Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.

lunes, 30 de noviembre de 2009

JOHN LOCKE Y LOS MIRANETES EN SUIZA

"Sí a la prohibición de miranetes": cartel para la propaganda del referendum suizo. Miranetes pisoteando la bandera suiza, unido a la imagen más detestada del islam en Europa, la posición de la mujer, sometida para los europeos a un velo discriminatorio.
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Suiza no suele ser un país que aparezca en muchas portadas de los medios de comunicación. Su propia neutralidad en el ámbito de la política internacional le hace muchas veces invisible a muchos conflictos, como también las reglas de su sistema financiero, no precisamente marcado por la transparencia. Ahora Suiza se ha vuelto noticia con un referendum sobre la legalidad o no de construir miranetes en las mezquitas islámicas que se van levantando en el país. Los suizos han votado claramente a favor del no (un 75% de los votantes): los miranetes son una amenaza para su cultura occidental, o por lo menos la expresión visible, el símbolo de esa amenaza y se rechaza construir más.
Desde muchas posiciones esto se ve como expresión de un miedo a una sociedad en la que determinados valores puedan extenderse. También se ve como aumento de la intolerancia de la sociedad europea a transformarse en una auténtica sociedad cosmopolita. Lo cierto es que después de los optimistas noventa, marcados por el multiculturalismo y cuidar el encanto de la diferencia cultural, 2001 marcó un cambio de tendencia. Europa tiende a ver con recelo cualquier conquista de un mundo musulmán que, al menos en una parte -desconozco lo significativa que es, pero muy ruidosa mediaticamente-, tiene como normal enfrentarse o desafiar los valores occidentales.

Si este miedo representa una retroceso a la intolerancia, habría que analizarlo más detenidamente. Pensemos en uno de los tradicionales paladines de la tolerancia religiosa: John Locke. Considerado como padre del liberalismo político, es también un antes y un después en la trayectoria hacia la tolerancia en su país, Inglaterra. Pero John Locke era una persona muy prudente y por lo demás, conservadora. Su defensa de la tolerancia se basa en que el estado debe mantener una política de neutralidad frente a las expresiones religiosas que tienen lugar en la sociedad civil. Ahora bien, este respeto a la diferencia discurre sobre cauces bien definidos: las creencias religiosas deben permanecer en un plano esencialmente privado.

En la Inglaterra de finales del XVII, los católicos, a juicio de Locke, no se habían ganado ese derecho a ser tolerados. La razón era bastante sencilla: no se puede prestar juramento a dos reyes, el rey de Gran Bretaña y el papa de Roma, que seguía siendo en aquella época un poder político. Presumiblemente, estos dos reyes podrían enfrentarse y nadie sabrá por qué lado se decantará esa comunidad religiosa. La historia de Inglaterra ha tenido además ejemplos bastante trágicos de ese enfrentamiento como Becket o Tomás Moro. Locke se opone a la tolerancia católica en nombre del mantenimiento de la paz en el reino.

Retornando a nuestros días, posiblemente Locke tampoco toleraría a muchos grupos musulmanes europeos. El Islam es una religión con un fuerte acento en lo jurídico. No establece solo cual es el Dios correcto, sino cómo comportarnos en multitud de situaciones cotidianas, políticas, sociales y económicas. Lo privado se confunde con lo público de forma continuada, y esto conduce a un conflicto enconado con un sistema político liberal. Ahora bien, esto no quiere decir que Europa tenga derecho a encerrarse en su concha de valores occidentales (valores además desgastados). La posición de Locke en Suiza -es lo que en el fondo se ha votado en ese país- es punto de partida, pero no punto final: al igual que los católicos se ganaron su lugar hace mucho tiempo en Gran Bretaña, es presumible que algún día también lo hagan los musulmanes en toda Europa. Es presumible que los europeos también nos libremos de algunas de las aristas más vetustas y polvorientas de nuestra civilización. El camino hacia la tolerancia no será fácil, pero la meta está bien clara.

viernes, 27 de noviembre de 2009

AGNÓSTICOS: DAWKINS Y EL GENIO MALIGNO.

