"En cuanto alguien busca la verdad se convierte en los ojos y la boca de Dios. Y por supuesto, se expone a que haya ateos que no crean en Dios."

lunes, 27 de diciembre de 2010

PERO, ¿ES KANT UN FASCISTA?

       Sí, ya sé que dicho así resulta una afirmación estúpida y anacrónica, pero parece ponerse de moda en la boca de algunos filósofos, especialmente desde que Michel Onfray retomó el caso Eichmann, siguiendo la estela de Hannah Arendt. En una época "reflexiva", en la que hasta lo más profundo de nuestra cultura puede deconstruirse y volverse a rehacer del revés, que alguien acuse a Kant de protofascista era algo que ya estabamos esperando. Pobre hombre: encima de pesado, aburrido y monótono, ahora nos sale fascista. Está claro que en el mundo de la filosofía no somos nadie y que se haga lo que se haga, cualquier académico del futuro podrá tumbar el mejor de tus propósitos.

       El juicio a Eichmann 
       Eichmann fue un alto cargo nazi vinculado a la "solución final" y que tenía responsabilidades elevadas en torno al genocidio judío de los últimos años del régimen. En fuga tras la guerra, fue capturado por los servicios secretos del Mossad en Argentina quince años después. Secuestrado y llevado de forma dudosamente legal hasta Israel, fue sometido a juicio y posteriormente ejecutado en 1962.
       El juicio fue un acontecimiento mediático de primer orden para aquella época, y tuvo episodios verdaderamente peculiares. Para irritación de los filósofos declaró en su juicio que tan solo se había guiado siguiendo el imperativo categórico kantiano cuando asumía órdenes en relación con el genocidio judío. Pero además este juicio contaba con la presencia de una pensadora de primera fila, Hannah Arendt, cuyas declaraciones ofendieron aún más al sionismo de la época.
     Arendt quiso demostrar que ni este nazi entendía lo que significa la ética kantiana, ni que tan siquiera fuera completamente culpable de los crímenes que se le acusaban. Si los jueces judíos ponían a Eichmann como un ser diábolico, Arendt lo reducía a la imagen de un hombre mediocre, perteneciente a una masa arrastrada por el nacionalsocialismo en los años treinta para intentar ascender socialmente, pero que no tenían nada que ver con la ideología nazi ni el antisemitismo. 
     Estas reflexiones condujeron a Hanna Arendt a lo que denominó "la banalidad del mal": independientemente de la maldad o bondad de nuestras acciones, los hombres estamos sometidos a las fluctuaciones de las masas y a las necesidades de un estado burocratizado presumiblemente racional que exige respeto. Esta visión debilitada del ser humano fue objeto en la misma época de experimentos  psicológicos que reforzaban la tesis de la tendencia intrínseca en los individuos a la obediencia hacia las autoridades establecidas, como los estudios de Millgram.     
       
         El juicio a Kant.
Hannah Arendt
        Podríamos pensar que Eichmann citó a Kant de la misma forma que podía haber dicho a cualquier otro, en un intento por justificarse a sí mismo. O podríamos pensar que en realidad estaba hablando de manera sincera. De una manera o de otra, coloca a Kant en el embarazoso papel de justificador del régimen nazi. Arendt durante el juicio dejó constancia de la mala interpretación de Kant que había hecho el dirigente nazi: la obediencia al orden legal no siempre está en conveniencia con el imperativo categórico, un mandato de carácter universal que está por encima de la ley positiva.
       Eso parece que hace Onfray en uno de sus últimos libros. Como obra de ficción es legítimo y siempre interesante. Como la historia de la filosofía desde el siglo pasado no es más que un tribunal desde el que nosotros, pensadores mediocres, acusamos a algún filósofo sospechoso de algo, aceptemos en parte esta pregunta dándole la vuelta: Pero, Kant fue realmente un ilustrado liberal?

        Primera acusación: la pretensión universal.
       Si hablamos de su imperativo categórico nos encontramos con el primer gran escollo: universalizar nuestras acciones supone considerar a nuestro prójimo como nosotros mismos: tratarlos como fines en sí mismos y no como medios (esta es la formulación que más me gusta del imperativo categórico por su sencillez).
        Habitualmente la identidad entre un prójimo cualquiera y nuestro yo no parece revestir ningún problema siempre que lo velemos bajo la sombra de la racionalidad humana. Pero suponemos que esa antropología pura y formal puede ser asumida sin problema alguno por cualquier individuo de nuestra especie. Que nuestro filósofo alemán hace aquí gala de un etnocentrismo puro y duro y de unos discutidos presupuestos antropológicos es algo sabido y asumido incluso por sus seguidores más cercanos a nuestros días como John Rawls. O si queremos el debate en términos religiosos: cuando Jesús dice a sus discípulos que tienen que amar al prójimo, es normal que alguien pregunte: "y quién es mi prójimo", a lo que Jesús da una respuesta universalista que mucho después seguirá Kant. Lógicamente, muchos judíos no pudieron seguir esa práctica: el prójimo era alguien perteneciente a su propio pueblo. Incluso los logros de San Pablo por universalizar la ley de oro de la moral acabaron estrellándose con el paso del tiempo con un estado cristiano que entendía a los judíos y a los paganos como no humanos.

        Segunda acusación: una moral universal necesita encarnarse en un estado.

Heer Kant.
        Volviendo a los tiempos de Kant, Hegel entendió este problema perfectamente y se dio cuenta que esta moralidad universal se tenía que encarnar en lo concreto si quería plasmarse en algún resultado histórico: el estado, entendido como consumación de la comunidad moral humana, como máximo elemento de la eticidad. Si la ética kantiana puede ser acusada de algo, es que sirvió de inspiración a la política de Hegel. Pero tampoco se puede acusar a Hegel  de ser un fascista. En Hegel está el origen real de todo estado moderno: ya sea revolucionario, fascista o liberal.
       Las tesis anarquistas que respondieron al pensamiento hegeliano estaban en lo cierto: el estado moderno por definición implica unos recortes en la libertad humana brutales, en cuanto que autoritariamente confiere a nuestra biología innata una lengua y una cultura determinada de valores nacionales, religiosos, culturales, económicos, filosóficos etc... Pero lejos de una rebelión individual, nosotros asumimos esa carga, la hacemos natural a nuestra realidad cotidiana, mostramos conformidad y le correspondemos con obediencia. La razón antropológica es sencilla y clara desde la filosofía griega: el hombre solo puede sobrevivir en sociedad, y fuera de la polis o el estado no existe civilización.  
         
         Tercera acusación: la desobediencia civil. 
        Hasta aquí parecería que es Hegel y no Kant el que podría tener alguna responsabilidad en el juicio de Eichmann. Sin embargo, podría pensarse que Kant implícitamente intuía al estado como garante de algún orden moral deseable, aunque no fuera perfecto del todo, y que había que respetar a toda costa. Esto es lo que podemos suponer de su obrita "Qué es la Ilustración". En ella, al defender el programa ilustrado, parece que Kant está defendiendo la cuadratura del círculo.
       El imperativo categórico y su consumación concreta en una defensa de la libertad, tal y como aparece en otras obras suyas, se puede convertir en la vida práctica en un respeto a la legalidad instituida. En el instante en que Kant hace la separación entre uso privado y público de la razón, caemos en la trampa: Kant defiende una libertad de pensamiento y de crítica siempre que se mantengan en el ámbito de la legalidad establecida. Sin embargo, el derecho de rebelión queda suprimido en nombre del rechazo a la anarquía y la destrucción de la sociedad. Queda aquí patente una herencia hobbesiana de pánico absoluto al desorden y a la ausencia del estado como el peor de los mundos morales posibles.
      Pensemos que el argumento no es del todo inválido. El que yo considere que la tasa de fiscalidad sobre mi salario sea muy alta o muy baja, no me justifica para negarme a pagar los impuestos. Si esa acción se universalizara, tal y como demanda el imperativo categórico, tendríamos como resultado una sociedad de defraudadores al fisco y el consiguiente colapso del estado. La separación entre el uso público y el uso privado es perfectamente asumible si nos encontraramos en una "sociedad bien ordenada", tal y como Rawls pedía para su propia teoría de la justicia. Esta sociedad bien ordenada la podemos hallar en el marco de sociedades democráticas más o menos desarrolladas, pero ni son perfectas, ni eternas, ni están extendidas a todos los confines geográficos de la humanidad.
        Kant pecó en este punto de ingenuidad al considerar al estado impregnado de la misma racionalidad que la de su élite ilustrada, y confía en que la vía de la reforma sea la forma histórica más adecuada en el progreso humano. Pero suponer que una monarquía absoluta representa una "sociedad bien ordenada" y que pueda ser el instrumento adecuado de dicho progreso es algo que la propia dinámica de la historia echará por tierra de forma casi instantánea a la publicación del librito de Kant.
     Llegados a este punto, queda un incómodo pensamiento oscuro que no podemos obviar. Podríamos ser mal pensados y creer que Kant no hablaba desde la ingenuidad, sino desde el miedo. Siempre nos puede quedar la duda de que el alemán defendió la obediencia al estado porque temía desobedecer él mismo a dicho estado y que la censura no le permitiera publicar su obra. Con esto, Kant caería en el humilde estrato en el que nos encontramos todos nosotros, pobres individuos sometidos a la presión del poder.

