Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.

lunes, 5 de abril de 2010

LA CIENCIA, DESDE EL PESIMISMO DE ORWELL

El tiempo es un bien escaso en nuestros días, y por ello necesitamos dosis pequeñas de filosofía para poder llegar al público y disfrutarla nosotros mismos. Por eso cuando encontramos un escrito conciso e intenso se convierten en un gran hallazgo. Leyendo blogs ajenos me he topado en estas últimas semanas con uno de esos textos dignos de enmarcar y leer detenidamente: un pequeño artículo publicado por George Orwell en el año 1945, final de la guerra mundial, y en un momento en el que el autor tiene en un estado avanzado su obra magna de 1984 y que tiene como significativo título "Qué es la ciencia".
En él se perfila el clásico enfrentamiento entre el conocimiento humanístico y el científico-técnico, en el preciso momento en el que la educación europea abandona la formación humanística por su carácter supuestamente inútil, y se alza la formación técnica. El artículo surge en un momento en el que el avance científico hace peligrar por primera vez en la historia la supervivencia del propio ser humano como especie: un peligro que vuelve a poner sobre la mesa los fines e intereses ocultos o inconscientes del desarrollo científico.

Las ovejas, una de las comunidades animales utilizadas por Orwell para su Rebelión en la Granja. Bien podrían representar el carácter acrítico del científico deshumanizado.
 
*  *  *  *  *

En el Tribune de la semana pasa­da, había una carta interesante de Mr. J. Stewart Cook, en la que sugería que el mejor modo de evi­tar el peligro de una «jerarquía científi­ca» sería intentar que todo ciudadano fuera educado científicamente tanto co­mo se pudiera. A la vez, los científicos saldrían de su aislamiento y se anima­rían a tomar parte activa en la política y en la administración.
Considerando globalmente la pro­puesta, pienso que la mayor parte de nosotros estaríamos de acuerdo con ella, pero me doy cuenta de que, como es habitual, Mr. Cook no define la cien­cia y se limita a dar a entender, de pasada, que se refiere a ciertas tendencias exactas cuyos experimentos pueden ha­cerse en serie en el laboratorio. Así, la educación del adulto tiende a «relegar los estudios científicos en favor de ma­terias literarias, económicas y sociales», sin considerar, aparentemente, a la eco­nomía y a la sociología como ramas de la ciencia. Este punto es de gran impor­tancia.

La palabra ciencia se usa actualmente como mínimo con dos significados y to­da la cuestión de la educación científica se encuentra oscurecida por la costum­bre actual de saltar de un significado al otro.
Se asume generalmente que ciencia significa o (a) las ciencias exactas, como la química, la física, etc., o (b) un méto­do de pensar que obtiene resultados ve­rificables razonando lógicamente a par­tir de los hechos observados.
Si usted le pregunta a cualquier cien­tífico, o incluso a casi toda persona cul­ta «¿Qué es la ciencia?», recibirá proba­blemente una respuesta que se aproxi­ma a (b). Sin embargo, en la vida coti­diana, tanto al hablar como al escribir, cuando la gente dice «ciencia» quiere dar a entender (a). Ciencia significa al­go que sucede en un laboratorio: la mis­ma palabra evoca una imagen de gráfi­cos, tubos de ensayo, balanzas, meche­ros Bunsen y microscopios. Al biólogo, al astrónomo, o incluso al psicólogo y al matemático, se le llama «hombre de ciencia»: a nadie se le ocurre aplicar es­tos términos al hombre de estado, al poeta, al periodista y mucho menos al filósofo. Y, cuando dicen que la juven­tud debe ser educada científicamente quieren decir, casi invariablemente, que habría que decirles más cosas de la radiactividad, o de las estrellas, o de la fisiología de sus propios cuerpos, y no que habría que enseñarles a pensar con más precisión.

