"En cuanto alguien busca la verdad se convierte en los ojos y la boca de Dios. Y por supuesto, se expone a que haya ateos que no crean en Dios."

lunes, 26 de diciembre de 2011

40 AÑOS DE LA TEORÍA DE LA JUSTICIA DE RAWLS

       Quisiera terminar el año hablando de una importante efemérides en el campo de la filosofía. Se cumplen cuarenta años de Una Teoría de la Justicia de John Rawls.  Hablar de ella es hablar de ese tipo de obras que cambiaron paradigmas enteros en la forma de comprender y abordar la filosofía. Una generación de estudiantes de filosofía  tuvimos esta obra como referente básico de iniciación a la filosofía política contemporánea, posicionandonos a favor o en contra de Rawls. Distintos aspectos e interpretaciones de su obra, junto a la de El Liberalismo Político fueron dando forma a diversos debates académicos que se han ido jalonando desde la publicación a lo largo de estas últimas cuatro décadas.
      Pero también hablar de estas obras nos obliga a plantearnos qué queda vivo de ellas y qué no. Cuarenta años son una eternidad en un mundo cambiante, y especialmente en relación con una obra de filosofía práctica. Su autor ya no está con nosotros y no puede seguir dando réplicas y sugerencias a la lectura de su obra. Sin duda, lo más importante es que el mundo de 1971 nos parece un mundo con el que apenas tenemos ya contacto desde nuestro presente. Guerra fría, expansión del estado del bienestar, pleno empleo y una sociedad todavía concebida para no contar con molestas minorías de todo tipo, forman parte ya de los libros de historia del siglo XX, pasado ya y  al que en muchos aspectos es imposible retornar. Es lógico pensar que los cambios acelerados de nuestra sociedad globalizada pasen factura a la permanencia de cualqueir obra académica. Aún así, es difícil no concebir la obra de Rawls como una obra que no debe figurar en el "canon" de obras clásicas de la filosofía política.
   
       Y lo cierto es que la obra alcanzó una justa acogida en el ámbito académico, que superaría lo esperado por el autor. Concebida originariamente como una réplica a las posiciones utilitaristas que dominaban el ámbito anglosajón en el campo de las teorías de la public choice y la filosofía política, y pretendiendo superar algunos de sus conflictos básicos como el teorema de imposibilidad de Arrow, el alcance de la obra superó rápidamente todas esas expectativas. La obra de Rawls implicó una verdadera resurrección del pensamiento contractualista, proponiendo, como él decía en su prólogo, una renovación de este planteamiento, siguiendo de cerca la inspiración de Locke, Rousseau y Kant. Por detrás de esa renovación conceptual, Rawls hacía emerger un estado filosóficamente legitimado en el que los valores de libertad e igualdad pudieran quedar reconciliados y convertirse en la estructura ética de la sociedad. La formulación de su famoso "principio de diferencia" se convirtió en referencia filosófica de primer orden para la fundamentación del estado del bienestar.
        El argumento central de su obra es, en mi opinión, uno de los argumentos morales más sólidos esgrimidos en la historia, aunque no necesariamente es original de John Rawls y ya está implícito en Kant. Rawls propone un "experimento mental", en el que nos desnudamos de nuestros caracteres físicos y psicológicos, y nos convertimos en espectros que pueden encarnarse en cualquier forma humana conocida y cualquier posición social imaginable. Ante esa posición imaginada, nos tenemos que plantear qué tipo de principios morales deberían regir una sociedad que pudiésemos considerar justa para todos sus integrantes. Por esta "posición original" van desfilando distintos proyectos políticos y se van rechazando precisamente por su incompatibilidad con las condiciones del "velo de ignorancia" marcados en esa posición original. Como no sabemos qué posición vamos a ocupar en el mundo de carne y hueso, nadie se arriesgará a aceptar una sociedad marcada por la pertenencia a una raza, una clase social o una religión, pero tampoco aceptaríamos una sociedad marcada únicamente por las reglas del mercado libre o por una igualdad absoluta impuesta por el estado. Los individuos, sin necesidad de mostrar sentimientos de simpatía hacia sus semejantes, siendo autointeresados y racionales, optarían por los dos principios de justicia que según Rawls deben fundamentar una "sociedad bien ordenada", la libertad y la igualdad. Una igualdad que también aspira a una reordenación económica, en la medida en que su principio de diferencia exige remodelar el mero principio de eficacia económica u óptimo paretiano supuesto de una sociedad de libre mercado. Así, "the higher expectations of those better situated are just if and only if they work as part of a scheme which improves the expectations of the least advantaged members of society" ("las más altas expectativas de los mejor situados son justas si y solo si ellas funcionan como parte de una estructura que mejora las expectativas de los miembros menos afortunados de la sociedad").

