El conocimiento os hará libres y las fronteras os harán gilipollas.

lunes, 27 de julio de 2015

FALACIAS AD VERECUNDIAM: "EINSTEIN DIJO..."


   Un vídeo viral de youtube con una gran proyección, que pasa por un argumento a favor de la existencia de Dios, y que se pone en boca de Einstein. En realidad, Einstein nunca dijo nada parecido: la cita a lo sumo puede atribuirse a San Agustín. Pero evidentemente, Einstein tiene mucha más pegada mediática en el siglo XXI que San Agustín. El vídeo además trata de forma dramática el escenario y la música, facilitando cierta forma sutil de falacia ad populum. Nos sentimos conmovidos por el inocente pero atrevido niño frente al frío y autoritario profesor. La musica de Satie acaba poniendo el último tono melancólico a toda la escena.

 
     Y hablamos hoy de una fantástica falacia que pasa por nuestro lado a cada minuto, camelándonos y exigiendo nuestra obediencia: el argumento de autoridad, o como decían los latinos, la falacia ad verecundiam. Su definición más sencilla es: "tú harás esto porque lo digo yo". Semejante simpleza puede funcionar cuando un padre le dice a su hijo pequeño lo que tiene que hacer, pero no creemos que funcione más allá de ese pequeño círculo, dicho de esta forma tan vulgar. La falacia ad verecundiam propone ir más allá. Vamos a poner una afirmación que nos interese en boca de una autoridad venerable y reconocida por todos, que permita sentar cátedra y acallar cualquier crítica.  Si Einstein, Jesucristo o Shakira nos dicen que dios existe  o que una marca de perfume es mejor que otra, por algo será. 
    Un uso relativamente aceptable del argumento de autoridad parte de la opinión de una eminencia dentro de una comunidad de expertos, basándose en los conocimientos que tiene de su campo. El mundo académico se rige por las tendencias que marcan sus líderes punteros y sentar cátedra sobre una cuestión es frecuente. Pero desgraciadamente, nos encontramos en muchas ocasiones con que este argumento no se reduce a dar una opinión formada: provoca que proyectos de investigación, grandes sumas de dinero y de capital humano se dediquen a una cosa y no a otra. Tan solo por estos detalles deberíamos ser críticos con los juicios venidos desde grandes autoridades expertas. 
     Ha habido grandes casos en la historia del uso del criterio de autoridad y quizás el más famoso sea el de Aristóteles: los intereses creados y el miedo al cambio hicieron que el redescubrimiento de Aristóteles en el siglo XIII, dando impulso a la escolástica medieval, se convirtiese en una pesada carga tres o cuatro siglos después, cuando los grandes astrónomos de la Revolución Científica tenían que ir en contra de las opiniones del maestro griego. Aseverar que la tierra se movía, que no estaba en el centro del universo o que había más de cuatro elementos iban en contra de los dogmas aristotélicos, por poco más que por su renombre como filosófo. Podríamos pensar que del siglo XVII para acá, las cosas han cambiado mucho, pero los dinosaurios y las vacas sagradas intelectuales siguen imponiendo su peso tanto como en la baja Edad Media. Desde Marx entre los comunistas hasta Friedman o Hayek entre los economistas libertarios, siempre hemos encontrado guías citados como profetas. Incluso a pequeña escala, la dinámica social del trabajo intelectual (la necesidad de vivir en redes significativas de aprendizaje) empuja a menudo a destruir la creatividad individual y ceder ante el criterio de autoridad de un jefe de departamento universitario.



     El Nombre de la Rosa de Umberto Eco ha sido una de las obras que mejor ha tratado los errores del principio de autoridad, y las causas subyacientes a los que lo promulgan. Un alegato ilustrado que acaba en una tragedia -la destrucción de la biblioteca por un incendio- demasiado parecido a las hogueras del III Reich. 
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      Pero nuestra falacia va mucho más allá de esta esfera de la comunidad intelectual. La falacia ad verecundiam se extiende y vale para justificar cualquier cosa ante el gran público, basándose no ya en el conocimiento del autor citado, sino meramente en su fama y proyección. Así, por ejemplo, Einstein, gran eminencia gris de la física, es citado para casi cualquier campo de la vida, y basta su presencia para dar brillo a una idea filosófica (de la que a veces poco o nada dijo). No hay un intelectual más citado en la red: haciendo un rastreo por internet nos encontramos con que hay más de once millones de entradas con citas de este autor. 
     Einstein tiene su puesto merecido en el paraíso de la citas que marcan autoridad. Pero hay otras muchas formas de alcanzar la fama, y esta marca autoridad sobre el resto de los hombres: la publicidad lo usa continuamente como recurso básico en el márketing. El mero hecho de presentar un producto junto a alguien conocido da una falsa confianza en el consumidor. Pero siempre nos podemos preguntar, por ejemplo, qué sabe el tenista Nadal sobre seguros de vida, para dejarnos llevar por su consejo.   

    Y por último, tenemos la visión más disparatada del argumento de autoridad. Dar argumentos y ponerlas en boca de gente para darles más fuerza y prestigio. Podríamos pensar que esto es una cosa del presente, dado el número de citas falsas que podemos encontrar en internet, pero en el fondo, es tan antiguo como el comer. Confuncio o Pitágoras son ejemplos de maestros de escuela encumbrados por lo que sus discípulos dijeron de ellos, firmando con el nombre del maestro todos los escritos de la escuela. Platón los sobrepasó a todos cuando toda su producción filosófica, sin excepción, la pone en boca de su maestro Sócrates. Hoy en día Internet ha multiplicado los rumores y las falsas citas en boca de las celebridades históricas. Pensemos en el vídeo que está expuesto más arriba, un ejemplo entre otros muchos de lo que Einstein nunca dijo. 
     Es este ejercicio de autoridad algo tan negativo? Uno tiende a pensar que no hay que dramatizar la situación, y tan solo tener buena vista, separar lo interesante de lo que no lo es: para superar la falacia ad verecundiam, hay que analizar el argumento presentado, y no basándose en quien lo dice.  A fin de cuentas, no creo que alguien ponga en duda la legitimidad de la siguiente frase de Lincoln, que por supuesto nunca dijo: