER

Sancando consecuencias en clase de la cumbre de Copenhague, dejamos abierta la siguiente cuestión: la obligación ética de seguir o no medidas reguladoras de emisión de CO2 a la atmósfera, independientemente de haber alcanzado un acuerdo o no. Este puede resultar un caso clásico de dilema moral entre éticas del deber o deontológicas y éticas finalistas, consecuencialistas.
Parece claro que la ausencia de un acuerdo conduce a los países deseosos de firmar un pacto, a dejar aparcadas sus pretensiones ecologistas. Desde un estricto principio de utilidad, la acción única de un país no resuelve el problema ecológico, y además desvía recursos económicos, mermando su competitividad en el ámbito internacional. La consecuencia de esto es que deberíamos abandonar cualquier intento ecologista por suicida y no efectivo. Poco importa la moralidad o inmoralidad de la contaminación: el hecho es que es irresoluble por nuestras propias fuerzas.
Sin embargo, desde una ética del deber, los resultados no son tan importantes. El ser humano no se comporta siempre siguiendo un marcado recuento de beneficios y pérdidas. Cuenta el principio de obligación y su racionalidad intrínseca, y por lo tanto la decisión moral se toma antes de analizar su resultado. Independientemente de si va a ser efectivo o no, queda un deber moral por cumplir -no implicarse en este suicidio colectivo que es no asumir el cambio climático-: el hecho de que otros no sigan nuestro ejemplo no significa que se nos exhima de nuestros compromisos y obligaciones. Me llamó la atención que una parte del alumnado de cuarto C estuviera de acuerdo con este último planteamiento. Será que nos veremos más implicados que otros entre los afectados por esta catástrofe. Y también habría que ver en cuánto nos queremos comprometer de esta forma tan altruista.
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Lluvia otoñal en Cáceres... por no mucho tiempo.

viernes, 18 de diciembre de 2009

PROBLEMAS DE COPENHAGUE (II): EL PESO DE LAS GENERACIONES FUTURAS.

En un tema clásico de ética y política, Rawls se preguntaba cual era el peso específico que debían tener nuestras obligaciones respecto a las generaciones futuras y reconocía que era prácticamente inevitable plantear el problema como casi irresoluble. De la misma forma, los economistas se definen muchas veces por una cuestión temporal: solucionar un problema social ahora, o bien sentar las bases de un crecimiento a largo plazo. En el problema del cambio climático este conflicto se observa dramáticamente en relación con los países emergentes (Brasil, India...): deben optar entre crecer ahora y sacar de la pobreza a sus países, hipotecando el futuro, o bien tomar seriamente el riesgo del futuro, sin esperar sacar ningún beneficio a corto plazo.
Es fácil hablar de los compromisos a largo plazo con el estómago lleno (esto lo tenía muy claro Keynes en los años treinta). Es mucho más difícil explicar dicho compromiso ante gente cuyo futuro se reduce a poder comer durante el próximo mes. Ha bastado simplemente una crisis económica para que el problema ecológico dejara de ocupar titulares en los medios de comunicación durante un par de años.
Con razón, los países emergentes piden a los países desarrollados que sean ellos los que paguen una mayor parte de la factura del calentamiento global. Sus sociedades no lo pueden entender de otra forma. No hacerlo significa proponer el último apéndice del colonialismo occidental.
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Cartel en el Portanchito, en desuso por lo que parece.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

