Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.
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martes, 22 de diciembre de 2015

POPULISMOS: LA DEFENSA DE CHANTAL DELSOL

     Ha caído en nuestras manos este libro interesante que ya de por sí tiene un par de buenas virtudes: no es demasiado extenso (lo que siempre se agradece para gente con demasiadas cosas que leer y poco tiempo para ello) y la autora desarrolla una interdisciplinariedad envidiable: toca de forma igualmente virtuosa filosofía, historia y análisis político. La temática no puede ser más actual para Francia: el auge de partidos como el Frente Nacional necesita de una explicación seria, más allá del actual desdén manifestado por toda la clase política francesa y en general Europea ante este tipo de ideología. Y aquí surge la primera duda para el lector hispano: qué razón hay para incluir Podemos o Syriza en los partidos de ultraderecha europeos como Aurora Dorada, Forza Itália, el Vlaams blok belga, los hermanos Kaczynsky de Polonia o el FN. Acostumbrados a plantearnos un origen sudamericano de los partidos populistas, de carácter estatalista, caudillista y generalmente de izquierdas (incluyente socialmente hablando y no xenófobo, aunque sí anticapitalista y antiimperialista), Chantal Delsol nos despista un poco. Y sin embargo, es también el otro reverso de la moneda: el populismo francés tiene una plasmación derechista basada en un modelo social excluyente, ultranacionalista, antieuropeo y naturalmente xenófobo.



     Quizás esto se entienda mejor al poner las raíces históricas del populismo nada menos que en la tiranías de las polis clásicas. Y aquí se explica cómo estos gobiernos carismáticos, autoritarios, fueron sin embargo la puerta para que determinados grupos sociales habitualmente excluídos en las decisiones de las aristocracias locales gobernantes de las polis, iniciasen su entrada en la política, legitimando en un par de generaciones el nacimiento y consolidación de las democracias en las polis clásicas. Por tanto, aparece un primer elemento positivo en este análisis del populismo griego: las tiranías de la época no son abiertamente antidemocráticas, sino proponen una radicalización de las condiciones para una democracia. Hay una abierta oposición a que una minoría, supuestamente elitista, aristocrática, controle una ciudad que ya ha dejado de ser una aldea y que cuenta con nuevas estructuras políticas y sociales. El experimento democrático y la experiencia populista no gusta a todo el mundo: la reacción aristocrática de Platón, marcando un hito en la historia del pensamiento político, acaba vinculando una relación directa entre populismo y la degeneración de las polis democráticas. Tienen que ser los gobernantes, sabios, tocados por el conocimiento del logos universal, instruidos y superadores de las pasiones que lastran a los miembros del populacho, aquellos que tomen las riendas del gobierno de la polis.  
      Esta primera eclosión populista se extenderá indefinidamente con las consecuencias del proyecto moderno ilustrado. En un primer momento, el movimento elitista de la Ilustración sueña con un pueblo llano, sencillo, intuitivo e inteligente que recibe cálidamente sus ideas de fraternidad e igualdad universal. Sin embargo, poco a poco las contradicciones del proyecto moderno irán generando una figura, el idiotes, según la autora, que se identifica con el individuo "entendido bajo su propia particularidad, constreñido dentro de su propia inteligencia", atado a su terruño ideológico e incapaz de reconocer la misión emancipativa y universal del ideal liberal moderno. Frente a este ideario demasiado frío, lejano, global y peligroso, estos idiotes necesitan un referente político más vivo y carismático que los mensajeros de la razón weberiana, que encuentran precisamente en el ideario populista, sea este inclusivo o excluyente.
     En la medida en que el idiotes se encarna y se materializa en un partido y en un líder, la élite política rechaza sus tesis en nombre del sentido común, que no deja de ser un último suspiro de ese proyecto moderno, bajo nuevas formas (las libertades individuales, la estabilidad social y el progreso económico, que vienen a ser los conceptos emancipativos tradicionales ilustrados).  El principal argumento de esta masa de idiotes es precisamente aclarar a la élite tradicional política que esos valores han dejado de encarnarse dentro de sus fronteras o que han quedado fuera de su alcance. Por eso el populismo es tan efectivo entre los desplazados dentro del sistema global, no solamente en el siglo XXI, sino desde los comienzos de la modernización, en EEUU (el partido de los grangers) o Rusia. El fenómeno es más viejo de lo que parece, pero cada oleada modernizadora lo hace más evidente y palpable.  
     Este diseño conceptual es suficientemente claro en el libro. Sin embargo, se enfrenta con sus limites. Por ejemplo, la autora tiene que aclarar que Hitler y el fascismo no es populista bajo su esquema con desigual éxito. Hitler es un bárbaro, un error de la civilización, pero como decimos, nadie puede asegurarnos que un líder populista no se desliza por la senda de la barbarie. Se han explicado demasiadas cosas bajo el esquema dialéctico modernidad-tradición, global y local, de origen marcadamente marxista o hegeliano, aunque estos autores no sean citados con demasiada frecuencia.
    Por otra parte, echamos de menos referencias más abundantes al populismo latino-americano, infravalorado en el conjunto de la obra, hasta tal punto que a veces un lector español y la autora del libro tienen la sensación de estar hablando de dos populismos distintos. Frente al europeo, el populismo latino-americano tiene un control de las instituciones y del aparato estatal no soñado por los europeos, capaz en ocasiones de modificar el estado de derecho a su antojo. La lucha entre la élite liberal y modernizante y los líderes populistas y carismáticos apenas existe porque en muchas ocasiones la élite y la cultura política del país es abiertamente populista (la explicación dialéctica de Desol no funciona tan bien como en Europa). Su capacidad para crear complejos clivajes políticos y amplias clientelas dentro de la sociedad tampoco tiene comparación con Europa; por último, el populismo latino tiene efectividad promovendo una inclusión social por clientelaje de determinadas minorias hasta entonces irrelevantes para las oligarquías dominadoras de estos países. Esto hace que, siendo un libro de lectura muy interesante para un amplio público, el lector español lo pueda llegar a percibir  como incompleto.



Una pregunta complicada de resolver: podría el populismo servir para poder incluir dentro
de una misma moneda líderes políticos tan distintos como Marine LePen y Pablo Iglesias. La respuesta es compleja.