         Veredicto final...
       Podríamos suponer que todo defensor de un estado establecido es un fascista. Esto es lo que podría pensar un anarquista de Kant o del socialismo. Y suele decirse que detrás del estado fascista están los exterminios de los judíos. Pero no se suele comentar tanto que detrás de un estado liberal están las masacres de la Vendeé y la guillotina,  el colonialismo europeo o el exterminio de pueblos indígenas en Estados Unidos y América Latina. El estado liberal, como cualquier otro estado ha usado y usa mecanismos de represión sobre los individuos. Esto no es ninguna novedad, pero suele olvidarse. De la misma forma que suele olvidarse que fue el estado, al menos en las sociedades occidentales, el que acudió en defensa del individuo con la crisis del 29 y el que todavía hoy de una forma o de otra lo protege de una coyuntura tan adversa como la que estamos atravesando. En conclusión, no se trata de ir sistemáticamente en contra de cualquier organización social en nombre de la libertad del individuo: eso solo lo defiende un anarquista ingenuo por convicción o un neoliberal cínico por interés. Consiste en elegir aquella forma de asociación humana que permita  el desarrollo de los individuos, con todos los derechos y obligaciones que conlleva vivir en sociedad.  

domingo, 19 de diciembre de 2010

sábado, 18 de diciembre de 2010

WIKILEAKS Y LOS LÚGANOS: EN TORNO A LA HIPOCRESÍA

Uno de los lúganos que andaban por allí y que infructuosamente
trataba de fotografiar.
       Hoy hacía frío, mucho frío. Me temblaban las manos sujetando la cámara para poder fotografiar a los lúganos, esos fantásticos invitados verdosos del invierno. Pero sabía que todos mis esfuerzos eran además una empresa inútil: en cuanto estaba a punto de conseguir una imagen aceptable, el señor Tiburcio aparecía entre una nube de humo en el objetivo y ahuyentando a los pajarillos.
        - En lugar de espantar mis pájaros, bien podría quedarse usted quieto.
        - Lo siento, el pensar me provoca movimientos indeseados.
        - Sí, ya lo he notado. Usted solo fuma cuando piensa.
        - Fumo luego existo, dijo con una sonrisa.
        - ¿Y en qué pensaba usted esta vez?
        - Estaba fumando en wikileaks.
        - Los datos de Wikileaks testimonian solo una cosa: la hipocresía reinante, chascarrillos de embajadas e intereses ocultos – decía yo con total indiferencia, con la vista puesta en los pájaros.
       - Ahí quería llegar yo, ahí quería llegar: hipocresía. Sin ánimo de ser políticamente incorrecto, tengo que decir que la hipocresía es uno de los grandes descubrimientos del hombre. Hasta el punto que creo que detrás de cada gran hombre ha existido un gran hipócrita. Lo único que pasa es que desde los tiempos de Jesucristo y Sócrates se volvió palabra tabú y ha tenido que cambiar de nombre.
        - Está visto que hoy no me deja de tocar los lúganos. Bien, y cómo lo llama usted hoy, dije con resignación. 
       - Yo, de ninguna manera. Pero hoy en día, los psicólogos lo llaman tener “habilidades sociales”, y la creo totalmente necesaria para vivir civilizadamente. ¿Qué habría sido desde hace tiempo del ser humano si no tuviéramos la habilidad para mentir y callar la boca, en lugar de soltar continuamente verdades hirientes y muchas veces imposibles de asumir? Sencillamente, que estaríamos en una guerra permanente. Hay relaciones humanas donde la hipocresía no es un vicio, sino una virtud y un deber. Y la diplomacia es uno de esos niveles. Es pura hipocresía, llevada hasta el nivel del absurdo, mantenida en nombre de intereses a veces elevados y otras dramáticamente oscuros. El diplomático es el único hombre en el mundo que puede alardear de la falsedad como una virtud.
         - Hasta el punto que la hipocresía que es capaz de resolver conflictos recibe el nombre de buena diplomacia, contesté. ¿Y el político?
         - Bueno... Una cosa es mostrar una falsa sonrisa a un desconocido y otra muy diferente a alguien de casa o de tu vecindad. Una cosa es halagar a un extranjero, y otra cosa es engañar a tu pueblo, sobre todo si vives bajo una democracia que pide glanost. Qué término ruso tan encantador, verdad...
        - Ahora bien, usted estará de acuerdo con que la hipocresía es algo que siempre puede ser denunciable. Perseguir un hombre que denuncia la mentira es intolerable.
       - Naturalmente, naturalmente. El que persigue al denunciante ha hecho una hipocresía tan grande que se la ha terminado creyendo. Pero no crea que pienso mejor del denunciante: o es a su vez el más grande de los hipócritas o un gran ignorante de la sociedad humana.
       - Bien, el que no quiere hablar hoy soy yo. Déjeme fotografiar los lúganos en paz. Sabía usted que estos diminutos pájaros vienen del norte de Europa cada año? Resulta impresionante que uno de estos pequeños puedan recorrer miles de kilómetros...
       - No, no lo sabía, pronunció entre dientes aplastando el cigarro con los labios. Interesante, interesante...

miércoles, 8 de diciembre de 2010

STEPHEN HAWKING: HACIA UNA "CIENCIA DÉBIL"

Congreso de filósofos postaristotélicos. Habrá que añadir al
grupo a todos los físicos teóricos? (Oceanario de Lisboa).
     Pensaba yo encontrar en los últimos escritos de Hawking una manida polémica sobre Dios y me he equivocado. En su lugar me encuentro con una valiente declaración filosófica de principios herética y demoledora con nuestra visión tradicional de la ciencia. Como no podía ser de otra forma, Hawking lo hace criticando a la vieja filosofía, a la que considera digna de ocupar un ataud entre el saber humano, y poner en su lugar las innovaciones de la física teórica. Recogiendo las ideas de su último libro, en la revista Investigación y Ciencia de este mes aparece una síntesis de lo que Stephen Hawking denomina de forma eufemística "realismo dependiente del modelo". La posición científica es la siguiente: tenemos que olvidarnos de encontrar una teoría unificadora de la realidad física. La teoría de cuerdas no es única ni singular, sino que tiene cinco formulaciones distintas: todas apuntan hacia la descripción de un mismo objeto, pero en condiciones o "interpretaciones" diferentes.
      Hawking plantea la posibilidad de que la posición epistemológica del realismo científico del siglo XX sea en el fondo una vana ilusión de los hombres que buscan un orden absoluto. Con mucha tranquilidad, el físico defiende que el punto de vista del observador también influye en el conocimiento de la verdad, así como lo que se quiere observar. basada en la idea de que "nuestros cerebros interpretan los datos de los órganos sensoriales elaborando un modelo del mundo". La metáfora que plantea para defender su postura no es nada nueva: equipara las teorías de la física con los diferentes mapas que hacemos de tierra, a distintas escalas e intereses. La tierra está ahí, pero nuestra perspectiva cambia. Uno tiene dudas de si esto no significa un regreso a un idealismo matizado (si cambiásemos la palabra "cerebro" por "conciencia"), o un instrumentalismo pragmatista, del que naturalmente nadie quiere oír hablar, al menos por parte de los científicos.  Naturalmente las bases para una presunta objetividad científica saltan, al menos teóricamente, por los aires: ahora una base matemática (o podríamos decir lógica) fiable valdría para aseverar cualquier tipo de cosa. Y de la misma forma que los cinco modelos explicativos de la teoría de cuerdas son igual de válidos, tampoco Copérnico tendría más razón que Ptolomeo a la hora de explicar el universo: tan solo propuso una teoría matemática más sencilla y por lo tanto más aceptable, siguiendo los principios de economía del pensamiento.
        Aseverar todo esto, y pensar que aquí no ha pasado nada, supone no afrontar el gran cambio filosófico que nos propone Hawking, aunque para él, nuevamente, la filosofía no tenga nada que decir. Por de pronto, lo que denominábamos el "pensamiento débil" que se había instalado en la filosofía desde los setenta, y que negaba la imposiblidad de asentar una base ontológica fiable, estática y libre de la contingencia a nuestros juicios filosóficos, se podría trasladar a una ciencia que ve imposible el sueño de encontrar una teoría unificadora para la física. La ciencia se ha hecho también un poco más "débil", sin que suponga esto desprecio alguno hacia ella.