     Los comentarios y críticas a la obra fueron inmediatos. Para los autores liberales americanos y socialdemócratas europeos, la tesis de Rawls significaba el espaldarazo definitivo a las políticas sociales del estado del bienestar. Para los conservadores, en cambio, suponía una amenaza a una sociedad de libre mercado y la justificación de un estado excesivamente intervencionista en materia económica. En realidad, Rawls nunca se plantearía su obra en términos tan opuestos. Su Teoría de la Justicia era bastante flexible como para amoldarse perfectamente a la gran mayoría de tesis de sus lectores conservadores o progresistas. Aún así, los críticos conservadores lanzaron dos grandes obras de corte contractualista, The limits of liberty de James Buchanan (1977)  y sobre todo Anarchy, State and Utopia, de Robert Nozick (1974), que cuestionaban precisamente el alcance "liberal" o "socialdemócrata" de las tesis rawlsianas.
      En los años ochenta el debate se hizo más profundo y perdió en parte su componente más ideológico. El movimiento comunitarista, encabezado por Michael Sandel, Alasdair MacIntyre, Charles Taylor o Michael Walzer entre otros, atacaba la línea de flotación del pensamiento rawlsiano cuando criticaba la teoría de la justicia como una auténtica entelequia irreal promovida por fantasmas racionales inexistentes en el mundo de los vivos. El hombre como ser comunitario y configurado previamente en una sociedad establecida, ya sea desde la perspectiva de la hermenéutica, la antropología cultural, Aristóteles o Hegel, desbancaba ese ser imaginario importado del contrato social y la tradición kantiana, y que era el actor principal de la "posición original" rawlsiana. Ni los hombres somos egoístas ni puramente racionales; y caso de ser esto último, nuestra racionalidad nos podría conducir a principios de justicia distintos de los que ofrecía la tradición contractualista rawlsiana.
      Rawls sí respondió a estos ataques con la publicación de otro libro de gran importancia, y que marcaría la filosofía política de los años noventa, El liberalismo Politico (1993). Este libro quitaba importancia a laabstracción de su primera obra  y asumía que los principios de justicia argumentados previamente solo se podían asumir en el marco de una sociedad con una tradición liberal establecida a través de lo que él denominó un "consenso entrecruzado" (overlapping consensus)  y un equilibrio reflexivo. Es decir, las partes implicadas en la posición original puramente racionales y autointeresadas eran efectivamente entelequias imaginadas, pero podían ser pensados coherentemente por individuos de carne y hueso integrantes de una sociedad liberal. Naturalmente, el libro va mucho más allá y dejó la puerta abierta a los grandes debates del multiculturalismo y la inclusión de minorías dentro del estado liberal, que afloraron en esa década, especialmente con la publicación de Ciudadanía Multicultural de Will Kymlicka (1995); este último, igual que Rawls, perteneciente a la tradición liberal, pero opta por una fundamentación distinta de la Rawls para abordar las políticas de la diferencia.     
      Todavía le quedaron fuerzas a Rawls en los últimos años de su vida para reflexionar del derecho internacional de gentes, pero aquí también para evitar malinterpretaciones de su teoría. Cuando varios autores abogaron por usar la argumentación de la teoría de la justicia para justificar el campo de los derechos humanos, John Rawls manifestó que era imposible trasladar los principios de la justicia como imparcialidad  al ámbito mundial. La respuesta era relativamente simple: la "sociedad bien ordenada" que precisa la teoría de la justicia para su correcta ejecución está muy lejos de materializarse en el contexto de las relaciones internacionales. Este supondría el último ajuste de su teoría: John Rawls moriría en noviembre del 2002 con más de ochenta años de edad.
      Debido a su propio carácter y quizás porque su obra nunca propuso un cambio profundo de las instituciones establecidas, sino más bien su mantenimiento o perfeccionamiento, Rawls nunca tuvo un perfil alto a nivel de intervenciones en debates públicos, lo que se compagina bien con el carácter más o menos hermético del entorno universitario anglosajón, poco dado a mostrarse a las masas. Apenas tenemos críticas hechas a la política real, aunque por ejemplo, manifestó firmemente su oposición a la financiación privada de las campañas de los partidos políticos, propio del sistema estadounidense, por considerar que la democracia podía devenir en un sistema oligárquico sometido a los intereses de grandes corporaciones y lobbies que amenazaban el interés común. Al margen de estas consideraciones, John Rawls fue un fruto perfecto del mundo académico, con un trabajo callado y constante pero al mismo tiempo con una renuncia a cualquier popularidad o implicación política más allá del ámbito universitario.  