lunes, 16 de noviembre de 2015

LAS CAUSAS PROFUNDAS DEL TERROR

    Quería hablar de setas, de estas volvarias y estrofarias unidas en el pastizal de Malpartida, pero hoy el GP no puede. Va en su  bicicleta pensando en París. Pero no solo. También Beirut. Y el Sinaí. Mas de cuatrocientos muertos en apenas una semana. Y estoy cansado de escuchar el mismo diagnóstico de la situación terrorista. Se culpa al Islam, al carácter hermético de su religión, a las circunstancias psicológicas de cada individuo que se inmola en nombre de una idea desgarradadora que convierte en meros objetos a sus semejantes... Y como filósofo que soy y que me traiciona, acabo pensando que confundimos la causa y la consecuencia, como hace ochenta años. Y no sé hasta qué punto todo esta maraña de argumentos no nos hace caer en la cuenta del verdadero problema: nuestra sociedad, la victoriosa sociedad global, cosmopolita y capitalista se vuelve inhóspita, inhabitable. Cada día es más fría, desoladora e inhumana para una parte nada insignificante de sus moradores. Las palabras igualdad, fraternidad y libertad no tienen sentido alguno cuando muchos de los que viven dentro de ella no tienen ninguna seguridad vital a la que agarrarse, ni económica, ni social, cultural ni psicológica. Una religión entendida en su forma más arcaica posible se convierte entonces el último recurso, como lo fue la utopía racial de Hitler para muchos alemanes. En ese sentido, hemos aprendido muy poco del fascismo y comunismo de los años treinta. Seguimos produciendo indivíduos potencialmente totalitarios, desorientados y desilusionados, y escasamente educados en nuestros valores democráticos, vacíos y formales para ellos. El nazi antidemócrata y racista no era tan distinto de los jóvenes europeos y magrebíes que viajan a Siria en busca de un paraíso inexistente. La diferencia estriba en una distinta reacción entre los hijos viejos de occidente y los hijos adoptivos ante los gigantescos desafíos de la modernidad líquida, como llaman muchos sociólogos a nuestra cultura. 
      Aquellos primeros desorientados, europeos viejos de occidente (blancos, hijos de la democracia y nietos de cristianos)  viven su esquizofrenia dentro de los valores occidentales. El lado bueno de nuestra cultura es nuestro profundo respeto hacia nuestros semejantes, en forma de considerar la vida ajena como algo sagrado en sí mismo. Pero esto se hace a costa de reducir nuestra sociedad a una suma de individuos, dejados a su suerte. La tragedia que viven los inadaptados es personal, individual y la sufren en un silencio absoluto que acaba en un suicidio en vida, sin necesidad de apretar un gatillo. Saben que no hay redención posible o se les ha educado para que piensen así. Se les dice que su fracaso es personal, fruto de decisiones particulares tomadas con libertad, en las que en última instancia ellos son los últimos responsables. En el fondo esta mala conciencia es un lavado de cerebro que no dista mucho del que sufre un yihadista islámico. La diferencia fundamental es que nosotros creemos que ese es un proceso de inculturación neutral y natural, y no lo percibimos como lo que es, algo artificial y que no tiene que ser necesariamente verdadero.
     Sin embargo, para aquellos desorientados recién llegados, hijos adoptivos de la vieja Europa, la situación se les hace más complicada. No hay un individualismo metafísico de base; para ellos la cultura ocidental solo produce pérdidas. No les resulta fácil asumir que su fracaso puede ser un fracaso personal. Es un fracaso colectivo, último, radical, que acumula un inmenso resentimiento pero que necesita ser redimido de alguna manera tangible hacia el exterior. En ese exterior buscamos responsables, víctimas que dejan de ser humanos y se convierten en encarnaciones del mal, y al mismo tiempo buscan un paraíso redentor en la propia muerte. Los musulmanes desarraigados han encontrado la salvación en una religión entendida en su sentido más feudal y medieval, donde no hay limites entre la fe y el estado y se desarrolla una conciencia identitaria máxima; al igual que hicieron muchos europeos hace ochenta años en el totalitarismo, o se está con ellos o contra ellos. No hay medias tintas. 
       La solución la desconozco. El panorama, para estos descarriados con mala suerte (y en conjunto para la sociedad), pinta mal. En Europa unos pocos fanáticos descarriados fueron capaces de arrastrar a una sociedad entera hacia el abismo y la guerra mundial. Y aunque en el siglo XXI, esto no se hace tan fácil, la esquizofrenia tenderá a perpetuarse entre nosotros y a veces estalla con sangre inocente.  En fin. Ruego que disculpen la parrafada.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

RECORDANDO A ALEXANDER HAMILTON EN CATALUÑA




      
    Qué aburrido es esto. Volver a hablar de Cataluña y el nacionalismo. Una vez más, inútilmente, cuando no hay más diálogo que el de los sordos con los oídos finos y el de los ciegos de mirada certera. Pero en fin, venía mirando este billete de diez dólares en mi viaje en el tren, y el singular personaje que está impreso en él: el insigne Alexander Hamilton. Y me pregunto que contestaría este personaje a nuestra situación actual. Seguramente que si fuese español o catalán, no aparecería tan sereno como aparece en el billetito. 

     Pero vamos a lo nuestro. Puestos ya sobre el tema, comparto que Cataluña tiene todo el derecho a decidir por sí misma qué hacer con su futuro. Me asombra la mezcla de miedo, inmovilidad y falta de ideas que paraliza a la clase política española. No se puede contestar a todo reto con el respeto a la ley vigente, cada vez más ajena a la realidad. Me sorprende que los partidos de izquierda tengan tantas reticencias a convocar un referendum, una medida que se ha aplicado en otros países y que no siempre ha conducido a la ruptura, como Canadá o más recientemente Gran Bretaña. En el primero, ha fortalecido la unión. En el segundo, ha fomentado más autonomía. Cierto, Checoslovaquia se dividió en 1993 por un referendum, y muchos checos se lamentan de la decisión y del resultado final de su revolución de terciopelo. Pero es un  riesgo a asumir para resolver el futuro. Los catalanes tienen derecho a decidir sobre el asunto.  
      Pero igualmente pienso que España y Europa también tienen el derecho a decidir por su futuro, y caso que Cataluña decida su independencia, puedan tomar medidas drásticas para errores que yo pienso que resultan completamente anacrónicos dentro de un proceso que avanza hacia el federalismo europeo y no precisamente hacia su desintegración. Son sencillamente procesos contrarios: si los catalanes deciden separarse, el ostracismo de Cataluña se hace aconsejable para que Europa no acepte dinámicas centrífugas que pueden acabar llevando a pique su lenta y enrevesada compactación política. No tiene nada que ver con el resentimiento o una actitud vengativa: es mera lógica política. Y aquí entra el amigo del billete verde. Lo que sugiere hoy la comisión europea no es otra cosa que lo que comentaba el primer secretario del Tesoro de Estados Unidos Alexander Hamilton -una especie de Angela Merkel del siglo dieciocho, el primer obsesionado con la consolidación fiscal- la primera vez que ve un conflicto semejante, hace doscientos años: el cumplimiento de la democracia no siempre acaba amoldándose al bien común. Esto es lo que decidían los primeros federalistas de la historia cuando veían que la deriva libertaria de los colonos americanos podía acabar siendo una auténtica anarquía y el fracaso de la primera democracia del mundo moderno. Es precisamente la falta de gobierno, o el exceso de libertades lo que puede socavar los pilares del estado federal y un bien común más amplio. Reconozco que esta es una visión pesimista, hobbesiana, pero son los riesgos con los que contamos. A fin de cuentas, los votos de una democracia también pueden justificar posiciones egoístas, cortoplacistas, y los nacionalismos mal entendidos pueden caer en estos vicios. Volviendo a Hamilton y sus principios federalistas, la historia de Estados Unidos ilustra el ejemplo de cómo la democracia más vieja del mundo se consolidó reforzando su autoridad y su gobierno federal, y alejando fantasmas de secesión que le amenazaron durante su primer siglo de existencia, incluso con una guerra civil por medio. Nadie va a hacer estallar una guerra civil sobre esta cuestión -ya tuvimos varias en nuestra historia contemporánea- y al menos tenemos suficiente cabeza y memoria histórica para saber que la defensa de una identidad ya no se puede pagar con sangre. 
     El que escribe es consciente que el corazón tiene razones que la razón no alcanza a entender, y que muchos nacionalistas votarán con el corazón sin atender a su cerebro ni a su estómago, o peor, con el cerebro dispuesto a negar cualquier argumento contrario a lo que le diga el corazón, ejercitando una perfecta disonancia cognitiva. Están en su derecho como ciudadano, a fin de cuentas, de equivocarse o no. Hamilton en este sentido, también lo tenía muy claro: las pasiones de los hombres deben guiarse por los dictados de la razón. El problema es que la razón es fría y nadie la quiere, y a veces necesita ser ejecutada por un estado, más gélido todavía. Y esto no da votos.  Dónde está la raíz del problema, nos preguntarán algunos: Los políticos, son en última instancia, los responsables de guiar nuestros sentimientos políticos y no desbocarlos. Y aquí, tanto los de un bando como los de otro, no han sabido estar a la altura. Me pregunto si luego le tocará a un funcionario del gobierno, a lo Hamilton, saber dónde acertar para desfacer todo el entuerto creado.