domingo, 5 de diciembre de 2010

LOS CONTROLADORES Y EL ESPÍRITU DEL LIBERALISMO

   Hoy la mesa del señor Tiburcio está llena de periódicos del día repasando las noticias de la huelga. Mi amigo  estaba tan centrado en la lectura de las editoriales, que ni se percató de que había entrado en su despacho.
   - Querido amigo, empiezo a sentir que usted rechaza las tesis escépticas. No se puede defender más la ataraxia ante hechos como los que vivimos, y una prueba de ella es su propia preocupación ante un problema como la desfachatez de los controladores aéreos. Por qué un escéptico, en sus últimos años de vida, va a preocuparse por cuestiones sociales tan alejadas de su pequeño mundo?
   - No, más bien leo estas noticias como constatación práctica de lo que ya pensaba. 
   - Si pudiera conocer a lo que ha llegado...
   - He llegado a que el mayor problema del liberalismo como ideología es que el bien común se escribe en letras privadas.
    Yo me siento del otro lado de la mesa y me sirvo un mate, que viene a querer decir: "extienda más por favor su contestación". Mi viejo amigo lo capta al instante, se inclina hacia atrás y se echa la mano a la barbilla, tapando sus labios con el dedo índice. Es su típico gesto anterior al acto de expresar sus ideas. 
    - Quiero decir con esto que en cuanto que el bien común se plasma en una carta de derechos individuales, las personas que creen vulnerados esos derechos se sienten con la legitimidad ética de ir contra los derechos de todos los demás.  
     - Es decir, que el bien común, el interés de la sociedad tomada como conjunto deja de existir. 
    - No es que deje de existir: es que no ha existido nunca, según los liberales más honrados. Ese tipo de cosas ocurren como meras casualidades históricas, en el que todo el mundo arrima el hombro ante una coyuntura difícil porque no le queda otra. Eso es lo que sugiere la lectura de Hobbes y Locke. Pero en realidad, eso no puede durar. Cuando olvidamos la experiencia de los años difíciles, inexorablemente el interés privado acaba destruyendo el interés más colectivo. 
     - Ojalá esta crisis valga para retomar el bien común.
     - O al contrario. Esta crisis se está resolviendo de manera hobbesiana: un regreso al estado de naturaleza anárquico, al sálvese quién pueda, amparado además por el poder de las leyes del mercado. Por eso, yo creo que el proceso de destrucción todavía se tiene que intensificar más hasta que el péndulo cambie de sentido, y la historia nos conduzca a la reelaboración de un nuevo bien común, un nuevo porvenir, una nueva meta.
     - No le daba a usted por ser seguidor de Heráclito o Hegel.
     - Pues sí, la H de Historia me gusta más que la F. Cada vez más.

viernes, 3 de diciembre de 2010

RECUERDOS POSTMODERNOS (II)

Una abuela lisboeta contempla el trasiego urbano
(noviembre 2010).
Nos preguntábamos en el post anterior si los filósofos postmodernos se pueden sentir identificados con los trilobites o la fauna ediacarense. Y es que el tiempo no parece detenerse ante nadie. Naturalmente nadie va a luchar ya por etiquetas ochenteras, aunque no hayan perdido su significado en nuestros días (más bien lo contrario). Lo que se considera más enojoso de la cuestión es afrontar la dura realidad es que el tiempo petrifica, como bien intuía Nietzsche, cualquier rabiosa destrucción filosófica (y podríamos decir aquí cualquier lucha antisistema, cualquier conflicto humano). La verdad escrita siempre tiene al tiempo de su parte para poner las cosas en su sitio y colocar en el banco de los culpables a los propios acusadores filosóficos. Eso lo sabemos bien los hijos de la postmodernidad, hoy envejecidos, que tuvimos que enfrentarnos a la pregunta incómoda de: "bueno, y ahora qué hacemos".
Las respuestas de nuestras vacas sagradas fueron varias. Muchos optaron por seguir publicando, mareando la perdiz, como los remakes de las películas americanas, los reagrupamientos de viejas glorias musicales y cosas similares, y como ya habían hecho en su vida gente como Foucault. Las obligaciones académicas exigen que siga el entretenimiento todo el tiempo posible. El silencio desde la época de Wittgenstein está desterrado (quizás solo los hijos de aristócratas industriales tienen la solvencia para hacerlo). Y así acabaron Richard Rorty o Jacques Derrida: publicando hasta su muerte apéndices de sus obras magnas. Otros supervivientes optaron por el regreso a la praxis, y ahí nos encontramos a Gianni Vattimo, en el que se van sucediendo las etiquetas de pertenencia a unas y otras creencias, siempre en la estela de la izquierda, durante los años de su militancia política.  El movimiento y la fugacidad, en definitiva, marca las ideas humanas y a uno no le queda otra que adaptarse al porvenir de los tiempos, como hacía el perrito de los estoicos ante el fatum universal. No somos nadie.

RECUERDOS POSTMODERNOS


Es la postmodernidad un fósil ediacariense o
sigue viva entre nosotros?
La respuesta en el próximo post.

En la última visita a la guarida del señor Tibb me encontré sobre la mesa de su escritorio unos cuantos libros de fecha reciente. Uno de ellos se titulaba: Debilitando la filosofía: ensayos en torno a Vattimo, y ahí escribían algunas glorias del movimiento todavía vivas. El título me trajo el recuerdo de muchas lecturas entusiastas de universidad en torno a los postmodernos: sus diatribas contra la disciplina, su lenguaje enrevesado y el oropel de la moda. Tiempo pasado para mí, en definitiva, y también pensaba que sería de la misma forma para el resto del mundo. Equivocación supina, parece ser: la academía universitaria reproduce sus esquemas exitosos ad infinitum, hasta que una moda novedosa acaba convertida en escolástica inamovible.  
 - Y la quieren debilitar más... Yo pensaba que la filosofía llevaba en la tumba más de treinta años.
Mi amigo sonreía con la mirada puesta en sus libros.
- Pues sí, los filósofos postmodernos son como las personas que pregonan a los cuatro vientos  la defunción de su esposa y dan un entierro multitudinario a su vieja compañera, pero después quieren seguir cobrando la pensión de la muerta durante años.
- El negocio es el negocio, contesté.

viernes, 26 de noviembre de 2010

NO HAY CULPAS EN EL CAPITALISMO.


     Escuché atónito hace unos días la descripción que ofrecía el telediario sobre los ataques hacia la deuda española desde los parqués bursátiles del mundo: 
     "Existe un ataque directo e intencionado contra España y su economía?
     "No. Los gestores de fondos de inversión tan solo buscan los mercados con mayores tasas de beneficio y presionan para que dichos beneficios puedan ser más altos. Buscan emisiones de deuda con altas tasas de interés. Los ataques no son intencionados. 
         Conclusión: qué mala suerte tenemos los españoles y qué ajustes más duros tenemos que hacer para satisfacer la confianza de los inversores. Pero podemos también alcanzar otra conclusión: el sistema económico está dejando de funcionar. El ánimo de lucro de unos cuantos no está generando riqueza general, sino el empobrecimiento de todos los demás. Pero parece ser que nadie quiere tomar en serio esto. Demasiados problemas tenemos ya como para querer cambiar el sistema entero, dirán. Un tío inteligente del que no recuerdo su nombre lo expresó a la perfección: "los hombres somos tan poco imaginativos y críticos, que vemos más fácil que un meteorito se estrelle contra la tierra a que el sistema económico llegue a quebrar".  

