Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.

domingo, 5 de abril de 2009

EL ERROR DE DESCARTES

Descartes tiene un hermoso episodio en el Discurso del Método, en el que nos habla de su búsqueda particular de la verdad, señala, que una vez terminados sus estudios, se dedicó a investigar “el gran libro del mundo”. Así nos dice: “dediqué el resto de mi juventud a viajar, a ver cortes y ejércitos, a frecuentar la sociedad de personas de diversos humores y condiciones, a recoger diversas experiencias, a ponerme en mí mismo a prueba en las circunstancias que la fortuna me propiciaba, y a reflexionar en toda ocasión sobre las cosas que se me presentaban de tal manera que pudiera sacar provecho.
Esta sería una prometedora forma de empezar una filosofía del viajero. Sin embargo, Descartes no va a tener suerte en su búsqueda. No va a encontrar nada seguro en su experiencia viajera, en una Europa sometida a la peste, la guerra y la intolerancia. Cada pueblo tiene sus costumbres, y no hay seguridad en las mismas. Aquello que nos parece extravagante y ridículo en un país, resulta ser algo cotidiano en otro. Los cuadros de Velázquez reflejan una corte de España católica, celosa de sus privilegios y que bebe chocolate. Rembrandt retrata holandeses calvinistas que se dedican al comercio y fuman en costosas y alargadas pipas de cerámica. Y así sucesivamente en cada país. En definitiva, la diversidad humana, en una época de crisis, entendida como algo evitable y negativo.
Frente a esta incertidumbre, tan solo nos dice: respeta las leyes de cada país, vive con moderación, sé realista en tus deseos, y busca aquel trabajo que más te guste. Sin embargo esas reglas de vida elementales no le valía a este filósofo, dedicado a encontrar una verdad más segura, y naturalmente renunciaba por completo a cualquier acción pública: “sé espectador, no actor, en las comedias del mundo”. La intolerancia no salva ni a los más poderosos, como a Enrique IV.
Y aquí se inicia la andadura de Descartes como filósofo. Preocupado por encontrar un método seguro y una verdad absoluta, Descartes se aleja más y más de la realidad y encuentra refugio en las matemáticas, la metafísica y un alejado Dios constructor del mundo. La historia y el estudio del hombre pasan de largo como contingencias, conocimientos inseguros de los que hay que rehuir. Y Descartes pone los cimientos de un inmenso monumento dedicado a la razón absoluta, que seguirán construyendo un filósofo detrás de otro durante dos siglos enteros hasta alcanzar el gran orgasmo mental de Hegel. Para muchos, he aquí la gran cagada de la historia de la filosofía, la putrefacción de una pregunta, el alejamiento de la verdadera realidad, compleja e inabarcable desde los fríos conceptos. Los académicos ubican la primera piedra de esa estatua aberrante en Parménides o Platón, pero en aquella época la realidad que les rodeaba estaba todavía sometida a demasiados encantamientos como para destruir su magia.
No, el filósofo en cuanto que busca una esencia superior a la realidad que le rodea, acaba traicionándola. Cuando más cerca estamos de un Dios o de un modelo matemático, más lejos estaremos de los hombres. La sombra de Descartes es sumamente alargada y abarca desde aquellos científicos que denuncian precisamente “el error de Descartes”, hasta los teólogos que se creen inspirados por una verdad divina y racional: los dos metidos a sastres, con un patrón común, en el que caben todos los hombres. Por lo menos, Descartes se abstuvo de decir qué es lo que tenían que pensar los demás.

No hay comentarios:

Publicar un comentario