viernes, 26 de junio de 2015

DE GARZÓN A ZAPATA: LA CULTURA DE LA SOSPECHA LO DERRIBA TODO


El señor Zapata no se dio cuenta que las redes sociales no son privadas, y que
nos podemos arrepentir de mucho de lo que podamos escribir en ellas. Un fallo
de adolescente ingenuo en un mundo de fieras... 
     La sospecha derriba cualquier muro. Nadie está a salvo y todo el mundo lo sabe, aunque algunos, empezando por el presidente, prefieran ignorarlo. Son tiempos bárbaros, en los que cualquier imagen pública se somete al desgaste inmediato y se convierte en una vieja estatua atacada por el mal de la piedra, corroída, cortada, desfigurada. La desconfianza extrema y la sospecha convierten cualquier persona pública del campo de la política, en posible candidato para ser machacado. La única consigna que existía dentro del establishment conservador o la casta dominante es que como ni el idealismo ni el altruísmo existen, siempre tiene que haber un interés oculto o un elemento turbio que explique la aparente bondad de un individuo. Las ideologías son así meras tapaderas de intereses, las palabras y los slogans, sus disfraces. Si Marx, Nietzsche o Freud levantaran la cabeza quedarían escandalizados de hasta dónde se ha llegado desde que ellos empezaran a sospechar de la figura de Dios. Ahora el Dios inmaterial molesta poco, y sí importa mucho los dioses mundanos de las cámaras y los medios de comunicación. Y si a eso le añadimos que el escándalo es negocio y que la corrupción pública de uno ennoblece la ignorancia que tenemos sobre otro, tenemos buitres asegurados buscando carnaza en la corrupción. 
      Pero esto es ley de democracia, transparencia. Necesaria, pero más destructora que los movimientos de capital, más incisiva que ningún atentado terrorista. La transparencia aniquila la esperanza y condena al ser humano a una visión hobbesiana del homo homini lupis. ¿Por qué? Se podrán preguntar. ¿Es que no podemos seguir creyendo que gracias a la transparencia la democracia se podrá regenerar? ¿Es que no se puede convertir en la única ideología inmaculada digna de adoración y libre de pecado? No, porque la propia transparencia hasta ahora ha jugado sucio o ha estado controlada por manos equivocadas. La gran aspiración de nuestros políticos era jugar con la transparencia para derribar a sus adversarios. La transparencia es un medio para nuestros fines, pero no el fin en sí mismo de nuestro programa político, la aspiración a una menor corrupción. Nuestra dramática historia autonómica reciente en Valencia o Andalucía ilustra bien estos casos, en los que PP y PSOE lanzaban ataques contra la corrupción del oponente sin tener capacidad de regenerarse a ellos mismos. El otro caso hiriente en nuestra historia política reciente, el acoso  y derribo del juez Garzón hace unos años basándose en acusaciones malintencionadas también nos dice bastante del poder maligno de
Otra imagen pública vapuleada por la transparencia opaca:
 el juez Garzón.
la
glasnost, fantástica palabra rusa.
    El peso de la transparencia no es igual para todos. Indudablemente, desde un aspecto ideológico, aquel que tiene su discurso basado en la lucha social y contra la corrupción se convertirá en blanco fácil, incluso cuando su reputación sea más inmaculada que la de los demás. Para muchos votantes de cualquier signo político, es más fácil digerir salvajes casos de corrupción del PP que las migajas que han podido arañar los casos de Podemos o Ciudadanos. Tengan mucho cuidado las flamantes Ada Colau y Carmena: la sospecha andará al acecho y en nombre de la transparencia democrática, le podrán jugar malas pasadas. Ya en cuestión de días, se han cobrado su primera víctima: el edil de cultura de Madrid, Guillermo Zapata, por unos tuits realizados hace cuatro años y sacados de su contexto, pero que evidentemente, son carnaza para la acusación pública. Este personaje ha cometido ingenuos errores de adolescente en el uso de nuevas tecnologías que le han pasado factura y la fulgurante eliminación del área política. A partir de ese momento, la reacción fue inmediata: los nuevos grupos políticos han limpiado sus redes sociales de cualquier turbiedad, cualquier sensibilidad herida o cualquier posible acusación política, conscientes de que estas redes van a ser analizadas tuit a tuit, foto a foto, por sus adversarios y detractores políticos.

       Y para concluir, ¿podemos encontrar algún remedio para esto? Reconozco que no siempre el que escribe lo tuvo claro.  Cuando escribí esta entrada por primera vez, hace más de un año, me invadía la ceniza sensación de que nada podía cambiar y su tono de entonces me resultaba para el día de hoy completamente derrotista e inaceptable, por lo que tuve que cambiar el final. Porque ahora queremos concebir una ligera esperanza de que este orden de cosas ha empezado a cambiar ya. 
       La corrupción tiene dos formas de destruirse: por su denuncia, a través de los partidos y fuerzas en la oposición, o cortándola de raíz, promoviendo una cultura política nueva. Hasta este momento, la única forma de combatirla ha sido a través de la primera forma, su denuncia, pero en la forma degenerada de esta cultura de la sospecha. De esta forma, la transparencia malintencionada no basta si no cambiamos nuestro comportamiento, si solo vemos la corrupción como forma de sacar réditos electorales y hacer la vista gorda sobre nuestras propias faltas. 
     Para aquellos que piensen que el ser humano por naturaleza será corrupto y que todos los partidos políticos son iguales, conviene recordar que otros países de nuestro entorno son mucho menos corruptos, e igualmente, hay otros que lo son mucho más. Las cosas nunca son para siempre, aunque así lo puedan creer los pesimistas en esta materia, y pueden variar para bien o para mal. Es por ello que tenemos que empezar a trabajar con la segunda opción. Es cuestión de educación pública, de control político y de independencia de las autoridades jurídicas.  El primer paso ha empezado ya: desalojar del poder político a aquellos que lo habían convertido en patrimonio personal. Esta es la primera herencia tangible de los manifestantes del 15M hace ya cuatro años. Solo por esto, bienvenido sea el cambio político, venga de donde venga, porque la regeneración de nuestra cultura política empieza ahí.  


miércoles, 3 de junio de 2015

SHOUTS AGAINST THE HYMN: FREEDOM OF SPEECH?

Once again, we could observe the same event: King’s Cup final match. Barcelona and Bibao were the finalists in the competition. I was listening to the match on the radio and suddenly a disturbing noise rise on the radio during almost a minute, interrupted by the locutor’s voice advising that it was the hymn what we were supposed to hear at that moment.  Whistles, insults and shouts. Most of us took it for granted before it happened, as something that we have been used to after seeing it so many times before.
There weren’t any surprises in the following days. The conservative party immediately condemned the behavior, without any hesitation, and declaring how offensive and rude the whistles and shouts sounded for the rest of Spain. New Left parties –like Podemos- were talking of it as an expression of freedom of speech. Meanwhile, the cunning smile of Artur Mas –defender of the independency of Catalonia- showed clearly how complacent he felt in that precise moment. 
And here we come to the philosophical point of the football match. Were the shouts against the Spanish hymn some kind of freedom of speech or an offensive behavior that could be legally punished? After thinking a little bit, and try some kind of empathy in both sides, the question is extremely difficult to answer.
No doubt, the shouts against the hymn are offensive for a very important part of the Spanish population. They are completely right when they complaint that if the two football teams don’t agree with the competition rules, they are not forced to play it, and they would enjoy playing some kind of competition in their own region.  And they are right too when they criticized the fact that independents take advantage of every occasion to show their opposition against the Spanish symbols, like the flag, or in this case, the king and the hymn. And, worse of all, I’ve got the bad feeling that the same answer from the Spanish government should be adopted by the Catalonian independents, if someone try to whistle and insult any Catalonian symbol. Nationalism –no matter if it is Spanish or Catalonian- doesn’t get on well with liberal gestures. 
So, we could accept that the use of freedom of speech was not the proper one. However, the fact that some behavior  is politically wrong, doesn’t mean that it has to be banned or legally punished. Freedom of speech should be a golden rule, and any restriction should come not from anyone external to an action, but from the very same person who is performing that behavior. In other words, the own spectators in the football match should be the first to show some kind of respect to the hymn. However, If they don’t, no one can restrict them their freedom to express their repulse against the hymn and the Spanish symbols.