lunes, 15 de noviembre de 2010

LA SOCIEDAD CIVIL AMORDAZADA

          En más de un lugar he escuchado desaforadas críticas contra la visita del Papa y el correspondiente gasto monetario que ha supuesto. En las mismas clases escuché reacciones distintas: estábamos estudiando de pasada La Ciudad de Dios de San Agustín y el tema salió con prontitud. La Iglesia sigue recibiendo dinero del estado, a pesar de la aconfesionalidad proclamada por la constitución. La iglesia católica es solo una muestra: los sindicatos engordan sus arcas con dinero del estado. La patronal también pone la mano. Los partidos políticos no podían ser menos. Y tras esto, infinidad de asociaciones culturales de distintas especies e ideologías dependen de la sopa boba estatal. Curiosamente, muchos de estos subvencionados son críticos con otros colegas suyos a los que consideran ideológicamente equivocados, inútiles y un gasto superfluo para la sociedad.
         La primera crítica que podríamos hacer a esto es por qué narices los grupos más fuertes dentro de la sociedad civil son las que reciben más subvenciones estatales. En clase respondían a que esta proporción era completamente justa: quien más adeptos tiene, más consigue de la tarta. Pero está claro que son aquellos grupos minoritarios los que están amenazados. Esto lo tienen bastante claro los anglosajones del multiculturalismo. Son las minorías las que en todo caso podrían contar con un apoyo del estado que en el resto de los casos, debería mantenerse neutral o no intervencionista.
        La segunda crítica, y la más importante, es hasta qué punto el estado no destruye la propia lógica de la sociedad civil, independiente, libre y emanadora de razón emancipadora según el bueno de Habermas. Sí, el oneroso gasto que hace el estado se compensa con una sociedad civil atemperada y bien calladita en aquellos asuntos molestos para el gobierno de turno. Hemos contemplado esa dinámica durante bastante tiempo con los sindicatos, y si los críticos tienen razón, la propia iglesia arreció sus ataques contra el estado en cuanto conseguió un buen convenio de financiación. Poderoso caballero es don Dinero, al menos para los asuntos terrenales. También en este caso lo tienen claro los anglosajones: la sociedad civil debe financiarse en su mayor parte desde ella misma, si quiere mantenerse viva. En Estados Unidos hay fuentes de financiación para innumerables proyectos o iniciativas culturales o sociales, desde páginas web alternativas hasta las clásicas fundaciones. Parece que en España, fuera del estado, solo está el desierto.
        Naturalmente, los americanos tienen sus propios problemas (la financiación privada de los partidos políticos es el flanco más débil de su sociedad civil), pero a mí me interesan los nuestros, que bastante graves son. Digo yo.

domingo, 7 de noviembre de 2010

ECUACIÓN DE LA CRISIS:

0 = L

Ahora que la Real Academia anda a la busca y captura de fantasmas lingüísticos y quiere desterrar de nuestro abecedario la "y griega" y convertirla en una patriótica "ye", convendría recordar la importancia de la letra "L" (ele) para nuestro día a día económico, que es el que finalmente importa. Todo economista en tiempos de crisis sueña con la letra "V". Y no porque nos traiga a la memoria el gesto de  Churchill en plena guerra contra los alemanes, sino porque la V viene a significar en economía la vuelta al crecimiento tras las vacas flacas. Pero no parece que nuestro país tenga todavía la suerte de expresar esa letra en sus diarios económicos. El último dato macroeconómico sobre el crecimiento del PIB del último trimestre no deja dudas: cero. Y esto viene a significar que la L desplaza a la V como hipótesis de futuro en nuestra difícil coyuntura. El símil es sencillo: tras una fuerte caída, la economía se estanca durante un tiempo muy prolongado, sin visos de grandes cambios a medio plazo. Es decir, todas las variables macroeconómicas acaban dibujando la letra L en las gráficas económicas.
"Países L" en la última década han sido Japón, Portugal o Italia. Japón, como gran potencia estancada, Portugal e Italia, como vecinos nuestros a los que peligrosamente podemos acompañar en el furgón de cola del crecimiento europeo. Naturalmente, el dato que hace dar escalofríos en este anodino panorama es nuestra tasa de desempleo: más del doble que la de nuestros "países L" más cercanos. Estábamos engañados: la crisis no estalló en el 2008. La auténtica crisis comienza ahora.      

domingo, 31 de octubre de 2010

PROVOCACIÓN Y CRÍTICA

          Volvemos a nuestro blog con los límites de la tolerancia. Esta vez de la boca del sr. Dragó, egocéntrico de profesión, de boca demasiado ancha y que posiblemente ahora ande algo arrepentido de contar por ahí sus fantochadas de Tokyo. Suele ocurrir en el gremio de artistas y literatos situaciones semejantes y si he de reconocer la verdad, no sé por qué todavía este tipo de situaciones siguen generando polémica. Estoy sumamente cansado de escuchar este tipo de declaraciones, que suenan demasiado a argucias provocadoras para llamar la atención del personal y en este caso, vender un libro. Desde Bukowski y la generación beatnik hasta Irvine Welsh y la novela punk (con mucha más clase, por supuesto, y también mucho más inmoral y provocativo), siempre salen a la luz este tipo de vivencias escandalosas para la sociedad bienpensante y políticamente correcta. Y esto seguirá así: basta que la sociedad fije un código moral, por digno y perfecto que sea, que el artista occidental, en nombre de la libertad y la creatividad (y el negocio), se sienta irresistiblemente tentado a romper esos moldes.

          Claro que si este tipo de declaraciones no son nuevas, la reacción altisonante de las voces críticas con este escritor también suenan a fanfarrias del pasado. A más de uno le gustaría actuar de ayatoláh Jomeini y hacer de este escritor un nuevo Salman Rushdie o algo por el estilo. Semejante llamamiento talibán sobra igualmente, aunque el estado tenga el derecho a renunciar a cualquier posible mecenazgo del autor. En cualquier caso, situaciones como esta me convencen una vez más que los dogmas están a ambos lados del espectro ideológico: la tolerancia siempre tiene límites infranqueables para todos los individuos, sea cual sea su ideología. Muchas veces el arte se ha cebado en la tradición religiosa, otras en la ecología. Ahora han tocado la fibra sensible del progresismo (en el fondo es la convención de nuestros días). Estos tienen todo el derecho a berrear en nombre de la dignidad humana, pero ya han caído en la trampa del artista. Poco importa que sean unas pretendidas memorias o una novela: la creación artística no tiene límites morales y  el artista apela ahora a sus criterios personales para justificar su obra. El ofendido pasa a ser censor de la obra y al mismo tiempo su máximo publicista. Contradicciones que tiene la vida.
          Y es que ante estas obras que parecen quebrar nuestro orden moral, la única respuesta es el silencio y no la prohibición o la recriminación a grandes voces. No tenemos por qué leer el libro: nadie nos obliga a hacerlo. Tampoco tenemos por qué seguir dándole más publicidad. No conceder ni una palabra más a lo que pensamos que son meros egocentrismos de dudoso gusto. Y se acabó.

sábado, 30 de octubre de 2010

SOBRE EL SENTIDO COMÚN

Finales de octubre: borrascas, nubes y el ocaso de Platón.
       Las tardes lluviosas son buenas para dedicarlas a filosofar un poco, así que fui hasta la casa del sr. Tiburcio a ver qué se cocía por allí. Encontré a nuestro hombre contemplando por la ventana la lluvia, mate en una mano y pava en la otra, feliz de que las nubes escépticas taparan el asfixiante sol platónico y regaran bien los campos secos. Así que aproveché su buen humor para preguntar a un escéptico como él lo que el vulgo llama el "sentido común", algo con lo que no solemos contar los filósofos de rosca y media como nosotros.         
       Todo esto venía causado por la desazón que me produjo encontrarme con el blog de maese Despotrikator hablando sobre el mismo asunto, en el que cortaba con navaja occamiana lo que era el sentido común frente al escepticismo. Según el insigne bloguero, el escepticismo es una sana metodología para luchar contra el sentido común. Este sentido común viene a ser entendido como el hecho de aceptar la "evidencia de la realidad": algo que nunca puede ser puesta en duda ni cambiada. La gente que presume de sentido común tiende a ser lógicamente muy conservadora en lo que respecta a cuestiones políticas, sociales y económicas. Peor aún: disfrazan su interés particular en nombre de dicho eufemismo. Frente a ello el escepticismo permitiría revolver ese acomodaticio estado de cosas.         
        "Mejor dicho, dije al señor Tiburcio, este escepticismo permite la puesta en duda de la realidad. En el fondo, esto es lo que intentan los profesores de filosofía y asignaturas afines.
        "Y después de ese proceso, qué ocurre? Tras la duda tiene que llegar otra verdad, otra evidencia, que corre el peligro de suplantar el sentido común y convertirse en algo tan fanático como lo que se quiere destronar.
         "No tiene por qué ocurrir eso, contésté con cierto enfado.
         "Peor me lo pones. Si tras la duda no encontramos ninguna seguridad puede cundir el desánimo. Estoy seguro que sus alumnos se lamentan del hecho de que después de dudar no aparece ninguna propuesta alternativa a lo que ven en la realidad. Regresan entonces a lo seguro y abandonan la asignatura: yo no les culpo. Hay que estar bastante endurecido para aceptar el escepticismo en su faceta más pura.
        "Entonces el escepticismo implica en muchas ocasiones volver al sentido común. Aceptar las cosas como vienen dadas.
        "Así es.
        "No veo entonces la ventaja que podemos sacar de formar gente escéptica.
        "Ser tolerantes. Es la única que tiene frente a posibles dictaduras del sentido común.
        "En lo demás, su escepticismo es malsano y hasta cínico, me atreví a decir.
        "Nunca nadie dijo que el escéptico nos conduzca a una revolución, concluyó.
        Y se llevó el mate a la boca, y no quiso hablar más sobre el asunto.   