Llama la atención en el libro de Dawkins The God Delusion la tabla que propone él de grados de creencia o increencia en Dios. Para este biólogo, combativo al cien por cien en todo lo que toca, existirían ocho tipos de creyentes en Dios: partimos del crédulo total, supersticioso y casi sacado del viejo estadio religioso de Comte, hasta aquella persona atea que es capaz de negar a Dios de la misma manera que afirma anda sobre dos piernas. Curiosamente, Dawkins no es capaz de ponerse en esa posición más radical y viene a decirnos que su posición es algo más moderada, puesto que no podremos probar nunca la inexistencia de Dios. Ahora bien, inferimos de la naturaleza que nos rodea que Dios es innecesario y que además la hipótesis de Dios no viene a solucionar nada.

Aunque no se quiera asumir, Dawkins se topa aquí con la famosa duda cartesiana del genio maligno. Si observamos un mundo dominado por las matemáticas y la física, un universo en el que las leyes de la lógica se cumplen, no habría la posibilidad de un duende verde, un genio maligno que nos indujera a error, por el mero placer de hacernos creer una cosa que es mentira? O si lo queremos en un sentido más bíblico (a lo Kierkegaard), no será esta una prueba de fe que nos manda Dios de la misma forma que hizo con Abraham al querer sacrificar a Isaac? Es cierto que esta duda es difícil, improbable, contra toda evidencia, pero es completamente legítima. todo puede verse reducido a un juego (absurdo para el científico ateo, quizás con más sentido para otros). Descartes despachó esta duda radical al recuperar en su sistema filosófico un Dios bueno que velase por la certeza de las investigaciones de los científicos y filósofos anhelantes de alcanzar la verdad. Lo cierto es que el sentido común opera en contra de todo este argumento y que, efectivamente, esta es una forma sumamente enrevesada de entender la naturaleza: de hecho, desde los tiempos de Godel la misma ciencia ha confesado su incapacidad de autojustificarse a sí misma de forma absoluta.

Por este tipo de dudas, nadie se plantea que la ciencia sea un fraude: la ciencia funciona razonablemente bien para sus expectativas y abandonar el paradigma sería condenarla al inmovilismo total. Pero podríamos dar la vuelta al argumento y volver al campo religioso. Si no existe, ni para el científico más ateo de nuestro tiempo, un argumento de total seguridad, es igualmente improbable considerar el hecho religioso como otro fraude, sobre todo cuando la religión se basa, nuevamente, en preguntas de sentido que hacen resucitar la hipótesis del genio maligno o la apuesta de Pascal a la mínima de cambio.
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There is probably no god. Now stop worrying and enjoy life. La combinación de Dawkins con la crítica de Nietzsche de la religión como sentimiento de culpa y rechazo a la vida. Una forma quizás algo estrecha de comprender las religiones del mundo o de reducirlas al fundamentalismo. En cualquier caso, una propaganda desenfadada, imaginativa, y al menos tolerante en su primera frase.

martes, 24 de noviembre de 2009

DON QUIJOTE: EL ORGULLO DE SER EL PRIMER FREAK DE LA HISTORIA

En el diccionario de lengua inglesa de Cambridge aparece la siguiente definición de "freak": someone who is extremely interested in a particular subject or activity. Entusiasmo, apasionamiento, conocimiento desmesurado de un tema determinado, sea el que sea. Cuanto más extraño, mejor. Alguien se puede preguntar entonces por qué los freakies tenemos tan mala prensa entre algunos colectivos. Freaky o "friki" es sinónimo en nuestra lengua de extraño o extraordinario rozando el mal gusto (más parecido en este caso a la otra definición de freak en inglés: algo monstruoso). Será tal vez porque el entusiasmo esté mal visto entre la gente desapasionada, o porque las rarezas y las diferencias no generan modas colectivas.

Otro sinónimo que podemos dar a la palabra freak/friki es la de marginación, fracaso social. Desde fuera, el freaky es aquella persona que se refugia en un mundo muchas veces imaginario, en el que sus ídolos y demonios parecen convertirse en punto de mira para todos sus actos. Sin embargo el freaky no comparte en muchas ocasiones esa forma de ver las cosas: incomprendido, visionario, no entiende al resto del mundo incapacitado para darse cuenta de lo importante que es una película, un músico o un libro o incluso una idea. El problema es la gente, no él o ella.

