Han pasado las Navidades, y en ellas se vende y se regala todo: incluso promesas de buenas intenciones, sentimientos caritativos y remordimientos de conciencia que pasan tan fugazmente como las propias fiestas. Entre estos sentimientos, la caridad y su vecina, la compasión, han tenido un tratamiento negativo desde los tiempos de Nietzsche, pero sigue ahí, encubierta: de las indulgencias de la religión se ha pasado a las galas de fiestas, partidos benéficos y toda la retahila de celebraciones que permiten un lavado de conciencia comunitario.
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Si nos preguntamos por esa negatividad, está muy claro que la caridad y la compasión apuntan a lo vertical: la persona que está arriba limpia su mala conciencia ayudando a los que están debajo. Antes incluso los de arriba compraban la salvación de su alma con el ejercicio de esta caridad. El problema es evidente: la ayuda pasa y el de arriba seguirá arriba y el que está debajo seguirá también ahí in secula seculorum. Con razón decía Baudelaire que había que tratar a los pobres a bastonazos: así recuperarían su orgullo perdido y devolverían el golpe con más fuerza.
.La caridad, si quiere ser sana, tiene que ser horizontal, y se denomina mejor solidaridad o fraternidad. Solidaridad: ponerse en la piel del otro como individuos iguales en una sociedad, ya sea local, nacional o global. La fraternidad implica un vínculo aún mayor: la hermandad universal. Defiendan la perspectiva que quieran: ya sea la línea de un frío contrato social o la de una religiosidad universal: lo que está muy claro es que sus objetivos no se basan en poner unos pocos parches a situaciones concretas. Esto es un primer paso pero no es el último fin.