And finally, there is one last argument that counts in favour of nationalism in spite of all the offences against the Spanish feelings. We will complain about their lack of respect to the Spanish culture, and maybe we are right. However we don’t have to miss the point that the Catalonian problem is still in the air. The Spanish government has refused to give a political solution to the independents, like Mr. Cameron has done it in Scotland, or Canada to the Quebec in the 90s. So, as we use to say, the ball is in the court ot the Spanish government. In fact, it has always been there. Meanwhile, the Catalonian society, led by their stubborn nationalist politicians, will take advantage of every event  to declare war against Spain. And that, too, is not surprising.  


viernes, 6 de marzo de 2015

LA IRRUPCIÓN DE CIUDADANOS, ¿EL PARTIDO LIBERAL ESPAÑOL?

      Parece ser que en los últimos meses, un nuevo partido político ha hecho su apertura propia dentro del complejo tablero de ajedrez en el que se está convirtiendo el panorama político español del último año. Basta consultar algún dato. En los últimos tres meses ha liderado los comentarios en twitter, superando a Podemos. Su intención de voto ya está en un 12% y puede convertirse en cuarta fuerza política, suplantando a UPyD, que ha visto perder su propio terreno vertiginosamente ante el ascenso de Rivera. En el ruido mediático, Ciudadanos suena como una nueva voz, la nueva palabra de moda.  
    La falta de entendimento con UPyD por los miedos mutuos de ser deglutados por su adversario, puede crear una auténtica lucha de poder por ese centro político que acabe dando alas a este nuevo partido originariamente surgido en Cataluña. En la medida en que PSOE y PP se desinflan en el centro y Podemos toca techo e inicia su particular desgaste mediático, Ciudadanos parece tocar ahora el cielo.
     No es difícil identificar el perfil del votante del nuevo partido. Ciudadanos representa a esos otros indignados de la sociedad española, supervivientes y no víctimas de la crisis económica, que recelan de las ideas de Podemos, pero que de ningún modo están dispuestos a votar a los partidos tradicionales por el mero miedo al cambio o al populismo. Si consideran a Podemos como visionarios peligrosos y oportunistas políticos, tampoco libran a los partidos mayoritarios, que tildan como inmovilistas, corruptos y con demasiados intereses creados como para promover una auténtica regeneración política.
       Estos votantes potenciales consideran por otra parte que los agentes que han hecho salir de la crisis a la sociedad española han sido los propios individuos y no tanto el partido político en el poder. Como supervivientes, deben relativamente poco a los dos últimos gobiernos y no aceptan meramente políticas basadas en la mera inercia de los acontecimientos. Efectivamente, el PP no ha completado ninguna auténtica reforma administrativa anunciada hace cuatro años ni mucho menos de regeneración o transparencia política, y no ha hecho otra cosa que seguir los dictámenes de la política económica impuesta por Europa: medidas de recorte del estado, ajuste fiscal y flexibilización laboral. El adelgazamiento estatal se ha producido inevitablemente sobre la sanidad y la educación -ámbitos imprescindibles, por otro lado, para mantener altas cotas de desarrollo social-, pero la administración apenas ha sufrido recortes drásticos a excepción de medidas de maquillaje. La reducción de duplicidades, la racionalización de municipios, mancomunidades y diputaciones provinciales son todavía asignaturas pendientes difíciles de ejecutar para partidos que tienen una clientela demasiado amplia que satisfacer y colocar. En el ámbito económico, Ciudadanos está sorprendiendo al presentar medidas bastante técnicas, discutibles o no, que rebasan los discursos globalizadores e imprecisos de izquierda y derecha, pero que pretenden atajar algunas de las consecuencias más negativas de la crisis. 
     En definitiva, Ciudadanos tiene la posibilidad de representar un partido auténticamente liberal que nunca ha conseguido hacerse un hueco en el centro político español, absorbido por PP y PSOE y sus compromisos respectivos. Desde los mismos comienzos de la democracia y tras la disolución de la UCD, siempre ha habido familias liberales en ambos partidos, pero nunca con posibilidades de convertirse en un grupo propio consolidado sin ataduras incómodas: sectores demasiado conservadores o demasiado escorados a la izquierda. Los intentos de promover dichos partidos en los ochenta se saldaron con un estrepitoso fracaso en la época de dominio socialista. Este es quizás su momento histórico ante reformas que una ideología pragmática y sin ataduras del pasado puede ejecutar mejor que nadie.
   
         Pero sin embargo, también hay sombras que pueden enturbiar este horizonte prometedor. Por un lado, Ciudadanos tiene una visión del juego político similar a Podemos y su acertada visión estratégica de pactos, juego mediático y redes sociales. El efecto Podemos se percibe también sobre el centro político, y los votantes desafectos con todos los partidos buscan lo más similar mediáticamente hablando a Pablo Iglesias, pero sin su ideario político. A diferencia del perfil bastante cerrado de UPyD -un partido hecho a antigua usanza, con trasfondo ideológico más definido y con herederos de la vieja guardia-, Ciudadanos está buscando pactos y apoyos con fuerzas políticas y sociales variopintas basándose precisamente en su indefinición ideológica y en un modelo de campaña similar al que lanzó a Obama a la presidencia, trabajando sobre la sociedad civil. Cierto grado de populismo parece ser compañero inseparable de estos nuevos partidos que luchan por el poder, y un pragmático "todo vale" a la hora de pactar permite cerrar acuerdos con formaciones de ideologías muy diversas.      
      En segundo lugar, la corrupción ya ha tocado la formación. El trato que se ha dado desde el partido a la figura de su locutor, Jordi Cañas, replantea hasta qué punto el partido desea ir hasta el final en la lucha contra la corrupción. Efectivamente, Rivera ha tirado de la letra pequeña del programa de transparencia del partido para no tomar medidas drásticas contra él. El hecho de que el fraude fiscal que se investiga no esté vinculado con malversación de fondos públicos (y sea por una actividad privada) no es demasiado consolador para aquellos que desean ver un auténtico panorama de renovación en el cuadro político español.

sábado, 24 de enero de 2015

PABLO IGLESIAS, ROBESPIERRE Y EL OJO IZQUIERDO DE DIOS

   

No se lleven a engaños: detrás de Podemos no está Marx, ni Stalin ni el chavismo (todos ellos aliados ocasionales), sino Rousseau. Sus ideales fueron seguidos a veces por democrátas furibundos que acabaron quemándose en sus propias hogueras, pero que también transformaron el mundo.



Otro señor con coleta y gran carisma, con un discurso implacable, azote de privilegiados y representante de la virtud pública: Robespierre, "el incorruptible". Salvador de la revolución, y creador al mismo tiempo del terror y del jacobismo francés. Un personaje fascinante, pero que da miedo.
 Y la pregunta del millón: ¿Acabará siendo este hijo de Rousseau un pequeño Robespierre?
El futuro está abierto.


