Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.
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viernes, 27 de enero de 2012

LAS DUDAS DE LEE SMOLIN SOBRE LA FÍSICA

       Cuando a un filósofo se le ocurre atacar una corriente científica porque considera que es reduccionista, está mal fundamentada o incurre en errores lógicos, la comunidad científica suele ignorarlo, al considerarlo poco versado en sus difíciles tareas. Un filósofo no tiene nada que decir sobre estos problemas que escapan a su entendimiento abstracto. Pero cuando un científico se toma en serio las críticas de la filosofía y decide hacer una lectura de autocrítica el efecto suele ser demoledor. Aquí el atacante es Lee Smolin, un integrante del gremio de la física teórica, y uno de los más selectos. Este señor tuvo a bien encontrarse hace unos añitos con Paul Feyerabend, anarquista metodólogico e iconoclasta científico, y contra lo que pudiera pensarse, ambos se entendieron bastante bien. El físico decidió tomar en cuenta algunas de las críticas radicales del viejo Feyerabend y ponerlas en la práctica en su libro The trouble with physics, que salió a la luz en el 2006. No es por casualidad que una buena parte del libro –y la más comprensible y entretenida para un filósofo ignorante de la física- parta de la misma “sociología” de la ciencia: es decir, cómo se nos han vendido las ideas dominantes de la física teórica actual por encima de otras.   
        Lee Smolin ofrece un panorama descorazonador para su propia generación científica: en los últimos treinta años, la física teórica no ha descubierto ninguna ley de gran relevancia, ni ha logrado alcanzar un paradigma conciliador, ningún "gran modelo" que supere las contradicciones que ofrece la teoría actual. Y la sugerencia respetuosa que hace es proponer si acaso no hemos errado el tiro, si no nos hemos desviado del camino. Esto supondría poner patas arriba toda la física teórica actual, marcada por unas palabras mágicas que todo el mundo repite, aunque pocos entienden: la teoría de cuerdas. La tesis, siempre expuesta de forma educada y comedida por el autor, es muy simple: esta teoría ha sido hasta el momento una gran ilusión, en lo que se refiere a los esfuerzos intelectuales y ecónomicos consumidos y sus escasos resultados en la evidencia empírica. Ha desbancado otras teorías explicativas del universo igual de plausibles sin otros argumento que el principio de autoridad. Aunque sus argumentos son mucho más complejos de los que el G.P. nunca podrá entender, su idea básica es simple: un modelo matemático, por hermoso que sea, nunca podrá ser considerado científico si no tenemos un aval en la experiencia empírica, si no puede ser probado o refutado. A esto filósofos y científicos desde Popper lo llaman falsacionismo. Y como nos recuerda Smolins, la teoría de cuerdas está lejos de ser falsable y se tiene que sustentar en ideas metafísicas como el principio antrópico. Si los físicos desean dar ese paso, bienvenidos sean, pero al gremio de los filósofos y los especuladores teóricos. 
       Naturalmente, sus colegas no han quedaron demasiado convencidos. Pero algo ha debido quedar de todas estas críticas, cuando una vaca sagrada como Stephen Hawking, sostenía en su último libro que el modelo de la física ptolemaica distan de ser verdaderos o falsos… Tan solo existen otros más sencillos y mejor aplicables sobre la realidad física. Ya veremos si los grandes muchachos del CERN nos sacan de dudas de todo este embrollo... y si llegan a tener dinero para descubrirlo.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

STEPHEN HAWKING: HACIA UNA "CIENCIA DÉBIL"

Congreso de filósofos postaristotélicos. Habrá que añadir al
grupo a todos los físicos teóricos? (Oceanario de Lisboa).
     Pensaba yo encontrar en los últimos escritos de Hawking una manida polémica sobre Dios y me he equivocado. En su lugar me encuentro con una valiente declaración filosófica de principios herética y demoledora con nuestra visión tradicional de la ciencia. Como no podía ser de otra forma, Hawking lo hace criticando a la vieja filosofía, a la que considera digna de ocupar un ataud entre el saber humano, y poner en su lugar las innovaciones de la física teórica. Recogiendo las ideas de su último libro, en la revista Investigación y Ciencia de este mes aparece una síntesis de lo que Stephen Hawking denomina de forma eufemística "realismo dependiente del modelo". La posición científica es la siguiente: tenemos que olvidarnos de encontrar una teoría unificadora de la realidad física. La teoría de cuerdas no es única ni singular, sino que tiene cinco formulaciones distintas: todas apuntan hacia la descripción de un mismo objeto, pero en condiciones o "interpretaciones" diferentes.
      Hawking plantea la posibilidad de que la posición epistemológica del realismo científico del siglo XX sea en el fondo una vana ilusión de los hombres que buscan un orden absoluto. Con mucha tranquilidad, el físico defiende que el punto de vista del observador también influye en el conocimiento de la verdad, así como lo que se quiere observar. basada en la idea de que "nuestros cerebros interpretan los datos de los órganos sensoriales elaborando un modelo del mundo". La metáfora que plantea para defender su postura no es nada nueva: equipara las teorías de la física con los diferentes mapas que hacemos de tierra, a distintas escalas e intereses. La tierra está ahí, pero nuestra perspectiva cambia. Uno tiene dudas de si esto no significa un regreso a un idealismo matizado (si cambiásemos la palabra "cerebro" por "conciencia"), o un instrumentalismo pragmatista, del que naturalmente nadie quiere oír hablar, al menos por parte de los científicos.  Naturalmente las bases para una presunta objetividad científica saltan, al menos teóricamente, por los aires: ahora una base matemática (o podríamos decir lógica) fiable valdría para aseverar cualquier tipo de cosa. Y de la misma forma que los cinco modelos explicativos de la teoría de cuerdas son igual de válidos, tampoco Copérnico tendría más razón que Ptolomeo a la hora de explicar el universo: tan solo propuso una teoría matemática más sencilla y por lo tanto más aceptable, siguiendo los principios de economía del pensamiento.
        Aseverar todo esto, y pensar que aquí no ha pasado nada, supone no afrontar el gran cambio filosófico que nos propone Hawking, aunque para él, nuevamente, la filosofía no tenga nada que decir. Por de pronto, lo que denominábamos el "pensamiento débil" que se había instalado en la filosofía desde los setenta, y que negaba la imposiblidad de asentar una base ontológica fiable, estática y libre de la contingencia a nuestros juicios filosóficos, se podría trasladar a una ciencia que ve imposible el sueño de encontrar una teoría unificadora para la física. La ciencia se ha hecho también un poco más "débil", sin que suponga esto desprecio alguno hacia ella.

