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viernes, 16 de noviembre de 2012

INGER ENKVIST: LA BUENA Y LA MALA EDUCACIÓN


      Hace unas semanas cayó este librito en mis manos y no pude evitar devorarlo con rapidez; lo cual siempre dice algo bueno en un libro, aunque no quiera decir que sea del mismo rigor o calidad. Esta obra de Enkvist es recomendable por su simplicidad y su fácil lectura. También porque sus críticas rozan un sentido común saludable. Hacen bajar de las alturas muchos retos pedagógicos y los invita a afrontar preguntas simples que cuestionan sus éxitos; entre otras, la relación entre el esfuerzo presupuestario del estado hacia la educación y por otro lado sus resultados académicos. O asumir el fracaso de una ley educativa sin echar únicamente la culpa a los agentes de la reforma. La cultura del esfuerzo, la formación docente, el énfasis en la lectura y el reforzamiento de la autoridad del profesorado están en boca de todos. Pero evidentemente esta crítica se hace a costa de simplificar los problemas hasta el extremo.
 
        Enkvist propone una revisión y comparación de los modelos educativos de países de muy distinto espectro ideológico y cultural: las dificultades para la integración de la inmigración en Francia, la cultura del esfuerzo en Estados Unidos, los problemas de la escuela comprensiva en Suecia o España, y naturalmente, los éxitos educativos de los países orientales y de Finlandia, en este último caso, por la importancia del docente, su formación y su autoridad.
       Quizás, a la vista de la autora, la comparación más evidente a nivel internacional haya sido el progresivo distanciamiento educativo entre Suecia y Finlandia, compartiendo ambos países la geografía escandinava, su carácter avanzado y su tradición socialdemócrata. Enkvist (sueca ella misma) entiende su país como un auténtico fracaso educativo: siendo desde los años sesenta el primero en imponer una educación comprensiva, igualitaria y de tendencia fuertemente socialdemócrata, los resultados logrados a largo plazo están lejos de resultar satisfactorios, comparados con el amplio presupuesto educativo con el que cuentan. La falta de esfuerzo, los problemas ideológicos, la situación  acomodaticia del alumno frente a la falta de motivación del profesorado hacen de Suecia un país con resultados relativamente mediocres, comparados con los que obtiene su vecino. En cambio, Finlandia vive una situación frontalmente opuesta. Hace treinta años la educación quedó apartada del debate político y fue encomendada a los técnicos (se supone que pedagogos). Toda la sociedad se percató de la importancia fundamental de la educación para el crecimiento y la prosperidad del país, hasta el punto de convertirla en su ventaja comparativa a escala internacional en términos económicos. Esto se tradujo, en términos educativos, en un reforzamiento de la figura del profesor. El docente se convierte en figura de prestigio social, con un pronunciado reconocimiento de su valía intelectual por parte de la sociedad en general. Quizás la autora conceda más importancia al carácter “autoritario” de este profesor, su intensa formación y la autonomía para dirigir su trabajo sin cortapisas políticas o burocráticas, y no cuente tanto con el dicho finlandés de “poner al alumno en el centro de la educación”, algo con lo que la autora tendría mucho que decir.

        Aparte de aspectos con los que indudablemente podríamos estar de acuerdo, una crítica que podría plantearse a Enkvist parte en nuestra opinión excesiva importancia al influjo político e ideológico sobre la educación, y en especial a los pedagogos, pero no ofrece la misma atención al resto de la sociedad y a los procesos transformadores de nuestra realidad globalizada. Quizás por eso Enkvist sea vista con tan buenos ojos en el ámbito conservador. Pero el fracaso educativo no es solo el fracaso de la escuela comprensiva de raíz socialdemócrata o izquierdista, es el impacto de una sociedad entera que ha cambiado la lectura por la imagen, la comprensión profunda por la mirada superficial y el corta-pega, la cultura dirigida desde un único agente social hacia la diversidad infinita de las nuevas tecnologías, la autoridad paterna por la sobreprotección familiar. Por lo tanto, el acercamiento de Enkvist se puede ver parcialmente sesgado: consiste en engrandecer el fracaso de las nuevas pedagogías de forma injustificada, sin atender a otras causas que no solo explican este fracaso, sino que también justifican por qué se ha de seguir usando parte de esa nueva pedagogía tan supuestamente negativa en el contexto de la globalización como herramientas de trabajo. Da la sensación que Enkvist habla en su libro de un mundo que ha perdido sus valores educativos por una decisión política, y no tanto por el impacto de la cultura de la imagen, Internet o de sociedades globalizadas.  
         En realidad su crítica central aparece ya en libros anteriores de Inkvest, más puramente teóricos. El error de la escuela unificada y comprensiva (de espíritu “socialista”) ha consistido efectivamente en el abuso de la “tabla rasa”, en una ingenuidad socrática de que la pedagogía puede destruir todo tipo de limitaciones económicas, culturales y biológicas y que se traduce en un constructivismo pedagógico (a veces malinterpretado), según el cual es el alumno el eje del aprendizaje, y no el profesor. El intento de garantizar una educación para todos, de carácter obligatorio e igualitario, ha propuesto un programa que no ha terminado con la exclusión de una parte de alumnos con fracaso escolar y que además ha tenido el gravísimo coste de provocar un menor rendimiento general de los alumnos más aventajados. La razón era que este programa de igualdad para que las clases bajas pudieran ascender socialmente ha perdido su eficacia porque ahora son los nuevos “incultos” quienes quedan fuera del sistema, aquellos alumnos cuyas familias no concedieran, por múltiples razones y no solo económicas, la importancia debida a la educación o que sencillamente, por unos factores u otros, no estaban interesados en educarse. Es decir, las sociedades democráticas más avanzadas, desde Suecia hasta España disponíamos de un programa educativo modélico, progresista, igualitario y válido para todos, pero resulta que al final de su trayecto nos hemos encontrado con que aquel colectivo que queríamos educar e integrar se nos ha quedado por el camino. Pero no conviene hacer excesiva demagogia sobre este fracaso. El fracaso presente no disfraza el pasado de algo que fue mejor. Plantear los libros antipedagógicos con una propuesta de contrarreforma no significa mejorar la educación: significa disolver el problema volviendo hacia aquello que también había fracasado por otras razones y que una democracia avanzada difícilmente podría asumir sin críticas. Volviendo al caso de Finlandia –ejemplo perfecto de educación en la globalización-, el éxito educativo basado en la figura del profesor reside en su extraordinaria capacidad docente y no en ser meramente fuente de autoridad establecida. La autoridad está basada en su valía profesional y no en ser una mera representación jurídica de autoridad. Esa formación está configurada para que el alumno pueda ser dueño de su propia educación y eje de su proceso formativo, pero en el que el profesor no sea un mero asistente pasivo, sino la parte más importante del escenario escolar. Algo con la que la autora quizás no esté tan de acuerdo, siguiendo sus críticas más puramente teóricas.

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