Cuando la autenticidad de uno mismo se viste de intransigencia hacia los demás, la verdad se vuelve una luz cegadora.

viernes, 29 de mayo de 2009

LA MADRE DE TODO CONSERVADURISMO.

"No aguanto a los políticos. Son todos unos mangantes", oigo decir en la calle, en las cañas, en los periódicos... La verdad es que después del día de clase tan duro que habíamos sufrido todos, no había mejor forma de catarsis colectiva que hablar de fútbol, las elecciones o los políticos, y reírse uno un rato. Aquella fue la señal de salida para todo ataque contra la clase política española en estas elecciones europeas y en la historia de la democracia. Y yo (sin saber muy bien por qué) me dediqué tímidamente a defenderlos. Sin negar sus quejas, defiendo que el saldo general en la democracia española es muy positivo, y que efectivamente el mundo de la política es tenebroso, pero que eso no es nada nuevo: como diría Churchill la democracia es el peor de los regímenes a excepción de todos los demás. La realidad siempre es gris, y hay que partir de ese hecho para intentar mejorarlo. Entre Marx y Hobbes me quedo con el último: hay que partir de Hobbes y del peor de los mundos posibles para abrir un claro entre las nubes, y siempre sabiendo que está amenazado y que volverá a estallar una tormenta.
Reconozco que nuestra clase política -no solo España sino prácticamente toda Europa- no es de altura y que se reducen muchas veces a un fácil populismo, al menos en su superficie. Pero también reconozco que hoy ser político no debe ser fácil, como confesaba Solbes hace unos meses. Y por otro lado, está la glanost radical y mediática de nuestra época: los políticos pertenecen a esos controvertidos grupos sociales como funcionarios, las ONG o la iglesia, en los que una salpicadura en su vestimenta desluce cualquier posible buen trabajo, y lo que vende es la mancha, no el traje. Una sociedad crítica siempre es deseable, pero cuando nos quedamos en esa mera fase, está a un paso de convertirse en una sociedad ultraconservadora y paralizada, al perderse la confianza mínima en que se puedan resolver los problemas.
A los que críticamos tanto a los políticos o la corrupción, lo que se nos podría preguntar es: ¿y tú que haces para frenar la corrupción? La respuesta (y yo me incluyo en ella) suele ser "nada". Gritos en el silencio. No votar. Contemplar el caos de forma condescendiente y con superioridad moral desde nuestra posición más o menos privilegiada en la sociedad. Conclusión: no somos, en sentido ciudadano, mucho mejores que los políticos a los que criticamos.

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