viernes, 8 de octubre de 2010

LA TEORÍA DE CUERDAS Y EL RETORNO A LOS GRIEGOS

         No es mi pretensión aquí establecer un tratado de física teórica, pues no voy más allá de la resolución de una raíz cuadrada y de la aplicación desordenada del teorema de Pitágoras en cuestiones matemáticas. En este sentido, emitir un juicio sobre una cosa tan sumamente complicada e interesante como la teoría de cuerdas puede suponer un atrevimiento intolerable, pero esta no es mi intención. Si los físicos tuvieran la misma delicadeza con la filosofía como la tienen muchos filósofos con la física, quizás podrían llevarse algo mejor. Aquí solo voy a hacer alguna observación sobre la supuesta cientificidad de esta atractiva teoría. El problema ha sido tratado por mentes privilegiadas y estrechamente cientifistas como las de Mario Bunge, y su veredicto es salomónico: la teoría de cuerdas no es científica porque no se somete a los criterios de falsabilidad de la teoría de Popper. Y sin embargo la teoría de cuerdas parece proponer la solución matemática para todas las contradiciones de la física actual, algo que no basta para muchos popes de la ciencia. Lo cierto del asunto es que Copérnico propuso el heliocentrismo como solucióm matemática a la teoría de los epiciclos en nombre de la simplicidad, al mismo tiempo que Bacon nos avisaba del deseo ávido del ser humano de poner un orden racional allí donde quizás no lo haya y pedía prudencia a los matemáticos sobre sus descubrimientos.   
         Sin embargo, seguimos viendo artículos nuevos sobre el problema, y uno bastante sorprendente recién salido en la revista Investigación y ciencia (una traducción extraña de "Scientific American", por cierto). Dieter Lüst, físico alemán, considera que el criterio falsacionista está superado para una nueva física matemática, que empieza a aceptar el hecho de que parte de sus hipótesis nunca podrán verificarse de forma empírica (otras por el contrario, estamos en trance de hacerlas con el CERN). Algo así ocurre con algunas de las consecuencias que parece necesitar la teoría de cuerdas:  la teoría del "multiverso" o la existencia de multitud de universos paralelos e independientes del nuestro, con distintas fórmulas matemáticas rigiendo sus destinos de gravedad, electromagnetismo y demás fuerzas físicas. La consecuencia de esto es encontrarnos con una teoría que no está lo suficientemente corroborada bajo los viejos patrones popperianos de la ciencia.  
         Este físico ha tenido la idea de considerar el principio antrópico como fórmula filosófica para solucionar esta falta de evidencia empírica. El principio antrópico sostenía que las condiciones en las que ha surgido nuestro universo han sido excepcionales, únicas, casi milagrosas, si entendemos que con ellas ha aparecido una cosa tan compleja como el ser humano. Cualquier pequeña modificación habría producido un cambio radical en la orientación y habitabilidad de nuestro universo, pero no: nuestro cosmos ha sido diseñado para albergar la posibilidad de vida inteligente. Esto, que ha sido considerado como la prueba más evidente de la existencia de Dios para muchos teólogos, tiene una dimensión radicalmente opuesta desde la teoría de cuerdas: solo podemos explicar que existe este universo único precisamente porque existen infinitos universos, y entonces la posibilidad de la vida humana no se hace tan sumamente remota o milagrosa como podemos pensar. Su argumentación parece seria: eliminamos el "factor milagro" y cualquier atisbo de divinidad, pero a costa de reproducir y ampliar los problemas de la física hasta el infinito matemático y por supuesto la no-verificación.   
         Alcanzado este punto, uno se pregunta hasta dónde queremos llegar en nuestras divagaciones, y si, realmente, nuestra ciencia otra vez no ha involucionado hasta la época de los griegos, como comentaba un alumno en clase, en la que el espíritu científico emergía con brillantes teorías y sucumbía casi al nacer por su falta de corroboración. Qué sé yo, como decía el maestro Montaigne.