viernes, 29 de octubre de 2010

UNA CHARLA DE BIOÉTICA

El lunes y de forma algo apresurada (esperaba la sesión para una semana más tarde), di la charlita de bioética a mis compañeros. Visto el trabajo que me llevó hacer la ponencia, dejo aquí esta presentación para quien le quiera echar un ojo. El tiempo que disponía ni siquiera me permitió terminarla y quedaron la eutanasia y otros muchos temas para la próxima charla. De alguna manera, se ha cumplido en la charla un pequeño objetivo: poder hablar de forma más o menos aséptica y profesional sobre estos temas en los que hay tanta confusión ideológica y al mismo tiempo tanta desinformación.   

sábado, 23 de octubre de 2010

SOMBRAS DE PLATÓN

No lo he podido evitar: el símil de la línea se ha cruzado con mi cámara fotográfica y
ha ocasionado esta imagen.

martes, 19 de octubre de 2010

NEDERLANDSE WETENSCHAP

          Con este título homenajeo mis escasos conocimientos de lengua ducha (holandés en el código privado de los bulberos de Warmond, dutch = ducho) y dedico unos minutos de atención a lo que se conoce como la tolerancia holandesa, para algunos sinónimo de libertinaje y decadencia moral y para otros el modelo a seguir en la lucha por las libertades de occidente. Y es que en Holanda es llamativa la gran cantidad de dilemas morales que se saldan con una autonomía completa del individuo para seguir el plan de vida que más le guste, sin interferencia estatal alguna. Pensemos en la liberación del  aborto, el movimiento gay, la legalización de la eutanasia activa, de las drogas blandas (cannabis) o del ejercicio de la prostitución.
Límites de la tolerancia y luces que se
apagan: el Red Light District.
         Aparentemente, la interpretación que podemos hacer de la sociedad holandesa es la de una sociedad  abierta a esta diversidad, que se combina además con un multiculturalismo obligado producido por la alta tasa de inmigración en el país. Y sin embargo, eso nos conduce al mayor de los engaños. Detrás del turístico barrio rojo (en horas bajas) y el humo mareante de los coffeshops, se esconde una sociedad que "tolera" pero no abraza esa pluralidad. Cuando empiezas a conversar con gente holandesa pensando encontrarte con adalides de la libertad te sorprende vértelas con mentalidades cerradas, con estrictos códigos morales, y en ocasiones con abierta repugnancia hacia muchos de los usos que permite la relajada legislación del país. Y sin embargo, muchos de ellos no plantean en ningún momento cambiar esas leyes: actúan con tolerancia frente al contrario y permitiendo la autonomía del individuo en último término.
        La filósofa Susan Sandes afirmaba precisamente que la tolerancia no refleja gusto por la pluralidad, sino más bien animadversión y rechazo. El verdadero uso de la palabra "tolerancia" se hace respecto a cosas y decisiones que no compartimos y que pensamos equivocadas. Sin embargo, y a pesar de ese rechazo individual, consideramos que esa tolerancia sigue siendo estrictamente necesaria para mantener una convivencia en el ámbito de una sociedad plural. Esa es la gran enseñanza que nos puede facilitar la sabiduría holandesa de cara a nuestros conflictos internos.

domingo, 10 de octubre de 2010

DISTINGUIR LO PÚBLICO Y LO PRIVADO: EL ABORTO

     
             El problema

Cartel de la campaña antiabortista: para sus defensores, una trágica
realidad. Para los abortistas,  una doble
 argucia. humanizar el feto y desprestigiar el ecologismo.

            Aquí estoy dándole vueltas otra vez al asunto, y esta vez no por gusto sino por necesidad de preparar una pequeña charla a mis compañeros de trabajo. El leer unos cuantos libros sesudos me ha hecho caer en la antítesis de siempre: si uno puede ser antiabortista en lo privado y abortista -o mejor neutral- en lo público. Bien podrían llamar a esto la cuadratura del círculo, pero no creo que sea del todo imposible alcanzar un grado de compromiso entre las dos partes. Una persona puede definirse plenamente antiabortista en su experiencia privada, personal (la mía, por tomar un caso) e intentar hacerla cumplir en su pequeña comunidad, mientras que en la esfera pública mantenerse en una posición neutral, que en el fondo viene a ser un ejercicio de tolerancia política con el aborto. La razón de esto es sencilla: el debate sobre esta cuestión de bioética está tan sumamente avanzado en nuestros días que se puede dar por cerrado. Las posturas están muy bien definidas y se pueden considerar inconmensurables entre sí. Descansan no solo en posiciones éticas enfrentadas sino en una valoración de las descripciones de la biología y de la propia noción de "vida" y de "persona" que son excluyentes. Entre los dos extremos éticos, casi desiertos e inhabitables, circulan miles y miles de posiciones intermedias que son tantas como individuos hay que piensan sobre este problema. Unas "tablas" o empate moral tan acentuado solo puede solucionarse en política con ejercicios de tolerancia por ambas partes o un llamamiento a urnas.

viernes, 8 de octubre de 2010

LA TEORÍA DE CUERDAS Y EL RETORNO A LOS GRIEGOS

         No es mi pretensión aquí establecer un tratado de física teórica, pues no voy más allá de la resolución de una raíz cuadrada y de la aplicación desordenada del teorema de Pitágoras en cuestiones matemáticas. En este sentido, emitir un juicio sobre una cosa tan sumamente complicada e interesante como la teoría de cuerdas puede suponer un atrevimiento intolerable, pero esta no es mi intención. Si los físicos tuvieran la misma delicadeza con la filosofía como la tienen muchos filósofos con la física, quizás podrían llevarse algo mejor. Aquí solo voy a hacer alguna observación sobre la supuesta cientificidad de esta atractiva teoría. El problema ha sido tratado por mentes privilegiadas y estrechamente cientifistas como las de Mario Bunge, y su veredicto es salomónico: la teoría de cuerdas no es científica porque no se somete a los criterios de falsabilidad de la teoría de Popper. Y sin embargo la teoría de cuerdas parece proponer la solución matemática para todas las contradiciones de la física actual, algo que no basta para muchos popes de la ciencia. Lo cierto del asunto es que Copérnico propuso el heliocentrismo como solucióm matemática a la teoría de los epiciclos en nombre de la simplicidad, al mismo tiempo que Bacon nos avisaba del deseo ávido del ser humano de poner un orden racional allí donde quizás no lo haya y pedía prudencia a los matemáticos sobre sus descubrimientos.   
         Sin embargo, seguimos viendo artículos nuevos sobre el problema, y uno bastante sorprendente recién salido en la revista Investigación y ciencia (una traducción extraña de "Scientific American", por cierto). Dieter Lüst, físico alemán, considera que el criterio falsacionista está superado para una nueva física matemática, que empieza a aceptar el hecho de que parte de sus hipótesis nunca podrán verificarse de forma empírica (otras por el contrario, estamos en trance de hacerlas con el CERN). Algo así ocurre con algunas de las consecuencias que parece necesitar la teoría de cuerdas:  la teoría del "multiverso" o la existencia de multitud de universos paralelos e independientes del nuestro, con distintas fórmulas matemáticas rigiendo sus destinos de gravedad, electromagnetismo y demás fuerzas físicas. La consecuencia de esto es encontrarnos con una teoría que no está lo suficientemente corroborada bajo los viejos patrones popperianos de la ciencia.  
         Este físico ha tenido la idea de considerar el principio antrópico como fórmula filosófica para solucionar esta falta de evidencia empírica. El principio antrópico sostenía que las condiciones en las que ha surgido nuestro universo han sido excepcionales, únicas, casi milagrosas, si entendemos que con ellas ha aparecido una cosa tan compleja como el ser humano. Cualquier pequeña modificación habría producido un cambio radical en la orientación y habitabilidad de nuestro universo, pero no: nuestro cosmos ha sido diseñado para albergar la posibilidad de vida inteligente. Esto, que ha sido considerado como la prueba más evidente de la existencia de Dios para muchos teólogos, tiene una dimensión radicalmente opuesta desde la teoría de cuerdas: solo podemos explicar que existe este universo único precisamente porque existen infinitos universos, y entonces la posibilidad de la vida humana no se hace tan sumamente remota o milagrosa como podemos pensar. Su argumentación parece seria: eliminamos el "factor milagro" y cualquier atisbo de divinidad, pero a costa de reproducir y ampliar los problemas de la física hasta el infinito matemático y por supuesto la no-verificación.   
         Alcanzado este punto, uno se pregunta hasta dónde queremos llegar en nuestras divagaciones, y si, realmente, nuestra ciencia otra vez no ha involucionado hasta la época de los griegos, como comentaba un alumno en clase, en la que el espíritu científico emergía con brillantes teorías y sucumbía casi al nacer por su falta de corroboración. Qué sé yo, como decía el maestro Montaigne. 

miércoles, 29 de septiembre de 2010

POR QUÉ NO HE IDO A LA HUELGA...