    Estaba en mi clase tranquilamente dando el pensamiento de Rousseau cuando lancé ese hechizo mágico que altera a la gente de bien de este país. ¡Podemos! ¡Pablo Iglesias! Una imagen del partido en la pantalla del ordenador hizo el resto. Y es que hay que ver cómo se pone la gente cuando se pronuncia su nombre. Desde los tiempos de Felipe González que no veíamos un carisma levantarse de tal forma en la arena política española. Pero evitemos ponernos como energúmenos. El caso es que me pareció oportuno explicar a Rousseau con nuestro político ascendente, y francamente, razón no parece faltar. 
    Y es que los adjetivos que la derecha española lanza contra su organización -acusándole de chavista, comunista y cincuenta insultos más- pierden de vista la coincidencia de su pensamiento con un modelo mucho más antiguo de pensamiento que por supuesto también arrastra al populismo venezolano, pero que no se reduce a este último. Ahí tenemos que entender por qué Podemos, aunque pueda defender el chavismo, se desmarque del mismo en un marco de acción europeo (en ese sentido, Podemos tiene una formación politológica infinitamente más desarrollada que los tertulianos de derecha). Pero solo con decir esto no nos libramos del peligro del caudillismo populista. 
      Pero, ¿por qué hablamos de Rousseau para explicar Podemos? Rousseau tiene la peculiar característica de haber inspirado la democracia más amplia, radical y auténtica y al mismo tiempo su propia tumba. En su contrato social, los individuos ceden los menores derechos posibles a un estado fundante, y ese estado no es expresión de una minoría de propietarios, como en Locke. Todo ciudadano tiene iguales derechos políticos, independientemente de su nivel económico. Esto es lo que nuestra democracia ha heredado de Rousseau. Pero el ginebrino iba mucho más allá, al rechazar también el sistema liberal representativo típicamente inglés. La democracia y el sentir popular debía manifestarse diariamente, y no una vez cada cierto tiempo.
      La voluntad general es la voz del pueblo, y se convierte en el rodillo aplastador de toda estructura arcaica. La separación de poderes deja de existir y todo el poder pasa al poder legislativo. Esto se entiende históricamente en explosivas situaciones revolucionarias, donde un poder legislativo inesperadamente triunfante se enfrenta con un entramado burocrático y judicial esclereotizado, que durante años de parálisis y generaciones de mandarines (o de "casta") no han permitido la evolución natural de la sociedad y se ha separado de ella. 
    Entonces aquí emerge de la voluntad general, la voz del pueblo, su elemento más perverso y diabólico: se convierte en el ojo izquierdo de Dios, en la mirada que inspira la verdad absoluta y frente a la cual cualquier oponente pierde toda credibilidad. Se hace necesario un líder, un carisma sobre el que el ojo de Dios se posa, se convierte en anunciador y expresión de la voluntad popular. Si queremos decirlo en un sentido puramente filosófico, la voluntad política se convierte en epistemológica o incluso religiosa. Es decir, la opinión del pueblo se hace científica en boca del líder y su camarilla intelectual (es más verdadera que las demás) y se convierte al mismo tiempo en dogma de fe para todos sus seguidores. Deja de ser una opinión más y se convierte en la ungida y única. No abordamos aquí, por supuesto, cuál es el ojo derecho de Dios. Basta consultar las opiniones de los mandarines y de "la casta" más rancia. El ojo izquierdo representa el sentir y la voluntad del pueblo, mientras que el ojo derecho intuye lo que ese pueblo necesita sin que él lo sepa y muy a su pesar.
  
      La historia está repleta de la emergencia de personas que en nombre de la democracia y la voluntad general decidieron enfrentarse a ese mundo esclereotizado y acabaron siendo tocados por el síndrome del ojo izquierdo de Dios. Algunos tienen más fortuna que otros. Pero ahí está Robespierre, el primero de todos, forjador de la democracia francesa y al mismo tiempo del terror. Ahí tenemos los líderes comunistas de 1917 (aunque podría dudar sobre su entraña rusoniana). También están los populistas americanos, desde Perón hasta Maduro. Tenemos líderes frustrados, como los capitanes de abril de Portugal, truncados y exiliados, como Manuel Azaña, o asesinados, como Salvador Allende en Chile. Alfonso Guerra cantó "Montesquieu ha muerto" para acabar con las leyes franquistas. 
     Y por supuesto, también hay líderes reconocidos que lucharon contra la esclerosis y el inmovilismo y lograron salir victoriosos. No puedo evitar considerar como mi favorito a Franklin Roosevelt, el presidente americano que luchó contra la Gran Depresión, y que también fue acusado de comunista, y su gobierno fue demandado ante el Tribunal Supremo por traicionar los valores americanos y la mismísima constitución. El poder que otorgó al estado federal fue considerado una amenaza, un insulto y una locura económica. Hoy, en 2015, más de uno reconoce que para salvar lo peor de la última crisis económica, Obama no ha hecho más que revitalizar algunos de los principios de Roosevelt, entre otros, el impacto del poder público sobre la bancos y el sistema financiero. En definitiva, Roosevelt fue también hijo de Rousseau, en el país con la estructura política más antirrusoniana que existe. 

       El ojo izquierdo de Dios está presente en todos ellos, de una forma o de otra. Es un peligro latente y que siempre está en todos los líderes que creen representar de una forma o de otra al pueblo. Pero cuando estos líderes emergen como lo ha hecho el candidato de Podemos, a la sombra de asambleas, bajo un discurso incendiario, epistemológicamente fuerte y con una imagen pública impactante,  el recelo se puede acusar más todavía. Pablo Iglesias representa el potencial cortocircuito de la democracia radical de Rousseau. Decir que llegaremos a ese cortocircuito es hablar del futuro no escrito. Ya veremos a ver qué pasa. Cuanto menos será interesante.

lunes, 9 de junio de 2014

LA MONARQUÍA NO ES UN PROBLEMA DE DEMOCRACIA, SINO DE IDENTIDAD

    No, no puedo evitarlo. El debate de la monarquía o república es un tema sabroso, intrascendente, casi frívolo para los tiempos que corren. Y sin embargo, ahí lo ven, soltando ríos de tinta a mansalva, manifestaciones ruidosas a favor de la república, explosiones patrióticas... Es difícil no quedar fuera de este tinglado mediático y social, que está a medio camino entre la política seria y el gosipeo pseudopolítico.  Permítanme, en primer lugar, dudar de la importancia democrática del asunto, que tanto ensalzan los republicanos. Más importante que el déficit democrático que representa una monarquía (impuesta en el paquete constitucional del 78), y que por lo tanto no es elegida por los ciudadanos de a pie, me resulta el hecho que mi voto no valga lo mismo dependiendo del partido al que vote o la región en la que lo haga, que el TC esté tan politizado por los grandes partidos (y por lo tanto no haya división de poderes) o que seamos incapaces de frenar la corrupción. O incluso que unos malabaristas del balón vayan a recibir primas gigantescas por ganar un campeonato mundial (aunque no sé si será dinero público el que hay en juego o es dinero de la federación).
     El caso es que poco va a cambiar por dormir monárquicos y levantarnos como Dios quiera que nos levantemos. Dicen los defensores de la monarquía (El País, por ejemplo), que la abdicación del rey afianza el proceso de reformas. Sería cierto si el nuevo rey tuviese el papel y los poderes que tuvo el monarca en la transición, pero ya no es el caso. El rey Felipe VI a lo sumo podrá sanear y airear las cuentas de su casa, pero bastante poco más. Por otro lado, los defensores de la república, proclaman un cambio trascendental, una segunda transición (ni más ni menos), como si al cambiar de nombre todo el edificio institucional quedase regenerado. La palabra "república" tiene todavía enganche taumatúrgico para algunos (pocos, pero precisamente los más ruidosos), rémora de sueños perdidos y revolucionarios que posiblemente nunca lleguen a realizarse ya. Y después de proclamar la república, ¿qué?
       Por todo esto, tiendo a pensar que el conflicto monarquía república tiene algo de miga de déficit  democrático, pero sí mucha de identidades encontradas y opuestas. Por poner el típico ejemplo, la monarquía británica es poco democrática (hasta hace pocos años había hasta una cámara de lores elegidos por designación real) y sin embargo a los súbditos de Isabel II les importa un comino: es un símbolo identitario inglés intocable, que sirve además para mantener lazos culturales y simbólicos entre el antiguo imperio y la metrópolis, ni más ni menos. Hasta los escoceses confirman que caso de independizarse, seguírian siendo súbditos de la monarquía inglesa. La monarquía española en cambio no tiene este glamour identitario. Incluso cuando ha probado ser más austera, efectiva, seria y responsable que la británica (y no quiere decir aquí que sea maravillosa), no ha podido rodearse de la brillantina identitaria, auténtica coraza contra demócratas incrédulos. Incluso cuando una monarquía hispánica podría recuperar ese vínculo de unión entre pueblos prácticamente autónomos o independientes, como ocurrió con los Austrias o incluso con el carlismo, ese legado está perdido o resulta irreconciliable con la historia más reciente. Muchos historiadores buscan en estos días quimeras identitarias que la monarquía podría subsanar o representar hipotéticamente, pero se dan de bruces con la realidad del siglo XX: una II República mítica, idealista, la mayor aspiración democrática en la historia de España y derribada por fuerzas ultraconservadoras y que en el día de hoy algunos aspiran por reconstruir. No es nuestra mejor historia, pero es la que tenemos, y se deja sentir en el imaginario político colectivo. Regeneración, libertad, progreso y modernización, para algunos; caos, conflicto y luchas para otros. Frente a esto,  la monarquía está vacía de todos esos significados, positivos o negativos. El franquismo la ahogó en su seno.
     Y mientras, una parte importante de los españoles, que no son ni de izquierdas republicanas ni monárquicos al sentido británico, optan por el pragmatismo. Para ellos pesan más los cargos contra el yerno del rey y las cacerías de elefantes, que las identidades históricas y políticas. Así que como mucho aspiran a que Felipe VI sea un buen presidente de la república bajo su forma real (no me parece un mal candidato en el fondo, a falta de un político con carisma y neutro en nuestro país). Y para eso, tarde o temprano tendrá que llegar algún referéndum que debata la cuestión, aunque no sea algo para mañana mismo...