PROBLEMAS DE COPENHAGUE (I): EL DILEMA DEL PRISIONERO

Con estupor escuchamos las declaraciones que van llegando de Dinamarca. Un acuerdo no es posible. El recelo entre las partes, más allá de las buenas palabras, crece. Se barajan fórmulas imposibles de compra y venta de derechos de emisión de CO2, contrapartidas económicas de un lado y de otro. Uno se pregunta si no asistimos a una cita más con el dilema del prisionero. En una palabra: todos las partes implicadas desean llegar a un acuerdo. Todas saben que es lo más deseable, incluso desde un punto de vista completamente egoísta y particular. Pero son demasiadas partes: cuantos más actores, más difícil se hace el consenso. Todas por igual tienen recelo por ver quién paga menos de la factura ecológica, y sobre todo, quién va a controlar a los estados para hacer cumplir estos compromisos. El temor a los estados freerider, aquellos que quieren pagar menos y beneficiarse del esfuerzo de los demás, está siempre presente. Con razón Estados Unidos reclama a China y a los demás cooperantes transparencia. Es decir, observadores imparciales y objetivos que precisen si las demás partes de los contratantes cumplen lo pactado.
Resultado en el dilema del prisionero: en lugar de un esfuerzo por la colaboración, que racionalmente traería un bienestar general, el resultado de la deliberación acaba siendo justo el contrario. Al considerar a los países representados en Copenhaguen como socios poco fiables, se opta por la no-colaboración, y volver a esperar otra oportunidad. Ninguna de las partes, ante tanta incertidumbre, se atreve a firmar un acuerdo vinculante.

Ante estas circunstancias uno casi siente nostalgia de la vieja guerra fría y un mundo más ordenado que el nuestro. Es precisamente ahora cuando se precisa un liderazgo mundial que ponga la máquina del acuerdo en movimiento y elimine este tipo de incertidumbres. Quizás la época de las superpotencias haya pasado a mejor vida y haya muchos que se alegren de ello, pero el vacío que deja -un mundo con muchos poderes, tal vez anárquico, y dejado todo orden posible a la mano invisible del mercado-, hace imposible alcanzar acuerdos planetarios. Y la ausencia de una representación política a escala planetaria efectiva y con capacidad de imponer consensos, nos llevan a estas conferencias largas y con una frustrante sensación de inutilidad.
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sábado, 12 de diciembre de 2009

CIEN PERSONAS.

Esta mañana había convocada en Cánovas una manifestación por el cambio climático. Delante del bombo, un centenar de personas -ojalá fueran más- se reunieron al mediodía en la cita. Cien personas, arriba o abajo: número escaso en una ciudad de noventa mil habitantes. Supongo que la gente tenía cosas más importantes que hacer. Que el problema ecológico queda demasiado lejos, que una manifestación no va a cambiar nada, que estos problemas los tienen que resolver otros, y no los ciudadanos de a pie. Se pueden exponer tantas razones como personas hay en la ciudad. Todos los que pasábamos por allí teníamos un poderoso argumento: debíamos hacer las compras de navidad. El vertiginoso día a día de nuestras vidas no permite detenernos. Las tiendas no esperan, el cambio climático siempre se puede dejar para mañana. Así parece también que se lo han tomado los reunidos en Copenhaguen. Pero pueden regresar tranquilos a sus países: nadie les va a echar en cara su fracaso, porque parece que a nadie le importa tal cosa.
Esos son los hechos. Queda patente la debilidad de nuestra sociedad civil. Tenemos los problemas y la sociedad que nos merecemos y no podemos echar la culpa a nuestros dirigentes: la tenemos que echar a nosotros mismos. Pero también me gustaría destacar en qué puede que se equivoquen los organizadores. En primer lugar, el problema ecológico sigue siendo invocado como un contenido ideológico propio de la izquierda. Mientras eso siga siendo así, una mitad del país mirará con recelo cualquier manifestación ecologista. El problema ecológico es una cuestión de pragmatismo, no de ideología. Como consecuencia de esta contaminación ideológica, se abordan en una movilización sobre el cambio climático cuestiones ajenas a él. Qué demonios pintaba la guerra de Afganistán, por ejemplo, entre el problema ecológico. De la misma forma que me revuelve la tripa que cada manifestación de izquierda o derecha se adornen con banderas monárquicas o republicanas, como si en las cuestiones de educación, aborto o desempleo se estuviera decidiendo todavía nuestro régimen político. Ciertamente cualquier movilización política requiere una identidad. Pero desgraciadamente el uso de esa identidad resta apoyos en estos problemas tan graves, y no permite fáciles consensos.

viernes, 11 de diciembre de 2009

BUSCANDO A RAWLS EN COPENHAGUE.