Juegan negras y ganan blancas.
(Foto de 3º ESO 2009)
Visto que todos los blogs amigos han escrito sobre el tema un día antes de la huelga, aprovecho en el mismo día del acontecimiento para escribir algo sobre el problema, y en el breve respiro que supone la siesta de Juan hacer una pequeña valoración personal. Reconozco que me ha podido la apatía y la desidia en un medio indiferente ante la huelga, mis prejuicios hacia sus organizadores y mi falta de confianza en las movilizaciones de clase.  Quizás no falten las razones objetivas para la huelga, pero a mí me han fallado las ganas y la motivación personal. Ante esta crisis de identidad política, el señor Tiburcio me aconseja cada vez más que abandone la cosa pública de mis obsesiones personales y me dedique a cuestiones más privadas y caseras como la investigación de minerales locales, hacer un herbario o inventar juguetes para Juan. No merece la pena gastar tinta en cosas así, si uno no va a actuar en consecuencia.

martes, 21 de septiembre de 2010

POR FIN REINA EL ORDEN


Cartel de mayo del 68, del taller popular
y la escuela de Bellas Artes de París.
  

Cuarenta y dos años han pasado de una revolución a otra. De mayo del 68 a la era Sarkozy: de la emancipación de los jóvenes a la expulsión de los rumanos. Distintos tiempos, pero posiblemente las mismas personas que vieron la rebelión de Nanterre desde las ventanas de sus casas, estén observando hoy en sus televisores, más viejas, más consumidas, desgastadas y con total indiferencia, la abierta discriminación hacia la comunidad gitana rumana. Y es que ya se sabe, cuando los franceses (o los españoles)hablan de libertad, igualdad y fraternidad... solo hablan de la suya propia, aunque pase por la vejación de sus vecinos.  

domingo, 19 de septiembre de 2010

GRILLOS

Quizás en lugar de grillos podía haber puesto cerezas sintéticas,
 como hace el señor Tiburcio en su frigorífico.
Desde los tiempos de Oscar Wilde se repite hasta la saciedad que el arte no puede estar sometido a normas morales ni convenciones. La libertad de expresión en el arte es algo tan sagrado como los dogmas de fe para una religión. Y una y otra vez, los límites de la libertad son los límites controvertidos del arte: algo así sucede con los grillos de La Habana, usados en lenguaje artístico por un creador del que ni recuerdo el nombre. Me pregunto si estaba dentro de la intención del autor el herir sensibilidades o provocar abiertamente al personal. Y es que unos pobres insectos, por lo demás repelentes, indiferentes y a veces molestos se convierten en punto de mira de la sensibilidad ecológica cuando se les utiliza y se les mata para lo más gratuito que ha creado nunca el hombre: lo artístico.
Quizás sea una consecuencia no deseada de la obra de arte, y también una de sus características más interesantes: la obra artística siempre está abierta a nuevas interpretaciones por parte del espectador, que cada vez más deja de ser mero observador y se convierte en parte de la obra. Casi ya tiendo a pensar que el elemento saboteador que roció de spray a los grillos forma ya parte de la misma instalación artística.  Eso debería pensar el propio autor, en lugar de llamarlos a todos talibanes. En cualquier caso, estaría dispuesto a crear un Frente de Liberación de Grillos y cometer un atentado contra pequeñas perversidades tan gratuitas como la que se han llevado a cabo estos últimos días en nuestra ciudad. Todo esto, entendido, claro está, desde mi propia expresión creadora. Y es que al arte hay que combatirlo con sus mismas armas, en lugar de levantar prohibiciones que acaban dando más publicidad al creador en cuestión.  

jueves, 9 de septiembre de 2010

8 DE SEPTIEMBRE: LA IDENTIDAD AUSENTE DE EXTREMADURA.

Extremadura: destino incierto.
Ha llegado el día de Extremadura y más de uno se pregunta si el día de nuestra región merece una conmemoración especial. Y no meramente por una cuestión económica, en estos tiempos de crisis, sino también identitaria. Hay que reconocerlo: no hemos tenido suerte en la historia. En la construcción de identidades nacionales y culturales, Extremadura iba en el furgón de cola de toda la península ibérica. Cuando distintas zonas de la península -Cataluña, Galicia, País Vasco, pero también Lisboa, Castilla, Navarra o Madrid...- iniciaban un salto identitario que los introducía en el mundo moderno, Extremadura permanecía en la más oscura Edad Media. Y es que nuestra región ha tenido todas las variables para tener una identidad negativa. Con esto quiero decir variables que en lugar de permitir un desarrollo identitario, lo obstruye o limita.  

Partamos que todo puede convertirse en identitario. El dialecto jurdano, el jamón, la dehesa, o los conquistadores son tan buenos referentes identarios como el gallego,  la tortilla de patatas o la revuelta de los segadores. Pero los factores que hicieron que una lengua medio perdida y sinónimo de catetismo se convirtiera en  un referente nacionalista, como ocurrió con el euskera, no se dieron en Extremadura para hacer lo mismo con el castúo. Lo que ha hecho de nuestro dialecto el sinónimo de "cateto", "mal hablado" o "ignorante" ha sido este fracaso. No hay que sentirse avergonzado ni acomplejado por unos referentes identitarios y no otros: todos pueden llegar al mismo nivel de estupidez colectiva (si fuéramos extraterrestres o franceses nos reiríamos de todos a partes iguales). 

Permítanme ahora una versión analítica y aburrida de este fracaso:
a) Causas geográficas y ecológicas. Un pueblo se siente identificado con su paisaje. Cuando entramos en Galicia o el País Vasco las fronteras naturales y los límites ecológicos marcan el paso de un paisaje y la sociedad que vive en ella percibe ese cambio. Extremadura es meramente una prolongación del centro de Portugal en términos paisajísticos y ecológicos. La esencia de Cáceres y Badajoz tiende a difuminarse conforme llegamos a las regiones límitrofes al norte y al sur. Y es que las identidades de la península tienen un compomente parecido al de la teoría de la evolución: los límites geográficos marcados, como las montañas, tienden a crear más endemismos culturales que las regiones abiertas.  
b) Causas demográficas. Para que haya identidad, tiene que haber un grupo de hombres. Extremadura tuvo mala suerte: cuando llegó la Reconquista aquí, en el siglo XIII, apenas había hombres con los que poblar estas tierras. Extremadura era un desierto humano. Con el tiempo nuestra región empezó a tener una identidad, pero una identidad con reverso negativo: la tierra de la que había que salir para triunfar personalmente. Los conquistadores fueron el perfecto ejemplo de ello. 
c)  Causas históricas. Y he aquí, como seguidor de Gellner que soy en estas cuestiones, donde radica el factor más importante, aunque es una continuación lógica de las anteriores. Extremadura llegó al siglo XIX vacía, con un puñado de diminutas ciudades que mantenían conexión con el mundo exterior, pero que poco podían hacer para  cambiar un desierto rural medieval. No hubo élites propias, no hubo Revolución Industrial  y entonces ya Madrid estaba imponiendo su disciplina a las regiones pobres, imitando a Francia. Si miramos las ciudades extremeñas y las comparamos con las de otras regiones, nos daremos cuenta que el XIX es el siglo de la ausencia: apenas queda rastro histórico de su presencia. Y no tener fuerza en ese siglo significa en el occidente europeo perder el control de una identidad colectiva. 