sábado, 18 de mayo de 2013

MULTICULTURALISMO: UNA APROXIMACIÓN PRAGMÁTICA



        
BHIKHU PAREKH: Rethinking Multiculturalism. MacMillan Press, London, 2000. 379 pp.

En nuestros días reflexionar dentro de la filosofía política ya no es posible desde construcciones teóricas demasiado abstractas. Si existen hoy múltiples temas en este ámbito, su planteamiento debe ser necesariamente enriquecido por la experiencia concreta que nos ofrecen los actuales conflictos políticos, alejado de la mera especulación, y en contacto permanente con otras disciplinas. Es por ello de agradecer esta nueva literatura, de pretensiones filosóficas tal vez más humildes –en un sentido no despectivo del término, sino contrario a las perspectivas universalistas-, pero más cercana en el tratamiento y formulación práctica de los problemas. Debido a esto, quien intente encontrar un núcleo teórico fuerte y definitivo que responda a la cuestión del multiculturalismo quizás piense esta obra con un toque decepcionante y que no alcanza las expectativas esperadas; otros pueden ver en esa misma característica una de las mayores virtudes del libro.
Hoy no suele escribirse desde un vacío vital; antes bien tiende a reivindicarse casi lo contrario. Si otros autores como Kymlicka, Taylor o Tamir ven su reflexión filosófica tamizada por la coyuntura que les toca vivir (como es el caso del nacionalismo liberal), pensadores como Parekh no olvidan su ascendencia oriental, que está muy presente en otras obras suyas destacadas (como también está patente en autores tan distintos como Amartya Sen o Arjún Appadurai). Su propia trayectoria identitaria se verá reflejada y enriquecerá su producción intelectual. Sin ninguna dilación encuadraríamos este libro en esa nueva forma de escribir sobre teoría política, más allá de etiquetas académicas de uno u otro signo.
A esta característica debemos añadir otra más, una virtud estilística causada también por su propia trayectoria intelectual. Como historiador de las ideas (que le ha caracterizado en anteriores trabajos), desarrolla una forma narrativa muy sólida, al más puro estilo sistemático y analítico. Esto es de agradecer, sobre todo cuando muchos filósofos pragmatistas, al estilo de Richard Rorty, abandonan su pensamiento político en meras intuiciones recubiertas de una elegante forma literaria, pero sin  preocuparse excesivamente en concretar sus aportaciones o ilustrarlas con el aporte de otras disciplinas sociales. Para los conflictivos temas que aborda el presente libro Parekh no se contentará con ilustraciones superficiales, y lejos de simplificar los problemas, intentará exponer su mayor grado de complejidad.

Ahora bien, ¿qué puede decirse de nuevo al pretender “repensar el multiculturalismo”? Es evidente que existe una creciente “necesidad de reconocimiento”, como afirmaba Charles Taylor[1] por parte de comunidades culturales antes ignoradas y que han estado integradas en sociedades e instituciones políticas homogeneizantes. A la hora de clasificar un estudio sobre esta materia nos viene a la mente dos principales orientaciones, que obedecen a enfoques teóricos bastante distintos. El primero de estos enfoques parte de los estudios culturales, las políticas de diferencia y lo que se denomina como nuevos movimientos sociales. Este planteamiento tiene especial preferencia por el estudio de las relaciones de poder que mantienen las categorías de la identidad cultural en el seno de sociedades altamente complejas, en un momento de acusados flujos migratorios, una profunda reestructuración de los estados nacionales y el inicio de integraciones económicas a niveles continentales. Nuestra respuesta puede oscilar desde la clave de la politología neorrealista (como Huntington o Sartori) hasta la de los cultural studies y la sociología postmoderna. El segundo planteamiento nos conduciría a un ámbito más puramente filosófico. Bebe esencialmente del cuestionamiento de las sociedades liberales a la hora de responder a estos movimientos culturales y plurinacionales. Como es lógico, esta perspectiva, que atraviesa estrictamente la filosofía política contemporánea, analiza el impacto sobre la construcción teórica del liberalismo de sociedades menos homogéneas, en las que crecientes grupos minoritarios no comparten o son ajenos al patrón cultural solicitado por las instituciones  y la sociedad civil heredadas por el liberalismo.
El libro de Bhikhu Parekh aún haciendo eco de ambos planteamientos, orienta  su obra hacia el segundo campo, pero su aportación original debe ser comprendida en la medida en que aplica las hipótesis de los nuevos estudios de la cultura, en una línea que recuerda en algunos momentos a Michael Walzer. El debate, por otra parte, cuenta con resonancias lejanas al sostenido entre comunitaristas y liberales en los últimos años, y que ahora va siendo acotado y matizado por los distintos problemas con los que la filosofía política de la última década se enfrenta. Parekh retoma el enfrentamiento de manera más radical y con una trascendencia histórica de mayor alcance. Recordemos cómo el debate giraba en torno a la autoconcepción que el pensamiento liberal hacía de sí mismo como teoría no comprehensiva o sustantiva del bien, capaz de articular una teoría de  derechos para una sociedad cualquiera, y se salda con la matización de los pensadores liberales más relevantes hacia posiciones más moderadas, contextualizadas histórica y culturalmente. Este retroceso, aunque muy positivo, no es para nuestro autor lo suficientemente radical, puesto que mantienen intactas todavía, aunque de manera más soterrada, las bases del liberalismo.
El libro se desarrolla por tanto atendiendo a varias metas. En primer lugar, exponer un desguace filosófico de cualquier teoría del hombre y de la cultura de perspectivas monistas o esencialistas  y afrontar el pluralismo cultural desde definiciones más flexibles que las tradicionales. Parekh para ello ofrece un bosquejo histórico lo suficientemente amplio y profundo que nos permiten vislumbrar el lejano punto de arranque del problema. En segundo término, el libro pretende ofrecer una base conceptual diferenciada de las posiciones liberales. Sin embargo, como veremos, su postura teórica será difícil de separar del propio resultado de la práctica multiculturalista. De esta forma, Parekh hace saltar por los aires cualquier reduccionismo filosófico que podamos extraer, independiente de la propia dinámica práctica de las políticas multiculturalistas. Es por ello que el repaso práctico de los principales conflictos multiculturales engendrados  en las últimas dos décadas sea algo inevitable. Esta última parte, bastante amplia y atractiva, no puede entenderse como mera aplicación del aparato teórico, sino como una confluencia de ambos, de manera que la práctica misma va enseñándonos en su propio desarrollo nuevas herramientas y formas de argumentar dentro de las sociedades multiculturales.
El periplo histórico que mantiene la primera parte del libro se centra especialmente en tres cuestiones: la autocomprensión monista del ser humano, el desarrollo del pluralismo cultural a lo largo de la edad moderna y finalmente, las interpretaciones liberales para asumir dicho pluralismo. Si para evaluar el monismo cultural Parekh expone brevemente las tradiciones griegas y cristianas, alcanzando las posiciones del liberalismo decimonónico, en la edad moderna se detiene especialmente en tres autores en los que comenzaría a deslumbrarse la tendencia hacia postulados pluralistas: Montesquieu, Vico y Herder acabarían, desde muy distintos puntos de partida (la geografía, la historia y la diversidad lingüística) presuponiendo algún tipo de pluralismo cultural, que sin embargo Parekh no duda en criticar como posturas todavía demasiado etnocéntricas y con una definición de la comunidad cultural como una realidad excesivamente estática y reificada. 
Parekh resume tres críticas a las que considera como las formulaciones del liberalismo más complejas de los últimos años, y que se centran en Rawls, Raz y Kymlicka. En primer lugar, el principio de autonomía individual constituye (en distinta medida para cada uno de los autores liberales), el marco referencial básico del liberalismo. Sin embargo esta capacidad de autonomía está previamente limitada de antemano; no surge de la nada, funciona dentro de límites flexibles, pero determinados. A diferencia de la interpretación liberal, la cultura no actúa únicamente a posteriori, como medio de configuración identitaria del individuo. Según esta interpretación, cuanto mayor número de opciones dispongamos nuestra sociedad será pluralmente más rica y más auténticamente liberal. Es cierto que el liberalismo ha atenuado esa autonomía abstracta, y no niega la existencia de unos horizontes concretos en los que las sociedades liberales por necesidad tienen que adecuarse (como son las comunidades nacionales) pero los liberales cuidan mucho de reducir en exceso nuestro campo de elección moral. En segundo lugar, los liberales actúan con un binomio excluyente entre formas de vida liberales y no liberales, en lugar de ver esas formas de vidas como independientes y no como opuestos. Por último, el profesor de Hull critica las versiones “adelgazadas” del liberalismo, que proponen establecer un mínimo moral exigible a la sociedad que pretende preciarse de abrazar la teoría liberal. En realidad este mínimo moral supone en la práctica aceptar los postulados básicos del pluralismo liberal.