La cumbre de Copenhague deja en puntos suspensivos el futuro de la humanidad. El reto ecológico no será tal vez la hecatombe final de nuestra especie, pero sí una catástrofe sin precedentes en la historia del hombre y de la naturaleza. Y mientras el ciudadano de a pie se queda con que la temperatura puede subir dos grados y que en nuestra región llueva un 20% menos, ya hay científicos que comparan el cambio climático con las extinciones en masa del Pérmico o del Cretácico, que acabaron con el 98% de las especies marinas.

Con este tipo de cumbres y retos en futuros tan cercanos y lejanos al mismo tiempo, siempre queda en mí la misma pregunta: si tendremos esta vez la suficiente racionalidad como para ser capaces de tener previsión sobre un acontecimiento de tales consecuencias. Esta capacidad es la base de toda la teoría del contrato social. John Rawls hizo en su libro clásico Teoría de la Justicia el "experimento mental" de una posición original en que las partes firmantes, racionales y autointeresadas, pactaban un acuerdo por el cual se firmaban unos principios de justicia válidos para una sociedad bien ordenada. Hizo bien Nozick en reírse -a mi pesar- cuando dijo que esa racionalidad era una entelequia tan verdadera como la existencia del mundo de las ideas de Platón. Los hombres tenemos una racionalidad a corto plazo, sometida por un estrecho marco temporal que limita nuestras acciones racionales a las consecuencias que podemos palpar y disfrutar. Una catástrofe con plazo de cuarenta años, cuando existen tantas otras cosas que parecen desviar la atención del momento, se ve excesivamente lejana como para unir a las "partes firmantes" que se han reunido en Copenhaguen.
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Y sin embargo, tengo alguna dosis para el optimismo. La historia del hombre es la historia de la previsión. Hace milenios, el hombre neolítico fue capaz de recoger los granos de una espiga de trigo y ser lo suficientemente inteligente como para preveer que no debía comerlo todo, guardar una parte y conservarla como semilla. Así garantizaba la comida para la primavera siguiente, y permitió definitivamente la expansión del hombre por todo el globo. Esto fue algo tan importante que se le denominó en la historia "revolución neolítica". Hoy en día se nos pide una revolución igual de importante: cambiar nuestros hábitos, no consumir todos los granos de trigo (no emitir CO2), para seguir conservando el futuro. De conseguir tal previsión, tal vez habremos ganado la primavera de la próxima generación.
.Cáceres reflejado en un charco de agua: una imagen que se hará rara en un futuro si no cambian las cosas.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

MÁRTIRES Y HUELGAS DE HAMBRE

Preguntaba en clase sobre la legitimidad de utilizar tu propio cuerpo y destruir tu propia vida como mecanismo para luchar por una idea política o ética. El caso de Haidar y el Sahara se nos venía a la mente y había que explicar por qué estaba luchando (el problema del Sahara no es muy conocido entre los jóvenes). Pero después, las opiniones eran contrapuestas: Laura Pascual defendía que el cuerpo y la vida son propiedad inviolable de cada persona y por tanto debía respetarse la decisión de la activista; Patricia que era una forma legítima de resistencia y lucha política; David que son decisiones que pueden llegar a chantajear estados enteros (con el caso de Juana Chaos) y Alberto con que hay que baremar también los fines y causas de esas acciones. En otro curso, Jesús Urueña planteaba la responsabilidad de los espectadores, es decir aquellos que estaban viendo a esa persona poner en peligro su propia vida. El caso es que esa última interpretación era aquella que me hacía pensar más.

Hasta qué punto esos terceros pueden consentir la muerte voluntaria de una persona nos conduce de nuevo a esa interminable lista de problemas de ética relacionados con la legitimidad del suicidio público, el martirio o la eutanasia. La cuestión es que si nuestra cultura occidental, con derechos humanos en la mano, o desde una interpretación más religiosa, colocamos a la vida en lo más alto de nuestros valores, no se puede consentir que esa vida se convierta en medio para alcanzar un fin determinado, sea el que sea. No se trata aquí de una lectura utilitarista (si conseguiremos una mayor o menor movilización social por el efecto de un mártir, o las consecuencias para la política de un estado), sino de algo más básico, un principio deontólogico, un deber que tiene que ser respetado antes de determinar el cálculo de nuestras acciones. En cualquier caso, esta no es la primera ni será la última vez que la vida se pone en la camino para alcanzar una causa justa. Y nos deja una reflexión: existen causas olvidadas -como es el drama de los refugiados saharauis- que solo pueden salir a la luz ante medidas tan extremas como esta. Se acusa fácilmente al mártir, pero no debe ocultarnos que la responsabilidad de estos problemas nos llevan a decisiones políticas inadecuadas tiempo atrás y a pactos de silencio en la actualidad. Tanto Marruecos como España deben escuchar.
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Aminatou Haidar, activista de derechos humanos y antes de empezar una huelga de hambre en la que lleva más de tres semanas. Su acción ha conseguido que por fin se vuelva a hablar del Sahara en España a una escala desconocida hasta el momento.