Esta confusión de significado, que es parcialmente deliberada, encierra un gran peligro. En la demanda de una educación más científica está implícita la pretensión de que, si uno ha aprendi­do a enfrentarse científicamente con una materia, tendría que ser más inteli­gente al enfrentarse con cualquier ma­teria que alguien que no haya tenido ese entrenamiento. Se supone que las opi­niones políticas de un científico, sus opiniones en asuntos sociológicos o mo­rales, en filosofía o incluso en arte, se­rán más valiosas que las de un lego. En otras palabras, el mundo sería un sitio mejor si los científicos tuvieran el con­trol. Pero un «científico», como acaba­mos de ver, significa, en la práctica, un especialista en una de las ciencias exac­tas. De aquí se sigue que un químico o un físico, por ser lo que es, es política-mente más inteligente que un poeta o un jurista, por ser lo que son. Y, de hecho, hay ya millones de personas que se creen esto.

Pero, ¿es realmente cierto que un «científico», en este sentido restringido, es igual a cualquier otra persona a la hora de enfrentarse con problemas no científicos de un modo objetivo? No hay mucho fundamento para pensar así. Veamos una prueba sencilla: la capaci­dad para resistir el nacionalismo. Se di­ce muy a menudo que «la ciencia es in­ternacional», pero, en la práctica, los trabajadores científicos de todos los países cierran filas tras sus propios go­biernos con menos escrúpulos que los que sienten los escritores y los artistas. La comunidad científica alemana, en su conjunto, no opuso resistencia a Hitler. Puede que Hitler haya arruinado las ex­pectativas a largo plazo de la ciencia alemana, pero todavía había abundan­cia de hombres de talento para hacer las investigaciones necesarias en asuntos como el petróleo sintético, los aviones de reacción, los proyectiles cohete y la bomba atómica. Sin ellos, la máquina de guerra alemana nunca hubiera podi­do articularse.

Por otra parte, ¿qué pasó con la lite­ratura alemana cuando los nazis llegaron al poder? Creo que no se ha publi­cado ninguna relación exhaustiva, pero imagino que el número de científicos alemanes —judíos aparte— que se exilia­ron voluntariamente o que fueron per­seguidos por el régimen fue mucho más pequeño que el de escritores y periodis­tas. Y, algo más siniestro aún, muchos científicos alemanes se tragaron la monstruosidad de la «ciencia racial». Se pueden leer algunas de las declaracio­nes, haciendo constar sus nombres, en el libro The Spirit and Structure of Ger­man Fascism, del profesor Brady.

Pero, de formas ligeramente distin­tas, es la misma imagen en todas partes. En Inglaterra, una gran proporción de nuestros mejores científicos aceptan la estructura de la sociedad capitalista, co­mo puede verse por la liberalidad con que les conceden el título de Sir, baro­nías o incluso les nombran Pares. Desde Tennyson, ningún escritor inglés digno de leerse —podría, quizás, hacerse una excepción de Sir Max Beerbohm— ha re­cibido ningún título. Y los científicos in­gleses que rechazan abiertamente el sta­tus quo son, con frecuencia, comunis­tas, lo que significa que, por muy inte­lectualmente escrupulosos que puedan ser en su propia línea de pensamiento, están dispuestos a olvidarse de críticas o incluso a ser trapaceros en algunas ma­terias. El hecho es que el mero aprendi­zaje de una o más ciencias exactas, in­cluso combinado con las mejores dotes naturales, no garantiza un punto de vis­ta crítico o humano. Los físicos de me­dia docena de grandes naciones, que trabajan febril y secretamente sobre la bomba atómica, son la demostración.
¿Significa esto que la gente en gene­ral no debería ser educada más científi­camente? ¡Justo al contrario! Todo esto significa que la educación científica de las masas producirá muy pocos benefi­cios y probablemente mucho daño si se reduce simplemente a más física, más química, más biología, etc., en detri­mento de la literatura y de la historia. El efecto probable en el ser humano medio sería el empequeñecimiento de su gama de pensamientos y hacerle des­deñar, más que nunca, los conocimien­tos que no posee: y sus reacciones polí­ticas serán probablemente algo menos inteligentes que las de un campesino analfabeto que conserva unos pocos re­cuerdos históricos y un sentido estético aceptablemente bueno.