         Sin embargo, después de matizar las limitaciones de las posturas liberales, ¿qué patrón podría ser aceptable para la propia definición del pluralismo y las tensiones entre distintas comunidades culturales? ¿Cuál debe ser ahora nuestra postura ante la pluralidad cultural? Como sugiere el mismo autor, la visión liberal defiende la pluralidad como modo de enriquecer nuestra idea de autonomía, pero con el riesgo de reducirla a una reproducción del modo de vida propiamente occidental. Los detractores del liberalismo, sin embargo, defienden la diversidad de culturas pero no consiguen explicar por qué pueden ser positivas las sociedades plurales. Ni el monismo etnocentrista ni el pluralismo dogmático, que defiende la inconmensurabilidad entre distintas culturas y niega cualquier diálogo, parecen buenos compañeros de viaje a la hora de garantizar una política multiculturalista. Parekh no rechazará la postura pluralista, pero rehuirá de cualquier planteamiento que puedan incluirle en una sentencia herderiana, a la forma del comunitarismo más conservador e irreal. Es necesario por tanto una redefinición no esencialista del ser humano y del hecho cultural en sí mismo; que redefinición que importará preferentemente de las nuevas corrientes de la ciencia social y el contexto de la globalización. 
Parecería a simple vista –especialmente para los monistas- que el término de “ser humano” englobaría unas características básicas comunes y fácilmente extensibles a cualquier comunidad humana. La interpretación más cerrada nos diría que la conceptualización del ser humano nos permitiría hallar las coordenadas perfectas para alcanzar unos valores universales mínimos, extensibles a cualquier cultura. Aunque rechacemos abiertamente esa postura, siempre quedaría la posibilidad alcanzar una especie de contenido mínimo acorde para lo que puede considerarse un desarrollo adecuado de las capacidades humanas. Aún cuando lográsemos definir algunos aspectos formales que aseguran ese desarrollo adecuado y que podrían universalizarse (desde una base biológica mínima y unas circunstancias psicológicas determinadas para el desarrollo del hombre, por ejemplo), el problema vendría limitado a la hora de formular qué es el ser humano, y quién alcanza la “dignidad” humana, porque cada cultura particular establece su propia definición de humano: “Respect for human life is a universal value, but different societies disagree on when human life begins and what respect for it entails.” (“El respeto por la vida humana es un valor universal, pero las distintas sociedades están en desacuerdo a la hora de definir cuándo empieza la vida humana y qué respeto merece”) (pág.135). Este problema es central a la hora de reflexionar el rechazo que ha podido suscitar esfuerzos universalistas como la Carta de Derechos Humanos de 1948, al intentar asociar una idea de ser humano con instituciones concretas propias de Occidente. Parekh hace una referencia sumamente interesante de las últimas discrepancias de distintos países asiáticos al respecto, y sus criticas a una vinculación forzada y no necesaria de los derechos humanos con la democracia liberal y el individualismo.
La respuesta concedida a la naturaleza del ser humano nos incita en última instancia a reflexionar sobre una cuestión previa: las culturas que dan contenido y sentido a esa definición. El vínculo cultural de una comunidad humana se relaciona evidentemente con una lengua compartida, que asigna unos significados sociales y simbólicos de la realidad válidos para una comunidad determinada. Sin embargo, esta evidencia se matiza de manera bastante singular. En primer lugar, las comunidades culturales no son impermeables ni estáticas. En nuestro tiempo conviven unas con otras, realizando múltiples interacciones de diferente signo. La pertenencia a estas comunidades no obedece a un código único y rígido, ni tampoco tiene que ser una carga impositiva sobre el sujeto, tal y como ha entendido a veces la postmodernidad. Por el contrario el sujeto necesariamente está armado de una serie de creencias básicas con las que interpreta a la realidad.
Las manifestaciones de la integración comunitaria son además muy variadas, porque los bienes culturales que se comparten puede engendrar identidades muy diferentes entre sí (no es lo mismo compartir un vínculo religioso a una identificación étnica, por ejemplo); igualmente hay que hacer frente a las distintas interpretaciones que pueden hacerse de un mismo código cultural. Dos individuos pertenecientes a una misma comunidad pueden comprender e implicarse en ella de maneras muy distintas. Por último, y esto constituye algo fundamental, el lazo cultural está relacionado íntimamente con el resto de las estructuras de una sociedad determinadas. La cultura no es un elemento capaz de ser estudiado de forma aislada, como podía sostener el pluralismo tradicional, que enfatizaba su independencia respecto al resto de la realidad. Los distintos lazos culturales constituyen puntos de conflicto en la sociedad, y están en constante movimiento, debido precisamente a los cambios en el resto de las estructuras, como la tecnología o los poderes económicos.  En este sentido, “politics of culture is integrally tied up with the politics of power because culture is itself institucionalizated power” (la políticas de cultura están integralmente unidas con las políticas del poder porque la cultura es en sí mismo poder institucionalizado”) (pág.343).
         Con esta definición de la identidad comunitaria Parekh salva las posturas teóricas más intransigentes que pueden asolar el diálogo intercultural. Una identidad no estática nos libera de la esclerosis del relativismo dogmático, pero al mismo tiempo tampoco nos sugiere el éxito atemporal del diálogo ni la estabilidad infinita de sus soluciones, pues está vinculado con el juego estratégico de la política . Lo que sí facilita es una puerta abierta a la conversación plural, incluso en las formas culturales más abiertamente autoritarias y estáticas; precisamente porque esa no suele ser, en la mayoría de los casos, más que una posible interpretación de esa cultura y una manifestación identitaria que no se cierra en sí misma, sino que está abierta forzosamente al cambio.
A la hora de hablar de un diálogo intercultural, debemos tener presente varios aspectos: En primer lugar el diálogo moral está mediatizado bajo estructuras socioeconómicas desiguales y por tanto, no asistimos casi nunca a un debate inter pares entre distintas comunidades, sino de una posición privilegiada frente a otra en desventaja. El diálogo no es independiente de las estructuras de poder ni se hace atendiendo a una posición racional, como el autor critica a Rawls o Taylor, sino que está abierta al juego estratégico de la política empírica y de las luchas entre distintos grupos de intereses. Frente a una postura más racionalista o conciliadora, Parekh propone una especie de dialéctica, no exenta de conflictos violentos, en los que las partes enfrentadas desgastan sus propias posiciones a consecuencia de las duras críticas que ambas reciben de su correspondiente antagonista. Esto no es meramente una propuesta teórica, sino que parte de la observación directa de algunos de los conflictos más clásicos del multiculturalismo, como es la querella del turbante de la comunidad sikh de Gran Bretaña, la prohibición del velo en la educación francesa, o la recepción del libro Versos Satánicos de Salman Rushdie entre los círculos islámicos y liberales.


