Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.

miércoles, 14 de marzo de 2012

¿EXISTE ALGUNA RACIONALIDAD EN LA REFORMA LABORAL?


Grajos en lo más alto de las almenas de Cáceres:
Ver desde las alturas un problema no da más objetividad a
un asunto y sí le puede añadir frivolidad.
       Como el amigo Helí, auténtica conciencia social en la sombra de este blog, no ha dejado de lanzar mensajes combativos en torno a la reforma laboral, vamos a lanzar una última reflexión al respecto. Lejana, distante, sin meternos en vericuetos legales, y desde la comodidad -algo frívola- de la abstracción. ¿por qué decimos que los efectos de la reforma laboral pueden ser cuestionados? Apliquemos variables típicas de la racionalidad instrumental o económica, es decir, la eficacia para alcanzar un fin determinado con los medios más adecuados para hacerlo:
     a) Cuanto más se prolongue en el tiempo, menor eficacia tiene nuestra predicción. La reforma laboral no traerá la reactivación económica que necesita nuestra economía en crisis. Esto es una cuestión que desgraciadamente el gobierno poco puede hacer. Puede intentar poner el tablero en orden, para que los jugadores futuros se sientan más cómodos, pero poco más. ¿Cuándo vendrá esa reactivación? Nadie lo sabe. A corto plazo las reformas actuales profundizarán la crisis. A medio plazo, podemos sufrir estancamiento para años, quizás décadas. Depende de la estabilidad financiera internacional, de la demanda mundial e interna, de nuevas formas de productividad, de explotar nuevos sectores de creación de empleo… El “depende” se puede hacer tan largo, que puede llegar a ser engorroso y humillante para nuestros ingenieros sociales. Mientras tanto, la reforma solo habrá traído ventajas para el sector empresarial, pero es dudoso que este sector sea recíproco en la creación de empleo por la falta de expectativas.
      b) Cuantos más jugadores haya en el tablero económico, menos capacidades tendremos para mostrar nuestras ventajas y nuestro buen juego. Es sumamente ingenuo pensar que mientras nosotros hacemos nuestros deberes, como se nos dice eufemísticamente en las citas internacionales, los demás se chupan el dedo. Otros países superan nuestros problemas con mayor productividad o con leyes más flexibles que nosotros. Pensar que nosotros vamos a ser más productivos que China, Brasil o la India –por poner algún ejemplo- reduciendo el coste de la mano de obra es sumamente ingenuo. Por acercarnos a nuestra geografía más próxima, Portugal e Italia están haciendo los deberes igual que nosotros. La sombra de una “ley de hierro de los salarios”, como preconizaba Ricardo hace dos siglos, vuelve a hacerse presente: no podemos hacer otra cosa, pero eso no nos va a traer ventajas frente a nuestros competidores, ni va a dar más competitividad a nuestra economía. Sencillamente nunca podremos ser competitivos en el mercado laboral si no somos al mismo tiempo productivos en otros aspectos que van más allá del mero coste salarial.
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      c) Cuanto menos transparencia exista en el juego, menos posibilidades de cooperación existirá. Una solución a la crisis habría partido de una mayor coordinación entre los jugadores. Y sin embargo, la propia crisis hace que la cooperación estalle en mil pedazos. Pensemos que esa coordinación parte desde los agentes sociales que firman un convenio laboral hasta los distintos estados que hacen sus maniobras políticas para crear estabilidad internacional. En esta situación de crisis, pone las reglas el que tiene más fuerzas sobre el tablero, llámese el empresariado, Alemania o China, y no tiene por qué atender a las iniciativas a favor de un bien común, sino a las suyas propias. Si a esta situación le añadimos incertidumbre –el no tener reglas comunes compartidas por todos-, tenemos un dilema del prisionero perfecto a escala global. Una escalada de reformas laborales a ese nivel, de asumir el juego de la competitividad tomando a todos por enemigos, creará inequívocamente una sociedad con un mayor número de excluidos sociales.


      En definitiva, queda muy claro que una reforma laboral no va a ser la panacea de nuestra crisis, ni nada por el estilo, si no se acompañan de otras reformas estructurales -y que no pasan por la reducción del gasto-. Quizás incluso ni siquiera sea demasiado relevante, excepto para aquellas partes que tienen mucho que ganar con ella y que lógicamente, tienen interés en hacerla atractiva como una política ejemplar de creación de empleo. Pero dejo a los entendidos que hablen de estas cosas más en detalle. A mí me superan, y cada día me deprimen más.

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