"En cuanto alguien busca la verdad se convierte en los ojos y la boca de Dios. Y por supuesto, se expone a que haya ateos que no crean en Dios."

martes, 20 de octubre de 2009

LA DIFÍCIL TAREA DE REBATIR EL FINALISMO.

Los objetos del mundo material deben explicarse desde las leyes de la naturaleza: la posición de buena parte de los científicos de la biología aquí es bastante clara. A cualquier científico le da una alergia terrible la posibilidad de una interpretación sobrenatural para explicar las paradojas y las dificultades internas de la teoría de la evolución. Basta observar las controversias que suscitan los autores, desde Teilhard de Chardin hasta Michael Behe (el divulgador del intelligent design), o la interpretación "libre" del principio antrópico por parte de la teología católica, y que suscitan el rechazo casi unánime de la comunidad de bien pensantes científicos. Ahora bien, este rechazo no es más que un postulado filosófico. Tan discutible como el pretendido finalismo. Analizo un fragmento del clásico libro de Ernst Mayr, Una larga controversia, Darwin y el darwinismo.

"Desde los griegos ha habido una amplia creencia de que todo en la naturaleza tiene un propósito, un fin predeterminado, y de que estos procesos conducirán al mundo a una perfección cada vez mayor. Tal visión del mundo teleológica ha sido defendida por muchos de los grandes filósofos. La ciencia moderna sin embargo, ha sido incapaz de demostrar la existencia de tal teleología cósmica. Tampoco se han encontrado mecanismos o leyes que permitan el funcionamiento de una teleología como esta. La conclusión de la ciencia es que las causas finales de este tipo no existen."

Aunque puedo estar de acuerdo con la tesis básica (una negación de la teleología) y la incomodidad que supone su contrario, reconozco que me desconcierta la arrogancia con la que la ciencia se erige en la refutación de tesis filosóficas. El hecho que la ciencia no descubra (o no haya descubierto) la existencia de unas leyes finales explicativas de la naturaleza no significa que estas no tengan que existir. Es una falacia básica en la que la comunidad científica no deja de incurrir de cuando en cuando.
Por otro lado, la creencia en el finalismo es precisamente eso, una creencia que da sentido a la presencia del hombre en la tierra: una explicación de nuestra historia y una prolongación en el futuro de la misma. Esa prolongación en el futuro significa nuestro destino está abierto, y está sometido al cambio y a la decisión que tomen los hombres. La explicación material de la evolución acaba por convertirse en una interpretación del sentido de nuestras vidas.
La ciencia, por muchas leyes científicas en las que pueda apoyarse para defender la contingencia de nuestra especie o el triste destino que pueda depararnos la vorágine evolutiva, no puede ni afirmar ni negar esta interpretación. A lo sumo ofrece un cálculo de posibilidades que en absoluto tiene por qué convencer a un creyente. Quizás sean los científicos, y no solo los teólogos, aquellos que intentan ver un orden racional (y mecanicista, en este caso) a un mundo que tal vez no lo tenga, o que sea completamente distinto al que piensan. Who knows...

Al final los caminos de la evolución, como los del señor, van a ser indescifrables e indestructibles.

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