Evidentemente, educación científica debería significar la implantación de unos esquemas mentales racionales, crí­ticos y experimentales. Debería signifi­car la adquisición de un método —un mé­todo que pueda ser usado para enfren­tarse con cualquier problema— y no so­lamente dejar establecidos (en los estudiantes) un montón de hechos. Consi­derada de este modo, el apologista de la educación científica estará normalmen­te de acuerdo. Presiónele más, pídale que precise, y vuelve a surgir siempre que la educación científica significa más atención a las ciencias exactas, en otras palabras, más hechos. La idea de que ciencia significa un modo de enfrentarse con el mundo, y no simplemente un cuerpo de conocimientos, es muy resis­tida en la práctica. Pienso que la razón de esto es, en parte, un verdadero celo profesional. Porque, si la ciencia es sim­plemente un método o una actitud, ¿qué queda entonces del enorme presti­gio del que ahora disfrutan los quími­cos, los físicos, etc., y de su pretensión de ser más sabios que el resto de noso­tros?

Hace unos cien años, Charles Kings­ley describió la ciencia como «fabricar olores apestosos en un laboratorio». Hace un año o dos, un químico indus­trial, joven, me dijo, con aire satisfe­cho, que «no veía para qué sirve la poe­sía». El péndulo va así de un lado al otro, pero no me parece que una actitud sea mejor que la otra. Por el momento, la ciencia está en ascenso y, por tanto, oímos y nos parece recta la petición de que las masas deberían educarse cientí­ficamente; pero no oímos, como debe­ríamos oír, la contrapropuesta de que los científicos se beneficiarían con un poco de educación. Poco antes de escri­bir estas líneas, vi en una revista ameri­cana la noticia de que unos físicos ame­ricanos e ingleses rehusaron desde el comienzo participar en la investigación sobre la bomba atómica, pues sabían el uso que se haría de ella. Aquí tenemos un grupo de hombres sensatos en medio de un mundo de lunáticos. Y, aunque no han publicado nombres, pienso que sería una conjetura acertada pensar que todos son personas con algún tipo de cultura general fundamental, con algu­nas relaciones con la historia o la litera­tura o las artes; en dos palabras, gente cuyos intereses no son, en el sentido co­rriente del término, puramente científi­cos.

GEORGE ORWELL
(Traducción. Antonio Pardo. Publicación en web: http://www.arvo.net/)

*  *  *  *  *
Posiblemente si este artículo hubiera sido escrito en la Europa continental, habría sido firmado por un filósofo y no por un literato. No en vano, las críticas de Orwell aparecen recogidas ya en los primeros escritos de la teoría crítica de Horkheimer, o en el último Husserl de La crisis de las ciencias europeas, que se redactan también por esta época. Las razones de por qué ocurre esto en el ámbito anglosajón parten de su misma interpretación de la filosofía y de las ciencias sociales, que quedan, como manifiesta Orwell en el artículo, dentro del paradigma científico positivista. Esto hace que toda la tradición filosófica inglesa de la época, el positivismo lógico y la filosofía analítica sea ideológicamente muy conservadora y escasamente autocrítica. El brillante desarrollo que había tenido el género del essay durante la época clásica del empirismo y el utilitarismo se desvanece con el nuevo siglo. La filosofía anglosajona, en su pretensión de acercarse a un criterio de verdad indubitable y empírico, abandona la importancia de la experiencia interna subjetiva reclamada por Locke y Hume y abandona toda posible carga crítica y emancipativa que pueda tener el discurso filosófico apelando a su falta de objetividad desde un estrecho emotivismo. Esto es así que la filosofía académica, a la hora de enjuiciar un autor como Bertrand Russell, con una amplia obra de carácter político y religioso, siempre considerará esta parte como obras menores o deslices ético-políticos del pensador. Como consecuencia de esta dejadez, los ensayos y obras de personalidades tan variopintas como Keynes, Virginia Woolf, Aldous Huxley y el propio Orwell ocuparon la parte que la filosofía y las ciencias sociales anglosajonas dejaron de ejercer durante el segundo tercio del siglo XX, tratando temas como el feminismo, la distribución de la riqueza o la opresión de las dictaduras. La filosofía se convirtió en un oscuro juego del lenguaje reducido a conversaciones académicas en unas pocas aulas universitarias. Podríamos decir que esa fue la tónica general hasta la irrupción en los sesenta de la Nueva Izquierda y los nuevos movimientos sociales, en los que se inicia una renovación y apertura de nuevos aires.     