A mí me gusta más el sinónimo de la identidad personal. Necesitamos identificarnos con algo para reforzar nuestra identidad y separarla de la de otros individuos. Tiendo a pensar que una persona que nunca se ha sentido freaky en alguna cosa es una persona que pasa sobre el mundo de puntillas. Naturalmente, todo tiene sus límites. Pensemos que el personaje freak más antiguo del mundo -pero al que menos se le cita- Don Quijote (flipado por las novelas de caballerías) acabó loco. Otra vez, incomprendido, refugiado en una utopía arcaica a la que ya no era posible volver: un caballero medieval rodeado de pícaros modernos y de rústicos inocentes. Yo en cualquier caso, pertenecezco a ese tipo de gente que si es acusado de freakismo tiende a pensar: "bueno, por lo menos soy distinto a los demás". Y don Quijote fue tan sumamente distinto que acabó convertido en un referente universal. El del primer friki trastornado.
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Don Quijote, visto por Doré: el primer gran freaky de la historia. Su pasión por las novelas de caballerías le condujo a abandonar la gris realidad que le rodeaba. Hoy la gente en lugar de estas novelas lee comic manga, sigue Naruto y ve mil veces Star Wars, pero la diferencia tan solo es de matiz.

lunes, 23 de noviembre de 2009

RECONOCER MUROS...

Aunque Alberto (y otros muchos) se hayan adelantado a este comentario, me veo obligado a hacerlo. Hace unas semanas los berlineses celebraban la caída del Muro, y a nivel mundial todo parece haber sido regocijo y felicitaciones. Lástima que no seamos capaces de ver otros muros mucho más cercanos a nosotros mismos y que nos tomamos muy en serio construir. Cuadraba estos días además que Larrabas, nuestro contacto saharaui, daba sus charlas en el colegio. Larry se lamentaba que a las celebraciones de Berlín hubiera acudido el ministro de asuntos exteriores de Marruecos, cuando ese país mantiene activo el muro más grande del mundo: un campo de minas antipersona de más de 2000 kilómetros de amplitud. Lógicamente, nos contó, era normal que alguien se enfadara con este señor y hubiera algún golpe de más en las celebraciones de Alemania.
Naturalmente, hay muros que duelen y otros que nos hacen bajar la vista. Muros altos que se ven y otros que pasan completamente desapercibidos. Nuestra tarea sea, tal vez, distinguirlos y hacerlos ver a los demás.
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Muros que no importan a nadie: la interminable frontera minada del Sahara.

