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viernes, 9 de enero de 2015

LA CRISIS NO EXISTE, SOLO ESTÁ EN TU MENTE.



Pues sí. Quedé como un pasmarote escuchando semejante aseveración de la voz de aquel individuo tan seguro de sí mismo, y deseoso de contagiar ese entusiasmo optimista a todo su concurrido público. Era un psicólogo especializado en gestión de recursos humanos, pero podría ser un economista o un director de marketing. Todos ellos, ingenieros perfectos de las palabras y los conceptos.
“La crisis no existe”. Volvió a repetir. “Somos nosotros quienes formamos parte de ella. Es nuestra mente la que ha entrado en esa dinámica, y le toca a ella salir de ahí”. La crisis, reducida a un mero estado mental. Una afirmación de monje budista, negadora de la existencia de la realidad física, o idealista, defensora de una conciencia sobrehumana que puede superar cualquier dificultad. Hastael mismísimo Sartre palidecería ante semejante atrevimiento.
“Es cierto, se habla de crisis”, asegura este psicólogo, “una palabra mágica que debemos amoldar a nuestras aspiraciones y deseos”. Nuestros tiempos son tiempos de crisis. La crisis toca las vidas de millones de individuos, a veces actuando como argumento principal y otras como simple atrezzo de fondo en sus circunstancias personales. Nos ha acompañado durante varios años de forma intensa y se resistirá a dejarnos. Millones de desempleados, cifras interminables de desplazados y retornados, expectativas truncadas, condiciones miserables para una tercera parte del país; esta ha sido (y sigue siendo) la realidad cotidiana en la vida de muchos europeos del sur. Debemos precisar adecuadamente el término. No estamos hablando de un problema como la pobreza mundial o el injusto reparto de la riqueza: la crisis proviene psicológicamente con la caída en las expectativas de futuro de una sociedad, y materialmente con el descenso cuantificable del bienestar y la seguridad de dicha sociedad. Cuando ambas circunstancias se dan la mano, estamos entonces en el ojo del huracán, la tormenta perfecta. Quien nunca haya conocido la expectativa o  el deseo de mejorar su vida, no conocerá la palabra crisis en su sentido más profundo.
La percepción de la crisis después varía de unos individuos a otros. Podríamos pensar, como hicieron los indignados, que esta crisis puede ser punto de partida para crear algo nuevo y que el sistema en su conjunto está a punto de estallar. Pero conviene alzar los ojos y mirar más allá de nuestras circunstancias particulares. Estas crisis han sido comunes en muchas regiones del mundo (Latinoamérica fue el escenario de una crisis de deuda similar a la del sur de Europa hace treinta años) y si tenemos en cuenta que Europa (y especialmente el mundo mediterráneo) juega un papel cada vez más secundario en el mundo, el sistema económico, social o político apenas quedará alterado. Incluso cuando la crisis se extendiese al corazón germano de Europa, no somos más que un peón en el mundo. Es más, a veces da la sensación –también cuestionable- que estas crisis refuerzan la vitalidad del sistema vigente. Sobre todo cuando uno escucha a estos nuevos gurús de la crisis.  
Volvamos la vista atrás. En el 2007 estalla la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos. En el 2008, nadie lo duda: el capitalismo ha fallado por exceso de egoísmo y ambición. Algunos políticos hablan incluso de refundar el capitalismo. Pero en tres años, esa ilusión desaparece. El estado gasta los pocos cartuchos que tiene en solucionar la crisis al modo más tradicional. No salva a las personas, pero sí el flujo de capital: así asegura los ahorros de la clase media y los opacos fondos de inversiones de la élite. De esta manera se atraviesa lo peor de la crisis, pero en el 2010 el estado se convierte en parte del problema. Una vez que ha deglutado el desatino financiero, queda tan endeudado que los francotiradores no dudan en acribillarlo a conciencia, facilitado por el inmenso descrédito de los políticos que también comieron su trozo de pastel en la burbuja financiera e inmobiliaria. Ironías de la vida: los que hace dos días deseaban que el estado asumiera las pérdidas del mercado, reclaman ahora su cabeza en nombre del mismo mercado.
Y es en este contexto donde nuestro gurú aparece con fuerza, mostrando la interpretación acomodaticia y amable de la crisis. En ella desplazamos nuestra mirada crítica y destructora del sistema económico establecido, a nuestro propio papel dentro de la recesión. Es la mirada más liberal, donde son los individuos y no el sistema el que se equivoca. Los engranajes pueden fallar y ser sustituidos por otros nuevos, pero el reloj debe seguir dando la hora y marcando el ritmo. Una amplia literatura sobre la crisis se difunde con rapidez, y no falta un considerable número de obras como las de nuestro psicólogo –que por supuesto nos cita su libro “Crisis, ¿qué crisis?”-, junto con sociólogos, economistas y libros de autoayuda que pretenden abordarla en términos positivos: las crisis significan cambio, transformación, oportunidad. Como se supone que el principal responsable en la gestión de la crisis no es más que el individuo mismo, lo que este enfoque acaba dando a entender es que si nosotros estamos en crisis es porque individual o colectivamente algo mal estamos haciendo, y que tanto el sistema económico como el propio estado son más neutrales (y por supuesto intocables) en toda esta cuestión.
Ser más creativo, más competitivo, más fuerte emocionalmente hablando, más cualificado y más flexible son las típicas recetas que diagnostican, consuelan y a veces hasta funcionan para las víctimas de las crisis económicas. Pero otras muchas veces deprimen y enfurecen cuando son imposibles de alcanzar. No hace falta repetir aquí que todas estas recetas evitan su trasfondo más siniestro y darwinista: pasan por alto a los perdedores (inadaptados, débiles o fracasados se considera meramente un eslabón necesario hacia el éxito) y no tienen en cuenta que el triunfo de un individuo o grupo puede suponer fácilmente el fracaso de los demás. Estando en un juego de suma cero, como dicen los economistas, la cuota o nicho de mercado que logre ocupar un productor se hace a expensas de otro. Y por supuesto, el triunfo es siempre pasajero, porque es ley del mercado que el éxito rotundo del presente constituye el ingrediente básico para el fracaso del mañana. El riesgo al fracaso se mantendrá siempre incluso en la mente de los ganadores. La ansiedad y el creciente sentimiento de fracaso personal al no poder estar siempre en la cresta de la ola son experiencias en aumento en nuestros últimos años. Es sencillamente un hecho: no se puede ser líquido toda nuestra vida. Hemos pasado de responsabilizar al estado a responsabilizarnos a nosotros mismos y esto tiene un enorme coste emocional.
Llegados a este punto, y para aquellos que hayan tenido la paciencia de leer hasta el final del artículo, se podrán preguntar, ¿pero quién demonios es este clarividente psicólogo? Este personaje, evidentemente, es como la crisis. ¡Sólo existe en mi mente!  Pero no quiero decepcionar: tiendo a pensar que las clarividentes intuiciones de este psicólogo se repiten en el discurso de otros muchos personajes que sí son de carne y hueso. Basta escuchar y leer entre líneas para darse cuenta que tanto este psicólogo como la crisis, existen de verdad. Salgan fuera de la red y averígüenlo.  

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