"En cuanto alguien busca la verdad se convierte en los ojos y la boca de Dios. Y por supuesto, se expone a que haya ateos que no crean en Dios."

martes, 6 de marzo de 2012

SOBRE LÍQUENES Y LUCHA DE CLASES

         Alguien podría preguntarse dónde ha quedado el señor Tiburcio. Después de varios meses sin dar señales de vida por ambas partes, disfrutamos de un encuentro casual -si es que existe la casualidad en este mundo- en nuestros lugares comunes de paseo. Era evidente que tarde o temprano, acabaríamos encontrándonos.
         Estaba yo inmerso en mi pequeño mundo de hobbies naturalistas, buscando líquenes en los árboles de Cánovas e investigando el impacto de la contaminación sobre las especies presentes en las cortezas de las acacias, cuando de pronto, me encontré con el señor Tiburcio como quien encuentra precisamente un musgo o un líquen. Inmóvil, sentado apaciblemente en un banco, con su mirada ataráxica perdida en el infinito. Sintiendo el paso del tiempo como quien contempla la caída de las hojas de los árboles. Ignoro cuánto tiempo me estaría contemplando en mis observaciones botánicas, pero adivino que estuvo un buen rato entretenido viendome ir de un árbol a otro, con cámara en mano.
         - Qué verguenza, prestas más atención a la corteza de un árbol que a un viejo amigo...
         - ¡Señor Tiburcio! Hace tiempo que no le veía, qué coincidencia...
         - Ya sabes, solo salgo cuando llueve. Y este año viene tan seco, que no me prodigo mucho por aquí. 
         - No es bueno estar tanto tiempo metido en casa, le contesté.
         - ¿Puedo saber qué estás haciendo?
         - Oh, esto no es más que una pequeña indagación en la diversidad de líquenes existente en distintos puntos de la ciudad. Mientras que en las afueras me encuentro con cuatro o cinco especies de líquenes en un solo árbol, aquí apenas encontramos una o dos, lo que nos muestra el grado de contaminación atmosférica que tenemos en el centro de la ciudad...
         - Interesante, interesante... - dijo distraidamente, mientras miraba una de las cortezas- Oiga, mi querido Granito Parlanchín, ¿usted cree en la lucha de clases?
         Él solía hablarme en tercera persona cuando iniciábamos conversaciones filosóficas.
         - Vaya, no le veo en meses y lo primero que hace es preguntarme academicismos, le contesté con incomodidad.
         - No, no, será académico para usted, para mí es una cuestión de vital importancia.
         - No existen verdades en el mundo académico, vengan de donde vengan. Esa fue la enseñanza que usted me enseñó, ¿o no se acuerda?
        - Claro, pero es que no le pregunto por la verdad de la lucha de clases, le pregunto por la creencia. Conceder verdad a una creencia es meramente arropar un cuerpo desnudo para no pasar frío en las noches de invierno.
         - ¿Qué quiere decir? La creencia viene primero y la verdad después. Y no, no creo en la lucha de clases, dije convencido. Puedo creer en el conflicto social, pero no en la lucha de clases. Esas palabras tienen demasiado contenido como para que podamos aplicarlas a lo que sucede en el mundo. Por seguir su metáfora, con esas palabras concedemos demasiada importancia al ropaje y poca al cuerpo.     
        - Claro, claro. Eso es, decía observando la corteza de un negrillo. Tiendo a pensar que durante mucho tiempo el mundo académico ha considerado la lucha de clases como el término más ingenuo creado en la sociología, y usted, le guste o no, es hijo de su tiempo. Por cierto, ¿cómo se llama este líquen?
        - Parmeliopsis Ambigua, si no me equivoco.
        - Pero ha bastado una buena dosis de desesperación para que se convierta de nuevo en una realidad social tangible. Ahí radica su problema para la ciencia: es una idea religiosa. Al igual que pasa con la idea de Dios, existe en la medida en que la gente cree y se mueve por ella. Y como siempre pasa, nunca la muerte de estas ideas es definitiva. Siempre puede haber mártires dispuestos a resucitarlas.
        - ¿Pero para qué? Sin objetivo que cumplir, sin proyecto político tangible, la lucha de clases está hueca. Se mueve ciega, dando bandazos de un lugar a otro.
        - Yo no he dicho que la lucha de clases traiga esperanzas ni que sirva de proyecto político. El otro día me perdí en mitad de las manifestaciones sindicales, sabe usted. No lo hice por compromiso por la causa. Yo no tengo coraje para luchar por ninguna idea política y me parecen todas igual de falsas y corruptas. Lo hice más bien por curiosidad antropológica, y lo cierto es que veía un sentimiento distinto, previo a esa verdad de la que hablábamos. Algo vitalmente valioso, irracional tal vez y peligroso también. Una especie de simiente que he visto germinar en otras ocasiones y que provoca cosas horribles. Me temo que el pequeño mundo que hemos conocido hasta ahora se desmorona poco a poco a nuestros pies.
       No pude evitar reírme.
       - Le están pesando mucho los años, señor Tiburcio.
       - Ojalá fuera solo eso. Los años. A ver, dime, ¿temes perder su puesto de trabajo?
       - ¡Vaya preguntas que hace!
       - Antes se quejaba de las preguntas académicas, ahora le hago una pregunta vital.
       - Pues sí, respondí secamente. Puedo perderlo.
       - ¿Qué hará si eso ocurre? ¿Será capaz de un pensamiento ataráxico entonces? Mucho me temo que no. ¿Creerá entonces en el conflicto social?
       - Me temo que sí.  Pero no abrazaré una causa revolucionaria, ni me creeré parte de una clase social ni nada semejante. Esas proyecciones mentales sobre la realidad nunca me han convencido.
      - Quédese entonces en su solipsismo: uno solo contra el mundo. ¿Cuánto podrá permanecer así? Estará durante un tiempo deseando retornar a su viejo puesto en la sociedad. Se creerá con los ojos cerrados todo lo que le digan para intentar ese ansiado regreso. Cuando se vea incapaz de volver al anterior estado de cosas, entonces llegará la desesperación, la inactividad ataráxica y depresiva, la explosión violenta, el cambio creativo, la sumisión a cualquier falso profeta. Vaya usted a saber, el hombre es impredecible en ese estado límite.
      - Dando ánimos, usted es como nadie. ¿Y usted se siente fuera de esto?
      - ¡Claro! Son los años, que pesan mucho. Yo puedo ser expectador y mirar desde la barrera al toro, usted no, dijo con una sonrisa maliciosa. Mi querido G.P., usted está en el ruedo, y tiene el aliento del animal detrás de su espalda.
      - Bueno, por hoy, prefiero mirar hacia otra parte y terminar de investigar mis líquenes.
      - Hazlo, por favor... Y no me hagas demasiado caso. Al fin y al cabo, soy demasiado viejo para pensar con claridad.
      Y dicho esto, se despidió hasta el próximo día de lluvia.  