viernes, 13 de noviembre de 2009

DEBATES Y DOLORES DE CABEZA

Acabé la clase del viernes agotado. Estaba claro que los chicos de segundo no querían dar clase (como es costumbre y cosa bastante comprensible), casi habíamos acabado el temario y deseaban abrir un debate (cualquier noticia es buena para los amantes del saber). Así que comenzamos a hablar del polémico curso de prácticas sexuales que se había lanzado desde el ayuntamiento. Después de unos pocos minutos de conversación en el gallinero, la polémica iba girando en torno al mal uso de los recursos públicos que malgastan el dinero con este tipo de cursos. Hasta aquí más o menos todo el mundo estaba de acuerdo. Pero la conversación fue desviándose hacia una crítica generalizada a todo lo que se movía. El gobierno es culpable de todo. El gobierno sube los impuestos y se lo gasta en el cine español, el gobierno va sin rumbo, el gobierno solo genera despropósitos. Conforme iba avanzando la clase el ambiente se caldeaba más y al final acabó en un completo sinsentido: conversación rota porque nadie quiere escuchar, ni unos ni otros. Es cierto que es muy valioso que gente joven se pregunte por estas cosas, pero acabé con dolor de cabeza y la sensación de haber perdido una clase. Llegados a este punto de irracionalidad, creo incluso, como decía un amigo, hasta en el hecho de que si el Real Madrid ha perdido la copa del Rey ha sido culpa de los malignos hilos que mueve la Moncloa socialista y procatalana.
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No es mi objetivo defender aquí el gobierno, ni mucho menos. Desde mi humilde punto de vista, creo que no está haciendo las reformas necesarias y el endeudamiento es excesivamente fuerte. Pero también reconozco que el gasto social es elevado y que por primera vez en la historia se intenta no dejar al parado en la estacada. Naturalmente, si no se crea empleo a largo plazo un subsidio no soluciona nada, pero al menos es un gesto de solidaridad. De todos modos, puedo estar equivocado en mi planteamiento. Mi opinión importa bastante poco, para este caso.
Lo que sí me importa es una regla, un criterio para evitar discusiones de besugos como las que últimamente tengo cuando hablo de política. Estuve pensando en unos "tropos" en el puro sentido del escepticismo antiguo, y unas reglas de comportamiento preliminares a cualquier intervención en discusiones de este tipo:
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1. No existen soluciones sencillas a problemas complejos. Un problema complejo demandará siempre una solución igual de compleja.
2. Lo que pensamos que es evidente, cierto y absoluto para todos, posiblemente no lo sea tanto para otros, a los que habitualmente no tenemos en cuenta.
3. Cualquier problema local llevado a un medio general se suele simplificar y pierde sus matices.
4. Del comportamiento de unos individuos o hechos aislados rápidamente extraemos conclusiones precipitadas y hacemos generalizaciones falsas.
5. Lo que ha funcionado en una parte del mundo (un país, una región, una ciudad) puede resultar un completo fracaso en otra.
6. Primera regla básica de la economía: no hay recetas válidas para siempre. Lo que vale para una circunstancia, no vale para diez años después. Lo que ha producido riqueza en una coyuntura, inevitablemente se agota y hay que buscar otra cosa.
7. Segunda regla básica de la economía: cualquier acción que tomemos tendrá repercusiones positivas de un lado y consecuencias negativas de otro. El arte de la economía es reconocer adecuadamente el alcance de esas repercusiones.
8. En política ningún partido ni ideología se puede erigir en dueño de la verdad, y el partido que lo hace se equivoca y acaba perdiendo el poder. Eso es lo que hace a la democracia más efectiva que una dictadura a largo plazo.
9. En política, escuchamos lo que queremos y nos gusta oír. Tendemos a repetir lo que nuestro medio de comunicación favorito dice sin consultar antes otra fuente alternativa.
10. En política y economía, todo el mundo parece legitimado para dar su opinión. Nos hace falta más humildad o reconocer nuestra escasa preparación.
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Si estos principios reflejan prudencia, tibieza, relativismo, escepticismo o todo aquello que se quiera decir, lo único que puedo contestar es que para que una democracia funcione, tiene que haber un mínimo aconsejable de todos estos puntos anteriores en nuestras decisiones. Es punto de partida, pero no punto final. Y naturalmente, se pueden completar o reducir, cada uno debe buscar los suyos.

martes, 10 de noviembre de 2009

SOBRE GAYS, ENFERMOS Y OTRAS PARANOIAS...

En la clase de primero de bachillerato se abrió otra vez la caja de los truenos en un debate sobre la homosexualidad. Reconocemos que este tema hiere sensibilidades por las dos partes (adversarios y partidarios), pero algunas cosas se pueden extraer del asunto. En las opiniones más radicales, el homosexual es un enfermo (va contra natura: desviación genética o biológica, aún no está claro su origen) pero además es un vicioso (adquisición cultural: son más promiscuos que cualquier otro colectivo en lo que a sexo se refiere). Del otro lado, la homosexualidad es sencillamente un comportamiento y una orientación que está en consolidación y normalización y que lucha con una equiparación justa e igualitaria con el resto de actitudes sexuales. Voy a centrarme en la primera posición, para hablar de la última en otra ocasión.

Vayamos por partes. Uno puede preguntarse si es condenable moralmente el hecho de padecer una "enfermedad" o una peculiaridad genética distinta a la del resto de los que nos rodean. Nuestros genes condicionan nuestra tendencia a sufrir infartos o a tener ojos azules. Nadie en su sano juicio plantearía que lo segundo sea una enfermedad: la polémica parte de entender o no la homosexualidad como una cosa u otra. Pero a nadie se le escapa que ser diferente se paga con la discriminación en muchas ocasiones. Las diferencias genéticas (raza, sexo, piel...) han sido motivo de discriminación social, aunque la responsabilidad del individuo sea nula en estos casos y aunque no afecte en absoluto a sus características como personas dignas. Es bien conocido, por ejemplo, como muchas culturas acaban condenando al portador desventurado de una diferencia genética. En algunas tribus de África, algunas desviaciones genéticas como el albinismo se siguen condenando con la pena de muerte. Por no hablar del "error evolutivo" que para los nazis suponía la raza judía o para los WASP la minoría negra americana.
En definitiva, suponiendo -y es mucho suponer- que la homosexualidad sea una enfermedad al uso y no una mera peculiaridad genética, eso no eliminaría en un solo ápice su dignidad humana. Por detrás de esto, uno también puede preguntarse si padecer una enfermedad restringe determinados derechos civiles, como ha sido hasta hace poco el de formar pareja de hecho. Si ese es el caso, estamos comparando a los homosexuales con deficientes que han perdido el uso de sus facultades mentales, que no son capaces de ser autónomos. Considerar al homosexual como ciudadano de segunda significa ponernos a la altura de cualquier racismo o discriminación de género que haya sucedido en nuestra historia.