lunes, 7 de diciembre de 2009

OSCAR WILDE: LA PROPIEDAD COMO NEGACIÓN DE UNO MISMO.

"The true perfection of man lies, not in what man has, but in what man is. Private property has crushed true Individualism and set up individualism that is false" (la verdadera perfección del hombre descansa no en lo que un hombre tiene, sino en lo que un hombre es. La propiedad privada ha destruido el verdadero individualismo y ha formado un individualismo falso). En esta magnífica cita de The Soul of man under Socialism Oscar Wilde ve con total clarividencia las aspiraciones del burgués victoriano y sus limitaciones: en una sociedad en la que la propiedad marca distinción, honor y privilegio, el mero hecho de ser propietarios nos sepulta en multitud de compromisos y convenciones para seguirlo siendo. Y como bien se sabe, en Wilde y el dandismo, seguir la convención significa morir en vida.

La propiedad se ve como objetos que poseemos a cambio de destruir nuestra propia alma, el verdadero individualismo, como proclama Wilde. No poseemos objetos: los objetos nos poseen a nosotros. Y efectivamente, el hombre vende su libertad por la posesión. Creamos eslabones de una cadena cada vez más larga y pesada. Una hipóteca nos obliga a mantener un trabajo estable buena parte de la vida activa y renunciar tal vez a acciones que nos harían más felices o auténticos. Un buen coche nos da status y privilegio, buena tecnología, buenas ropas y así sucesivamente.

John Locke, máxima expresión de la burguesía triunfante, es la clarísima antítesis. Para este autor, el hombre es propietario por definición: la vida y nuestra libertad son la más valiosa de todas ellas, pero también los bienes materiales sobre los que depositamos nuestro trabajo. Ellos forman parte indiscutible de nuestra felicidad. Para poder disfrutar de esos bienes materiales, habrá que formar un estado, un gobierno, unas reglas sociales que todos debemos aceptar para precisamente el resquicio de libertad que nos queda y aprovecharlo al máximo. Es en el sacrificio moral que exige el contrato social burgués donde empieza la madre de todas las batallas, el blanco de la crítica desde el individualismo victoriano hasta los actuales críticos de la sociedad de consumo.

El gran error para Oscar Wilde consiste en que debemos sacrificar nuestra libertad para precisamente poder disfrutar de esa propiedad de objetos. Ese "disfrute" se convierte en Oscar Wilde en símbolo de decadencia occidental, renuncia hacia nosotros mismos y esclavitud, olvido de la ética helenística y la enseñanza básica de Jesucristo y Sócrates. Paso, como aparece en la cita, del ser al tener. Naturalmente, el común de los mortales no se sentirá aludido y pedirá no hacer caso alguno a los excéntricos y los genios. Pero no en vano, algunas campañas publicitarias de artículos personales han hecho un guiño a Oscar Wilde: no es lo que tengo, es lo que soy, y en este caso nos podríamos preguntar si aquí el irlandés estaría de acuerdo con todo aquello relacionado con la belleza personal.
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Mi despacho, mis libros, mi mate, mi portátil, mi blog: definición de uno mismo o ataduras esclavizadoras.

domingo, 6 de diciembre de 2009

SOBRE LOS LEMAS Y SU ABUSO...

