Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.

miércoles, 25 de junio de 2014

RELEVANCIA PSICOSOCIAL DE LA LOGOPEDIA EN LA ENFERMEDAD DE PARKINSON

Aquí dejamos un pequeño artículo de Rosa Muñoz,
hermana del G.P., al que hemos hecho alguna aportación:


Tradicionalmente se ha venido entendiendo la relación de la logopedia con la enfermedad del Parkinson desde una perspectiva médica, a partir de un tratamiento vinculado exclusivamente a las disfunciones que presenta la enfermedad del Parkinson en los campos del habla, el lenguaje, la voz, comunicación y deglución. Sin embargo, hasta el momento no se han planteado con la suficiente profundidad las implicaciones de estos problemas puramente fisiológicos en el campo psicológico y el impacto en el entorno social de los pacientes afligidos por esta enfermedad.

Si deseamos formular nuestra tesis en forma de pregunta podría ser así: ¿cuáles son las otras repercusiones de la terapia logopédica, más allá de los aspectos fisiológicos del lenguaje? ¿El logopeda se centra en el ámbito puramente físico de la comunicación y la deglución o va más allá y busca un trasfondo neuropsicológico para mejorar la calidad de vida del paciente a distintos niveles sociales y emocionales?

La necesidad de esta perspectiva viene dada no ya por la formación académica, más teórica y aséptica, sino especialmente por el trato humano con los pacientes durante más de una década: atender una media de 17 pacientes diarios nos permite conocer una patología de una forma más profunda que cualquier otra fuente alternativa de conocimiento y reconocer la importancia de esta variable psicosocial. A continuación, haremos referencia a varios problemas de Parkinson, tratados desde la logopedia, y que afectan de manera dramática esta variable psicosocial: la respiración, la comunicación verbal, la atención y la memoria y la comunicación no verbal.


1.    Respiración. Los enfermos de Parkinson ejemplifican dramáticamente esta situación: “intento hablar… pero la voz no sale de mi cuerpo”, “me despierto por las noches como si me faltara aire y la muerte fuera a darme el último beso”. La respiración es el centro de toda rehabilitación logopédica, no solo por la implicación en los aspectos de comunicación y deglución, sino por el trasfondo psicológico que conlleva: el aumento del estrés ocasiona un cambio en la respiración: se inhala menos oxígeno, ocasionando cuadros de ansiedad. Como consecuencia, el organismo se cansa más debido a la falta de oxigenación en la sangre; los músculos pierden vigor e impiden mantener el cuerpo erguido, presionando así los pulmones y órganos internos. El cerebro, por otra parte, reduce su rendimiento y provoca somnolencia. En definitiva, una alteración de la respiración, uno de los hechos básicos que permiten nuestra vida, modifican cuerpo y mente del paciente. De ahí su importancia en la rehabilitación.


2.    Comunicación verbal (voz, habla y lenguaje). Una paciente de Parkinson describe esta situación típica de la enfermedad: “cada día que ha ido pasando desde que tengo Parkinson, me siento más lenta al hablar, como si me diera pereza empezar cada frase. Las palabas no fluyen de mi boca con agilidad. Alguna vez le digo a mi amiga: “hoy estoy un poco lenta, las palabas no me vienen a la cabeza y no tengo fuerzas para hablar en alto”. Añadimos a esto la incapacidad para conversar, intervenir en un coloquio o una discusión, la necesidad de repetir la información varias veces. Todo acaba traducido en una paulatina reducción de la comunicación verbal al campo de la escritura, por la creciente inseguridad del enfermo de Parkinson en su capacidad de habla y modulación de la voz.

Las consecuencias de estas carencias a nivel psicosocial son evidentes. A medida que el enfermo de Parkinson pierde capacidades de comunicación, también pierde capacidad de interrelación afectiva y social e igualmente de estabilidad  emocional. Y no solo influyen en el paciente, sino sobre todo en el entorno más cercano del mismo. Cuando la comunicación verbal queda dañada, la sociedad y su entorno afectivo y familiar, corre el riesgo de caer en una serie de malentendidos, prejuicios e ideas que acaban dañando seriamente la comunicación con el enfermo. Perciben al paciente de Parkinson como una persona con capacidades disminuidas por la erosión de la comunicación. Autores como Hummert indican que existen estereotipos negativos que se resumen, en función de los rasgos que incluyen en cuatro: muy deteriorado (lento de pensamiento, incompetente, senil…), abatido (deprimido, triste, desesperanzado…), cascarrabias (quejica, malhumorado, amargado…), o recluido (callado, tímido, ingenuo…). La pertenecia a cada grupo de rasgos indica que el logopeda debe interactuar con el paciente de una forma particular, que pasa por modificar nuestra forma de habla, el contenido de nuestra comunicación o el diálogo.  