Sigamos. Consideramos a los homosexuales como viciosos: gente pensando continuamente en sexo. Y aquí entramos en la duda de si no estaremos cayendo en la típica falacia de generalización indebida. Por un homosexual llamativo que encontramos por la calle, nos toparemos con otros muchos en los que no detenemos nuestra mirada porque no los reconocemos como gays o lesbianas. O incluso más: tendemos a pensar que los gays a todas horas del día hacen honor a su condición de homosexual. Cuando pensamos en las posibilidades que tendríamos de encontrarnos a un gay vistoso y con pluma en una oficina de ejecutivos o en el personal de hospital, sin duda estas serán parecidas a las de encontrarnos en el mismo ambiente a una chica vestida de gala para una fiesta de fin de año.
Incluso podría atreverme a asegurar que por un homosexual promiscuo nos encontramos la misma proporción de gente heterosexual con igual promiscuidad. Pero están ya muy lejos los tiempos en que llevar una falda por encima de las rodillas era sinónimo de ser la más guarra del barrio. Hoy en día encendemos la televisión y hermosos chicos y chicas inundan continuamente la pantalla con mensajes eróticos; se aprueban leyes que garantizan métodos anticonceptivos y aborto por la vía rápida. Estamos en una cultura juvenil en la que quien no triunfa en el sexo, es un perdedor, y esa sensación de fracaso está igual en todos, independientemente de nuestra orientación sexual. La diferencia es que no nos escandaliza el erotismo heterosexual, mientras que seguimos considerando el homosexual como tabú. Las contradicciones son realmente extrañas: es frecuente conductas cuasi-homosexuales entre grupos de jóvenes completamente homófobos. El típico macho ibérico, seguro de su virilidad, machista y opuesto a la homosexualidad, no evita el contacto físico e incluso el beso como reforzamiento de la amistad masculina, en un sentido que nos llevaría a las prácticas de la antigua Grecia. Y uno se pregunta, nuevamente, quién es aquí el gay, quién el promiscuo, quién el hipócrita y quién el paranoico que no distingue la realidad que nos toca vivir.

sábado, 7 de noviembre de 2009

A VUELTAS CON EL PRINCIPIO ANTRÓPICO

La casualidad no gusta a los científicos ni a los filósofos. Cuando Monod propuso que la tierra no estaba preñada de vida, a más de un biólogo se le ocurrió que esa no era una buena solución. El francés además lo disfrazó de absurdo. Si la vida en la tierra ha sido una cuestión de buena suerte, no podemos buscar ninguna coartada explicativa para el hombre. Somos mera materia, somos puro azar. Olvidémonos de un dios creador, de un destino manifiesto, de una superioridad genuina. Nuestro único reto es superar el absurdo: el absurdo que supone sabernos partícipes de una evolución de la materia en la que solo somos un casual eslabón más, y en la que no hay explicación más allá de eso.

Sin embargo, hoy en día pocos científicos y filósofos tienden a dar la razón a Monod, al menos en el ámbito del azar. De Duve es claro: la vida (y la vida inteligente también) estaba condenada a aparecer en el universo dadas las características de la materia. El azar no es parte esencial de la explicación de la vida: tan solo deja abierta una fecha y un lugar que tarde o temprano tiene que ocurrir. A esto es lo que muchos pensadores y científicos acabaron denominando el principio antrópico. Los teólogos contemporáneos se arriman a esta tesis con entusiasmo como forma manifiesta de hermanar de una vez por todas evolución y religión. Dios ha dispuesto desde un principio unas reglas, unas condiciones que permitirán a la materia evolucionar por su cuenta, esta vez, sometidas al azar. Y aquí uno no deja de acordarse de las homeomerías de Anaxágoras, esas "semillas" depositadas por una inteligencia ordenadora que tarde o temprano irían a dar sus frutos en la naturaleza.

