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domingo, 4 de noviembre de 2012

EL AMBIGUO PAPEL DE LA IGLESIA ESPAÑOLA EN LA CRISIS

       A lo largo de nuestra Gran Depresión, distintas instituciones tradicionales de la sociedad española han sido juzgadas y puestas en cuestión de unas formas u otras: monarquía, clase política, sindicatos, banqueros, inmigrantes y otros muchos de una lista que se haría larga. Sin embargo, una institución con un peso social y cultural considerable como es la iglesia, ha logrado mantenerse al margen de debates ácidos y erosionadores de la imagen pública. No quiere decir que no haya firmes partidarios y detractores de la posición de la iglesia en nuestros días. Muchos individuos (habitualmente de tradición cristiana) por una lado, juzgan de manera positiva la inmensa tarea social que realiza la iglesia y las ONG vinculadas a la misma, para frenar el impacto de la crisis entre los más desfavorecidos a través de comedores sociales y servicios sociales básicos. Hoy en día 2.7 millones de personas en nuestro país se benefician de esa labor. Pero por otro lado, otra parte de la sociedad (menos sensible religiosamente) percibe que la iglesia como institución está siendo una de las menos atacadas por la crisis, y que incluso está aprovechando la coyuntura para confirmar su poder y ratificar sus privilegios. La exención del IBI, el mantenimiento de su situación fiscal en el que sus ingresos apenas han sido tocados, o su posición en el contexto educativo con la escuela concertada, por poner algunos ejemplos, causan la sensación de que la iglesia, lejos de perder, ha sabido mantener su cuota de poder en el conjunto de la sociedad española.  De aquí se revela la inquietante pregunta que podemos hacernos al criticar a la iglesia: si es la iglesia como institución lo suficientemente crítica en el ámbito teórico y político con la crisis. Parece más que nunca que la comunidad cristiana -aquella que mantiene su compromiso con las ONG y la que verdaderamente sustenta la labor social católica- está al margen de la institución en sí -aquellos que se benefician de unas políticas estatales y que mantienen una posición neutral en el campo de la crisis-, y que solo mantienen su unión por una visión escatológica de la realidad y la idea de que cualquier enfrentamiento interno debe evitarse. Este tema clásico de la sociología de religiones mantiene todo su vigor en nuestros días y la misma etimología de la palabra "iglesia" contribuye a esta tensión.
      La jerarquía eclesiástica ha mantenido una actitud prudente -excesivamente prudente, para muchos- a la hora de explicar y criticar la actual situación económica. Lejos de sumarse a ninguna reivindicación pública contra las injusticias de la crisis, la iglesia ha mantenido sus reservas a la hora de apoyar estas peticiones, salvo en comunicados alejados de la furia ácida de hace poco tiempo. Muy lejos quedan las manifestaciones contra el aborto y en defensa de la familia de los años pasados y nuevamente uno tiene la sensación que esa gente que se manifestó entonces se queda ahora en su casa porque la crisis no va con ellos. Para alguien que no tenga un sustrato cultural religioso, da la sensación incómoda que la iglesia se ha vendido a la mano que le da de comer. Al igual que los sindicatos, la jerarquía eclesiástica mantiene relaciones complejas con el estado, pero a diferencia de los primeros, ha sufrido menos erosión en su imagen, muy posiblemente porque los sindicatos no cuentan con la comunidad de base que sí dispone la iglesia y que está haciendo un trabajo social importantísimo. Eso le permite a la iglesia, de forma algo retórica, acorazarse contra cualquier crítica hacia sus poderes, al poner ese trabajo social por delante. Después, a ojos del sector crítico, no duda en machacar internamente a aquellos que hacen el "trabajo sucio", mantenerlo alejado de la toma de decisíones importantes y marginarlo en cualquier reparto de poder.  
       Dentro de la institución, las organizaciones más críticas tienen una repercusión social limitada casi a círculos intelectuales o a grupos comprometidos socialmente en el ámbito de las ONGs. El impacto mediático de asociaciones como la Juan XXIII o las publicaciones de Cristianismo y Justicia es rídiculo comparado con los grandes canales de comunicación de la iglesia manejados por el Opus o la Conferencia Episcopal (la revista Alba, la cadena Cope o el canal 13) y sus relaciones muy fluidas con grupos conservadores como Intereconomía o el grupo Vocento que integra ABC. Es lógico que el punto de vista ideológico que exhibe la iglesia sea definido como conservador o ultraconservador. Es decir, la solución a la crisis bajo ningún concepto pasa por una revisión o cuestionamiento de nuestro sistema político y económico. Los obispos han llegado a hacer rídiculas y bochornosas explicaciones de la crisis vinculándola con políticas de género, y reducen siempre la crisis económica a una mera crisis de valores espirituales, como si el mundo material (desde el precio de las materias primas hasta las regulaciones sobre un sistema financiero) no tuviesen importancia a la hora de explicar una crisis de nuestra envergadura y no pudieran poner en cuestión un sistema económico que tarde o temprano (es cuestión de décadas), caerá o tendrá que reconvertirse profundamente.  