Y en este marasmo, llegó la España de las autonomías. Algo interesante e imprescindible desde muchos puntos de vista, pero que para las identidades de algunas regiones, deja mucho que desear. No podemos crear futuro de donde no hay pasado. El presente no basta para construir una identidad colectiva, aunque en estos casos, el poder político, la educación y los medios de comunicación quizás todo lo puedan. Sí, tenemos un canal de televisión autonómico y en los exámenes de selectividad se preguntan por cosas tan absurdas ocmo el queso del Casar o la figura de Donoso Cortés. Me pregunto si lo único que logramos de ello es una gran espejismo o una monumental farsa.    

lunes, 6 de septiembre de 2010

DE MAYOR YO QUIERO SER UNA VACA SAGRADA

En nuestro mundo de la Eterna Insatisfacción, el más común de los mortales sueña con encarnar decenas de fantásticos roles. Muchos suspiran por alcanzar los millones de Florentino Pérez, por besar los labios de Angelina Jolie, sentir la lujuria cutre de Paris Hilton, pero también otras más alternativas, como dar la vuelta al mundo en una moto como hizo Ewan McGregor, tener un año sabático para escribir un libro como Dan Brown, o sentir la arrogancia y el poder de echar una etnia de un país como Sarkoszy. Cada cual tiene unas cuantas aspiraciones imposibles a las que engancharnos cada vez que nos conectamos a Internet o la televisión., y eso es lo que mueve el eterno descontento. ¿Cómo contentarnos con la rutinaria vida que llevamos los comunes, cuando vemos el continuo desfile de hedonismo y de placeres materiales y espirituales tras las pantallas? “Buda tenía razón”, me decía el maestro Tiburcio, “el deseo es el peor enemigo de la felicidad del hombre”. Pero la insatisfacción mueve el capitalismo, y los deseos imposibles son la mejor receta para el crecimiento económico. Ante este tipo de insatisfacciones y depresiones, muchos optamos por tirar de la tarjeta, perdernos en las tiendas, gastarnos el sueldo y así abrir el virtuoso ciclo económico. El consumo es el mejor analgésico contra una depresión de este tipo. Bien lo saben los psicólogos y economistas al uso.

Pero en fin, yo no quería hablar hoy de estas cosas tan conocidas por todos. Yo quería hablarles de algo más personal, mi deseo insatisfecho, que cada vez que nos hacemos más viejos, se va haciendo más lejano y nebuloso. Yo quise ser vaca sagrada. No me refiero a las vacas sagradas de la India -si la reencarnación existe, tal vez aspire a ellas-,sino esas vacas sagradas que se mueven entre los despachos de una floreciente universidad o de un mediático think tank, o tras el micrófono de una tertulia radiofónica. Así, figuras quizás calvas, orondas, enanas, algo encorvadas de su trabajo intelectual, pero que una vez que hablan o escriben ¡oh Dioses!, nos trasladan a las puertas del Paraíso.

Hay muchos tipos de poder que encierran otros tantos tipos de dominio o encandilamiento: el poder corporal, erótico, artístico, económico, político, religioso y un largo etcétera. Las vacas sagradas encarnan el talento intelectual. Pero no basta solo eso: han tenido el sexto sentido de la oportunidad, el sacrificio, la suerte o también el dinero necesario para llegar a la cima (respecto al talento, cuantos más blogs leo, más pienso que hay virtuosos de la escritura por todas partes). Pues bien, yo quisiera el poder de la palabra escrita para mí solito. Entiéndanme, me gustaría ser una de esas vacas sagradas que basta con escribir una línea en mi ordenador sobre cualquier cosa de la que no tuviera ni idea, y una editorial ya propusiera publicarla.

Y ya puestos a elegir, me gustaría ser vaca sagrada francesa. La intelectualidad gabacha sabe mucho de esto: después de la herencia del mediático Sartre y los estructuralistas, la postmodernidad abrió la puerta a todo tipo de desbarre. Muchos libros escritos por la postmodernidad ochentera y fecunda de los Foucault, Bourdieau, Lyotard, Baudrillard (que alguien ya acertadamente llamaba bodriollard ), Steiner, Derrida, Deleuze y otros tantos que se quedan en el tintero, se han publicado con el título de vaca sagrada escrita en invisible tinta de limón. Vaca sagrada, éxito editorial y venta segura. No cuenta demasiado lo que vaya dentro: la postmodernidad permitía cualquier exceso filosófico. Poco importaba si el libro de turno de Derrida era un galimatías ininteligible, o si el de Baudrillard decía cosas insustanciales y repetidas cien veces. La evocación del nombre traía la magia necesaria, como si de un conjuro medieval se tratara.
No voy a decir que todo se lo queden los franceses: nosotros hemos tenido una de las vacas sagradas más orondas, panzudas y omniabarcantes que jamás existieron: Ortega y Gasset. Ortega podía hablar de bicicletas y de micrófonos, como de Leibniz o el Imperio Romano. Todo cabía en su abierto esquema filosófico. Ni el franquismo truncó su carrera meteórica. Unos años después de la guerra, nuestro filósofo se tragó su disgusto con el dictador, y regresó a Madrid para hablar de toros y cosas semejantes.

Pero qué le vamos a hacer. Ni soy una vaca, ni seré sagrada, ni tampoco francés. Me contentaré con escribir unas pocas líneas en el ordenador y publicarlas en un blog, que es, a su forma, una buena salida a todo tipo de insatisfacción intelectual. No hay tiempo para más, ni posiblemente talento, qué se le va a hacer.

sábado, 4 de septiembre de 2010

OTRO LIBRO INNECESARIO SOBRE UN DIOS INNECESARIO?

Figura de un monje leyendo en la catedral de Orense (siglo XIII).
Su posible similitud con Stephen Hawking ha sido mera casualidad.
"Oh, no", pensé, "otro libro sobre la inexistencia de Dios". Lo leí en la prensa hace un par de días; ahora salen como hongos los mismos comentarios de hace unos años: las reacciones alocadas de unos y otros sobre las verdades absolutas de siempre, las vacas sagradas de la ciencia repitiendo viejos argumentos y  apelando casi meramente a su autoridad,  y los responsables religiosos chillando nerviosamente desde sus púlpitos y tribunas sobre la incompentencia de los científicos para hablar de la religión. Cuando ni siquiera ha aparecido el libro, ya están rechazandolo: sin duda el editor de Hawking estará riendo entre dientes con malicia sabiendo el dinero que va a correr por sus manos.  
Y es que esto es deja vú. En el momento que apareció The God Delusion de Richard Dawkins ocurrió la misma sensación: una prestigiosa autoridad científica implora argumentos filosóficos en contra de la religión. Auspiciado por su nombre, esto provoca revuelo durante un tiempo, el tiempo que dura la noticia. La noticia se aleja, es barrida por la actualidad, y ahora es preciso otro libro que devuelva el tema al candelero. Qué aburrimiento, por Dios. Esto es el cuento del eterno retorno en su versión más burda.
"Ten paciencia", me dice mi maestro Tiburcio. "Y es que no se debe menospreciar nunca un libro sin haberlo leído. Juzga únicamente aquello que puedas reflexionar antes". Así que yo, como discípulo aventajado del escepticismo tiburciano, suspenderé el juicio hasta más ver.  

martes, 31 de agosto de 2010

REVOLUCIONARIOS DEL LENGUAJE

"Miembras", un blog del lenguaje antisexista
Hace unos días, nuestro amigo Despotrikator publicaba desde la pútrida (es su fabulosa tribuna internáutica) la muerte de los adjetivos. Léase bien, todos los adjetivos discriminatorios, que señalasen diferencias rebajadoras en nuestra sociedad. El único problema es que después de realizada la purga, muy posiblemente le quedara el ingrato adjetivo de "autoritario", más que le pese al amigo Despo. Yo me tomé muy a pecho su  entrada y acabé pensando en todos aquellos adalides de la política que prefirieron empezar la revolución por el lenguaje y no por los hechos. Ejemplos cercanos no nos faltan: los intentos de un ministerio de Igualdad para crear una lengua neutral y no sexista han acabado siendo completamente irrisorios y sujetos a la mofa, independientemente de las sanas intenciones que pudiera haber por detrás de esas medidas. En realidad, la historia viene de muy lejos. El emperador Claudio fue el primero en modificar por decreto el lenguaje, añadiendo unas letras que según él, mejorarían el alfabeto latino: la iniciativa acabó con su muerte.  Las academias que proliferan desde el siglo XVII desearon encorsetar el lenguaje, y poco tiempo después se les introdujo un contenido político. Ya los revolucionarios franceses eliminaron el "monsieur" por ser vestigio de diferencia estamental y de Antiguo Régimen y obligaban el "vous": se pagaban severas multas por su incumplimiento. Conocida es también  la inversión lingüistica de la Revolución bolchevique, y George Orwell nos habla con ilusión cómo en Cataluña en 1936 y nada más estallar la guerra civil se habían abolido palabras como "usted" y se trataba de tú a la gente, sin distinción social alguna. Los cambios lingüisticos impuestos por las dictaduras, duran exclusivamente lo que aguanta el poder: después desaparecen en el tiempo. La pervivencia de la retórica franquista una vez muerto el dictador se hace anacrónica y nos parece que tiene un toque cómico e irreal para nuestros días. Tan solo los cambios lingüisticos promovidos por nacionalismos emergentes parecen haber tenido algún éxito en la ruptura semántica que proponen estos revolucionarios del lenguaje. 