Hasta aquí, biólogos y teólogos parecen ir juntos de la mano. Pero no hay que olvidar que el hecho de defender el principio antrópico da una trascendencia al origen, pero no significa que se pueda proyectar en el futuro. C. De Duve es aquí muy claro: aún aceptando este principio, seguimos igual de solos en la naturaleza. Las evidencias de la evolución, la explicación más fácil, es seguir considerando al hombre como un mero paso más en una carrera evolutiva hacia la complejidad. Tal vez incluso pueda tratarse de un error. El principio antrópico se volvería completamente inútil para dar cierta explicación trascendente a nuestra vida. En definitiva, el principio antrópico es útil como una posible bisagra en las complicadas relaciones entre ciencia y religión, pero no es el argumento definitivo.


Surcos en la arena: efectos azarosos del viento o producto del arado del hombre. Algo así es la problemática con la madre naturaleza.

martes, 3 de noviembre de 2009

EL DESAFIO DE LA CASUALIDAD


Llamo casualidad a lo que en filosofía técnica llaman contingencia: aquello que no es necesario, aquello que ocurrió pero bien podría no hacerlo. Azar, suerte, potra o infortunio. Casualidad es lo contrario a lo determinado, llámenlo destino estoico, la necesidad científica, la razón metafísica.
Se decía habitualmente en el mundo de la filosofía tradicional, que todo giraba en torno a una pregunta básica: por qué existen las cosas y no la nada. Esa pregunta pasaba una y otra vez delante de nosotros en las aulas universitarias y sin embargo, nadie nos explicó realmente su trascendencia, o nosotros no teníamos una formación adecuada para comprenderla. Quizás la adolescencia universitaria no sea el mejor momento para plantear la cuestión. Quizás sea una pregunta para viejos.

La metafísica tradicional buscó siempre una explicación racional a esta pregunta: las cosas existen por algo y para algo, si vale aquí el guiño aristotélico. Las ciencias desmontan toda justificación metafísica: existe el hombre por casualidad, como podía no haber existido. Con una composición genética y cultural azarosa. Moreno y listo o torpe por azar. Occidentales por casualidad. Clase media por casualidad. Cristianos o ateos por casualidad. Con razón Rorty pone a Nietzsche, Wittgenstein, Freud y Dewey entre los maestros de la contingencia. Y por esto Monod sostenía que detrás del azar solo queda el absurdo de la existencia.

Pero la casualidad pone nervioso a todo el mundo. No satisface al científico, más contento con el mecanicismo. Tampoco al filósofo, a la espera de una razón suficiente explicativa del mundo. Y mucho menos al religioso. Incluso los emperadores romanos, señores del orbe que no tenían más juez que su propia conciencia, esperaban siempre un rayo o un águila que solo ellos eran capaces de ver para anunciar a la gente que los dioses estaban de acuerdo con sus decisiones. tal vez este deseo de encontrar un sendero en el bosque sea lo que mueva muchas voluntades humanas. Quién sabe.

