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lunes, 11 de abril de 2011

SOBRE CROISSANTS Y ZUMOS DE NARANJA.


       Nuestro país es especialista en la crítica inconsecuente,  o eso que decían en la antiguedad de la paja en el ojo ajeno y la viga el propio. La última de una larga lista de agravios despilfarradores ha sido la de los vuelos en clase de primera de nuestros eurodiputados. Criticamos los sueldos y privilegios de nuestros dirigentes políticos como abusivos, los tildamos de incompetentes, caraduras y despilfarradores (nada suele decirse de las primas de los grandes ejecutivos, amparados en las ganancias del sacrosanto mercado). Parecería que al hacer estas duras acusaciones, al menos podríamos considerar a los hipercríticos como campeones de la productividad y el ahorro, pero me temo que desgraciadamente no es así. 
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     Para comprobar esta última afirmación ruego ahora, si alguno de los lectores habituales es un trabajador en el sector público o vinculado con él (los ejecutivos de una empresa privada no creo que nunca lean un blog como este), que se acuerden de un último acto en el que las arcas públicas se gastaron un dinero no siempre demasiado productivo. Yo sí recuerdo uno: un curso de bibliotecas escolares que tuve la oportunidad de asistir a mediados de curso. Entre conferencia y conferencia nos ofrecieron un generoso aperitivo de esas ricas tapas en las que no faltaba de nada, acompañado de zumo de naranja o café, al gusto del consumidor. Después creo que a la hora del almuerzo había otro pincho, pero yo decidí marchar para casa. Entre aquel ambiente distendido, lo curioso de todo era encontrar algún señor despotricando contra el gobierno mientras sosegaba su atormentado espíritu a base de croissants variados y sorbos de café. Alguien lo escuchaba atentamente pero decidió cortar por lo sano diciendo: "¿Y usted no cree que lo que estamos viendo aquí no es derroche? Si tanto quiere usted ahorrar, páguenos el café, por favor". El hombre ofendido contestó con un gruñido y siguió comiendo en silencio. La inercia al derroche ha estado tan extendida en nuestro administración pública, que multitud de gestos y pequeños caprichos como este siguen viendose casi normales, aunque hay que decir que la ética del ahorro está empezando a calar. Y llegamos al eterno defecto de la clase media de cualquier país: cuando se trata de privilegios, consideramos que solo los disfrutan los de arriba, y nosotros somos solo los eternos currantes que levantan el país cada mañana con el sonido de nuestros despertadores. La clase baja, naturalmente, no cuenta en este cómputo egoísta.
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      Una posible forma eficaz de acabar con esto es cortando los derroches desde arriba. El impacto económico de la corrupción es relativamente pequeño en términos absolutos. Su impacto moral, aplastante. Si nuestro jefe es un aprovechado, no tenemos razón alguna para dejar de serlo nosotros. La autoridad, si no es ejemplarizante ella misma, deja de ser legítima. Ese es quizás el mayor daño que hacen nuestros dirigentes políticos, y no solo las sumas de dinero que se dejan ellos en dietas y demás gastos. Nosotros hemos hecho lo mismo durante mucho tiempo, con el agravante que ellos son un puñado (gastan mucho, pero son pocos) y nosotros legión (gastamos poco pero somos muchos).  
      Y sin embargo, toda esta ética ejemplar del ahorro me temo que acabará mal. Cuando al señor de clase media les quiten los pequeños croissants de sus cursos de formación, porque los eurodiputados han dejado de volar en clase de primera, pasará a quejarse de que a los parados se les sigue dando un subsidio de desempleo sin producir nada, y abogará por suprimir los programas sociales. Así somos de especiales y de ciegos muchos de la clase media.  

2 comentarios:

  1. Estoy de acuerdo con la austeridad, pero ¿qué significa austeridad? Estoy de acuerdo con la cada euro gastado en la administración pública ha de adaptarse a un criterio de eficiencia pero ¿qué es la eficiencia? Está claro que esas palabras no significan o mismo para los que las emplean desde las altas esferas para mí. En términos económicos un colegio, un hospital, o una biblioteca no son rentables, hay miles de formas de emplear el dinero más eficientemente. El beneficio que se extrae de ellos es inmaterial pero para mí imprescindible.

    Así que yo propongo andarse con ojo con los que proponen austeridad antes de saber lo que entienden por tal.

    Un saludo

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  2. Completamente de acuerdo con lo que dices. Es la conclusión que yo también alcanzo al final de la entrada. Me temo que la austeridad se cebará en bienes que sí son completamente necesarios...

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