Iba paseando por las traseras de la calle Pintores en nuestra pequeña ciudad cuando de pronto me encuentro con esta ruda pintada sobre una pared desconchada. Me traía a la mente la crisis económica, sí, pero, una crisis entendida de forma que yo no acababa de verlo muy claro. El mensaje es digno de un comentario de texto: empieza con el problema del paro, pasa en el siguiente verso hacia la eterna oposición rico-pobre en la lucha de clases y concluye como solución la búsqueda de un chivo expiatorio -el patrono-, esperando solucionar así el problema. Además probablemente está escrito por gente que no tiene este tipo de problemas de clase en su vida personal, y su destinatario, presumiblemente cualquier viandante cacereño, a lo sumo puede pensar que se está cometiendo un acto vandálico o quedarse extrañado por los firmantes, ni más ni menos que el PCE(r).
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Que conste que no estoy en contra de los lemas, pero sí de su abuso. Es cierto que un lema o un símbolo tiene por definición que ser escueto, contundente y que alcance al corazón; pero luego se exige mover los cerebros con palabras y fórmulas infinitamente más complejas -esta sería la división clásica entre ética maximalista y minimalista de Michael Walzer-. El problema, claro está, consiste en quedarse en estos eslóganes, y no encontrar nada más por debajo. Los defensores de los lemas de este tipo (ya sea de izquierdas o de derechas) acaban simplificando tanto las cosas que sus palabras quedan completamente huecas. No está mal simplificar el Manifiesto Comunista a cuatro palabras, como aparece en la imagen; el problema es quedarse en ellas. Y el problema fundamental estriba en que estos lemas no solo aparecen pintados en la sucia pared de una ciudad insignificante, sino que a veces aparecen en lugares prestigiosos, entre bambalinas, publicidad y decenas de micrófonos que llevan las palabras a todos los rincones, y donde se espera que detrás del lema haya una explicación convincente y no se encuentra más que humo.

viernes, 4 de diciembre de 2009

JOHN LOCKE Y LOS CRUCIFIJOS EN LAS ESCUELAS PÚBLICAS

Otra vez, y como un episodio más de un interminable culebrón, se repite la controversia de los crucifijos en nuestro país, después del preludio italiano, y la eterna pregunta de si en una escuela pública deben estar presentes los símbolos religiosos.
Pues bien, uno se pregunta cuándo narices se va a entender en este país la distinción entre espacio público y espacio privado. Al espacio público le corresponde un área de neutralidad en materia religiosa e ideológica, y hablamos aquí de escuelas, ministerios y demás espacios en los que se representa a todos los ciudadanos del país, con sus impuestos y sus deberes. La razón está clara: ese espacio se hace y se construye con el consenso más amplio posible de todos los ciudadanos de un país.
El espacio privado es sin embargo el lugar por excelencia de la libertad de expresión: empieza por nuestro cuerpo, siguiendo por el ámbito del hogar de uno, y terminando por el espacio que ocupa legítimamente cualquier organización de la sociedad civil (un templo, una sala de reuniones de una ONG), es un lugar de sagrada libertad individual. Que alguien cuelgue un crucifijo en su página personal o blog en respuesta a las medidas del gobierno, es completamente legítimo porque es su espacio privado. Esto es algo que queda definido desde la época de John Locke, nuevamente, aunque este autor empleara términos distintos.

No se entiende por tanto que la polémica sobre la retirada de crucifijos en escuelas públicas suscite tantas críticas. Lo cierto es que el autor de esta página pensaba que hacía tiempo habían desaparecido de las aulas públicas. Cuando sectores de la iglesia consideran esta medida contra una afrenta a la libertad, habría que plantearse hasta qué punto estos sectores se pueden considerar realmente conocedores del liberalismo político más básico. Naturalmente, el problema es más complicado, pero esta simple intuición se echa de menos entre alguna gente. Otro día hablaremos de esas complicaciones. Cuando pase mi sorpresa ante estas reacciones.
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El símbolo de la discordia, en un lugar donde nadie en su sano juicio lo retiraría. No obstante, algunos de los más radicales laicistas se podrían preguntar si esto no es también una invasión del espacio público, y por lo tanto, susceptible de ser retirado, como en los años más truculentos de la Revolución Francesa. Detalle de la portada de la iglesia de la Preciosa Sangre, Cáceres.