     
       Límites del individuo: La posibilidad de una ética sin empatía.
      Dicho todo lo anterior de forma más sencilla, Rawls reflexiona sobre el azar y la contingencia de nuestra posición actual, entendida en todos los sentidos posibles (biológico, psicológico, cultural o social). Somos hombres blancos, atractivos, inteligentes, herederos de una gran fortuna, emprendedores, o ricos, de la misma forma que nos podía haber tocado ser mujeres, negros, musulmanes, judíos, feos, parados, deficientes mentales o extremadamente pobres. Es la pura casualidad la que nos posiciona en un lugar o en otro, y esta casualidad condiciona -o incluso determina- nuestras posibilidades futuras. Es esa condición básica del "velo de ignorancia" lo que nos empuja a deliberar a favor de los principios de los que habla Rawls, si actuásemos dentro de una mínima razonabilidad.
      Una persona con cierto grado de empatía moral, se detendría a reflexionar sobre esta contingencia y sacaría sus propias conclusiones: una sociedad que se basa únicamente en aceptar el status quo de la contingencia, es una sociedad que corre el riesgo de convertirse en una sociedad extremadamente injusta. Los vínculos de solidaridad dentro de una sociedad se abren precisamente por la capacidad empática de sus integrantes, por ser capaces de ponerse en la piel de los demás. Analizando nuestra posición actual, una de las circunstancias más graves de la crisis económica actual en nuestro país es precisamente la escasa empatía entre la clase social acomodada -que no ha sido afectada con la crisis- y el amplio grupo social que sufre de una forma u otra el impacto de la crisis en su peor modalidad, la del desempleo. Esto se traduce en las reticencias para imponer una fiscalidad progresiva en los nuevos impuestos, en modificar las reglas de juego de un sistema político que lo haga más equitativo y con menos privilegios para la clase dirigente, o para conseguir un sistema financiero más transparente.  
    