*  *  *  *  *

La preocupación de la filosofía era la justificación y la fundamentación de la ciencia, de la misma forma que lo había hecho en la Edad Media con la teología. Estas concesiones tuvieron, como hemos visto, serios costes para la propia disciplina. Por ello, ningún tipo de argumentación seria podría partir de la filosofía en contra de sí misma. La ciencia en sí es neutral, se plantea en la época en la que escribe Orwell, lo que quiere decir inmaculada, limpia de pecado, sin entrometerse en las sucias querellas éticas y políticas del momento. El planteamiento político que dejaba Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, parte de la búsqueda de un régimen político acorde con las necesidades de la investigación científica objetiva y Popper, con cierta razón, lo encuentra en las democracias liberales. Pero esto en cierta medida aquello que Orwell no puede asumir de forma gratuita.
Aparentemente, si leemos 1984, nos damos cuenta que el régimen comunista ha destruido parte del avance científico de la civilización, excepto, lo deja bien claro, todas aquellas disciplinas que sirven para perpetuar el estado y extender el control social. La ciencia no desaparece, subraya Orwell, sino que se pone al servicio de los intereses de un estado determinado. Es cierto que en el famoso interrogatorio del protagonista con O`Brien, "dos y dos pueden ser cuatro, cinco o tres", dependiendo de lo que diga el partido, y haciendo gala de un idealismo epistemológico que rebasa el sentido común. Pero eso no desvirtúa la ciencia: los métodos científicos, como sabe bien Orwell, ya no son solo propios de las ciencias exactas. Abarcan toda la actividad del estado, y aplican su racionalidad instrumental y metodología en todo lo que toca ese estado. La máquina de tortura ha sido un avance tecnológico. El interrogatorio medido a la perfección no es algo producto del azar: es una investigación científica en toda regla, para maximizar el daño en la persona que lo sufre.
Las obras magnas de Orwell parecen borrar todo otro escrito y la lectura fácil del libro podría ir pareja a la obra de Popper que comentábamos antes. Sin embargo, su artículo deja en cuestión las tradicionales interpretaciones conservadoras sobre el autor: la ciencia puede ser mal empleada en cualquier momento histórico, por cualquier sociedad, capitalista, socialista o de la ideología que sea, por la sencilla razón que el científico y el técnico han dejado de preocuparse por los fines y los propósitos de su investigación. La bomba atómica es perseguida con igual ahinco por comunistas y capitalistas, y no se puede olvidar en ese momento que el primero que la utiliza es la mayor democracia del mundo.
Según Orwell, esta despreocupación parte de un fracaso educativo, el fracaso de una educación humanista y el alejamiento de esas necesidades vitales que harían a un científico aceptar o no un proyecto tecnológico determinado. Esto es, argumenta Orwell, lo que hizo que si muchos escritores abandonaran la Alemania nazi, quedaron los suficientes científicos como para permitir un rearme en toda regla, sabiendo perfectamente el uso que se iba a dar a todos esos avances técnicos. Lo útil destierra a la poesía de la educación, recuerda Orwell en su artículo, pero con la poesía se van también los valores básicos de la humanidad.    

No hay comentarios:

Publicar un comentario