       La iglesia y el miedo al cambio: status quo vs. utopía. 
 
      Conviene preguntarse si todo lo dicho es algo nuevo en la iglesia (como institución) o si realmente seguimos un patrón de comportamiento que ha sido el dominante en su larga historia. Conviene recordar que desde sus mismos inicios, la iglesia nunca ha tenido pretensiones de modificar una sociedad a nivel institucional y siempre ha buscado adecuarse a las coyunturas cambiantes. El episodio del tributo al César de los evangelios inicia esta tendencia. La Ciudad de Dios de San Agustín también tiene ese fin último: desvincular a la iglesia de la muerte del imperio y abrirla al feudalismo. Los tres órdenes de Adalberón o la Paz de Dios medieval son formas de justificación feudal. El catecismo tentrino o la misma Inquisición serán mecanismos puestos al servicio de la monarquía absoluta.  La lista es bastante larga para detenernos en cada caso histórico. Casi todas las luchas que ha justificado la iglesia a nivel político han sido para preservar un status quo y nunca para cambiarlo: justificar el poder del imperio romano, preservar un orden feudal, mantener una sociedad de Antiguo Régimen, el absolutismo o las diferencias de clase de la sociedad industrial. La preservación del status quo ha sido tan importante que ha estado por encima de cismas religiosos. Conviene no olvidar que cuando los anabaptistas alemanes del siglo XVI iniciaron una revuelta social con justificaciones religiosas, protestantes y católicos olvidaron sus diferencias para destruirlos sin piedad. Todo esto justificó la crítica de la Izquierda Hegeliana, cuando denominó la religión como ideología puesta al servicio de las clases dominantes o directamente como "opio del pueblo". No se equivocaban en absoluto y su crítica se podría prolongar hasta la segunda mitad del siglo XX para los países católicos como la España franquista, la Irlanda de De Valera, el Portugal  salazarista o las dictaduras latinoamericanas.
       Ciertamente, nadie cuestiona que el carácter asistencial de la iglesia nunca se ha perdido en la historia, en forma de comedores, orfanatos y ayuda a los sectores más desprotegidos, incluidos aquellos alejados del orden moral de la iglesia como la prostitución. Pero el precio a pagar por esta caridad ha sido alto: la sumisión al poder político y el respeto del orden social establecido. En definitiva, una visión bastante a la Durkheim, en el que la institución religiosa tiene una función cohesionadora  de la sociedad y a lo Marx, en el que esta actúa como justificación de lo dado y como desactivación de cualquier amenaza revolucionaria. Tan solo cuando la iglesia ha estado en minoría o pseudoclandestina, como en Polonia o actualmente en Cuba, o cuando formaba parte de una identidad cultural perseguida, como en el proceso de independencia de Irlanda, se ha vuelto contra el poder establecido y ha sido motor de cambios sociales y politicos.
      Por contra, el horizonte utópico de la religión se ha mantenido al margen de la institución, rozando o cayendo directamente en lo herético y siendo perseguido y destruido. Desde Joaquín de Fiore hasta la teología de la liberación el mesianismo y la escatología han sido vistos con malos ojos. Resulta esclarecedor que aquellos que revitalizasen ese horizonte de utopía en la religión cristiana hayan sido marxistas agnósticos, como Gramsci o Horkheimer, propiciadores a su vez del elemento utópico e inconformista del Concilio Vaticano II o de la posición de una parte importante de la iglesia católica en la Transición. Muchas de las realizaciones positivas que ha dado la iglesia en la historia han sido logradas gracias a comunidades de base que encontraron problemas a veces con la propia institución, desde los movimientos mendicantes del siglo XIII hasta la teología de la liberación.
 
        La iglesia en la lucha de reivindicaciones políticas.
 