Existe un ejemplo excepcional de esta obsesión manipulativa en la literatura, otra vez de la mano del autor antes citado. George Orwell en 1984 se detiene minuciosamente en la creación de un nuevo lenguaje, el Newspeak,  que viene a ser el lenguaje  impuesto por el INSOG, el partido comunista de Oceanía, para la clase dirigente. El newspeak pretende acortar el lenguaje y con ello los límites de la inteligencia, la creatividad y la conciencia crítica. El Doublethinking es el objetivo supremo: una cosa puede tener un significado y su contrario, dependiendo de los intereses del partido. Los límites del lenguaje son los límites del mundo, parecen asumir de la forma más siniestra posible los dirigentes del INSOG: quien controle ese lenguaje controlará los contenidos de la mente humana. El protagonista del libro, George Winston, basa su trabajo en depurar noticias de un lenguaje a otro. Pero él mismo no se expresa en ese nuevo lenguaje en la vida privada: el newspeak tardará mucho tiempo en imponerse a pesar de los esfuerzos del partido único. Resulta interesante recalcar que el lenguaje es el único ámbito de la realidad donde Orwell concede todavía espacio para la autonomía individual, y donde el estado omnipotente fracasa. Y es que el lenguaje es algo tan vivo y difícilmente manejable que está libre del poder estatal. Orwell, en su oficio de escritor, sabía perfectamente que el individuo es en el fondo, dueño de sus propias palabras y del sentido que quiera dar a las mismas.

El hecho que el lenguaje no sea directamente manipulable por el poder político no quiere decir que no esté en continua transformación y al mismo tiempo, sea lo más arcaico. Si hacemos caso a filósofos como Wittgenstein, los códigos morales y sociales forman parte de los "barrios viejos y callejones antiguos" de nuestro lenguaje. Aunque la llegada de nuevos códigos morales se superponen sobre los antiguos, modificar estos últimos suponen un gran esfuerzo. Echen un repaso a algunas palabras que han perdido todo su referente original y que sin embargo, se mantienen semánticamente activas en nuestros días. Entramos en un restaurante y nos llaman "caballero", como si tuviéramos que dejar nuestra montura y armadura en la entrada. Un inglés levanta sus dos dedos en V con la palma hacia dentro para insultarnos, como si estuvíéramos todavía en los tiempos de Robin Hood y la invasión normanda y mostrar los dedos significase que supiéramos manejar el arco.
.
El lenguaje políticamente correcto o incorrecto se impone sin prohibiciones de academias o decisiciones de ministerios de por medio, a pesar de los esfuerzos de las autoridades, juegan con modas e ideologías y por supuesto se moldea después en el hablante de carne y hueso. Quizás podemos hablar en juegos del lenguaje especializados de continuos eufemismos, sobre todo en el campo de la economía: hablamos de liberalización o de privatización del sector público, de flexibilización o precarización del mercado laboral,de racionalización o recorte del gasto social. Pero de ahí a controlar el lenguaje más coloquial hay un paso de gigante, que afortunadamente, ni la más innoble de las dictaduras ha sido capaz de modificar.

viernes, 27 de agosto de 2010

UNAS PALABRAS DE ROBESPIERRE...

Un hombre no muy alto sube a la tribuna. Lo hace lentamente, conociendo perfectamente su rol de político en el que el silencio puede llegar a ser más elocuente que el mejor discurso, en el que los gestos pueden dar la interpretación adecuada o contraria del relato que se vaya a proferir. Una vez en la tribuna, mira hacia todos los rincones de la convención. Ese es el otro silencio, que también hay que saber escuchar por parte del líder: el silencio de los dóciles, a partes iguales temerosos y fieles.

El silencio es tan largo, que nos permite pensar unos segundos en nuestro hombre. Este no es ni siquiera presidente o primer ministro de un país. Es miembro del Comité de Salvación Pública, una administración en tiempos de crisis y guerras, pero se sabe el alma del país, la encarnación del pueblo. Incluso él mismo se atrevería a definirse ya, si un alemán de la época lo hubiera pensado ya, que es la encarnación del espíritu de la humanidad.Al menos exhibe con orgullo su mote político: el incorruptible. Incorruptible, que significa muchas cosas: más allá del lujo, el soborno y la corrupción, como sí aceptó de buen grado su amigo Danton. Pero también más allá de la compasión y de lo humano, como demostró también, firmando la sentencia de muerte de su amigo Camille Desmoulins. 
Ante todo esto, los cargos más prestigiosos y mejor remunerados de cualquier monarquía de la época son minucias. Nadie se acuerda de Pitt o Floridablanca, y estuvieron al frente de grandes países mucho más tiempo que Robespierre. Este último figura todavía en los manuales de muchos escolares de occidente, aunque sea un protagonista secundario en la historia mundial. El hecho de que una persona haya ocupado un cargo relevante durante apenas un par de años y tenga trascendencia universal lo hace más atractivo dos siglos después.  

Pero ahora, por fin, nuestro hombre va a hablar. Robespierre toma la palabra ante la Convención revolucionaria en un día de marzo de 1794. El movimiento de la Vendeé ha sido diezmado. Hay buenas noticias de las guerras contra la coalición europea antirrevolucionaria. Hébert ha sido guillotinado con sus seguidores más radicales. Pero la revolución no está segura. Todavía no. Hay que alzarse contra la indulgencia: contra aquellos que han pregonado la guillotina y ahora la consideran sin sentido. El discurso, bien largo y cargado de alusiones a los maestros griegos y a la libertad de la república romana, tiene unas líneas que se harán merecidamente famosas:
  • ."Si en tiempos de paz, el lema del gobierno popular es la virtud, en la revolución será simultáneamente, la virtud y el terror. La virtud, sin la cual el terror es fatal; el terror, sin la cual la virtud es impotente. El terror no es más que la justicia inmediata, severa e inflexible y es por eso, la emanación de la virtud." 
.
Muy posiblemente, nuestro orador se quedaría en silencio en ese magistral momento. Había que digerir las palabras. La audiencia sabe perfectamente lo que quiere decir, pero hay que sacar conclusiones. Continúa el terror, continúan los peligros contra la Patria y la sangre debe seguir vertiéndose unos meses más en un acto de purificación revolucionaria. Para nosotros, cómodamente instalados detrás de una pantalla de ordenador o de un libro sobre la Revolución, los peligros contrarrevolucionarios se han desvanecido, y aunque la imagen de la guillotina y las acusaciones sin pruebas no desaparecen tan fácilmente, no son más que ecos lejanos, humo de la historia.

Y sin embargo, este pequeño párrafo merecería entrar en todos los libros de la filosofía política y la historia de las ideas y mentalidades. Con la unión de la violencia y el bien entre los ideales de una revolución, Robespierre está inaugurando en la historia el concepto de guerra civil moderna y el concepto de dictadura. Hasta ese momento, las guerras civiles habían sido una cuestión de poder entre grandes señores: el común del pueblo apenas intervenían y las tropas eran mercenarias. Ahora las guerras civiles pedirán una movilización total del pueblo: o se está de una parte o de otra, con la Virtud o contra ella, pero no se puede permanecer neutral. Y tampoco no se trata de un mero reparto de poder entre los grandes señores; ahora son los principios los que mandan (o mejor, disfrazan, maquillan) sobre los intereses materiales. Si Napoleón, Stalin o Hitler quieren mantenerse en el poder, tendrán que exhibir una causa santa.   
También hasta ese momento y en el mejor de los casos, la dictadura se equiparaba a un gobierno, excepcional o no, que buscaba mantener el orden siempre en peligro dentro de una sociedad (Hobbes dixit). Ahora las dictaduras también empiezan a ser entendidas como el gobierno de la virtud, del bien absoluto superior a todas las teorías rivales y que tenemos el derecho y obligación de imponerla a los demás. Los demás no son ya la humanidad, referente de las religiones de libro y objetivo de cruzadas universales: la virtud tiene como reducido ámbito la ciudadanía de un país, pero su autoridad va a ser mucho más fuerte que la de todos los procesos inquisitoriales de la historia juntos.  La tergiversación más brutal y no deseada de la voluntad general expuesta por Rousseau treinta años antes de Robespierre. En fin, cuando piensen en nuestras guerras civiles, en Sudamérica, Turquía, Argelia, o en los mismísimos talibanes, piensen en estas palabrejas de este francés del siglo XVIII, padre de toda la discordia.