4 comentarios:

  1. JAJAJA hacía tiempo que no me reía tanto con una entrada de Blog. Si parece el mismo Cortazar en "Rayuela", pero un poco más actual.
    También me recuerda nuestras divagaciones de farola en farola, ha sido como reencontrame con el nostálgico mundo universitario...
    Como siempre me parecen brillantes tus análisis, aunque creo que concedes determinada libertad y autonomía al individuo constructor del discurso de clase. A esto le falta aquel elemento que nos ha quitado la barrera y nos ha situado frente al toro, no si todavía no echarán en cara que corramos. Creo que no estamos sólo ante un problema de miedo o ira, sino que harán hasta que volvamos a situar al poder económico y político, aquel que establece la delimitación del ruedo, ante la responsabilidad de sus actuaciones. Yo creo que nadie quiere ser revolucionario, por desgracia éste es un sujeto pasivo y no activo.

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  2. Por cierto no me estoy radicalizando... el que se mueve es el contexto y me siento un texto con viuda inversa, jejeje

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  3. Como desgraciadamente no tenemos farolas cercanas donde nos podamos encontrar, me tengo que inventar personajes que te sustituyen... Qué desastre. Y yo ahora escribiendo un examen de ética. Con lo bien que nos vendría un desbarre de estos para relajar los ánimos... en cualquier caso, este es un tema que tendremos que tratar la próxima vez que nos veamos, je je.

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  4. Por cierto que compararme con el "Horasio" de Rayuela me ha llegado al alma. Qué piropo más elegante...

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