3.    Atención y memoria. Los enfermos de Parkinson definen este estado como una incapacidad permanente de mantener la atención sobre cualquier acontecimiento o conversación que les rodea, dando una permanente sensación de soledad. Como un paciente atestigua: “Sé que es debido a mi enfermedad, pero mi familia dice que no les presto la suficiente atención, que no hago otra cosa que escudarme en el Parkinson cuando no comprendo algo, dicen que lo provoco, que no pongo nada de mi parte… me siento incomprendida y me duele”.

Para entender esto,  debemos ser conscientes que un problema atencional acaba afectando la consolidación o recuperación de la información. De esta forma, los pacientes de Parkinson se enfrentan con problemas cotidianos para retener información de lugares, o para solucionar problemas básicos en los que se hace necesaria una relación fluida de elementos que habitualmente retenemos con la memoria: dificultades para calcular distancias, orientarse, reconocer o recordar la ubicación de objetos. Pensemos que este no es un déficit de memoria ni un problema neurológico de inteligencia, sino algo previo que emana de la capacidad de percibir fluidamente inputs de información, pero que a escala social da lugar a malentendidos y al mismo tiempo afecta la estabilidad emocional del paciente, haciendo perder su autoestima y su autonomía personal.

4.    Hiponimia (comunicación no verbal). Como es bien sabido, el lenguaje no se reduce a las palabras y alocuciones verbales. El cuerpo es comunicativo en sí mismo, los gestos y nuestro comportamiento expresa con igual  fuerza estados de ánimo y sentimientos que a veces se transmiten con dificultad con el lenguaje verbal. La incapacidad de manifestar gestualmente los sentimientos provoca un profundo sentimiento de frustración en el paciente. Como expresa uno de ellos: “No sonrío con facilidad. Mi rostro está rígido e inexpresivo, lo que puede provocar confusión cuando mis nietos me muestran su último dibujo o libro: no pueden ver que estoy sonriendo por dentro”.

Dentro del lenguaje corporal, la expresión facial emocional, en la que confluyen ojos, cejas y boca, se convierte en un auténtico espejo de la conciencia de vital importancia para transmitir no solo sentimientos sino también ideas o conceptos. En los pacientes de Parkinson, estas capacidades se encuentran profundamente alteradas, y tienen como consecuencia el aislamiento y dificultades en las relaciones.

Como vemos en conjunto, los problemas del lenguaje que son el objeto central de la terapia de logopedia, se convierten en puertas fundamentales para problemas psicosociales que rebasan el aspecto puramente fisiológico o médico de la enfermedad. Esto obliga al logopeda en contacto con el Parkinson a plantear seriamente su actuación como una forma de paliar estas deficiencias psicológicas.

La relación entre la estabilidad emocional del paciente y la propia evolución de la enfermedad de Parkinson es muy estrecha. El hecho de que sustancias químicas afectadas por el Parkinson tengan también sus consecuencias negativas en la psicología del individuo acentúa todavía más esta relación, y convierten a la logopedia no en una mera terapia del lenguaje, sino un puente fundamental para que el paciente observe como su calidad de vida y su estabilidad emocional no merma demasiado y así evitar problemas de depresiones, frustración y aislamiento social. Nosotros somos en definitiva seres sociales y comunicativos, como ya se decía desde la antigua Grecia hace dos mil quinientos años. Sin el desarrollo de los anteriores tipos de lenguaje de los que hemos hablado, caemos en el aislamiento. El lenguaje se convierte así en la sangre y el corazón que nos mueve a escala social. Sin él, el ser humano está condenado al exilio interior, al más solitario ostracismo. El logopeda debe evitar esa incomunicación del paciente y reconocer qué área del lenguaje resulta más importante para la estabilidad del enfermo de Parkinson.

En conclusión, no hay un único diagnóstico ni una única terapia en la relación de la logopedia con el tratamiento del Parkinson.  La divisa clara es que cada paciente exige un reconocimiento propio y específico centrado en cómo la enfermedad y sus implicaciones en el área del lenguaje afectan sus constantes psicológicas y sociales. Un buen conocimiento de estas circunstancias psicosociales influirán en el logopeda para priorizar las necesidades básicas que necesite el paciente en cuestión, tanto en materia de prevención como paliación de las deficiencias del lenguaje.

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