lunes, 2 de noviembre de 2009

LA AUTORIDAD A DEBATE


Estas son las actas del debate sobre la autoridad del profesorado celebrado en 4º A. Como fiscales y defensores del alumno participaron Andrés, Iñigo Hergueta e Ignacio. Como abogado del profesorado, Ángel, profesor de Ética. Blanca actuaba como moderadora y Henar como secretaria. Gracias a ella disponemos de tales actas.
1. Tienen demasiada libertad los alumnos de secundaria?
Fiscalía: Una vuelta atrás no es buena, y va a ser dolorosa. hay que ir poco a poco. Hace años la autoridad del profesorado era excesiva, y ahora parece lo contrario.
Público: No están formados para tener esa resposabilidad. Se os dan demasiadas facilidades y luego pasan factura. Tratarnos como a niños implica que después no van a estar preparados para otras etapas en la vida.
3. Está el adolescente más cerca del adulto que del niño?
Fiscalía: Si nos castigan, tienen que dar razones. Dentro de dos o tres años iremos a la universidad.
Abogado: Los adolescentes tienen un doble juego. Cuando os meten caña, os refugiáis en que no sois adultos. y cuando os conviene os sentís muy adultos.
Público: Estamos más cerca de los adultos, pero nos comportamos como niños y no queremos afrontar los problemas. Somos niños o adultos según nos conviene. Los profesores además tienen preferencias entre unos alumnos y otros.
4. Acaba la autoridad de un profesor en el colegio?
Fiscal: Fuera del centro es un adulto normal. Sin embargo, si un profesor tiene confianza contigo, siempre es un buen consejero, aunque no tenga autoridad sobre ti.
Abog: Sin embargo, nos olvidamos la gente que se fuga una clase. Estando fuera del colegio, es el colegio el que tiene resposabilidad sobre el alumno. En horario lectivo, deberíamos tenemos autoridad independientemente del lugar en el que se encuentre el alumno.
5. En algunas comunidades profesor es igual a policía. Estarían de acuerdo con pagar una multa económica por insultar a un profesor?
Fiscal: está mal cuando son también los profesores los que te insultan. Por otro lado, en el hipotético caso que hubiera que pagar multas, el estado sería el que gana de todo esto, no los alumnos.
Abogado: Efectivamente, la autoridad tiene que cumplir la ley que promulga. Pero una cosa es un insulto directo y personal, y otra cosa es algo genérico. Además, el profesor no cumple el mismo rol o status dentro de una clase.
6. Tienen algún sentido las tarimas en las clases?
Fiscales: Deberíamos estar todos los integrantes de la clase al mismo nivel. Si bien es cierto que aunque siempre se han utilizado como elemento de autoridad, son bastante útiles a la hora de explicaciones. Su función pedagógica es la adecuada.
Abogado: hay que mantenerla, porque ayuda a la autoridad en situaciones difíciles. El valor de la tarima no es el mismo en una clase de primaria que en la secundaria.
7. Se debe volver al trato de usted en las clases?
Fiscales: No, se pide a los profesores confianza y cercanía en las relaciones con los alumnos. hay clases en las que se propone el tratamiento de usted, porque así se mantienen distancias entre el profesor y el alumno.
Abogado: El trato de usted es conveniente en determinadas circunstancias. En clases conflictivas, y por último como una forma de comportamiento que después se aplica en la vida cotidiana. Los adolescentes tienden a ver los adultos como iguales y eso es una equivocación.
8. Se deben levantar los alumnos con la entrada del profesor al aula?
Fiscales: No entendemos por qué tenemos que tener un trato educado cuando los profesores no son educados con nosotros.
Abogado: Nuevamente, esta es una medida que puede resultar ridícula, pero que también puede resultar educativa en la vida cotidiana. Los adolescentes no están acostumbrados a hacer ningún trato de deferencia hacia los adultos, creyendo que tratan con iguales.
La moderadora Blanca.

Los Sres. fiscales deliberando la estrategia a seguir.

La secretaria y público asistente.

domingo, 1 de noviembre de 2009

LOS QUINTOS DE TORREORGAZ


Los hechos son los siguientes: aprovechándose de la vieja tradición de los quintos, unos adolescentes aprovechan para hacer gamberradas y acaban linchando con palos a una burra hasta matarla, con señales de vejamiento y crueldad indecibles. La burra aparece malherida y moribunda al día siguiente en mitad del pueblo, sangrando por la boca.

Una persona cualquiera se puede hacer multitud de preguntas por este acontecimiento. Cómo es posible que exista todavía esta falta de sensibilidad y ese regusto por la crueldad tan gratuita. Cómo es posible que jóvenes casi adultos actúen en completa impunidad, movidos por el alcohol y el aburrimiento. A cualquiera la noticia le sume en cierto pesimismo antropológico. Si una persona no es capaz de respetar un animal cercano y puede matar a sangre fría y por placer, difícilmente podrá entender retos éticos y ecológicos más abstractos. Me pregunto qué puede significar "cambio climático" o "desertización" para un individuo que acaba de cometer tales actos. Se encogerá de hombros y dirá que no es problema suyo.


Alguien podría decir que esto no es para tanto y establecer una línea tajante entre animales y hombres como seres con una dignidad distinta y reglas éticas diferentes. Pero aquí habría que reflejar muchos matices. No todos los animales son iguales: matar un mosquito no es matar un burro. Un mamífero es capaz de reflejar el dolor en su rostro y la persona que lo maltrata, saber perfectamente que le está haciendo daño. Si alguien es capaz de este maltrato, dudo que no se atreva alguna vez con alguien de su propia especie. Y por otro lado, los animales precisamente son más vulnerables que muchos humanos. No pueden defenderse ni enarbolar la bandera de la injusticia. No nos contestan ni pueden acusarnos de cobardía. Si tanta supuesta dignidad tiene el hombre, debería darse cuenta que precisamente es tarea suya la de respetar en la medida de lo posible las reglas del juego de la naturaleza.