       Lo más curioso de todo esto es que Rawls no dedicó quizás todas las páginas que hubiera necesitado a la reflexión sobre los sentimientos morales. Estaba mucho más preocupado por desactivar el problema del egoísmo individual que por dar una explicación de porqué la gente se sentiría motivada a tomar en cuenta el experimento mental que supone la posición original. Se preocupó mucho más por el sentimiento de la envidia que por el de la empatía, si recogemos el número de veces que aparece esta palabra en el índice de su obra. Prefirió construir la base psicológica de su teoria sobre una sociedad de individuos indiferentes a los demás -sin buenos ni malos sentimientos-, que intentar hacer una teoría más ambiciosa, por miedo precisamente a caer en la utopía. De alguna manera intentaba alcanzar unos principios de justicia que fuesen aceptados hasta por los mismos demonios, como dijo una vez Kant sobre la obra de Hobbes.
      Lo cierto es que sin sentimientos morales de empatía, mucha gente podría considerar la posición original como una mera curiosidad intelectual  que no tiene fuerza moral para obligarnos a nada. Esta era en el fondo una de las primeras críticas  que sugirió Robert Nozick desde el individualismo de facto del mundo real y a las que luego se sumarían las voces comunitaristas desde un prisma opuesto. En este sentido, Rawls se enfrentó al mismo atolladero que condujo la ética formal del deber de Kant y alcanzó el mismo punto muerto: cómo hacer que la gente corriente actúe de acuerdo con el deber más allá de la débil motivación que otorga el hecho de que nuestra posición sea la más racional. Kant optó por Dios. No es casualidad que Rawls al final de su obra tuviera que volver al mismísimo Aristóteles y a la justicia entendida como ideal que puede aportar felicidad al que lo cumple para dar una explicación coherente que empujara a los individuos a cumplir las normas que ellos mismos se darían en la hipotética fundación de una sociedad.  

 
       Límites de la realidad: Rawls más allá del estado nacional.

     Pero los problemas no se reducen a una cuestión de motivación personal. El marco de una sociedad "bien ordenada", homogénea, idealmente parsoniana y keynesiana, manifestada históricamente en la hegemonía sociopolítica de un estado-nación de corte occidental, dejó de ser una realidad dominante casi en el mismo momento en el que la obra de Rawls sale de la prensa. 1971 fue el año de la ruptura del consenso monetario de Bretton Woods. La crisis económica que se abrió solo dos años después abrió un proceso todavía no cerrado de erosión del poder y legitimidad de los estados nacionales y sobre todo, del paulatino colapso de la red de mecanismos de solidaridad que funcionó correctamente bajo las democracias occidentales y el paraguas del estado del bienestar, más amplio o menos dependiendo de la tradición de cada país. Hoy en día los derechos políticos fundamentales que defiende la democracia liberal se vacían de contenidos tangibles y de realizaciones concretas. Los derechos sociales del estado del bienestar son cuestionados por su supuesta inviabilidad económica. La ciudadanía nacional se resquebraja por el efecto de comunidades más pequeñas y particulares  y por vínculos transnacionales. El ciudadano acaba viendo la democracia liberal como un fraude y se cuestiona en definitiva si su participación política tiene algún sentido ante poderes económicos globales. Es cierto que esta situación compleja cobra su pulso más dramático a partir de la crisis de 2008 pero no tenemos que olvidar que su inicio, como hemos dicho, se remonta a casi el momento de aparición de Una Teoría de la Justicia.
     En definitiva, las condiciones "ideales" para el desarrollo exitoso de los principios de justicia han tendido a disiparse con el paso de estas cuatro décadas, con el agravante que no ha existido ninguna institución política nueva capaz de sustituir el vacío moral dejado por el estado nacional ni fomentar lazos de solidaridad tan fuertes como los establecidos tradicionalmente por dicho estado. Ese vacío institucional no puede todavía llenarse por un nuevo orden internacional -a nivel regional o global-. John Rawls en sus últimos escritos sobre el derecho de gentes, rechazaba la posibilidad de exportar su teoría de la justicia a dicho orden internacional o para dar un nuevo marco a los derechos humanos. De forma muy realista, Rawls era consciente que ese orden internacional no pasa de ser todavía un modus vivendi de intereses enfrentados unas veces y otras no, y sin un sustrato moral y cultural común que permitiera concebir una sociedad mínimamente ordenada.
      
