Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.

viernes, 28 de agosto de 2020

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     El primer mes del verano he estado ocupado en una tarea que me ha dejado mentalmente agotado e incapacitado para continuar mi propio disparate creativo, que es Edén. Pero la posibilidad de escribir unos capítulos didácticos sobre historia de Israel y el cristianismo ejercían para mí un fascinante encantamiento y me zambullí en un flujo de escritura de varias semanas. Estar en flow es maravilloso, pero acaba siendo agotador y por supuesto, no te deja fuerzas para ninguna otra tarea. Y a la larga este tema me ha sepultado en el desconcierto intelectual, y cierta disonancia existencial. Ya sonaban campanas, y era hora de afrontar el reto: optar por una religión revelada es un acto de soberbia absoluta hacia todas las demás culturas humanas. Esto hace el monoteísmo revelado inviable, al no ser que tengamos como axioma la superioridad de nuestra cultura hacia las demás, lo que nos vuelve imperialistas conquistadores o fundamentalistas resistentes (y ninguna opción es buena). Decía el buenazo de Kant que aquellos sacerdotes y ministros del clero de cualquier religión tienen derecho a creer en su particular credo y rituales propios, pero deberían ser conscientes de los límites de su propia dogma religioso, de sus carencias y sus faltas, y por tanto ser ilustrados autocríticos. Pero esa era una solución de compromiso en tiempos de censura religiosa y al rey de Prusia no le entusiasmaron estas ideas tan potencialmente corrosivas. Al final, los temores del rey eran bien fundados. Dejando de lado el hecho de que muy pocos hombres y mujeres de la iglesia han sido capaces de realizar una crítica semejante sin erosionar su fe, la ilusión de la autocrítica ilustrada de nuestro propio dogma en nombre de una religión natural acaba aceptando la contingencia y el azar de nuestra opción personal. Desnuda la religión de su elemento más humano e histórico y la vuelve más fría. En definitiva: podríamos ser adoradores tanto del oso de las cavernas como de la Sagrada Trinidad, como del gran Yuyu de la montaña, como decía Dawkins con mofa e intransigencia religiosa. El dado de nuestro destino ha caído sobre un espacio y tiempo determinado, y podría haber sido cualquier otro. Sobre esto, y para salvar las circunstancias adversas, un gran teólogo católico, Karl Rahner, inventó la historia de los cristianos anónimos. Pero la revisión de esta idea será para otro día.

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