El conocimiento os hará libres y las fronteras os harán gilipollas.

jueves, 8 de abril de 2010

R.I.P. POR EL ESTADO.

Estamos ante una paradoja: una crisis originada en el mal funcionamiento del sistema financiero capitalista se salda con el déscredito más absoluto del estado como gestor de la crisis.
Esta paradoja no deja de asombrarme por lo extendida que está. Con cualquier persona que hablo últimamente, no duda en señalar al estado del causante de la crisis. "La culpa es de Zapatero", es la muletilla general, "Nos ha arruinado", dice otro. "Un desastre", vocifera la mayoría. Por unas razones o por otras, este pobre desgraciado, un estadista mediocre que no está a las alturas de las circunstancias, y que posiblemente se siente atado de pies y manos para cualquier medida económica relevante, se convierte en nuestro chivo expiatorio nacional. Y a él le podemos añadir los nombres de Gordon Brown, Merkel, Sócrates y otros muchos de diferentes ideologías políticas y que posiblemente han hecho una gestión aceptable de la crisis. Ni si quiera para ellos se plantean el término algo más moderado de perpetuador o mal gestor de la crisis económica. La culpa de la crisis la tiene ahora el estado irlandés, español o griego por haber caído en un tenebroso déficil público que ensombrece ahora la recuperación del futuro. Es más fácil acusar a una persona o una institución tangible, que a los invisibles flujos especulativos de capital que circulan por Internet de bolsa en bolsa, o a las plusvalías inmorales de nuestro ex-boom inmobiliario. El impersonal y todopoderoso sistema económico se ha salvado, una vez más -y por ahora-, de su auténtica remodelación.    
Nubarrones sobre nuestra economía.

Cuando el descrédito más absoluto debería recaer sobre los gurús de la economía neoliberal de los últimos años, es sin embargo, el estado y el sistema político sobre el que se depositan las críticas más gruesas y duras. El repudio al neoliberalismo de los primeros tiempos de la crisis se extinguió bien pronto, en cuanto unas pocas señales de la recuperación llamaron a las puertas de la economía. Si el estado salvó el mundo financiero de una sucesión de críticas, ahora se apunta con el dedo acusador a ese mismo estado como perpetuador de la crisis, motivado por un fuerte endeudamiento público y políticas sociales que siempre son poco flexibles y muy costosas. Las viejas tesis "marxistas" de Klaus Offe y Habermas sobre la crisis de legitimidad del estado social expuestas en los setenta resucitan de repente ante el panorama actual. El coste de la crisis recae sobre la legitimidad del sistema político, no en el sistema económico. Y esta deslegitimación golpea con más fuerza, y no sin cierta paradoja, precisamente en la socialdemocracia defensora del estado del bienestar.
Mi amigo Helí Ovalle definía muy bien esta paradoja con lo siguiente: el déficit público ha sido consecuencia de la crisis, y no su causa inmediata. Ahora se nos quiere vender la ecuación contraria. El estado se ha endeudado en el salvamento de un sistema financiero podrido para evitar su colapso total, y por otro lado, en el gasto que suponen los resortes automáticos de un estado de bienestar con prestaciones de desempleo y otras ayudas adiccionales. Por fortuna para nosotros, es gracias a ese endeudamiento maldito que la crisis económica no ha tenido -todavía- las dramáticas repercusiones sociales de la depresión de los años treinta. Naturalmente, se pueden pedir cuentas al estado sobre las dimensiones del déficit y su gestión, las medidas de reactivación económica con gasto público al más puro estilo keynesiano y su ineficacia para incentivar un cambio en el sistema productivo. Esa es la parte de la crisis que se puede acusar directamente  al estado. Pero no conviene equivocar, como hemos dicho, la causa con el efecto. 
Consecuencia: la crisis la pagará el estado a través de sus contribuyentes directos. Los desmanes del sistema financiero, el fracaso de un modelo productivo (en el que todos estamos implicados, no solo el estado)  y los costes sociales se han ido a los impuestos directos e indirectos del ciudadano de a pie. Y en nuestro caso, para empeorar la situación, se detecta ahora que nuestro déficit cero estaba basado en las migajas que había obtenido el estado de las infinitas ganancias del ladrillo. Podría haber soluciones para un paulatino saneamiento del estado: una reforma fiscal progresiva, y una definitiva imposición de impuestos a los capitales especulativos. El problema del primero es que necesita un fuerte consenso social dentro de un país. Y el segundo necesita un consenso internacional para su cumplimiento efectivo: la tentación es demasiado fuerte en los dos casos para los freeriders que van por libre. En consecuencia de esto, lo más posible es que se busquen soluciones liberales a problemas inherentes al liberalismo económico. Más de lo mismo, hasta la próxima recaída.    

3 comentarios:

  1. De acuerdo en lo esencial. La crisis actual hunde sus raíces en lo más profundo del sistema capitalista desregulado que vivimos. Sin embargo también es cierto que los mecanismos que han hecho posible el incremento espectacular de los flujos de capital especulativo por todo el mundo han sido perpetrados con la colaboración directa de los estados (cuyos gobiernos han actuado según yo lo veo, más en favor de estos intereses especulativos que del de sus propios ciudadanos)Lomismo se puede decir de las Organizaciones INternacionales (FMI, BM, OMC...) normalmente dedicadas a propiciar medidas sólo favorables a las grandes corporaciones transnacionales. Conviene recordar que la mayoría de los paraísos fiscales están directamente auspiciados por países occidentales y que la supresión paulatina de barreras al capital ha sido negociada y aprobada por los estados. En el caso español, claro, decir que toda la culpa la tiene ZP es absurdo. PEro es cierto que tanto los gobiernos del PP como los del PSOE han contribuído (y no sólo permitido)al mantenimiento de un modelo económico basado principalmente en la burbuja inmobiliaria y en el endeudamiento de las familias. También han mantenido (mantienen) como tú citas, una política fiscal indecentemente beneficiosa para los fondos especulativos como las SICAV. En fin, que lo de que el capital defiende el interés del capital lo sabe hasta un bebé, pero que los gobernates hagan lo mismo, esto no debería estar tan claro... Un saludo

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  2. digamos que los estados durante mucho tiempo han considerado que la mejor política es no hacer política. No sé si con las transnacionales detrás o sin ellas. Lo que sí es cierto es que durante muchos años la única forma de crear empleo y riqueza en Europa ha sido dando la mayor facilidad posible a las grandes empresas y haciendo dinero barato para la clase media.
    Por otro lado, no hay que olvidar que es muy goloso para un estado saltarse las normas y aprovecharse de la coyuntura general. El dumping está bien representado: así ha hecho China con su moneda para favorecer las exportanciones, Europa del este destruyendo la protección social frente al resto de la EU para favorecer la inversión, o los paraísos fiscales, como bien dices.
    Un saludo...

    Por cierto, que he intentado escribir un par de veces en tu blog, y se me bloqueaba...

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  3. He comprobado la configuración de los comentarios en mi blog y lo tengo todo abierto, no sé que puede pasar. Lo consultaré de todos modos un amiguete que es mi oráculo blogueril particular. Un saludo

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