      En conclusión...
      La obra de Rawls parece desbordada por la rueda de la historia. Es un ejemplo de moralidad universal -a lo Kant- que lentamente es estrechada por las circunstancias históricas a las que le toca enfrentarse -eticidad a lo Hegel-. Es curioso que su obra no era para nada revolucionaria: antes bien, era una legitimación refinada de un status quo deseable, la democracia liberal de postguerra. Quizás Rawls no era consciente que ese marco tenía fecha de caducidad, y que las pretensiones universalistas de su teoría no podrían ir más allá de dicha institución, pero así fue. Rawls tiene así -en parte- el mismo destino que obras como La Política de Aristóteles, una justificación de la polis griega escrita en el mismo momento que Alejandro Magno la estaba condenando a muerte.  
     Y sin embargo, la obra de Rawls sigue teniendo relevancia de primer orden. En primer lugar, porque no estamos todavía en un mundo en el que el estado nacional no tenga ningún poder, sino que todavía es el único espacio conocido en el que podemos luchar por crear sociedades relativamente justas. Si bien la globalización ha hecho este proyecto más difícil, eso no quiere decir que el estado y las comunidades nacionales hayan desaparecido, sino que se han redefinido. Ese es el horizonte de legitimidad hacia lo establecido para el que fue creado la obra de Rawls. Pero en segundo lugar, tampoco estaría de más conceder a la teoría de la justicia, con todos los ajustes necesarios, un horizonte utópico, en el que el experimento mental esgrimido de la posición original y del velo de ignorancia se convierta en punto de partida de la reflexión futura para problemas morales y marcos institucionales que todavía no se han desarrollado todavía o están por nacer. Como decimos, esto nos lleva al horizonte de lo no realizado, lo utópico, algo que causaría alergia a un filósofo de la tradición analítica como John Rawls. Pero no tiene por qué ser  ilegítimo en una gran obra de filosofía política. Al fin y al cabo, si los autores que van desde Platón a Rousseau tienen intuiciones políticas y éticas que todavía  sirven de inspiración para los gobernantes y ciudadanos de nuestros días, es imposible no pensar que una obra como la de Rawls no puede ejercer esa influencia para el futuro dentro de nuestra tradición liberal. Rawls ha muerto, larga vida a Rawls, podríamos decir. 

     Lógicamente para conseguir este propósito, debemos construir nuevas fuentes de solidaridad, que es justamente lo que Rawls daba por sentado en su obra. El transmitir este principio de empatía, necesario implícitamente en la obra de Rawls aunque desgraciadamente desactivado por la forma demasiado fría y racional de Una Teoría de la Justicia, se ha convertido en mi función de docente en el objetivo número uno de mis clases de Ética. El ser capaces de romper nuestro pequeño mundo y poder pensar el "experimento mental" que proponía John Rawls es un reto muchas veces complicado, que he traducido en un lema combinado con el famoso comienzo de la obra del abate Sieyes:

"¿Qué harías tú en su piel? no lo sabemos",
"¿Qué has hecho para merecer lo que tienes? Nada"
"¿Qué puedes hacer para cambiar esto? Todo"

      Estos tres interrogantes se convierten en las tres preguntas motivadoras de la ética social actual. Estamos engañados bajo la idea de un hombre que se hace a sí mismo con su trabajo y su esfuerzo, sin reconocer ni siquiera que no ya la inteligencia o el talento, sino la misma asertividad o la fortaleza psicológica que necesitamos para alcanzar metas es una característica que se hereda biológicamente o se condiciona culturalmente. La supuesta defensa de la libertad humana y autonomía sin límites se ha convertido en manos de la ideología liberal en la más aterradora de las cadenas, para defender los intereses de los que por pura casualidad han nacido más fuertes. Una conclusión con la que Rawls, me juego el cuello, estaría completamente de acuerdo.

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