Ahora bien, este diálogo no puede sostenerse desde el vacío. Si así fuera los acuerdos que alcanzáramos serían meros pactos de supervivencia entre distintas comunidades. Parekh no rehúsa a la posibilidad de una sociedad  que vaya más allá de un mero modus vivendi: son necesarias unas condiciones e instituciones que garanticen una estabilidad y cohesión mínima para la sociedad multicultural, y para que los conflictos puedan dirimirse bajo unos presupuestos mínimos compartidos. Las instituciones que se enfrentan al reto del multiculturalismo -el estado, la sociedad política y los distintos modelos de integración social, así como las ideas de tolerancia y libre expresión - deben atenerse al planteamiento expresado anteriormente.
En estas circunstancias, el estado nación sufre un grave proceso de reformulación y ya es imposible contemplarlo exclusivamente como integrador de una comunidad homogénea cultural e histórica. Igualmente no podremos asumir acríticamente que pueda garantizar su neutralidad respecto a culturas que no corresponden a la defendida bajo la cultura pública dominante: tendrá que posicionarse ante cuestiones tales como la esclavitud, la poligamia, el incesto, la eutanasia o el suicidio. La cultura pública tenderá sin duda a imponerse sobre otras culturas privadas como forma de vida privilegiada, y esto es lo que debe ser corregido bajo un tratamiento “desigual” a las distintas comunidades, bajo unas políticas defensoras de la diferencia.
Parekh con ello propone un nuevo concepto de “igualdad a través de la diferencia” que en apariencia está opuesto a la igualdad jurídica de los ciudadanos integrantes en un estado liberal. Esta vieja idea de igualdad resulta engañosa en cuanto esos individuos están constituidos bajo diversas identidades comunitarias y el espacio cultural que integra el estado liberal en absoluto es homogéneo. El diferente trato a estas nuevas comunidades dentro de la supuesta homogeneidad política y jurídica del estado nacional no supone un trato de desigualdad. La igualdad precisamente hay que conseguirla a través de un trato diferenciado para cada comunidad. De esta manera,  there is no reason to believe that the state should represent a homogeneous legal space, for territorially concentrated communities with different histories and needs might justly ask for different powers within an asymmetrical political structure (…) The state should obviously treat all its communities equally but that need not entail identical treatment.” (No hay razón para creer que el estado represente un espacio legal homogéneo, pues territorialmente concentra comunidades con diferentes historias y sus peticiones deberían justamente ser representadas dentro de una estructura política asimétrica (...) El estado tratará obviamente a todas las comunidades de forma equitativa pero eso no implica necesariamente un trato idéntico) (pág.195).
De igual forma los distintos modelos de asimilación social formulados a lo largo de la historia (desde los modelos imperiales hasta los liberales) no representan en sí mismos una forma legítima: su validez viene dada por las coordenadas históricas. Más bien, sostiene Parekh, deben afrontar el cumplimiento de una serie de requisitos que posibilitan la emergencia de sociedades multiculturales asegurando su cohesión y estabilidad. Lo que resulta nuevo es que Parekh no pretende precisar esa garantía en términos necesariamente liberales, como pretenden los planteamientos del último Rawls, en forma de un “asimilacionismo cívico” y el principio de justicia como regulador primordial y garante de la estabilidad social, amparado en su razonabilidad. Su lista de condiciones es mucho más rica que la del resto de los autores liberales: existe una pluralidad de circunstancias, necesarias todas ellas para asegurar la permanencia de la sociedad multicultural. Estas condiciones van desde la estructura de autoridad reconocida y un estado imparcial hasta la idea de una identidad nacional plural no basada en planteamientos étnicos, pasando por una educación orientada hacia la pluralidad cultural. Sólo el cumplimiento de todos estos indicadores nos pueden augurar una confianza relativa en el éxito de una política multiculturalista concreta.
En conclusión, Parekh se desmarca de cualquier perspectiva concreta para afrontar el reto multiculturalista. Como afirma en las últimas páginas de su libro, “from a multicultural perspective, no political doctrine or ideology can represent the full truth of human life. Each of them, be it liberalism, conservatism, socialism or nationalism, is embedded in a particular culture, represents a particular vision of the good life and is necessarily narrow and partial.” (desde una perspectiva multicultural, ninguna doctrina política o ideológica puede representar la verdad entera sobre la vida humana. Cada uno de ellos, ya sea liberalismo, conservadurismo, socialismo o nacionalismo, está ubicado en una cultura particular, y representa una particular visión de la vida buena necesariamente estrecha y parcial”). La sucesión de esas formas políticas garantizaría un paulatino enriquecimiento en la experiencia histórica de cada cultura. La crítica que Parekh formula al liberalismo no se enfrenta por tanto con sus logros prácticos, que son sumamente apreciables para las sociedades occidentales, sino a la carga dogmática que puede suponer su formulación teórica: el liberalismo, con todas sus bondades en la tradición de la política occidental, no tiene que ser necesariamente la meta política para el resto de las culturas, ni tampoco mantenerse con un estatus inmutable dentro de las sociedades multiculturales.
A pesar de todo esto, el camino hacia las sociedades multiculturales será difícil. En una última concesión de humildad, Parekh es consciente de la necesidad de algo más que el cumplimiento de unos patrones prefijados de antemano para el acuerdo multicultural: no sólo basta, en una inspirada cita de Maquiavelo, la virtú, sino también la fortuna. La contingencia y el devenir indefinible de los actuales procesos políticos y sociales no deja de tener un papel nada desdeñable en la realización práctica de este inevitable diálogo cultural, y lejos de constituir una variable externa al diálogo, formará parte intrínseca del mismo. 





[1] Cfr. TAYLOR, C., “The Politics of Recognition”, en THEO GOLDBERG, D. (comp.), Multiculturalism, a Critical Reader, Oxford, 1994.