        Este complejo panorama permite ver que desde sus más primitivos inicios, la institución de la iglesia muestra ese problemático doble rostro frente a los conflictos sociales. Y es quizás algo inevitable: más allá de su supuesta santidad (que evidentemente solo comparten los creyentes), es su rostro más humano y corrupto. Si vamos a los escritos de los fundadores, las cartas de San Pablo dan una ambigua posición frente al esclavismo, mucho más suave que la que por ejemplo ofrecía el estoicismo de Séneca en su misma época. Por un lado, proclama continuamente que todos los hombres son iguales en Cristo. Pero por otro lado, devuelve un esclavo fugado a su amo y concede a las mujeres un papel secundario en la organización de la iglesia. Tres siglos más tarde, San Agustín ratificará las posiciones esclavistas de su época. Luego, la iglesia tardará 1200 años en involucrarse en un debate político a favor de la abolición de la esclavitud con la disputa sobre las Indias iniciada a partir de Montesinos, Las Casas, Soto o Vitoria. A pesar de la lentitud, la iglesia llegó a tiempo al debate de la esclavitud para poder asegurar hoy en día que algunos de los primeros abolicionistas del mundo fueron los frailes indianos de la Escuela de Salamanca. Pero en otros conflictos ha perdido definitivamente su oportunidad histórica. Preocupada por la igualdad en Cristo, no dudó en mantener la desigualdad de los hombres ante la ley, y fue superada por los ilustrados de la Revolución Francesa cuando se abolió el Antiguo Régimen. En la lucha por la igualdad entre sexos o contra la injusticia social la iglesia ha sido la gran desaparecida durante mucho tiempo. Preocupada por cuestiones eminentemente éticas que afectaban al individuo o a la familia, dejó todo debate social cuando este suponía un desorden y un cuestionamiento de la autoridad. Solo así se explica el escaso impacto de los movimientos obreros cristianos impulsados desde el Vaticano I a finales del siglo XIX.   
      Esto no significa, bajo ningún modo, que el cristianismo no haya sido un revulsivo cultural contra la esclavitud, o en la lucha contra la exclusión social. Una cosa es que la institución haya sido eminentemente conservadora en la historia y otra muy distinta que el sustrato cultural cristiano no tenga un matiz reformista y crítico con la sociedad establecida. La idea de la igualdad en Cristo ha mostrado su poder en muchas ocasiones a lo largo de la historia. La cultura cristiana atemperó costumbres bárbaras y atroces de la antiguedad o la Edad Media. La democracia americana no se entiende sin su sustrato religioso protestante. Igualmente la cultura cristiana tuvo un papel importante en la creación de los partidos democristianos de Holanda, Alemania o Italia o los partidos socialdemócratas escandinavos que ayudó a  fortalecer las democracias y el consenso social en estos paises. Lo que queremos decir aquí es que cuando la institución eclesial -especialmente católica- era predominante en la mayoría de los casos permaneció en silencio o ha alzado su voz muy débilmente contra las injusticias. Y esto ha sido así desde que la iglesia recibió el espaldarazo del estado desde la época lejana de Constantino y Teodosio hasta el fin de la dictadura franquista. Es decir, el problema nuevamente oscila en las relaciones de poder nunca superadas entre la iglesia, el estado y la sociedad civil en los países católicos.

     Soluciones: más liberalismo político y menos liberalismo económico.

     La solución es simple pero difícil y pasa por dos aspectos: en primer lugar debe romper todos sus lazos con el estado e intentar autofinanciarse en la medida de lo posible: esto indudablemente le daría una capacidad de crítica que hoy se guarda bastante de usar activamente, excepto cuando le interesa. Por otro, tiene que prestar atención no solo a las demandas de los grupos privilegiados de la sociedad civil (buscadores de identidad religiosa y de pertenencia a una comunidad), sino también a las de otros grupos sociales (que demandan un mundo más justo, y no tanto caridad como derechos). La caridad no se puede convertir en un recurso permanente que silencie la necesidad de justicia social, en el que a fin de cuentas el estado es el único que puede garantizar su cumplimiento igualitario, y no la iglesia por muy poderosa que sea su capacidad asistencial. 
        Es en este punto en el que se intuye una tenebrosa relación posible entre el liberalismo económico y la iglesia católica: cuanto más debilitado esté el estado y más definitiva sea la crisis social, más importante será la asistencia de la iglesia dentro de la sociedad civil y su papel de cohesionador social. Esto, a cambio otra vez de volver a un retrógrado estado de cosas en el que la asistencia social se haga a cambio del silencio político y de la evaporización de la utopía. Para algunos defensores de la actual coyuntura de la iglesia, este es el único marco ideal posible en el contexto de la desaparición del estado del bienestar y el intento de crear una sociedad civil fuerte sustitutiva del estado. Para estos autores (lógicamente liberales conservadores) el proceso es irreversible y la asistencia de la iglesia se convertirá en una fuerza cohesionadora de la sociedad, como lo fue en los tiempos del absolutismo y durante el estado liberal del XIX o de otra manera más suave, en los Estados Unidos. Pero para otros muchos (evidentemente progresistas de izquierda), esto no es más que un canto a la resignación política, la aceptación de las penurias económicas  y la sumisión social. El complicado lema por el que parecería apostar la iglesia de hoy sería dar, oir y callar. La caridad y la limosna del rico (como las donaciones de Amancio Ortega) en lugar de derechos básicos que nos pertenecerían por derecho propio y no por lástima. Entre un extremo y otro existen muchos puntos intermedios, y la iglesia tendrá que decidir de una vez hacia dónde oscila la balanza.  
 

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